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miércoles, 27 de noviembre de 2024

Memoria sobre un oficio desaparecido: la alfarería en Villaseca de la Sagra (II)

 

MEMORIA SOBRE UN OFICIO DESAPARARECIDO: LA ALFARERIA EN VILLASECA DE LA SAGRA (SEGUNDA PARTE)   


Antonio J. Díaz F.
Historiador


    Como continuación a la primera parte de nuestro estudio sobre la tradición alfarera en Villaseca de la Sagra en Memoria sobre un oficio desaparecido… (primer trabajo de nuestro blog https://memoriadevillasecadelasagra.blogspot.com/2024/06/memoria-sobre-un-oficio-desaparecido-la.html ) en la que considerábamos históricamente el arraigo de la alfarería en Villaseca de la Sagra, sus orígenes, evolución y extinción, proponemos continuar con esta segunda parte para tratar los testimonios que nos hablan sobre el oficio, reconociendo primero las tareas que se llevaban a cabo dentro del alfar para después ir identificando y caracterizando los objetos de fabricación local. De esta forma podríamos establecer un catálogo mínimamente representativo de la producción alfarera en Villaseca de la Sagra.

En el momento que emprendimos el estudio etnográfico al que este trabajo se remite, allá por el año 1984, la información oral nos sirvió para empezar a conocer las labores que se realizaban en el último alfar familiar. Conseguimos un testimonio directo sobre la realidad de la alfarería, sus espacios, sus procesos de elaboración, de fabricación, de acabado y de distribución. Supimos de la propia jerga utilizada en el oficio, de los materiales, de los útiles manejados y de las técnicas heredadas de la tradición y, en definitiva, entramos en el conocimiento del peculiar mundo laboral de una de las últimas familias que en Villaseca de la Sagra se dedicó a este oficio hasta su desaparición como tal.
En aquella ocasión recogimos el testimonio directo de alguien que había vivido la experiencia familiar en el último alfar, concretamente, el de los sucesores de Juan de Mata Lucas, que produjo en Villaseca cacharros de barro con o sin “vedrío”, propios de la alfarería tradicional de este pueblo de la provincia de Toledo. Este alfar estaba situado en la calle del Boquete, luego llamada Gral. Sanjurjo y hoy día, calle de la Poza con calle Alfares.
Anuncio Alfarería. El Alcázar, 1942
Texto de un anuncio publicitario en el periódico El Alcázar, 1942.

Este testimonio espontáneo nos transmitía la realidad de lo que fue el último alfar de Villaseca y nos remitía a prácticas alfareras, a condicionantes económicos y a aspectos técnicos que revelaban el carácter tradicional que tuvo esta alfarería hasta hace poco tan desconocida pero que es posible contextualizar, no de una forma exhaustiva, pero sí bastante esclarecedora.
No queremos ignorar la investigación igualmente interesante y complementaria a la nuestra que hizo ya en 1997 Juan Manuel Pradillo al publicar su libro Alfareros toledanos (2 vols., Toledo, Juan de Comunidades de Castilla-La Mancha, 1997), en cuyo tomo II recogía bastantes datos sobre el tema y una información testimonial de los que conocieron el oficio en el alfar de Eleuterio Lucas.
De este modo, queremos rememorar los aspectos del trabajo de la alfarería en Villaseca de la Sagra, hacia los años de 1960-1970, pero haciendo extensivas estas referencias sobre el oficio a la mayoría de los alfares que aquí pudieron existir con anterioridad.

El trabajo del alfarero.
1.- El proceso de elaboración y fabricación. 
Para la obtención de la materia prima, el barro o arcilla, el alfarero villasecano se ha visto favorecido desde que instaló su industria por la naturaleza gredosa o terrosa del suelo del propio término municipal y, por tanto, se ha surtido en distintos sitios, eso sí, bien escogidos, como, por ejemplo, al norte del caserío en la proximidad del cementerio público, el paraje conocido como Lomo Perro. El material más idóneo era el proporcionado por la corteza superficial, más reseca que las capas profundas de los cortes, facilitando la elaboración de la mezcla posterior. La tierra seleccionada ofrece así unas cualidades arcillosas que la hacen lo suficientemente maleable y elástica para el trabajo preparatorio y para las exigencias del resultado final del proceso que ha de ser el conseguir la buena calidad técnica de la pieza.
Una vez transportada la cantidad necesaria al taller, esta tierra se echaba sobre un suelo acondicionado de tablas, extendiéndose y empapándose bien de agua. En este estado había de reposar la mezcla terrosa por tiempo de 24 horas al cabo de las cuales los terrones se han deshecho y han formado una masa de barro bien compacta y densa. Esta masa se ha de poder cortar en bloques que, dispuestos en tablas, permitían su traslado a un nuevo tablado en donde se procedía al pisado y batido para consolidar la mezcla y darla un punto de compactación definitivo. De este modo, la pasta elaborada podía ser cortada para que trozo a trozo fuera conducida ya al obrador en donde esperaba ser trabajada. 
Aquí, los operarios se ocupaban en quitar manualmente las impurezas todavía adheridas al barro, depurando los bloques de arcilla de "chinas" o “caliches” y de pegotes duros o “gorullos” para obtener una pasta homogénea y libre de impurezas. 
Luego, se procedía a la formación de los "pellones" o trozos manejables que son llevados directamente al torno para el modelado sucesivo de las piezas.
El alfarero en el torno. Villaseca de la Sagra
El maestro alfarero posando en el viejo torno, con un muestrario de piezas. 
Alfar de Juan de Mata Lucas, hacia 1930.
(Foto cortesía de Juana López Lucas)

Ante todo, eran las hábiles manos del alfarero, su larga experiencia y su maestría en el torno las premisas para mantener el alfar en producción. La herramienta indispensable del alfarero es el torno, artilugio de madera de tipo tradicional a base de dos ruedas y un eje. A veces se utilizaban elementos supletorios para poner en el "plato" superior como, por ejemplo, a la hora de moldear barreños, para lo que se necesitaba una base más amplia para trabajar el pellón. Sobre la rueda o plato superior del torno se colocaba como decimos la “pella” o pellón, que se enderezaba y centraba con las dos manos y aprovechando la fuerza giratoria aplicada a la rueda inferior con el pie se iniciaba el torneado de la pieza a la vez que se iba abriendo y subiendo el barro utilizando más que nada la pericia de manos y dedos para dar forma a los distintos cacharros. El alfarero se servía de pequeños instrumentos para alisar superficies, rebajar o retirar el exceso de barro, como eran una media caña, una chapa curvada, un peine y otros. Una vez dada la forma deseada y acabado el torneado, la vasija se desprende de su base cortando con el "hilo", separándola del torno y depositándola cuidadosamente sobre una tabla situada al alcance del alfarero y dispuesta para ir dejando las piezas recién trabajadas, sin romper el ritmo de fabricación. 
Terminada la pieza y retirada del torno, el siguiente paso es dejarla secar, pero ha de evitarse cualquier contacto directo con el sol porque el barro se resentiría de este calentamiento y se quebraría, por lo cual se habilita una habitación con buena ventilación que llaman "secadero" donde las vasijas reposan en diversos estantes de madera. 
La mayoría de las piezas requería un acabado fuera del torno para colocar los elementos accesorios. Es así que para poner las asas o “enasar” había que dejar la vasija oreándose unas horas y luego pegarlas con la “barbotina” o barro muy diluido en agua, procedimiento que aquí se llamaba "a la moja", sirviéndose para ello de una cazuela con agua en la que el alfarero humedece constantemente los dedos como también lo hacía durante la tarea de torneado.
Normalmente se solían esperar unos dos días para asegurar el secado perfecto ya que se trataba de un proceso necesariamente lento. No obstante, la duración del secado dependía en gran medida de la estación climática, como es obvio.
Aprendices enasando pucheros. Alfar .Villaseca de la Sagra
Tarea de los jóvenes aprendices, enasando pucheros.
Alfar de Juan de Mata Lucas, hacia 1930.
(Foto cortesía de Juana López Lucas)

Comprobado el secado óptimo, se procedía a su conducción al horno una vez acumulado un cierto número de piezas destinadas a ello. En esta fase en que interviene el fuego, las piezas se han de colocar directamente sobre el suelo o "solera" del horno, que ha de estar apagado, apilándolas cuidadosamente unas encima de otras de forma que a todas llegue el calor. Después de la cocción quedarán allí dentro por un espacio calculado de tiempo para procurar su templado y progresivo enfriamiento, evitando así su rotura con cambios bruscos de temperatura.
Para el calentamiento del horno el encendido se realizaba primero a base de un fuego lento durante una hora aproximada para después ir añadiendo "cardas" o haces o golpes de leña, de vez en vez, con lo que las llamas se avivaban y el calor se llevaba a temperaturas entre los 800ºC y 900ºC. La permanencia de cada hornada se hacía por tiempo de ocho a nueve horas con el horno a pleno rendimiento y bien alimentado el fuego. La clase de combustible común utilizado en el alfar era leña consistente propiamente en retamas y tarays o tamariscos (recurso vegetal silvestre fácilmente recogido en la zona) y también era empleado el "orujo", formado por huesos de aceituna, que se transportaba desde el vecino pueblo olivarero de Alameda de la Sagra. 
Una sola cochura era suficiente para los cacharros de barro sin vidriado mientras que la aplicación del baño o vidriado requería para un cierto tipo de cacharros la realización de una segunda cocción. Este llamado “vedrío” se traía en bruto desde Linares, provincia de Jaén, ya que se trataba de un mineral que se producía en sus minas. Solían traerlo trajinantes o arrieros del propio Villaseca. Se usaba en las labores cerámicas por su contenido en sulfuro de plomo y era llamado genéricamente “alcohol de hoja”. La piedra llegada al alfar era molida manualmente empleando para ello dos muelas de granito que en su rotar una sobre otra pulverizaban el mineral. Era usual que en Villaseca los alfareros mezclaran este producto plumbífero con el obtenido de machacar piedras de sílex o pedernal porque era bien conocido que con la sílice se conseguía una mejor consistencia del propio vidriado
Molino de vedrío. Alfar. Villaseca de la Sagra
Piedras desmontadas de un molino de “vedrío”
    
Esta sustancia ya pulverizada y en cierto modo enriquecida se disolvía en un barreño con agua obteniéndose un líquido denso de color azulado. Para su bañado las piezas se van mojando con la mano en las partes que interesaba cubrir, sobre todo en interiores y bordes de las vasijas. Piezas, por supuesto, ya cocidas una vez y que después de recibir el baño se vuelven a introducir en el horno para una nueva cochura que fije y vitrifique el líquido sobre el barro. Esta vez la colocación dentro del horno cambia al tener que ser apiladas boca abajo para evitar el goteo y procurando no juntar las piezas para que no se pegasen. Con este fin se utilizaban unos separadores de tres patas o “trébedes” y unos rodillos de barro cocido, son los llamados atifles y carretes, respectivamente. La temperatura del vidriado es la misma de 900ºC y el proceso de cocción no difiere del primer horneo. Pero ahora, las piezas estarán acabadas de cocer cuando se observen o caten limpias de hollín y su color sea el del rojo vivo dentro del horno. 
La pieza vidriada adquiere con el baño un color amielado y brillante de distintos tonos, más o menos tostados. Indudablemente, el vidriado es un procedimiento que favorece la conservación de la pieza y hermosea la forma final, pero también contribuye a una mayor higiene en sus usos. Es útil para piezas con una función concreta que no sea solamente la de contener líquidos por lo que es indicado para cacharros que se exponían al fuego o lumbre dentro de las cocinas o en el campo para la elaboración de alimentos. El vidriado es una técnica tradicional en la alfarería villasecana y no se ha practicado decoración intencionada sobre esta cubierta, solo el chorreo aleatorio en el exterior de la pieza es su particularidad.
También, fuera del torno y sin la utilización de su fuerza giratoria se confeccionaban otro tipo de cacharros simplemente con las manos. Es el caso de las besugueras, de sección elipsoidal, y partes de complemento como las pilillas.

2.- Los aspectos laboral y productivo. 
El trabajo en el alfar implicaba a toda la familia, diversificándose las tareas. La jornada laboral comprendía bastantes horas al día, pero sin imponer un ritmo fijo y sólo en función de las tareas realizables diariamente. Por ejemplo, en verano la cocción se hacía de madrugada para evitar el calor del día y para tener a primeras horas de la mañana siguiente las piezas terminadas. Domingos y fiestas eran días de asueto, naturalmente.
De entre las fases del proceso de fabricación el manejo del torno necesitaba de un mayor adiestramiento y pericia que sólo el maestro experimentado poseía, mientras que la preparación del horno resultaba una tarea más dura debido al riesgo que suponía el contacto con el fuego y el agobio del calor, con el consiguiente peligro de quemarse a la hora de su encendido y mantenimiento. No obstante, la labor reservada a las mujeres de la casa-alfar eran las de "ahornar" y "desahornar", entrar y sacar las hornadas.
El número de piezas que podían salir de las manos del alfarero en una jornada laboral ininterrumpida se aproximaba a las trescientas de pequeño tamaño, doscientas de mediano y unas cuarenta de mayor volumen. El proceso de modelado a mano era desde luego mucho más entretenido y lento, sobre todo en lo que respecta a la fabricación de las mencionadas besugueras. A veces, los encargos afectaban a la producción con lo que había una dedicación a fabricar objetos tal vez impuestos por las modas o gustos particulares sobre la propia tradición del cacharro útil, tal es el caso de la producción de macetas y otras piezas que se hacían indispensables en el adorno de las casas.
El volumen de producción era más alto en época de verano debido a las condiciones benignas de la estación, lo que favorecía el secado rápido de las piezas. En cambio, el invierno impedía trabajar por el inconveniente de las temperaturas, la manipulación del barro en estado frío (para evitar esta contrariedad el artesano colocaba una cocinilla o braserillo de barro sobre el que ponía la cazuela de la “moja”) y lo perjudicial de las heladas sobre el secado. Por ello el periodo invernal se aprovechaba más para los trabajos de cocción de piezas ya almacenadas y terminadas de secar. 
En cuanto al carácter del trabajo y sus condicionantes productivos podríamos indicar como ejemplo que la duración para tornear una hucha de 15 cm de altura solía ser de dos minutos; una jarra, algo mayor, llevaba cuatro minutos; mientras que un cántaro (son 46 cm de alto) ocupaba de ocho a diez minutos.

3.- La rentabilidad y comercialización. 
El último alfar de Villaseca, según los testimonios manifestados, mantenía económicamente a tres familias, unas diez personas, que vivían exclusivamente de la alfarería y luego con la industria de ladrillos. Trabajaban tres operarios en las tareas fundamentales del oficio lo que suponía desarrollar una explotación exclusivamente en régimen familiar, en la que casi un tercio de sus integrantes cargan con el peso de la producción.
Este sistema no concebía la asociación económica ni gremial con otros alfareros ni siquiera con los vendedores. La demanda local era igual a la foránea y la venta se realizaba en el mismo alfar, aunque también era normal el transporte y venta ambulante de la cacharrería a lomo de borricos, incluso por las calles del propio pueblo. Es significativo que en el pueblo existía un despacho de alfarería de Ocaña (botijos y cántaros) y de otra procedencia, pero parece no haber existido la venta ambulante que introdujera mucho género de fuera.
En los años sesenta del s. XX, los precios de algunas piezas eran 10 pesetas el cántaro, 25 céntimos la hucha, 3 ptas el puchero, 25 ptas un barreño; teniendo en cuenta que el mayor tamaño de la pieza y el vidriado encarecían el producto por lo que suponía más que nada el tiempo y trabajo invertidos en las cochuras.
La comercialización de estos cacharros se colapsó con la competencia inusual de nuevos materiales que como el plástico renovaron el mundo de los recipientes domésticos a pesar de la persistente demanda de pucheros, cántaros y macetas, que comprados aquí por proveedores foráneos se vendían en pueblos cercanos como Bargas, Villasequilla y otros.
Pucheros en una pared. Villaseca de la Sagra
Pucheros rotos utilizados en un tabique.

4.- La producción de vasijas. 
El alfar estaba especializado en vasijas de utilidad doméstica preferentemente, pero no por ello se dejaban de hacer piezas con cierta función decorativa como botijos en forma de toro o de luna, pedestales para jarrones, pilillas, etc. Realmente, todos los tipos producidos respondían a una tradición y modelos conocidos desde siempre.
Para el uso de contener líquidos y sólidos se fabricaban cántaros, jarras, botijos, tinajillas. Para el uso en la cocina, lavado y campo las piezas solían ser vidriadas y entre ellas: platos, tarros, barreños, ollas de un asa, cazuelas, besugueras y pucheros. No se conocían piezas de fuera que se pareciesen a las del alfar local y nunca se intentó asimilar o imitar formas y tipos de otros alfares. Como tampoco se modificaron las formas tradicionales atendiendo a un uso nuevo. Pero es cierto que la utilidad de algunas piezas desapareció y con ello su fabricación, como el caso de los cangilones de noria y los “botes” o cilindros de construcción. A decir de nuestro entrevistado se puede considerar como pieza sin paralelo en otros alfares el llamado “tarro de lejía”. Gozaban de mayor aceptación cacharros como las macetas, cántaros y pucheros, y decorativas, el botijo con forma de toro, así como entre los niños las piezas en miniatura que reproducían a escala los cacharros del alfar y las huchas o alcancías.
En resumen, la producción alfarera en Villaseca se desarrolló a lo largo de unos doscientos años aproximadamente con una continuidad en el carácter y finalidad de su fabricación. Sin duda, Villaseca fue el único centro de alfarería importante de la comarca de La Sagra, pues en ningún otro pueblo vecino se conoce tradición alfarera alguna. 
Se trata, por tanto, de un centro productor de alfarería popular de carácter rural, siguiendo la definición de la autora Natacha Seseña en su libro La cerámica popular en Castilla la Nueva (Madrid, Editora Nacional, 1975) para este tipo de alfares dedicados a la fabricación de vasijas utilitarias de uso doméstico y destinadas al servicio de la casa y vida campesinas, y con unas funciones muy concretas adaptadas a las costumbres de una época. 
Esta alfarería villasecana estaba especializada en trabajo vidriado ordinario, histórica y comúnmente denominado loza negra o de basto por su naturaleza apta para el fuego; pero también eran usuales las vasijas carentes de vidriado, apropiadas para contener o trasvasar agua principalmente. 
El proceso técnico seguido por los alfareros de Villaseca se ciñe en lo fundamental a los procedimientos tradicionales generalizados en la cerámica popular castellana sin que advirtamos peculiaridades. Desde el tratamiento de la arcilla, de calidades gredosas, y su preparación en el obrador pasando por el modo y modelado de la pella en el torno, por el método de secado y la técnica de vidriado hasta el proceso relacionado con el horno no hay ninguna particularidad que sea extraña al contexto alfarero en el funcionamiento descrito en el testimonio precedente. 
Lo mismo cabe decir de los instrumentos o herramientas recurrentes y de la terminología acuñada por el oficio. 
Dibujo sobre un alfar. Villaseca de la Sagra
Tornos en su alfar c/ Boquete (Dibujo del autor)

El torno utilizado es el de doble rueda y se compone básicamente de tres elementos: rueda, eje y plato de torneo. La rueda tiene un diámetro de 104 cms y está hecha de una tablazón circular de madera trabada en el reverso con tablas transversales. En su centro se enclava el eje, también de madera, pero con refuerzos metálicos o ya enteramente de hierro según los ejemplares conservados, y alcanza una altura de 67 cms, sujeto con una abrazadera a la traviesa de madera paralela al suelo que forma parte de la instalación; el plato o "cabezuela" es la rueda menor superior del torno, de madera o ya metálica, mide 25 cms de diámetro. Su instalación se hace entre dos traviesas horizontales de fijación sobre sendas patas, a 90 cms del suelo, que forman una mesa de tablas alrededor del plato y dejando libre un hueco en donde se ha de colocar el alfarero sobre un asiento de cañamazo, quedando a su izquierda el torno.
Por su parte, el tipo de horno era el llamado horno árabe, de planta circular, de unos tres metros de diámetro, cerramiento abovedado con una abertura superior y una boca o puerta por donde meter y retirar las cargas. Construido con ladrillos refractarios y siguiendo la tradición, constaba de dos partes principales: la "caldera", soterrada y de 1,5 m de altura con su "boca" para entrar el material combustible; y la cámara superior, de 2 m de alto, que contendrá los cacharros sobre un piso llamado "solera", que deja circular el calor y la llama hacia arriba, alcanzando así la carga.
Esquema de horno de alfar. Villaseca de la Sagra
Esquema del horno c/ Boquete (Dibujo del autor)

Como se ha visto, en el vidriado se empleaba el alcohol de hoja, es decir, sulfuro de plomo, mezclado con sílice. Se utilizaba para esta operación un molino de dos piedras circulares de granito, de 50 cms de diámetro, con un orificio central para encajar un eje de madera que hiciera girar la una sobre la otra a través de la fuerza manual.

La alfarería de Villaseca, características y tipos. 
Uno de los incentivos del estudio de esta alfarería desaparecida como oficio es la posibilidad de encontrar todavía buen número de piezas conservadas, y no sólo las de los últimos años de producción sino también alguna que otra con visos de mayor antigüedad.
Esta circunstancia nos permite distinguir realmente y examinar como objetos únicos y de valor, como piezas de nuestro patrimonio cultural, los ejemplares que son atribuibles a este centro alfarero que fue Villaseca. Por tanto, sobre una determinada muestra de cacharros que se podría considerar de procedencia local, que hemos podido localizar y estudiar, habría que proponer una primera clasificación de la producción alfarera de Villaseca de la Sagra, separada en dos grandes apartados: a) el barro sin vidriar y b) el barro vidriado. 
A partir de aquí es posible confeccionar una tipología local de las formas trabajadas en Villaseca siendo fácil observar las pequeñas diferencias de un alfar a otro. Pero, en general, pensamos que las piezas están bien definidas en su pertenencia a nuestros alfares.
Como es notorio también se puede apreciar que la producción de Villaseca tiene relación y analogías con otros alfares toledanos principalmente. A propósito de esto resulta interesante el hecho de que en los alfares activos antes de la Guerra Civil era frecuente encontrar aprendices de Consuegra, de Puebla de Montalbán y de Puente, en el caso del alfar de Eleuterio Lucas. Otras veces se ha querido comparar nuestra alfarería con la de Alcorcón (Madrid) por su semejanza en los cacharros.

A) Alfarería sin vidriar.
Cántaro. Dentro de la variedad sin vidriar era muy característico el cántaro, de uso imprescindible, dotado de personal decoración frente a otros alfares de tradición cantarera, admitiendo la cualidad estética de su porte y sus formas. 
Cántaros. Villaseca de la Sagra
Cántaro y cantarilla (Colección propia)

Es la pieza más representativa y útil para contener y transportar agua. Su forma ovoide presenta como particularidad el modelado del gollete o cuello, terminado en boca con resalte, del que sale el asa, que dobla en codo. Tiene decoración incisa en una banda circular haciendo un dibujo corrido de medias lunas. Su capacidad es de 13 litros aproximadamente, pero se fabricaron también medidas menores como el medio cántaro y la cantarilla. En su elaboración se hacía uniendo por la panza las dos mitades trabajadas por separado a torno, para después añadir boca y asa y dibujar el adorno a peine. Su aspecto guarda un gran parecido en el perfil como en la decoración escueta con el de Puebla de Montalbán. 
Tinajita o tinajilla. Ante la falta de piezas de gran tamaño, pues no se fabricaba la tinaja grande, era poco usual hacer ni siquiera una pieza menor cuya fabricación era totalmente a mano. Es de perfil ovoide, de 61 cms de altura, con base estrecha y boca muy ancha de borde grueso y recto. Lleva decoración incisa formando una banda ondulada continua. 
Dibujo de tinajilla. Villaseca de la Sagra
Tinajilla y tarro de lejía (Dibujo del autor)

Tarro de lejía. Por su forma de cuba con borde grueso y por su decoración incisa recuerda el "colaor" producido en Mota del Cuervo (Cuenca). Este tarro se usaba en las faenas de la colada doméstica y servía como es obvio reconocer para tener la ropa en agua con lejía o probablemente para fabricar la lejía. Presenta tres bandas rectas y entremedias motivos de medias lunas como decoración. También lo encontramos con dos asas o desprovisto de ellas. 
Botijo. Tiene forma ovoide. La boca y el pitorro están en el mismo eje y el asa es transversal a ellos. Presenta un resalte en la circunferencia por debajo de estos elementos. Puede ser en barro cocido, el más práctico sin duda, o como botijo vidriado enteramente, útil para la temporada de invierno.
Cangilón. Utilizado y modelado para permanecer sujeto en la rueda de noria, su perfil es el de una vasija de panza bulbosa y cuello recto y ensanchado. Muy similar a los que se han conocido en los alfares de Consuegra y otras partes.
Bebedero. Existen dos tipos: uno cilíndrico, cerrado en cono o pico, y otro de forma estrangulada con perfil bulboso. Su uso para dar de beber a aves o animales era frecuente en las granjas.
Hucha. Suele ser pieza de tamaño pequeño (15 a 16 cms de altura), de perfil ovoide y rematada en pitorro. Puesto el pellón sobre el torno, se modela y cierra totalmente, culminando en el pico. Se hace un agujerito pinchando con una punta en la parte superior para expulsar el aire pues de no ser así, en el secado la pieza se contraería y explotaría. Una vez duro el barro, con una cuchilla se hacía la ranura y luego a secar y cocer.
Chimenea. Se hacían tubos más o menos gruesos para chimeneas de casas. Al añadir un carácter decorativo la chimenea consiste en un tubo delgado cuyas paredes se horadan en aberturas dispuestas rítmicamente y rematando en una caperuza cónica moldurada.
Botes. Para la construcción también se torneaban unos pequeños cilindros huecos, de 16 cms de alto, con sendos agujeros en las bases utilizándose para levantar paredes trabándolos con yeso. Resultaba un material ligero y liviano, muy práctico para obras menores de albañilería.
Botes de construcción. Villaseca de la Sagra
Botes de obra (Colección propia)

B) Alfarería vidriada.
Dentro de la técnica de vidriado es donde los alfares de Villaseca han elaborado mayor y mejor número de piezas de calidad y de lograda perfección técnica. Nos remitimos a un conjunto numeroso de cacharros, destacando la jarra por su inconfundible perfil y adorno, pero sobre todo los utilizados en la cocina como el práctico puchero, en sus distintas medidas o tamaños, con el acabado característico y la buena apariencia formal que singularizaba a la alfarería de Villaseca. Las piezas llevan vidriado interior completo y al exterior lucen las chorreras o "mandil" del baño cubriendo parcial o casi enteramente.
Dibujo piezas de alfarería. Villaseca de la Sagra
Puchero y orzas (Dibujo del autor)

Jarra. El tipo dado en Villaseca es una pieza muy típica por su buena apariencia formal. Panza ovoide y cuello troncocónico que se abre para formar una boca de pico pronunciado. El asa arranca del mismo borde. En la unión del cuello con la panza un resalte semejando un cordón. Se ha de comparar con la jarra producida en Consuegra, y se verá que la de Villaseca resulta más estilizada. Se usaba para contener agua y cómo no, en las tabernas para el vino.
Jarra de vino. Villaseca de la Sagra
Jarra de vino (Colección propia)

Cántara. De forma ovoide, presenta un cuello o gollete muy corto y estrecho y de borde pronunciado. Lleva dos asas y su altura es de unos 33 cms. Se usaba como cantimplora para el campo. Se puede relacionar con este modelo una cántara más pequeña (24 cms tan sólo), de boca más alta y ancha que el cuello y otra cántara de mayor tamaño (39 cms) con boca más ancha, borde grueso y resalte bajo el borde. Se asemeja a la cántara del aguardiente de Priego (Cuenca).
Cántara. Villaseca de la Sagra
Cántara de doble asa (Colección propia)

Puchero. Nos encontramos con otra de las piezas más frecuente y utilitaria, a la vez que variada en formas y tamaños. Este de Villaseca tiene un solo asa, que a veces arranca del borde mismo o lo hace desde la mitad del cuello. Todo puchero lleva su tapadera que aquí llaman "cobertera". El tamaño determina la forma: el puchero pequeño (desde 10 cms de altura) es achaparrado, y el perfil es ovoide cuando es más alto. Las bocas suelen ser igual o más anchas incluso que la base, el cuello un cuarto de la altura poco más o menos. Presentan analogías muy estrechas con el puchero de Consuegra. Como modalidad del puchero existe un tipo de forma acubada, menor desarrollo del cuello y base con reborde que parece responder también a la tradición villasecana.
Pucheros pequeños. Villaseca de la Sagra
Par de pucheros pequeños (Colección propia)

Olla. En relación con el puchero, la olla es formalmente un puchero de gran tamaño (sobre los 30 cms de altura o incluso los 40 cms). Era una pieza muy usada en las casas de labradores donde acudían cuadrillas de segadores, por lo que se las denomina "ollas gallegueras", por la procedencia de esos temporeros en otros tiempos. Presenta el mismo tipo que el puchero con las consiguientes variaciones en el perfil, pero ajustándose a una forma común y con afinidades con la olla de Consuegra o el puchero de Alcorcón.
Olla vidriada. Villaseca de la Sagra
Olla de segadores (Colección propia)

Orza. Podemos considerar así una vasija de dos asas similar al puchero, de forma ovoide y cuello más reducido. Las dos asas, enfrontadas, salen de la boca. También se hacían orzas cuya forma es la que se conoce como la más corriente y extendida, de boca ancha y borde grueso y asas pequeñas.
Besuguera. Es una pieza hecha totalmente a mano debido a su sección elipsoidal y alargada. Sus paredes son gruesas y llega a hacerse en distintos tamaños con una altura entre los 9 y 10 cms. Sus medidas están entre los 45 x 28 cms, los 55 x 26 cms y los 67 x 37 cms.
Cazuela. Es de tipo circular y forma troncocónica invertida. Sin asas. Se caracteriza por su borde a veces ondulado o rizado, añadiendo así una nota decorativa.
Orza de ordeñar. Corresponde a un tipo de olla de dos asas de perfil achaparrado con base muy ancha y boca de borde muy pronunciado desde donde arrancan las asas. Presenta en el borde una especie de pico, acotado por dos presiones hechas con los dedos sobre el barro tierno. Se hacían varios tamaños. En Cuerva se hace una vasija similar para el mismo uso.
Barreño. Forma troncocónica invertida de borde pronunciado y recto. Sus dimensiones oscilan entre los 48 y 50 cms el diámetro de la boca, y entre los 26,5 a 28,5 en la base, y su altura entre los 18 y 20 cms. Se hacían de varios tamaños y se usaban mayormente para el remojo de la ropa o como artesa para el lavado. Dentro de esta modalidad existe un tipo de barreño similar a la "marmita" de Alcorcón que se usaba al parecer para el arreglo de la matanza.
Vinajera o aceitera. Son piezas pequeñas para uso en el campo y que podemos adscribir a los alfares de Villaseca. De una o dos asas y de perfil ovoide y gollete estrecho para taparlas con un tapón de corcho. Quizás sean piezas antiguas que dejaron de fabricarse.
Conjunto de piezas de alfarería. Villaseca de la Sagra
Conjunto de piezas de alfarería vidriada (Colección particular)

Botijo tauromorfo. Tiene un carácter más decorativo que utilitario y se corresponde con una imitación del torico de Cuenca.
Botella de lotería. Parece ser una pieza muy particular de nuestros alfares. No muy grande (21,5 cms de altura), presenta un cuello alargado con doble resalte en la boca. Vidriada por entero, tiene decoración incisa en bandas. Servía como bombo donde meter y sacar las bolas en el juego hogareño de la lotería.
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El objetivo de publicar esta segunda parte sobre la alfarería de Villaseca ha sido el de facilitar una identificación del material producido en los obradores, el que sin duda abundará todavía en nuestras casas. Cacharros a los que hay que mirar como objetos únicos e irrepetibles por su valor cultural inapreciable y por estar ligados al pasado reciente de esta población. 
    Cántaros, jarras, pucheros y otros cachivaches de barro fabricados aquí y que representan parte de la esencia histórica de Villaseca de la Sagra.
En cualquier caso, la cerámica popular de Villaseca de la Sagra se está convirtiendo en objetos de anticuario por su rareza y su relativa belleza o antigüedad. Este es el valor que junto a la conservación se le puede dar hoy a las frágiles reliquias de esta alfarería lamentablemente ya desaparecida como oficio. Entendemos que son objetos que no se deberían perderse por ignorancia o desidia.
¡Ojalá podamos algún día ver una exposición digna de esta alfarería nuestra!
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Con este trabajo sobre la alfarería de Villaseca de la Sagra hemos dado cumplimiento a fijar nuestra memoria en aquel oficio desaparecido. 
Agradecimientos muchos, primero a Antonio Lucas Solar, hijo de alfarero, por facilitarnos en aquellos años datos interesantes, y a todos los que en 1984 y en adelante nos hablaron de la alfarería de Villaseca y nos dieron cuenta de sus vivencias sobre la tradición y el oficio alfarero y nos mostraron piezas de barro que aún conservaban con considerable cariño. 


martes, 18 de junio de 2024

Memoria sobre un oficio desaparecido: la alfarería en Villaseca de la Sagra (I).

          Memoria sobre un oficio desaparecido: la

 alfarería en Villaseca de la Sagra (Primera parte).

Antonio J. Díaz F. 
Historiador

                    Si atendemos a los aspectos históricos más singulares de Villaseca de la Sagra relacionados con su desarrollo económico a través de siglos pasados siempre encontramos como fuente de riqueza el cultivo de sus campos, de su cereal. Sin embargo, sólo era una economía de subsistencia en tierras de “pan llevar”, expresión de otras épocas, cuando la agricultura era prácticamente el recurso principal de las familias de labradores y arrendatarios que componían el vecindario de la villa, sin excluir otros oficios minoritarios o esporádicos necesarios para la comunidad.

    En este caso, nuestra atención se vuelca sobre un oficio desaparecido como fue la alfarería en Villaseca de la Sagra, tema que ya nos había suscitado interés cuando en 1989 nos propusimos hacer un estudio que, sin embargo, quedó inédito y sin publicar, y al que nos remitimos [1] . 

    No de otro modo, un recorrido cronológico nos hará recomponer el devenir de la historia de la alfarería villasecana a través de los testimonios aparecidos en distintos y sucesivos documentos que arrancan principalmente del siglo XVIII cuando se hace más frecuente la mención a esta entonces llamada "industria".
 
EL SIGLO XVIII
    Como decimos, la economía de Villaseca durante el Antiguo Régimen (los siglos XVI, XVII y XVIII) dependía de las rentas agrícolas siendo sus vecinos mayormente "labradores pobres que viven de su trabajo", en una villa de jurisdicción señorial que a mediados del siglo XVIII contaba con una población de aproximadamente 1.400 a 1.500 habitantes (sobre un censo de 477 familias), según la estimación del Catastro del Marqués de la Ensenada [2]. Por ello, este registro oficial no reconoce entre el estamento popular económicamente activo ninguna persona que declare como oficio exclusivo el de la alfarería o la cacharrería. 

    Pero lo cierto es que avanzado este siglo otras referencias documentales sacadas de los archivos locales recogen datos sobre esta actividad que pudo ser considerada como secundaria u ocasional y desarrollada por algunas familias menos favorecidas de Villaseca. Algunos de estos datos estaban ya apuntados en nuestro libro Villaseca de la Sagra, noticias de su historia [3]. En 1767 aparece un Juan Climaco Aparicio, que manifestaba estar aprendiendo el oficio de alfarero y necesitaba mudarse de casa para poder construir un horno, lo cual le permitiría ya al año siguiente fabricar "cocido y vedrío" en unos hornos de alfarería que abrió en su nueva casa de la calle del Pingo, al norte de la población [4]. Por estos mismos años otro alfarero, Antonio Santos Villegas, declara en un capital de bienes dos ruedas para el oficio, dieciséis tablas, un molino para moler "vedrío", un horno de vidriado de barro y otro medio horno construido [5]. Por lo mismo, en 1776 el vecino Lucas Gómez Ortega tiene un horno de alfar en su casa de la calle Cantarranas. 

    En 1777 varios vecinos alfareros declaran sus ventas en ese año en conformidad al pago de las alcabalas o impuestos por comercio. Entre ellos, Bernardo Jerez de la Parra dice haber vendido "ollas" por valor de 100 reales y en 1775 haber obtenido ya un balance de 100 reales en vidriado. Por su parte, José López Higuera vendió tan sólo cuatro platos y Esteban Jerez, entre ollas y demás especies vendidas, obtuvo una ganancia de 100 reales. En 1781 el citado Bernardo vendía ollas y retama mientras que José Lozano evaluó en 80 reales el género de alfarería vendido [6].

    De igual modo, en la década de 1780 figuran en listas de contribución municipal algunos vecinos, en número de 7, como fabricantes alfareros. Esta cifra será pronto rebasada ya que en 1788 se afirmaba en una relación oficial que la principal manufactura de los que no son labradores era en los hombres la fabricación del vidriado en negro "y ahora en adelante será también el blanco por estar ya construyendo un horno para ello" y se dice además que se fabrica con primor y solidez y mucho exceso de bondad al de Alcorcón y otras fábricas en razón de ser la tierra más pegajosa, unida y substanciosa que la de otros sitios [7]. Se constata así la existencia de un oficio que ocupa a la mayor parte de los jornaleros en su manufactura y en su conducción para venderla, empleando a unos 70 operarios y contándose un total de 30 hornos, dentro de una población calculada sobre 450 vecinos o casas, es decir, unas 1.300 almas aproximadamente [8].

    A finales del siglo XVIII conocemos el nombre de un nuevo alfarero, Juan Díaz Magán, que vive en su casa-alfar, la que hace el número 191 de la calle de la Feria, con su mujer e hijos: Juan, Ana y María Díaz Ortiz [9]. El caso de este alfarero es ilustrativo en la formación y transmisión del oficio dentro del ámbito familiar pues sabemos que en 1806 siguen viviendo en la misma casa y alfar (calle Feria a la Callejuela) y que era conocido por su apodo de "Regidorcito". Luego en 1814, el hijo varón Juan Díaz Ortiz, alias "El Pendolero", ya no vive en el domicilio paterno y ha formado nuevo hogar al casar con Agapita Gómez, ambos de 43 años en 1816 y afincados en la casa nº 211 de la calle Cantarranas, donde habilitarían el alfar propio. De este matrimonio se conoce un hijo, José Díaz Gómez, en 1818, año en que los abuelos paternos se habían mudado a otra calle, la del Boquete [10].

EL SIGLO XIX
    El siglo comienza con una epidemia por contagio de tercianas que tendrá gran repercusión en la población alfarera y un informe del Ayuntamiento de 1803 revela los nombres de los afectados entre puchereros (son 9 hombres), alfareros (son otros 9) y cargueros (sólo son 2), las tres clases relacionadas con el gremio ceramista [11].

    Con el estallido de la Guerra de la Independencia, en 1808 el gobierno español realizará distintos llamamientos para combatir al ejército francés. Cuando se realiza en Villaseca de la Sagra el alistamiento de todos los hombres válidos entre los 16 y 39 años, de los 249 varones censados de esas edades nos aparecen un total de 37 hombres que ejercen el oficio de alfarero [12]. Son maestros, oficiales y aprendices cuyos apellidos están entre los Alonso, Aparicio, Basco, Batres, Calderón, Díaz, Domínguez, Fernández, Gómez, Jerez, Juárez, López, Lucas, Magán, Martín, Plaza, Santos, Tordesillas, de la Torre y Yubero, pertenecientes a distintas familias dedicadas a la humilde artesanía del barro. El más joven, con 16 años, era el aprendiz José Díaz Pérez y el de mayor edad, con 39, Juan Santos Tordesillas, maestro alfarero. El más veterano de los oficiales era Manuel Magán Yubero con 38 años de edad. 
    Este recuento de principios de siglo XIX nos da la idea de la importancia económica que pudo tener esta industria como alternativa a las tareas del campo y sus ocupaciones temporales.

    A propósito, es ya conocida la noticia del alfarero de Villaseca víctima de la jornada del 2 de mayo de 1808 en Madrid, muerto por los gabachos, según partida de la iglesia de Santa Cruz que reza así:

“MANUEL DÍAZ de cincuenta años, natural
de la Villa de Villaseca de la Sagra,
de este Arzobispado, hijo de Julio, y de
María Colmenar (ya difuntos) casado con
María de la Cruz Fernández; parroquiano
de esta iglesia, que vivía calle de la Concepción
Gerónima número diez y seis; falleció
de muerte violenta en dos de Mayo
de mil ochocientos ocho…”  [13] 

    Pasada la guerra contra los franceses, en Villaseca la alfarería adquirió gran expansión en el siglo XIX debido a las necesidades económicas de muchas familias sin recursos que optaban por una salida de subsistencia en esta ocupación que como hemos visto pasaba de padres a hijos. No sólo la producción, también el comercio tuvo que abrirse mercado con la presencia de los cacharreros no sólo en los pueblos comarcanos sino también en Madrid, compitiendo con los cacharros de Alcorcón.

    El siglo se inició con cierta estabilidad en el número de empleados en este sector productivo distinto y complementario de la agricultura y así, un informe municipal de 1820, afirma de los naturales de esta villa que son aplicados al trabajo y se dedican especialmente al ramo de industria en las fábricas de "vidriado negro" en las que se emplean un considerable número de ambos sexos, sumando 73 alfareros; no obstante, en las fábricas u hornos se advierte un permanente estado de decadencia que tiene su causa principalmente en la escasez y carestía de leñas y de "alcohol" o piedra de vidriado que se gastaba para el proceso de bañado de los barros; no sin advertir que "todo el vidriado negro que se fabrica en este pueblo lo sacan a vender fuera los vecinos trajinantes que están destinados a es ramo de industria y se alargan para su venta hasta distancias de 40 leguas" [14]
    Este informe del ayuntamiento de Villaseca es ilustrativo del tipo de alfarería que se producía en la villa. Por tanto, se trataba de la llamada alfarería vidriada, es decir, de loza o barro negro con baño oscuro a diferencia del baño blanco al estilo de lo que se hacía en Talavera de la Reina. Hablamos de una alfarería de cacharros ordinarios tanto de barro cocido como de barro vidriado.

    La recesión en la producción alfarera se haría notar prontamente en el cómputo de alfareros, pues en 1822 había descendido a 18 fabricantes declarados que daban continuidad al oficio. Al año siguiente, con 32 fábricas de vidriado ordinario en activo, la alfarería en su conjunto se resiente del "poco despacho y ninguna estimación que en el día tiene la loza que en ellas se labra" [15]. En ese contexto de baja en la producción se calculaba que en los alfares más pujantes alcanzaba los 450 o 500 reales semanales, en los medianos, los 300 reales, y en los inferiores sólo los 200, descontando los gastos que se hacen para la preparación del vidriado y su puesta en condiciones de venta y sin que sepamos discernir la realidad de estos tres niveles productivos en la organización de los propios alfares.
Sebastián Miñano puntualizaba en su Diccionario Geográfico que en 1828 Villaseca de la Sagra era tierra de cereal, pero también “es muy conocida por los alfares de vasijas de barro ordinario que llaman vidriado muy semejante al de Alcorcón con lo que surten de pucheros, ollas, cazuelas, etc. á Madrid, Toledo y otros muchos lugares de esta tierra” [16].

    En la década siguiente hallamos 28 alfareros en el censo efectuado en 1833 por el Ayuntamiento y sigue siendo conocida la villa, según repetidas palabras, por sus alfares de vasijas de barro ordinario "que llaman vidriado, muy semejante al de Alcorcón, con lo que surten de pucheros, ollas, cazuelas, etc. a Madrid, Toledo y otros lugares de esta tierra", según cita sobre Villaseca del Diccionario Geográfico Universal (1834). Y en efecto, en 1835 no hay otra clase de fábricas más que las referidas, en las que trabajan 50 operarios, pero que no se hallan ocupados todo el año, sino que alternan con otras faenas temporales en el campo y en la propia venta del género que fabrican [17]. Igualmente, Pascual Madoz en su Diccionario Geográfico de 1850 nos informa escuetamente de la existencia de fábricas de loza ordinaria negra en casi todas las casas, cuyo artículo se comerciaba en todos los pueblos inmediatos, pero no señala ni cuántos alfares ni cuántos alfareros subsistían a mediados del siglo XIX [18] . 

    Más adelante, en el empadronamiento municipal de 1875, que revela una población total de 1.218 habitantes para Villaseca, se registra la existencia de 30 alfares, repartidos en distintas calles de la población (en Ancha 4, Arena 2, Botica Vieja 1, Cruz Verde 1, Cuartillejo 2, Gremios 1, Lenceros 1, Medio Celemín 1, Pingo 1, Real 5, Santo 1, Silera 4, Toledo 1 y Vacas 2) de los que dependían 40 alfareros, 2 mujeres que se dicen alfareras y 6 cacharreros, todos ellos naturales y vecinos de la villa [19].
    En 1883 las alfarerías declaradas en el Anuario de la provincia de Toledo son las de Lorenzo Lucas [Santos], Casto Ortega [García], Francisco Plaza y Julián Juárez [Basco] a las que se suman en 1886 las de Pío Domínguez, Raimundo Lucas, Valentín Magán [López] y Baltasar Yubero [20]. Un censo que no alcanzaba ni siquiera la docena de hornos en activo. 
    Por tanto, en esta centuria el oficio de alfarero ha sido muy variable y con altibajos en cuanto al número de familias ocupadas en la fabricación y venta de cacharros, quizás adaptándose a los cambios y posibilidades que ofrecía la propia economía local.

EL SIGLO XX
A tenor de la evolución del oficio en el último cuarto del siglo XIX, la fabricación alfarera empieza su declive en los siguientes primeros años del siglo XX como consecuencia de una mayor oferta en las posibilidades del trabajo asalariado y permanente en las fábricas de harina y luego de electricidad creadas en este periodo en Aceca por la compañía de los Ratié, y que con la instalación de la línea férrea M.Z.A. a Extremadura, se convierte en nudo ferroviario del término municipal y puerta al comercio al crearse la estación Villaseca de la Sagra-Mocejón [21]. Esto propiciaría el cambio de empleo del excedente de mano de obra, los no agricultores, con la consiguiente disminución del número de alfareros, que hasta la fecha habían tenido un oficio ciertamente inestable pero recurrente. 
    Por ejemplo, en la matrícula de feligresía de 1917 continúan ejerciendo el oficio únicamente 13 alfareros [22]. Entre ellos Antonio Fernández Díaz, Aquilino [Luis] Lucas Díaz, Pedro Lucas Plaza, el antes citado Lorenzo Lucas Santos (establecido ahora en Aceca), los hermanos Andrés y Gervasio Lucas Yubero, Claudio Magán Sánchez, el conocido Casto Ortega García y Eugenio Pérez González [23].
    Curioso es el caso de alfareros “emigrantes” o emprendedores. En 1911 los hermanos Hermenegildo y Andrés Magán Gómez habían marchado a Malagón (Ciudad Real) y allí abrieron una fábrica de alfarería como sucursal de la que tenían en Villaseca con el nombre de “El Diablo” según el diario El Eco Toledano [24].




 





Curiosa noticia en El Eco Toledano (23-3-1911).

    Ante una menor competencia, más pujante nos aparece Eleuterio Lucas quien sabe anunciar en 1930 su negocio como “Gran fábrica de cacharros típicos de la tierra”:


























Anuncio del alfar de E. Lucas (Revista Toledanos, 1930).


    Aunque resulta curioso que en 1930 se señale la existencia de “fábricas de tinajas” y como sus laborantes a Antolín Díaz, Antonio Fernández, Eleuterio Lucas, Gervasio Lucas y Juan de Mata Lucas; además de la tienda o “cacharrería” de Telesforo Batres [25].

    En años posteriores desaparece la profesión o más bien se omite al englobarse dentro de la categoría de jornaleros, pues se sabe de la actividad de al menos 6 alfares hasta 1936, año fatídico en el que tan sólo se inscriben en el padrón municipal como tales alfareros los hermanos Juan de Mata Lucas Díaz y Eleuterio Lucas Díaz, que vienen ejerciendo desde 1932 junto a Inocente Fernández, Pedro Lucas y Francisco Díaz (tío y cuñado respectivamente de Eleuterio) [26]
    Como es obvio, en los años de Guerra Civil se paralizó la producción y se conmovió el orden social y laboral del pueblo pues son conocidos casos de alfareros que se exiliaron del pueblo por motivos políticos o ya en la postguerra se sumaron al éxodo rural a las ciudades.

    En el libro Villaseca de la Sagra. Imágenes de la memoria se recogen entre otras fotografías más o menos antiguas las que se refieren a distintos oficios desarrollados en la localidad [27]. Así aparecen, cómo no, las que tienen por motivo la alfarería en Villaseca. La más antigua, datada en 1905, muestra a un joven Eleuterio Lucas Díaz, posando con un cesto del que cuelga una gran jarra vidriada y una sarta de pucheros recogidos por un cordel y varias botijas pendientes del hombro izquierdo, mostrando cómo sería un vendedor, un cacharrero o pucherero ambulante. En otra foto en torno a 1921 en su puesto callejero de venta, sentados y rodeados de cazuelas, ollas, pucheros, jarras, cantarillas, coberteras, huchas, son retratados los que se identifican como Francisco Díaz Plaza, Eladio Jerez, Eleuterio Lucas Díaz y Herminio Lucas Díaz, su hijo todavía joven. Pasada la Guerra Civil, otra foto más actual muestra hacia 1958 a Antonio Lucas Martín (uno de los hijos de Juan de Mata Lucas) sentado en el torno y modelando cazuelas.

    En la postguerra la alfarería en Villaseca estaba abocada a desaparecer pues sólo estaba sostenida por Juan de Mata, sexagenario y enfermo de Parkinson, y ayudado principalmente por sus hijos Enrique, Manuel y Luis Lucas Martín, con quienes se cierra definitivamente la última generación de alfareros y como consecuencia se pone fin a una tradición del trabajo del barro en Villaseca que se apaga en los años setenta. En la calle de El Boquete quedaban aún las ruinas del último alfar, transformado en los años finales en fábrica de ladrillos y relegado el trabajo de cacharros a contados encargos en los que estaba todavía manifiesto el legado de la tradición alfarera villasecana, algunos de los cuales se nos han conservado afortunadamente como últimas reliquias de un oficio desmoronado que hoy se necesita valorar en sus objetos (cántaros, pucheros, jarras, cazuelas, etc.)
Un torno y su rueda arruinados en la antigua calle El Boquete (1989).
    En Villaseca de la Sagra, hasta los años cincuenta del siglo pasado, la alfarería era un oficio tradicional, eso sí, ejercido por sólo un par de familias, los últimos alfareros, los últimos herederos de aquel oficio ancestral, obligados a transformar su ocupación ante los nuevos tiempos y la llegada del plástico y otros materiales industriales que habrían de sustituir a los viejos recipientes o vasijas de barro, cada vez menos demandados para uso cotidiano.


Anuncios impresos de alfarerías de Villaseca de la Sagra. Recorte de la página nº 2, 
El Alcázar (31-12-1942). 

    Progresivamente la alfarería utilitaria dejó pasó a la fabricación de bloques para la construcción y ahí está, en el citado libro de imágenes, también de hacia 1958, la foto en la que se ve laborando a Antonio, Manuel, Luis y Enrique (los cuatro hijos del “tío” Juan de Mata, último maestro alfarero), y a Emilio Lucas Batres, sobrino de ellos, hijo de Antonio, fallecido prematuramente a los 30 años. A su vez a la especialidad de suelos hidráulicos o prensados se dedicó la otra rama familiar con Herminio y Félix Lucas, los dos hijos de Eleuterio, junto a otro operario, Isidro Basco, todavía en producción hacia 1955 en la fábrica conocida popularmente como de “los Eleuterios” (oficialmente “La Sagra”) y últimamente con el nombre comercial de LUDIVALL S.L., en manos de los nietos y herederos Pilar, Herminio, y Manuel Lucas Vallejo y Félix, Vicente y Antonio Lucas.

Ludivall S.L

El viejo cartel asomando por la tapia de la fábrica de cerámica, hoy cerrada.

    No sorprende que Natacha Seseña en su recorrido por los alfares de Castilla la Nueva, no hubiese recogido esta alfarería rural de Villaseca en su libro de 1974 [28]. Aun visitando los alfares toledanos subsistentes de Cuerva, Ocaña, Consuegra, Madridejos, Valdeverdeja, Villafranca de los Caballeros, La Puebla de Montalbán, Los Navalucillos y Toledo, se hace comprensible la carencia de testimonio de esta alfarería de Villaseca que ya estaba extinguida.
    A partir de los años sesenta del siglo XX una producción tan solicitada anteriormente en pueblos comarcanos desaparecía sin dejar la huella precisa y el último horno reconvertía su función en los años veinte de ese siglo en un negocio saneado de cerámica constructiva sin que se dejasen de fabricar cacharros ordinarios de uso doméstico hasta la década de los sesenta.

    Esta forzosa reconversión de una manufactura artesana en una industria mecanizada todavía de ámbito familiar era el precio al olvido y marginación de la tradición.
    En 1974 era evidente que no existían alfares en Villaseca de la Sagra, si acaso el último ya cerrado y abandonado e ignorado, y se podía dar por hecho la desaparición efectiva del hecho artesanal y la fehaciente inexistencia de su alfarería.
    Los objetos, la memoria social, la propia historia y la documentación se han ido encargando de revelar lo que es el testimonio patente de una tradición secular pasada a mejor vida.
    Nuestras investigaciones (llevadas a cabo en 1989), fruto de mucha indagación y búsqueda formal de base etnográfica sobre ésta y otras tradiciones locales nos enfrenta a la consideración testimonial, en primer lugar, y al planteamiento histórico y las apreciaciones tipológicas subsecuentes del rescate y localización de piezas. En esta dirección el investigador Juan Manuel Pradillo se interesó por el estudio de esta alfarería desaparecida y supo indagar en 1997 en los testimonios del oficio publicando un libro sobre Alfareros Toledanos donde se incluía con dignidad aspectos distintos sobre alfareros y tipologías mostrando fotografías de los principales objetos cerámicos reconocidos como producción villasecana [29].

    En los aledaños de la calle de El Boquete, hoy calle de la Poza, sale una calle que el callejero municipal ha renombrado como calle de los Alfares, allí donde se conoce el último alfar en producción que tuvo el barrio.

    Ya en 2011 la memoria y homenaje a los maestros alfareros de Villaseca se ha materializado en la escultura en bronce levantada en la plaza junto a la iglesia parroquial, patrocinada por el Ayuntamiento de la villa y obra del escultor villasecano José Martín Calderón, representando al respetable artesano sentado ante su rueda y torno, con una elocuente dedicatoria en el pedestal.

















Escultura del “Alfarero”, Villaseca de la Sagra. 
Autor: José Martín Calderón (2011).


Escultura del “Alfarero”, dedicatoria popular y firma del escultor. 

    Ante lo aquí expuesto y después de comprobar que en varias generaciones de nuestras familias el oficio de alfarero ha existido en algún momento, hoy se puede afirmar que habrá villasecanos que tendrán que sentir con orgullo el haber tenido algún antepasado artista del barro. 

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NOTAS

1. JEREZ JEREZ, Magnolia, DÍAZ FERNÁNDEZ, Antonio J.: “La alfarería en Villaseca de la Sagra, un oficio desaparecido”. Este trabajo fue presentado en 1989 a las V Jornadas de Etnología de Castilla-La Mancha (Toledo, 27-29 marzo 1989), pero sus actas no llegaron a publicarse por lo que este trabajo ha permanecido inédito hasta hoy.
2. GIMÉNEZ DE GREGORIO, F.: Diccionario de los pueblos de la provincia de Toledo hasta finalizar el s. XVIII, t. III, Toledo, 1970, pp. 220-225.
3. DÍAZ FERNÁNDEZ, Antonio J.: Villaseca de la Sagra, noticias de su historia. I.P.I.E.T, Temas Toledanos, 74, Toledo, 1993. Es el primer estudio de conjunto sobre la historia de esta localidad sagreña.
4. Archivo Histórico Provincial de Toledo (AHPT), Protocolo 7835, fol. 152, escribano Francisco Moreno Nieto. "Petición de permuta de casa".
5. AHPT, Prot. 7856, fol. 85, F. Moreno Nieto. "Escritura de capital de bienes".
6. Archivo Municipal de Villaseca de la Sagra (AMVS), Legajo Cuentas de los derechos reales. "Cuaderno año 1777"; "Cuaderno de la averiguación de las ventas hechas por varios vecinos de esta villa en dicho año de 1781".
7. GIMÉNEZ DE GREGORIO, op.cit., p. 222. Muchas mujeres, por su parte, se dedicaban a tejer y vender el género a comerciantes de Toledo.
 8. DÍAZ FERNÁNDEZ, op.cit., p. 37.
 9. Archivo Parroquial de Villaseca de la Sagra (APVS), Matrícula de feligresía de 1793. 
10.  APVS, Matrículas de feligresía de 1806, 1814, 1816 y 1818.
11.  AMVS, Legajo Documentos diversos (1800-1810).
12. Ministerio de Cultura, documento digitalizado: "Alistamiento de toda clase de vecinos, así casados y viudos con hijos y sin ellos, como solteros desde la edad de 16 años hasta de 40 cumplidos … Villaseca de la Sagra. Año de 1808".
13. Partida parroquial firmada por el cura don José Rico en el Libro 17 de difuntos, al folio 54, citada en El Siglo Futuro (Diario Católico, 7 de mayo de 1903). Por otro testimonio sabemos de su oficio, alfarero, y que “murió de un balazo”, véase NIÑO AZCONA, Lorenzo: Biografía de la Parroquia de Santa Cruz de Madrid. Madrid, 1955, p. 34. Sobre este sagreño héroe del 2 de mayo, apunte histórico en https://jesusperezagua.blogspot.com/p/heroe-del-2-de-mayo-de-1808.html
14. AMVS, Legajo Diversos s. XIX, "Copia del Cuaderno del Censo de población ... año [1820] ... de orden de la Diputación Provincial". Una legua equivalía a 5 km aproximadamente.
15. AMVS, Legajo Diversos s. XIX, "Copia de la matrícula formada para la contribución de patentes ... 1823".
16. MIÑANO, S. Diccionario Geográfico Estadístico de España y Portugal. Madrid, 1828, t. IX, p. 473.
17. AMVS, Legajo Padrones s. XIX, "Matrícula general que ha formado y remite la justicia de Villaseca correspondiente al año de 1833". Diccionario Geográfico Universal, Barcelona, 1834. 
18. MADOZ, P.: Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar, Madrid, 1850, t. XVI.
19.  AMVS, "Padrón municipal, 1875". Apellidos como Ayala, Basco, Batres, Calderón, Domínguez, Fernández, Gómez, Juárez, López, Lucas, Magán, Plaza, Sánchez, Yubero; y mis antepasados Manuel Díaz Esteban, su mujer Victoria Nieto Medina y su hijo Victorio Díaz Nieto, domiciliados en calle de las Vacas (hoy del Príncipe). Y los hermanos de Victorio, Francisco y mi tatarabuelo Manuel Díaz Nieto.
20.  Anuarios de la Provincia de 1883 y del Comercio de 1886.
21.  DÍAZ FERNÁNDEZ, op.cit., p. 40.
22.  APVS, "Matrícula de feligresía de 1917".
23. Diputación Provincial de Toledo, documento digitalizado: "Censo Electoral de 1919".
24. El Eco Toledano, 23 de marzo de 1911, p. 2. Más datos sobre esta familia los proporciona el investigador Pradillo en su obra Alfareros Toledanos II, pp. 680-681.
25.  Censo industrial artístico de 1930.
26.  AMVS, "Padrón municipal de 1936". Diputación Provincial de Toledo, documento digitalizado: "Anuario Estadístico de la Provincia de Toledo de 1932".
27. RUIZ TOLEDO, Salvador: Villaseca de la Sagra: imágenes de la memoria. Ayuntamiento de Villaseca de la Sagra, Toledo, 2007.
28. SESEÑA DÍEZ, Natacha: La cerámica popular en Castilla la Nueva. Madrid, Editora Nacional, 1975.
29. PRADILLO MORENO DE LA SANTA, Juan M.: Alfareros toledanos. Toledo, Juan de Comunidades de Castilla-La Mancha, 1997. Para Villaseca interesan las páginas 668 a 681 del tomo II. Entonces, ya pudimos prestar nuestra desinteresada colaboración en esta materia a tan recordado investigador.