MEMORIA SOBRE UN OFICIO DESAPARARECIDO: LA ALFARERIA EN VILLASECA DE LA SAGRA (SEGUNDA PARTE)
Historiador
Como continuación a la primera parte de nuestro estudio sobre la tradición alfarera en Villaseca de la Sagra en Memoria sobre un oficio desaparecido… (primer trabajo de nuestro blog https://memoriadevillasecadelasagra.blogspot.com/2024/06/memoria-sobre-un-oficio-desaparecido-la.html ) en la que considerábamos históricamente el arraigo de la alfarería en Villaseca de la Sagra, sus orígenes, evolución y extinción, proponemos continuar con esta segunda parte para tratar los testimonios que nos hablan sobre el oficio, reconociendo primero las tareas que se llevaban a cabo dentro del alfar para después ir identificando y caracterizando los objetos de fabricación local. De esta forma podríamos establecer un catálogo mínimamente representativo de la producción alfarera en Villaseca de la Sagra.
En el momento que emprendimos el estudio etnográfico al que este trabajo se remite, allá por el año 1984, la información oral nos sirvió para empezar a conocer las labores que se realizaban en el último alfar familiar. Conseguimos un testimonio directo sobre la realidad de la alfarería, sus espacios, sus procesos de elaboración, de fabricación, de acabado y de distribución. Supimos de la propia jerga utilizada en el oficio, de los materiales, de los útiles manejados y de las técnicas heredadas de la tradición y, en definitiva, entramos en el conocimiento del peculiar mundo laboral de una de las últimas familias que en Villaseca de la Sagra se dedicó a este oficio hasta su desaparición como tal.
En aquella ocasión recogimos el testimonio directo de alguien que había vivido la experiencia familiar en el último alfar, concretamente, el de los sucesores de Juan de Mata Lucas, que produjo en Villaseca cacharros de barro con o sin “vedrío”, propios de la alfarería tradicional de este pueblo de la provincia de Toledo. Este alfar estaba situado en la calle del Boquete, luego llamada Gral. Sanjurjo y hoy día, calle de la Poza con calle Alfares.
Texto de un anuncio publicitario en el periódico El Alcázar, 1942.
Este testimonio espontáneo nos transmitía la realidad de lo que fue el último alfar de Villaseca y nos remitía a prácticas alfareras, a condicionantes económicos y a aspectos técnicos que revelaban el carácter tradicional que tuvo esta alfarería hasta hace poco tan desconocida pero que es posible contextualizar, no de una forma exhaustiva, pero sí bastante esclarecedora.
No queremos ignorar la investigación igualmente interesante y complementaria a la nuestra que hizo ya en 1997 Juan Manuel Pradillo al publicar su libro Alfareros toledanos (2 vols., Toledo, Juan de Comunidades de Castilla-La Mancha, 1997), en cuyo tomo II recogía bastantes datos sobre el tema y una información testimonial de los que conocieron el oficio en el alfar de Eleuterio Lucas.
De este modo, queremos rememorar los aspectos del trabajo de la alfarería en Villaseca de la Sagra, hacia los años de 1960-1970, pero haciendo extensivas estas referencias sobre el oficio a la mayoría de los alfares que aquí pudieron existir con anterioridad.
El trabajo del alfarero.
1.- El proceso de elaboración y fabricación.
Para la obtención de la materia prima, el barro o arcilla, el alfarero villasecano se ha visto favorecido desde que instaló su industria por la naturaleza gredosa o terrosa del suelo del propio término municipal y, por tanto, se ha surtido en distintos sitios, eso sí, bien escogidos, como, por ejemplo, al norte del caserío en la proximidad del cementerio público, el paraje conocido como Lomo Perro. El material más idóneo era el proporcionado por la corteza superficial, más reseca que las capas profundas de los cortes, facilitando la elaboración de la mezcla posterior. La tierra seleccionada ofrece así unas cualidades arcillosas que la hacen lo suficientemente maleable y elástica para el trabajo preparatorio y para las exigencias del resultado final del proceso que ha de ser el conseguir la buena calidad técnica de la pieza.
Una vez transportada la cantidad necesaria al taller, esta tierra se echaba sobre un suelo acondicionado de tablas, extendiéndose y empapándose bien de agua. En este estado había de reposar la mezcla terrosa por tiempo de 24 horas al cabo de las cuales los terrones se han deshecho y han formado una masa de barro bien compacta y densa. Esta masa se ha de poder cortar en bloques que, dispuestos en tablas, permitían su traslado a un nuevo tablado en donde se procedía al pisado y batido para consolidar la mezcla y darla un punto de compactación definitivo. De este modo, la pasta elaborada podía ser cortada para que trozo a trozo fuera conducida ya al obrador en donde esperaba ser trabajada.
Aquí, los operarios se ocupaban en quitar manualmente las impurezas todavía adheridas al barro, depurando los bloques de arcilla de "chinas" o “caliches” y de pegotes duros o “gorullos” para obtener una pasta homogénea y libre de impurezas.
Luego, se procedía a la formación de los "pellones" o trozos manejables que son llevados directamente al torno para el modelado sucesivo de las piezas.
El maestro alfarero posando en el viejo torno, con un muestrario de piezas.
Alfar de Juan de Mata Lucas, hacia 1930.
(Foto cortesía de Juana López Lucas)
Ante todo, eran las hábiles manos del alfarero, su larga experiencia y su maestría en el torno las premisas para mantener el alfar en producción. La herramienta indispensable del alfarero es el torno, artilugio de madera de tipo tradicional a base de dos ruedas y un eje. A veces se utilizaban elementos supletorios para poner en el "plato" superior como, por ejemplo, a la hora de moldear barreños, para lo que se necesitaba una base más amplia para trabajar el pellón. Sobre la rueda o plato superior del torno se colocaba como decimos la “pella” o pellón, que se enderezaba y centraba con las dos manos y aprovechando la fuerza giratoria aplicada a la rueda inferior con el pie se iniciaba el torneado de la pieza a la vez que se iba abriendo y subiendo el barro utilizando más que nada la pericia de manos y dedos para dar forma a los distintos cacharros. El alfarero se servía de pequeños instrumentos para alisar superficies, rebajar o retirar el exceso de barro, como eran una media caña, una chapa curvada, un peine y otros. Una vez dada la forma deseada y acabado el torneado, la vasija se desprende de su base cortando con el "hilo", separándola del torno y depositándola cuidadosamente sobre una tabla situada al alcance del alfarero y dispuesta para ir dejando las piezas recién trabajadas, sin romper el ritmo de fabricación.
Terminada la pieza y retirada del torno, el siguiente paso es dejarla secar, pero ha de evitarse cualquier contacto directo con el sol porque el barro se resentiría de este calentamiento y se quebraría, por lo cual se habilita una habitación con buena ventilación que llaman "secadero" donde las vasijas reposan en diversos estantes de madera.
La mayoría de las piezas requería un acabado fuera del torno para colocar los elementos accesorios. Es así que para poner las asas o “enasar” había que dejar la vasija oreándose unas horas y luego pegarlas con la “barbotina” o barro muy diluido en agua, procedimiento que aquí se llamaba "a la moja", sirviéndose para ello de una cazuela con agua en la que el alfarero humedece constantemente los dedos como también lo hacía durante la tarea de torneado.
Normalmente se solían esperar unos dos días para asegurar el secado perfecto ya que se trataba de un proceso necesariamente lento. No obstante, la duración del secado dependía en gran medida de la estación climática, como es obvio.
Tarea de los jóvenes aprendices, enasando pucheros.
Alfar de Juan de Mata Lucas, hacia 1930.
(Foto cortesía de Juana López Lucas)
Comprobado el secado óptimo, se procedía a su conducción al horno una vez acumulado un cierto número de piezas destinadas a ello. En esta fase en que interviene el fuego, las piezas se han de colocar directamente sobre el suelo o "solera" del horno, que ha de estar apagado, apilándolas cuidadosamente unas encima de otras de forma que a todas llegue el calor. Después de la cocción quedarán allí dentro por un espacio calculado de tiempo para procurar su templado y progresivo enfriamiento, evitando así su rotura con cambios bruscos de temperatura.
Para el calentamiento del horno el encendido se realizaba primero a base de un fuego lento durante una hora aproximada para después ir añadiendo "cardas" o haces o golpes de leña, de vez en vez, con lo que las llamas se avivaban y el calor se llevaba a temperaturas entre los 800ºC y 900ºC. La permanencia de cada hornada se hacía por tiempo de ocho a nueve horas con el horno a pleno rendimiento y bien alimentado el fuego. La clase de combustible común utilizado en el alfar era leña consistente propiamente en retamas y tarays o tamariscos (recurso vegetal silvestre fácilmente recogido en la zona) y también era empleado el "orujo", formado por huesos de aceituna, que se transportaba desde el vecino pueblo olivarero de Alameda de la Sagra.
Una sola cochura era suficiente para los cacharros de barro sin vidriado mientras que la aplicación del baño o vidriado requería para un cierto tipo de cacharros la realización de una segunda cocción. Este llamado “vedrío” se traía en bruto desde Linares, provincia de Jaén, ya que se trataba de un mineral que se producía en sus minas. Solían traerlo trajinantes o arrieros del propio Villaseca. Se usaba en las labores cerámicas por su contenido en sulfuro de plomo y era llamado genéricamente “alcohol de hoja”. La piedra llegada al alfar era molida manualmente empleando para ello dos muelas de granito que en su rotar una sobre otra pulverizaban el mineral. Era usual que en Villaseca los alfareros mezclaran este producto plumbífero con el obtenido de machacar piedras de sílex o pedernal porque era bien conocido que con la sílice se conseguía una mejor consistencia del propio vidriado
Esta sustancia ya pulverizada y en cierto modo enriquecida se disolvía en un barreño con agua obteniéndose un líquido denso de color azulado. Para su bañado las piezas se van mojando con la mano en las partes que interesaba cubrir, sobre todo en interiores y bordes de las vasijas. Piezas, por supuesto, ya cocidas una vez y que después de recibir el baño se vuelven a introducir en el horno para una nueva cochura que fije y vitrifique el líquido sobre el barro. Esta vez la colocación dentro del horno cambia al tener que ser apiladas boca abajo para evitar el goteo y procurando no juntar las piezas para que no se pegasen. Con este fin se utilizaban unos separadores de tres patas o “trébedes” y unos rodillos de barro cocido, son los llamados atifles y carretes, respectivamente. La temperatura del vidriado es la misma de 900ºC y el proceso de cocción no difiere del primer horneo. Pero ahora, las piezas estarán acabadas de cocer cuando se observen o caten limpias de hollín y su color sea el del rojo vivo dentro del horno.
La pieza vidriada adquiere con el baño un color amielado y brillante de distintos tonos, más o menos tostados. Indudablemente, el vidriado es un procedimiento que favorece la conservación de la pieza y hermosea la forma final, pero también contribuye a una mayor higiene en sus usos. Es útil para piezas con una función concreta que no sea solamente la de contener líquidos por lo que es indicado para cacharros que se exponían al fuego o lumbre dentro de las cocinas o en el campo para la elaboración de alimentos. El vidriado es una técnica tradicional en la alfarería villasecana y no se ha practicado decoración intencionada sobre esta cubierta, solo el chorreo aleatorio en el exterior de la pieza es su particularidad.
También, fuera del torno y sin la utilización de su fuerza giratoria se confeccionaban otro tipo de cacharros simplemente con las manos. Es el caso de las besugueras, de sección elipsoidal, y partes de complemento como las pilillas.
2.- Los aspectos laboral y productivo.
El trabajo en el alfar implicaba a toda la familia, diversificándose las tareas. La jornada laboral comprendía bastantes horas al día, pero sin imponer un ritmo fijo y sólo en función de las tareas realizables diariamente. Por ejemplo, en verano la cocción se hacía de madrugada para evitar el calor del día y para tener a primeras horas de la mañana siguiente las piezas terminadas. Domingos y fiestas eran días de asueto, naturalmente.
De entre las fases del proceso de fabricación el manejo del torno necesitaba de un mayor adiestramiento y pericia que sólo el maestro experimentado poseía, mientras que la preparación del horno resultaba una tarea más dura debido al riesgo que suponía el contacto con el fuego y el agobio del calor, con el consiguiente peligro de quemarse a la hora de su encendido y mantenimiento. No obstante, la labor reservada a las mujeres de la casa-alfar eran las de "ahornar" y "desahornar", entrar y sacar las hornadas.
El número de piezas que podían salir de las manos del alfarero en una jornada laboral ininterrumpida se aproximaba a las trescientas de pequeño tamaño, doscientas de mediano y unas cuarenta de mayor volumen. El proceso de modelado a mano era desde luego mucho más entretenido y lento, sobre todo en lo que respecta a la fabricación de las mencionadas besugueras. A veces, los encargos afectaban a la producción con lo que había una dedicación a fabricar objetos tal vez impuestos por las modas o gustos particulares sobre la propia tradición del cacharro útil, tal es el caso de la producción de macetas y otras piezas que se hacían indispensables en el adorno de las casas.
El volumen de producción era más alto en época de verano debido a las condiciones benignas de la estación, lo que favorecía el secado rápido de las piezas. En cambio, el invierno impedía trabajar por el inconveniente de las temperaturas, la manipulación del barro en estado frío (para evitar esta contrariedad el artesano colocaba una cocinilla o braserillo de barro sobre el que ponía la cazuela de la “moja”) y lo perjudicial de las heladas sobre el secado. Por ello el periodo invernal se aprovechaba más para los trabajos de cocción de piezas ya almacenadas y terminadas de secar.
En cuanto al carácter del trabajo y sus condicionantes productivos podríamos indicar como ejemplo que la duración para tornear una hucha de 15 cm de altura solía ser de dos minutos; una jarra, algo mayor, llevaba cuatro minutos; mientras que un cántaro (son 46 cm de alto) ocupaba de ocho a diez minutos.
3.- La rentabilidad y comercialización.
El último alfar de Villaseca, según los testimonios manifestados, mantenía económicamente a tres familias, unas diez personas, que vivían exclusivamente de la alfarería y luego con la industria de ladrillos. Trabajaban tres operarios en las tareas fundamentales del oficio lo que suponía desarrollar una explotación exclusivamente en régimen familiar, en la que casi un tercio de sus integrantes cargan con el peso de la producción.
Este sistema no concebía la asociación económica ni gremial con otros alfareros ni siquiera con los vendedores. La demanda local era igual a la foránea y la venta se realizaba en el mismo alfar, aunque también era normal el transporte y venta ambulante de la cacharrería a lomo de borricos, incluso por las calles del propio pueblo. Es significativo que en el pueblo existía un despacho de alfarería de Ocaña (botijos y cántaros) y de otra procedencia, pero parece no haber existido la venta ambulante que introdujera mucho género de fuera.
En los años sesenta del s. XX, los precios de algunas piezas eran 10 pesetas el cántaro, 25 céntimos la hucha, 3 ptas el puchero, 25 ptas un barreño; teniendo en cuenta que el mayor tamaño de la pieza y el vidriado encarecían el producto por lo que suponía más que nada el tiempo y trabajo invertidos en las cochuras.
La comercialización de estos cacharros se colapsó con la competencia inusual de nuevos materiales que como el plástico renovaron el mundo de los recipientes domésticos a pesar de la persistente demanda de pucheros, cántaros y macetas, que comprados aquí por proveedores foráneos se vendían en pueblos cercanos como Bargas, Villasequilla y otros.
Pucheros rotos utilizados en un tabique.
4.- La producción de vasijas.
El alfar estaba especializado en vasijas de utilidad doméstica preferentemente, pero no por ello se dejaban de hacer piezas con cierta función decorativa como botijos en forma de toro o de luna, pedestales para jarrones, pilillas, etc. Realmente, todos los tipos producidos respondían a una tradición y modelos conocidos desde siempre.
Para el uso de contener líquidos y sólidos se fabricaban cántaros, jarras, botijos, tinajillas. Para el uso en la cocina, lavado y campo las piezas solían ser vidriadas y entre ellas: platos, tarros, barreños, ollas de un asa, cazuelas, besugueras y pucheros. No se conocían piezas de fuera que se pareciesen a las del alfar local y nunca se intentó asimilar o imitar formas y tipos de otros alfares. Como tampoco se modificaron las formas tradicionales atendiendo a un uso nuevo. Pero es cierto que la utilidad de algunas piezas desapareció y con ello su fabricación, como el caso de los cangilones de noria y los “botes” o cilindros de construcción. A decir de nuestro entrevistado se puede considerar como pieza sin paralelo en otros alfares el llamado “tarro de lejía”. Gozaban de mayor aceptación cacharros como las macetas, cántaros y pucheros, y decorativas, el botijo con forma de toro, así como entre los niños las piezas en miniatura que reproducían a escala los cacharros del alfar y las huchas o alcancías.
En resumen, la producción alfarera en Villaseca se desarrolló a lo largo de unos doscientos años aproximadamente con una continuidad en el carácter y finalidad de su fabricación. Sin duda, Villaseca fue el único centro de alfarería importante de la comarca de La Sagra, pues en ningún otro pueblo vecino se conoce tradición alfarera alguna.
Se trata, por tanto, de un centro productor de alfarería popular de carácter rural, siguiendo la definición de la autora Natacha Seseña en su libro La cerámica popular en Castilla la Nueva (Madrid, Editora Nacional, 1975) para este tipo de alfares dedicados a la fabricación de vasijas utilitarias de uso doméstico y destinadas al servicio de la casa y vida campesinas, y con unas funciones muy concretas adaptadas a las costumbres de una época.
Esta alfarería villasecana estaba especializada en trabajo vidriado ordinario, histórica y comúnmente denominado loza negra o de basto por su naturaleza apta para el fuego; pero también eran usuales las vasijas carentes de vidriado, apropiadas para contener o trasvasar agua principalmente.
El proceso técnico seguido por los alfareros de Villaseca se ciñe en lo fundamental a los procedimientos tradicionales generalizados en la cerámica popular castellana sin que advirtamos peculiaridades. Desde el tratamiento de la arcilla, de calidades gredosas, y su preparación en el obrador pasando por el modo y modelado de la pella en el torno, por el método de secado y la técnica de vidriado hasta el proceso relacionado con el horno no hay ninguna particularidad que sea extraña al contexto alfarero en el funcionamiento descrito en el testimonio precedente.
Lo mismo cabe decir de los instrumentos o herramientas recurrentes y de la terminología acuñada por el oficio.
Tornos en su alfar c/ Boquete (Dibujo del autor)
El torno utilizado es el de doble rueda y se compone básicamente de tres elementos: rueda, eje y plato de torneo. La rueda tiene un diámetro de 104 cms y está hecha de una tablazón circular de madera trabada en el reverso con tablas transversales. En su centro se enclava el eje, también de madera, pero con refuerzos metálicos o ya enteramente de hierro según los ejemplares conservados, y alcanza una altura de 67 cms, sujeto con una abrazadera a la traviesa de madera paralela al suelo que forma parte de la instalación; el plato o "cabezuela" es la rueda menor superior del torno, de madera o ya metálica, mide 25 cms de diámetro. Su instalación se hace entre dos traviesas horizontales de fijación sobre sendas patas, a 90 cms del suelo, que forman una mesa de tablas alrededor del plato y dejando libre un hueco en donde se ha de colocar el alfarero sobre un asiento de cañamazo, quedando a su izquierda el torno.
Por su parte, el tipo de horno era el llamado horno árabe, de planta circular, de unos tres metros de diámetro, cerramiento abovedado con una abertura superior y una boca o puerta por donde meter y retirar las cargas. Construido con ladrillos refractarios y siguiendo la tradición, constaba de dos partes principales: la "caldera", soterrada y de 1,5 m de altura con su "boca" para entrar el material combustible; y la cámara superior, de 2 m de alto, que contendrá los cacharros sobre un piso llamado "solera", que deja circular el calor y la llama hacia arriba, alcanzando así la carga.
Esquema del horno c/ Boquete (Dibujo del autor)
Como se ha visto, en el vidriado se empleaba el alcohol de hoja, es decir, sulfuro de plomo, mezclado con sílice. Se utilizaba para esta operación un molino de dos piedras circulares de granito, de 50 cms de diámetro, con un orificio central para encajar un eje de madera que hiciera girar la una sobre la otra a través de la fuerza manual.
La alfarería de Villaseca, características y tipos.
Uno de los incentivos del estudio de esta alfarería desaparecida como oficio es la posibilidad de encontrar todavía buen número de piezas conservadas, y no sólo las de los últimos años de producción sino también alguna que otra con visos de mayor antigüedad.
Esta circunstancia nos permite distinguir realmente y examinar como objetos únicos y de valor, como piezas de nuestro patrimonio cultural, los ejemplares que son atribuibles a este centro alfarero que fue Villaseca. Por tanto, sobre una determinada muestra de cacharros que se podría considerar de procedencia local, que hemos podido localizar y estudiar, habría que proponer una primera clasificación de la producción alfarera de Villaseca de la Sagra, separada en dos grandes apartados: a) el barro sin vidriar y b) el barro vidriado.
A partir de aquí es posible confeccionar una tipología local de las formas trabajadas en Villaseca siendo fácil observar las pequeñas diferencias de un alfar a otro. Pero, en general, pensamos que las piezas están bien definidas en su pertenencia a nuestros alfares.
Como es notorio también se puede apreciar que la producción de Villaseca tiene relación y analogías con otros alfares toledanos principalmente. A propósito de esto resulta interesante el hecho de que en los alfares activos antes de la Guerra Civil era frecuente encontrar aprendices de Consuegra, de Puebla de Montalbán y de Puente, en el caso del alfar de Eleuterio Lucas. Otras veces se ha querido comparar nuestra alfarería con la de Alcorcón (Madrid) por su semejanza en los cacharros.
A) Alfarería sin vidriar.
Cántaro. Dentro de la variedad sin vidriar era muy característico el cántaro, de uso imprescindible, dotado de personal decoración frente a otros alfares de tradición cantarera, admitiendo la cualidad estética de su porte y sus formas.
Cántaro y cantarilla (Colección propia)
Es la pieza más representativa y útil para contener y transportar agua. Su forma ovoide presenta como particularidad el modelado del gollete o cuello, terminado en boca con resalte, del que sale el asa, que dobla en codo. Tiene decoración incisa en una banda circular haciendo un dibujo corrido de medias lunas. Su capacidad es de 13 litros aproximadamente, pero se fabricaron también medidas menores como el medio cántaro y la cantarilla. En su elaboración se hacía uniendo por la panza las dos mitades trabajadas por separado a torno, para después añadir boca y asa y dibujar el adorno a peine. Su aspecto guarda un gran parecido en el perfil como en la decoración escueta con el de Puebla de Montalbán.
Tinajita o tinajilla. Ante la falta de piezas de gran tamaño, pues no se fabricaba la tinaja grande, era poco usual hacer ni siquiera una pieza menor cuya fabricación era totalmente a mano. Es de perfil ovoide, de 61 cms de altura, con base estrecha y boca muy ancha de borde grueso y recto. Lleva decoración incisa formando una banda ondulada continua.
Tinajilla y tarro de lejía (Dibujo del autor)
Tarro de lejía. Por su forma de cuba con borde grueso y por su decoración incisa recuerda el "colaor" producido en Mota del Cuervo (Cuenca). Este tarro se usaba en las faenas de la colada doméstica y servía como es obvio reconocer para tener la ropa en agua con lejía o probablemente para fabricar la lejía. Presenta tres bandas rectas y entremedias motivos de medias lunas como decoración. También lo encontramos con dos asas o desprovisto de ellas.
Botijo. Tiene forma ovoide. La boca y el pitorro están en el mismo eje y el asa es transversal a ellos. Presenta un resalte en la circunferencia por debajo de estos elementos. Puede ser en barro cocido, el más práctico sin duda, o como botijo vidriado enteramente, útil para la temporada de invierno.
Cangilón. Utilizado y modelado para permanecer sujeto en la rueda de noria, su perfil es el de una vasija de panza bulbosa y cuello recto y ensanchado. Muy similar a los que se han conocido en los alfares de Consuegra y otras partes.
Bebedero. Existen dos tipos: uno cilíndrico, cerrado en cono o pico, y otro de forma estrangulada con perfil bulboso. Su uso para dar de beber a aves o animales era frecuente en las granjas.
Hucha. Suele ser pieza de tamaño pequeño (15 a 16 cms de altura), de perfil ovoide y rematada en pitorro. Puesto el pellón sobre el torno, se modela y cierra totalmente, culminando en el pico. Se hace un agujerito pinchando con una punta en la parte superior para expulsar el aire pues de no ser así, en el secado la pieza se contraería y explotaría. Una vez duro el barro, con una cuchilla se hacía la ranura y luego a secar y cocer.
Chimenea. Se hacían tubos más o menos gruesos para chimeneas de casas. Al añadir un carácter decorativo la chimenea consiste en un tubo delgado cuyas paredes se horadan en aberturas dispuestas rítmicamente y rematando en una caperuza cónica moldurada.
Botes. Para la construcción también se torneaban unos pequeños cilindros huecos, de 16 cms de alto, con sendos agujeros en las bases utilizándose para levantar paredes trabándolos con yeso. Resultaba un material ligero y liviano, muy práctico para obras menores de albañilería.
Botes de obra (Colección propia)
B) Alfarería vidriada.
Dentro de la técnica de vidriado es donde los alfares de Villaseca han elaborado mayor y mejor número de piezas de calidad y de lograda perfección técnica. Nos remitimos a un conjunto numeroso de cacharros, destacando la jarra por su inconfundible perfil y adorno, pero sobre todo los utilizados en la cocina como el práctico puchero, en sus distintas medidas o tamaños, con el acabado característico y la buena apariencia formal que singularizaba a la alfarería de Villaseca. Las piezas llevan vidriado interior completo y al exterior lucen las chorreras o "mandil" del baño cubriendo parcial o casi enteramente.
Puchero y orzas (Dibujo del autor)
Jarra. El tipo dado en Villaseca es una pieza muy típica por su buena apariencia formal. Panza ovoide y cuello troncocónico que se abre para formar una boca de pico pronunciado. El asa arranca del mismo borde. En la unión del cuello con la panza un resalte semejando un cordón. Se ha de comparar con la jarra producida en Consuegra, y se verá que la de Villaseca resulta más estilizada. Se usaba para contener agua y cómo no, en las tabernas para el vino.
Jarra de vino (Colección propia)
Cántara. De forma ovoide, presenta un cuello o gollete muy corto y estrecho y de borde pronunciado. Lleva dos asas y su altura es de unos 33 cms. Se usaba como cantimplora para el campo. Se puede relacionar con este modelo una cántara más pequeña (24 cms tan sólo), de boca más alta y ancha que el cuello y otra cántara de mayor tamaño (39 cms) con boca más ancha, borde grueso y resalte bajo el borde. Se asemeja a la cántara del aguardiente de Priego (Cuenca).
Cántara de doble asa (Colección propia)
Puchero. Nos encontramos con otra de las piezas más frecuente y utilitaria, a la vez que variada en formas y tamaños. Este de Villaseca tiene un solo asa, que a veces arranca del borde mismo o lo hace desde la mitad del cuello. Todo puchero lleva su tapadera que aquí llaman "cobertera". El tamaño determina la forma: el puchero pequeño (desde 10 cms de altura) es achaparrado, y el perfil es ovoide cuando es más alto. Las bocas suelen ser igual o más anchas incluso que la base, el cuello un cuarto de la altura poco más o menos. Presentan analogías muy estrechas con el puchero de Consuegra. Como modalidad del puchero existe un tipo de forma acubada, menor desarrollo del cuello y base con reborde que parece responder también a la tradición villasecana.
Par de pucheros pequeños (Colección propia)
Olla. En relación con el puchero, la olla es formalmente un puchero de gran tamaño (sobre los 30 cms de altura o incluso los 40 cms). Era una pieza muy usada en las casas de labradores donde acudían cuadrillas de segadores, por lo que se las denomina "ollas gallegueras", por la procedencia de esos temporeros en otros tiempos. Presenta el mismo tipo que el puchero con las consiguientes variaciones en el perfil, pero ajustándose a una forma común y con afinidades con la olla de Consuegra o el puchero de Alcorcón.
Olla de segadores (Colección propia)
Orza. Podemos considerar así una vasija de dos asas similar al puchero, de forma ovoide y cuello más reducido. Las dos asas, enfrontadas, salen de la boca. También se hacían orzas cuya forma es la que se conoce como la más corriente y extendida, de boca ancha y borde grueso y asas pequeñas.
Besuguera. Es una pieza hecha totalmente a mano debido a su sección elipsoidal y alargada. Sus paredes son gruesas y llega a hacerse en distintos tamaños con una altura entre los 9 y 10 cms. Sus medidas están entre los 45 x 28 cms, los 55 x 26 cms y los 67 x 37 cms.
Cazuela. Es de tipo circular y forma troncocónica invertida. Sin asas. Se caracteriza por su borde a veces ondulado o rizado, añadiendo así una nota decorativa.
Orza de ordeñar. Corresponde a un tipo de olla de dos asas de perfil achaparrado con base muy ancha y boca de borde muy pronunciado desde donde arrancan las asas. Presenta en el borde una especie de pico, acotado por dos presiones hechas con los dedos sobre el barro tierno. Se hacían varios tamaños. En Cuerva se hace una vasija similar para el mismo uso.
Barreño. Forma troncocónica invertida de borde pronunciado y recto. Sus dimensiones oscilan entre los 48 y 50 cms el diámetro de la boca, y entre los 26,5 a 28,5 en la base, y su altura entre los 18 y 20 cms. Se hacían de varios tamaños y se usaban mayormente para el remojo de la ropa o como artesa para el lavado. Dentro de esta modalidad existe un tipo de barreño similar a la "marmita" de Alcorcón que se usaba al parecer para el arreglo de la matanza.
Vinajera o aceitera. Son piezas pequeñas para uso en el campo y que podemos adscribir a los alfares de Villaseca. De una o dos asas y de perfil ovoide y gollete estrecho para taparlas con un tapón de corcho. Quizás sean piezas antiguas que dejaron de fabricarse.
Conjunto de piezas de alfarería vidriada (Colección particular)
Botijo tauromorfo. Tiene un carácter más decorativo que utilitario y se corresponde con una imitación del torico de Cuenca.
Botella de lotería. Parece ser una pieza muy particular de nuestros alfares. No muy grande (21,5 cms de altura), presenta un cuello alargado con doble resalte en la boca. Vidriada por entero, tiene decoración incisa en bandas. Servía como bombo donde meter y sacar las bolas en el juego hogareño de la lotería.
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El objetivo de publicar esta segunda parte sobre la alfarería de Villaseca ha sido el de facilitar una identificación del material producido en los obradores, el que sin duda abundará todavía en nuestras casas. Cacharros a los que hay que mirar como objetos únicos e irrepetibles por su valor cultural inapreciable y por estar ligados al pasado reciente de esta población.
Cántaros, jarras, pucheros y otros cachivaches de barro fabricados aquí y que representan parte de la esencia histórica de Villaseca de la Sagra.
En cualquier caso, la cerámica popular de Villaseca de la Sagra se está convirtiendo en objetos de anticuario por su rareza y su relativa belleza o antigüedad. Este es el valor que junto a la conservación se le puede dar hoy a las frágiles reliquias de esta alfarería lamentablemente ya desaparecida como oficio. Entendemos que son objetos que no se deberían perderse por ignorancia o desidia.
¡Ojalá podamos algún día ver una exposición digna de esta alfarería nuestra!
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Con este trabajo sobre la alfarería de Villaseca de la Sagra hemos dado cumplimiento a fijar nuestra memoria en aquel oficio desaparecido.
Agradecimientos muchos, primero a Antonio Lucas Solar, hijo de alfarero, por facilitarnos en aquellos años datos interesantes, y a todos los que en 1984 y en adelante nos hablaron de la alfarería de Villaseca y nos dieron cuenta de sus vivencias sobre la tradición y el oficio alfarero y nos mostraron piezas de barro que aún conservaban con considerable cariño.
















