miércoles, 12 de marzo de 2025

Pozo Concejo, Fuente Vieja y el problema del agua en Villaseca de la Sagra.

POZO CONCEJO, FUENTE VIEJA Y EL PROBLEMA DEL AGUA EN VILLASECA DE LA SAGRA.

Fuente y pilón popular
Antonio J. Díaz F.
Historiador

A raíz de un documento oficial de 1895 que se conserva en el Archivo del Ayuntamiento de Villaseca de la Sagra, vamos a indagar en las circunstancias que condicionaron históricamente el abastecimiento de aguas en esta villa toledana, tanto las de uso ganadero como las que principalmente afectaban a la población, las aguas potables.

RECURSOS NATURALES.
    Villaseca de la Sagra es por definición geográfica un municipio ribereño por cuyo lado sur discurre apaciblemente el río Tajo, confinando por su margen derecha. Es el tramo que va desde la desembocadura del arroyo Guatén o Guadatén hasta los límites con el sitio de Velilla, ya en término municipal de Mocejón. En este recorrido de orientación noreste-sudoeste el río hace de raya con el actual término municipal de Aranjuez al otro lado, las que fueron antiguas posesiones pertenecientes al Real Sitio de Aranjuez sujetas a la administración del Patrimonio Nacional hasta 1870.

Theatrum Orbis Terrarum 1584

Aceca (Seca en el mapa), molino y barca. Acotación sobre el mapa Theatrum Orbis Terrarum (1584) de Ortelius. Fuente: Toponimia de España y Portugal II (Fuentes Árabes), Boletín Real Academia de la Historia (1997).

    El Tajo “villasecano” pasa desde el paraje llamado La Ría circundando con un amplio meandro el llano y vega, a modo de lengua, llamada El Bosque, pasando al pie del real palacio de Aceca y dejando en su orilla derecha lo que fueron las casas del Real Patrimonio, la antigua barca, el puente de madera y el molino de Aceca, con su presa o azuda, y ambas construcciones, propiedad del rey, como lo señala el plano del ingeniero Cabanes de 1828, preparado para el estudio de hacer navegable el río. 

Río Tajo y Aceca. Cabanes 1828

Curso del río Tajo a su paso por Aceca (F. J. de Cabanes, 1828). 
Fuente: Biblioteca Virtual del Patrimonio Bibliográfico.

    Sitios que fueron cambiando o perdiéndose a lo largo del siglo XIX. De todo aquello, nada o poco queda. El palacio levantado por Felipe II sobre el cerro desapareció tempranamente tras la Guerra de la Independencia (1814) y sus ruinas quedaron sepultadas en parte dentro de la finca La Bóveda. El puente quedó en desuso y abatido una y otra vez por sucesivas riadas, prevaleciendo definitivamente el construido en hierro para el trazado del ferrocarril de la compañía MZA de Ciudad Real-Badajoz hacia 1876.     Residualmente quedó una barca como único medio de cruzar el río, incluso en tiempos recientes y por iniciativa particular, hasta su desaparición pasado mediados del siglo pasado. 
    Si bien, a principios del siglo XX se creó el poblado industrial o barriada de Aceca, pero del que solo restan las dos interesantes casonas o chalets de los descendientes de los Ratié y la iglesia de Ntra. Sra. de Fátima, posterior a 1950. Finalmente, el río salía aguas abajo de la presa que estos empresarios franceses aprovecharon, donde el molino antiguo, para enclavar allí sus productivas industrias: la harinera y la fábrica de electricidad (desde 1968 en propiedad de Iberdrola para rendimiento de la gran Central Térmica de Aceca). Aguas abajo, tras sortear la isla (que se llamó de Cartagena en un tiempo), el río traspasa ya los límites de Velilla esperando la entrada del río Algodor por su izquierda y bajando hasta encontrarse con las vegas y el torno granítico de la ciudad de Toledo.
    Por ello, el abastecimiento del río Tajo siempre estuvo asegurado en otras épocas salvo episodios en que sus aguas se vieran contaminadas por fenómenos naturales como aluviones principalmente o porque propagaran enfermedades como el paludismo. Pero para llevar esta agua de consumo a la población, distante unos 3 km del río, era imprescindible el trabajo de los aguadores, oficio que ha pervivido esporádicamente hasta mediados del siglo XX. Cántaros de barro para el transporte y tinajas en las casas para su depósito sirvieron a esos efectos.

Villaseca de la Sagra. 1879 IGN
Mitad sur del término municipal de Villaseca de la Sagra con el despoblado de Aceca junto al tramo del río Tajo. Trabajos Topográficos, 1879. 
Fuente: Instituto Geográfico Nacional (IGN).

EN TIEMPOS PASADOS.
    En un breve texto que publicamos en el Programa de Fiestas de 1995, año, por cierto, de dura sequía arrastrada desde 1991, traíamos a colación el tema de Villaseca de la Sagra y sus aguas.

    Si nos remontamos a finales del siglo XVI y utilizamos las informaciones de las Relaciones topográficas de Felipe II, de 1576, sus propios vecinos declaraban que Villaseca estaba enclavada en un territorio de escasa irrigación, tanto es así que deducían que el propio nombre de la villa era atribuible a esa falta de aguas, a la recia sequedad del terreno. Una “villa seca” que justificaba a todas, todas, el nombre del lugar. Pero también informan de que siempre hubo "pozos amargos" para el servicio de las casas, en tanto que la villa carecía de fuente pública.
    Nada de verdad histórica tiene el pretender que el nombre de Villaseca significa lugar seco, aunque la realidad geográfica quiera confirmarnos esa suposición. El topónimo Villaseca es una deformación o síncopa del nombre “villa de Aceca”, porque acequeños fueron los que huyendo de la insalubridad del río se asentaron lejos, a menos de una legua, y en el paso del Cordel de Merinas, donde había surgido un pozo natural que surtía a las caballerías y rebaños trashumantes. Esto debió ocurrir ya a mediados del siglo XII.
    Dentro de la información más extensa sobre la villa, recopilada y remitida por el cura propio don Manuel Mariano Dávalos para incluir en las Relaciones topográficas del cardenal Lorenzana, de 1788, está el testimonio concreto de los vecinos, que dicen usan del agua del río Tajo para beber, pero que también existe una fuente caudalosa inmediata al pueblo en “donde beben los pobres”, les decir, los que no podían pagar a los aguadores por su servicio; tratándose de un agua excelente en la que se cuecen los garbanzos en dos horas, y dada la bondad del agua de esta fuente la consumen en el Real Sitio de Aranjuez, en Añover y La Alameda. 
    A partir de aquí, se puede hacer un seguimiento de las vicisitudes por las que ha ido pasando la población de Villaseca en materia hidráulica y reconocer dos puntos principales que han sido preocupación municipal a lo largo de los siglos: el servicio y conservación del pozo del concejo y la necesidad de construcción y mantenimiento de una fuente pública.
    A este propósito, traemos aquí unos breves datos históricos sobre dos lugares urbanos tan bien ubicados, y considerados en épocas pasadas, como son el Pozo de Concejo y la Fuente Vieja, situados próximos y en la gran plaza al oeste de la población, que hasta 1914 todavía mantenía el nombre de plazuela del Pozo de Concejo. 
    Un tema ya tratado por nosotros en nuestro libro Villaseca de la Sagra, noticias de su historia (1993) [enlace al contenido en https://www.realacademiatoledo.es/downloads/publicaciones_cont/194/74.-antonio-jose-diaz-fernandez-villaseca-de-la-sagra-noticias-de-su-historia-1993.pdf]

El Pozo de Concejo
    Este antiguo pozo concejil puede muy bien ir a la par con la remota antigüedad de nuestra villa, a la que antes hacíamos referencia, aunque la primera mención concreta y documentada data de 1590, en que se habla de algunos reparos y empedrados del pozo nuevo y el viejo. En 1616 el Ayuntamiento acordaba hacer un pilar con su noria para facilitar el abrevar a las cabalgaduras y en 1617 hay gastos en su limpieza. Años en que ya se nombra en los documentos municipales como pozo del concejo, es decir, pozo de propiedad comunal y uso público. 
    Circunstancialmente, 1722 es el año en que se registra su total hundimiento, lamentándose la pérdida de pozo tan abundante destinado principalmente a los ganados de la villa y cabalgaduras de arrieros y trajinantes. Una noria provisional se instaló años después, en espera de excavar otro pozo nuevo junto al ya arruinado, en lo que se gastaron 9.006 reales de vellón de las arcas municipales. Hay testimonio de que este pozo tardó muchos años en alumbrar, pero pasado el tiempo dio tal caudal que jamás se notó la falta de agua, aun en épocas de sequía y esterilidad que no fueron pocas. Avanzado el siglo XVIII el pozo concejil amenazaba con desaparecer si el Ayuntamiento no hubiera emprendido su total reconstrucción desde 1774. Entonces se encargó al maestro de obras de albañilería y alarife de la villa, Francisco Alonso Santos, que reconociese y tasase el coste de hacer un pozo sacado de fábrica, es decir, revestido de ladrillo y no solamente excavado y ahondado a pico en la peña. Para tal obra, el Consejo Real de Castilla había autorizado el gasto de 7.990 reales, pero solicitaba del Ayuntamiento las razones por las que se pretendía hacer el pozo en distinto sitio. Tras un nuevo peritaje, la obra definitiva se llevó a cabo en 1778 y el pozo se soló con piedra berroqueña por José Crecido, cantero de Ajofrín, quien colocó también dos pilas, mientras que la cal y el ladrillo los suministró Juan B. Redondo, vecino de Mocejón. 
    En 1802, en una petición dirigida al rey, el Ayuntamiento solicitaba permisos para empedrar el pozo de concejo, que se hallaba inundado e impracticable, y del que afirmaban: "cuyo agua es de superior calidad aunque es salobre para los ganados de toda clase, que se halla construido en el mejor sitio de su población" y que los ganados que la beben "engordan y tienen la robustez que se apetece", además de ser pozo tan necesario para los ganados del pueblo como para las caballerías de los trajinantes de Magán y Mocejón, que venden pan y otros víveres. Las obras se emprendieron en 1803 con fondos del común. Hecha la obra del pozo concejo, a vista del arquitecto hidráulico de S.M. y teniente arquitecto mayor del Real Sitio de Aranjuez D. José Fornells, éste dictaminó que si bien la obra era aceptable, encontraba como defectos que los pozos no eran hondos, porque deberían haber sido 20 o 15 pies más (unos 4 a 5 m), y que tampoco la cañería era muy profunda, necesitando hacer otras mejoras en el exterior, evaluando lo hecho en precio de 6.200 reales. El mismo técnico reconocía a la vez el estado de la fuente pública. 
    Como se ha visto, la situación del Pozo Concejo, junto al Cordel de Merinas o camino real de Toledo a Madrid, a la entrada del pueblo, era idónea para el paso de ganados y animales de carga y de labor que con sus aguas podían reponer las convenientes fuerzas, y por eso Villaseca fue parada obligada para la trashumancia y el comercio de carretería a través de esta vía que unía Toledo con Madrid y viceversa. De ahí, el constante desvelo del concejo de Villaseca por conservarlo siempre abierto y bien reparado. 
    Sin duda, eran otros tiempos en que el comercio discurría por caminos de tierra y a lomos de bestias de carga y carruajes. Nos consta que el Pozo Concejo se cerró en la década de 1950, bien que cuarenta años después se volvió a sondear con éxito y en su sitio se construyó la caseta actual que lo protege.

Caseta Pozo Concejo. Villaseca de la Sagra
Caseta sobre las bocas del Pozo Concejo.

La Fuente Vieja.
    Respecto a las aguas potables, muy cerca del Pozo Concejo está la conocida en nuestro tiempo como Fuente Vieja, pero identificada como la fuente pública que fue construida en 1866, y que tiene otros antecedentes que queremos señalar. 

    Por carecer Villaseca de una fuente de agua dulce para uso del vecindario, el Ayuntamiento hizo escritura el 30 de junio de 1697, en junta comunal presidida por Diego de la Plaza, alcalde ordinario, Francisco Aparicio, Bartolomé del Cerro y Juan Carranque Fernández, regidores, y Alonso Díaz Huerta, procurador general de la villa, y veinte vecinos más, para construir unas conducciones, pozos y depósito en el sitio llamado de las Pilillas, lugar al noroeste de la población, según proyecto presentado por el maestro fontanero de Madrid Manuel de Salas. Éste halló un abundante manantial, que se captaría a través de 432 varas (unos 360 m) de mina o galería con sus pozos de ladrillo y un depósito o arca desde el que llevar una cañería de barro hasta dos fuentes que había que situar a la salida de Cantarranas, con su pilón para abrevadero y lavadero. Así, de principio, el Ayuntamiento concierta la obra con el citado Manuel de Salas y su socio Juan Gómez, del mismo oficio y vecino de Madrid, en 66.000 reales. Sin embargo, en 1698 los maestros habían faltado a su obligación de acabar la obra dejándola a medio hacer y abandonada, por lo que serían demandados judicialmente en la Real Chancillería de Valladolid. El pleito se volvía insostenible económicamente y el Ayuntamiento acabó por desistir en su demanda, pactando con el maestro fontanero la cesión de toda la obra realizada y de los materiales prevenidos, mientras aquél aceptaba a cambio lo hasta ahora cobrado en cantidad de 34.700 reales, quedando el resto del ajuste previsto en las arcas municipales. Así nos lo refiere en su libro manuscrito sobre Villaseca el bachiller Gregorio Díaz en 1866. El concejo villasecano optó por buscar un nuevo maestro y fue Fr. Gabriel Rodríguez, de la orden franciscana, que estaba haciendo una fuente en Cogolludo para el duque de Medinaceli, quien reconoció la obra del pilar hecha hasta ahora señalando los muchos errores cometidos al no haberse buscado agua en las zonas bajas o valles y recomendando llevar la fuente a la plazuela del pozo de concejo, informando de la total inutilidad y ningún provecho de la obra empezada por los fontaneros madrileños, y lo firma en Villaseca de la Sagra el 18 de agosto de 1698. 
    Quizás aquella pretendida captación en las Pilillas diera nombre a la calle del Caño (hoy Dr. Fleming) pues es calle que desde palacio se dirige recta hacia aquel paraje, también llamado Pilares, hoy ocupado por edificios municipales.
    La determinación del Ayuntamiento fue sacar a subasta la continuación de la obra y finalmente es contratada en 1699 por Juan Rodríguez, maestro fontanero vecino de Guadalajara (probable hermano del religioso), en precio a la baja de 30.800 reales y el aprovechamiento de todos los materiales de la fuente empezada por Salas, comprometiéndose a buscar y dar agua en las Cuevas, las Viñas y Matahijos, todos sitios al norte de la población hacia el monte de Magán. Con todo, la obra se encareció llegando a la importante cantidad de 75.937 reales que se cubrieron con las rentas del arrendamiento del Prado Viejo, de propiedad municipal, y aplicando un préstamo de 20.000 reales dados por la fábrica de la iglesia parroquial [Archivo Histórico Provincial de Toledo (AHPT) P-7796, escribano Lucas Gómez Mejorada].
    Desafortunadamente, aquel pilar de aguas se secaría a los pocos años y en 1728 hubo de proyectarse una nueva obra. Para obtener fondos con que costearla se dieron distintas corridas de toros en la plaza mayor, autorizadas por el Marqués de Montemayor, don Manuel de Silva y Ribera Toledo, aunque hasta el año siguiente no se ejecutó la obra, consistente en conectar tres pozos situados en el paraje de las Viñas y los llamados Pozos del Marqués, según el plan dado esta vez por el Maestro Fontanero de Madrid Blas de Ortega y realizado por el maestro del mismo oficio Bernardo Correa Ibáñez, vecino de Valdemoro [AHPT, P-7822, escr. Lucas Gómez Mejorada].
    Desconocemos la duración que pudo tener esta infraestructura ni qué caudal de agua proporcionó, pero ya a finales del siglo XVIII era muy recomendable su consumo no sólo en Villaseca, sino que era llevada hasta el mismo Real Sitio de Aranjuez, como antes veíamos. Esta era la llamada Poza, situada fuera de la población "donde se abastece todo el pueblo para el agua que se consume para la cochura de garbanzos y beber". Todavía el agua no se había terminado de conducir hasta el interior del pueblo.

Hoja topográfica 629
Las Cuevas, Las Viñas y Matahijos. Detalle del término municipal de Villaseca de la Sagra. Mapa Topográfico Nacional, Hoja 629-II (1999) Mocejón, 1:25.000

    Aun así, el deterioro de la fuente era patente en 1802, año en que el Ayuntamiento declaraba que la conducción presentaba roturas y fugas de agua desde hacía bastantes años y era preciso reconstruirla poniendo dos pilares nuevos. Ya en 1820 se veía la posibilidad de meter el agua en el pueblo desde esta poza situada extramuros en el camino de Cabañas. 
    Pero hasta cuarenta y ocho años más tarde no llegó la autorización del Gobierno Civil de la Provincia y del mismo Duque de Sessa, entonces señor de Villaseca y propietario de bastantes tierras de su término, construyéndose así la fuente y pilón de piedra conocida más tarde como Fuente Vieja en el centro de la mitad oriental de la plazuela. Aunque desde 1863 siendo alcalde Antonio Martín Díaz ya se dispuso hacer varios pozos para la captación, y así el Bachiller Gregorio Díaz reconoce que "uno subsiste cerca de la poza, al lado del pueblo", como apunta en su manuscrito sobre Villaseca. La fuente con su pilar y pilón en piedra granítica no se concluyó hasta 1868, fecha que estaba inscrita en el viejo pilar, pero que hoy vemos grabada como 1866 en la reconstrucción idealizada que se hizo en 1987, instalada en la encrucijada de la plaza, frente a la casilla del pozo de concejo.
Fuente Vieja. Villaseca de la Sagra








Fuente Vieja. Villaseca de la Sagra
Fuente Vieja. Fuente nueva conmemorativa, 1866-1987.

    El caso es que el 30 de julio de 1868 el entonces ayuntamiento constitucional de Villaseca, presidido por su alcalde José del Viso Solar, contrató con el alarife Joaquín Gutiérrez Trasnuedo, vecino de la villa, la construcción de una fuente de aguas potables desde los pozos del Juncal hasta la plazuela de Pozo de Concejo donde estaría el pilar. La tubería sería de hierro fundido con sus registros. Todo con plano y proyecto del arquitecto de la Diputación Provincial. Un año tendría de plazo para su construcción, haciendo una caseta junto a la fuente y un lavadero en la Cruz Verde. El contratista firmaba por 40 años la concesión del servicio del agua y aprovecharía el ramal de la Poza en el camino de Cabañas [AHPT, P-16264, notario Pablo Lázaro Carrasco]. 
    En 1879 los trabajos topográficos oficiales realizados en la población y su término nos ofrecen la planimetría de la llamada plazuela del Pozo de Concejo en donde se sitúan las dos infraestructuras hídricas hasta aquí reseñadas en su devenir histórico. El espacio que cubre, de aproximadamente 6.500 m2, estuvo siempre despejado y rodeado por las casas aledañas y las consabidas bocacalles (en dirección de las agujas del reloj) Boquete, Toledo, Callejuela o Estudios, Gremios, Real, Santo y Toledo en su entrada al pueblo. Desplazado del centro de la plazuela, sobre el papel milimetrado se dibuja un cuadradito con cuatro puntas que representa el lugar del antiguo pozo. Más hacia la derecha en el centro de la que desde 1914 es plaza de Miguel Cervantes se situaba el pilón de la fuente y en un lado se alzaba la caseta del fontanero o encargado que cuidaba de su servicio. Todo ello se aprecia perfectamente en el plano aquí reproducido.
Trabajos topográficos. Villaseca de la Sagra. 1879Villaseca de la Sagra. Sección urbana. Trabajos topográficos 1879. Fuente: IGN.

    Este plano del siglo XIX se corresponde ya en el siglo XX con la imagen fotográfica que desde el aire nos muestra, en distinta orientación, aquel amplísimo espacio todavía sin urbanizar donde el gran pilón de la fuente se aprecia en medio de la plaza Miguel de Cervantes, poco antes de construirse en el mismo lugar las escuelas que existieron hasta 1987. En cambio, a la derecha, en la parte del Pozo de Concejo, del que no se advierte ningún vestigio aparente que lo identifique sobre el suelo, se sitúan las conocidas como “casas de los maestros”, hoy desaparecidas y convertido su extenso solar en jardín público de recreo.
Vista aérea. Villaseca de la Sagra. 1970
Vista aérea del espacio público de Pozo de Concejo y Fuente Vieja, años 60-70 del s. XX.

Los sistemas de riego.
    Para obtener los buenos frutos del campo, fue una gran obra hidráulica aquel canal de riego promovido por el rey Carlos III que con el nombre de Real Acequia de Jarama habría de conducir las aguas del río Jarama, captadas en San Martín de la Vega, por un canal que discurría sobre la margen derecha del río Tajo hasta desaguar en este mismo río en el Soto de Requena, en término municipal de Mocejón. Aquella fue una infraestructura ya abierta en 1743 y que trajo un relativo beneficio a todas las tierras situadas al sur de la canalización, como eran los 42 tranzones de los Prados y Cabezadas de Aceca (hoy Sindicatos), el Prado Viejo concejil, los Ajares, los Picales y otros parajes. Una infraestructura que, ya bajo administración estatal, ha perdurado en el tiempo hasta nuestros días pasando por fases de estar impracticable, todavía en 1935, a su total reconstrucción y feliz funcionamiento desde 1958. Es así, que de la precariedad del riego se hace eco el Diccionario de Madoz de 1848 señalando que “pasa por el pueblo el cauce o acequia real de Jarama, que se halla sin correr, aunque conserva en toda su extensión las obras de puentes, esclusas etc; sería muy útil el que se habilitase, pues no hay en el término ni una gota de agua”. 

    Pero a finales del siglo XIX las iniciativas de riego en tierras del término municipal de Villaseca se concretan en dos proyectos significativos, pero bajo la competencia de los propietarios que fueron adquiriendo las tierras que en su día pertenecieron al mayorazgo del marquesado de Montemayor, heredado por los duques de Sessa y Altamira, hasta 1880.

    Respecto al primer propietario, el abogado y vecino de Madrid Juan Guerrero y Brea, añadimos la siguiente noticia en prensa:

“Se ha otorgado á favor de D. Juan Guerrero y Brea una concesión para construir en el término municipal de Villaseca de la Sagra (provincia de Toledo), un canal de riego, derivando del río Tajo 600 litros de agua por segundo, para regar 900 hectáreas de tierra, propiedad del referido señor. Las aguas serán elevadas á 35 metros de altura, y el canal recorre una extensión de siete kilómetros. Muy en breve darán comienzo las obras, que sin disputa son de gran importancia para la localidad. El vecindario está entusiasmado” [El Liberal (Madrid), 28/07/1892, p. 3].

    Un proyecto que salía a la información pública a través de la Sección de Fomento, Servicio de Aguas, en su circular núm. 44, firmada en Toledo 19 de febrero de 1892, especificando que la instalación estaría situada en el cerro largo [de Aceca], funcionando por medio de máquina de vapor y bombas correspondientes, y afectando al dominio público en el cruce con el ferrocarril directo de Madrid-Ciudad Real y con varios caminos vecinales [Boletín Oficial de la Provincia de Toledo, 20/02/1892, p. 1].

    Posteriormente, el siguiente propietario, el afamado ganadero de reses bravas don Faustino Udaeta, obtendría en 1900 desde la Jefatura de Obras Públicas una concesión de aumento de 1.100 litros de agua por segundo del río Tajo, para riego de terrenos de su propiedad, en término de Villaseca de la Sagra, solicitando la aprobación de un acueducto con tubería de hierro en  los terrenos denominados “segundo tranzón” de D. Manuel Cabello, vecino de Mocejón, presentando para probar la necesidad de esta servidumbre, proyecto compuesto de una memoria y planos [Boletín Oficial de la Provincia de Toledo, 16/01/1900, p. 1]. 
    Nuevamente, según noticia en prensa, en 1910 la viuda de Udaeta traspasaba la concesión de aguas de riego del río Tajo a la Marquesa de Castañeda, doña Matilde de Guzmán y Caballero, nueva propietaria de tierras en Villaseca de la Sagra [El País, 08-03-1910, p. 3].

El abastecimiento de aguas para la población.
    Al margen de estos proyectos particulares de riego, que no afectaban a los intereses vecinales, para suministro de la población se reconoce en 1895 la necesidad de establecer un sistema de abastecimiento de aguas potables a cargo del ayuntamiento. 
    El documento es de 1895 y se trata de un cuaderno en folio de 16 hojas, cosido en los márgenes con hijo rojo. El papel está timbrado como se corresponde con papel oficial y numerado en sus hojas.     Está escrito por ambas caras con tinta de color sepia o marrón.

Primeramente, en él se recoge una exposición y solicitud dirigida al Alcalde-Presidente del Ayuntamiento de esta villa. Los que suscriben son vecinos y residentes en esta población, que exponen la desalentadora situación. Argumentan que los herederos de don Joaquín Gutiérrez, contratista del abastecimiento de aguas potables, han abandonado el proyecto que tenían acordado con la municipalidad, careciendo la población de tan esencial elemento desde hace más de tres meses y con el grave riesgo de su salud al tener que suministrarse de aguas malsanas. Ajenos a las causas que puedan haber provocado la ausencia de tan imprescindible servicio o a las arbitrariedades cometidas por los citados herederos, suplican que sea el Ayuntamiento el que se haga responsable de este servicio público tan indispensable para la supervivencia de la vecindad. Firman la petición el 23 de febrero de 1895 unos 130 compromisarios y convecinos.
Acta capitular acuerdo 1895. Villaseca de la Sagra
Acta capitular de 27 de febrero de 1895. 
Fuente: Archivo Municipal de Villaseca de la Sagra (AMVS).

    A continuación, se dicta una providencia para convocar sesión extraordinaria y urgente del Ayuntamiento y Junta General de Asociados para el 27 de los corrientes a las diez de la mañana para acordar lo procedente en el asunto. Firma Gregorio Díaz Díaz, alcalde-presidente del ayuntamiento a 25 de febrero de 1895, certificando el secretario municipal Pedro C. Yust. 

    De inmediato, se entrega al alguacil Santiago García orden de la convocatoria y cédulas para repartir a los que habrían de asistir a la reunión.
    La sesión extraordinaria se celebraba el día acordado de 27 de febrero, presidida por el alcalde Gregorio Díaz, con la asistencia de la corporación municipal y una representación de los señores asociados (cuyos nombres se citan al margen del acta). Se procedió a la lectura de la solicitud precedente que exponía el abandono del abastecimiento de aguas potables en manos de los herederos del contratista Gutiérrez. Y reconocidos los inconvenientes y perjuicios ocasionados a la salud pública se acordaba por unanimidad:

- Autorizar al señor alcalde para que se hiciese cargo de la total gestión del servicio.
- Que el señor alcalde, con cargo a los herederos del contratista, pudiese designar persona conveniente para la conservación de la fuente pública y sus dependencias, a la vez que se pone en condiciones de salubridad los registros y arquetas de conducción de las aguas a la fuente pública, por estar al presente destruidas por el abandono y negligencia del contratista.
- Que el señor alcalde remitiese con atenta comunicación al señor Gobernador de la Provincia copia certificada de la solicitud y del presente acuerdo; a la vez que se notificase lo acordado al encargado puesto por el contratista en esta villa.
    Por otra parte, el acuerdo es muy explícito respecto al conflicto de intereses que pudiera ocasionarse con el entonces propietario y hacendado señor Guerrero y Brea, en razón de algunas tierras por las que habrían de cruzar las conducciones. Pero la gestión estaba asegurada puesto que:

“seguidamente se propuso por el señor Alcalde que dada la escasez de aguas potables que producen los veneros de la Poza y fuente del Junco objeto del contrato de explotación celebrado por este ayuntamiento con D. Joaquín Gutiérrez, sin duda por no haberlos cuidado éste con el esmero debido, faltando por tanto a una de las primeras bases del citado contrato, había conferenciado con D. Juan Guerrero y Brea, dueño de diferentes terrenos al sitio denominado de las Cuadras en esta jurisdicción donde existe otro venero de alguna importancia, al objeto de que autorizara su aprovechamiento por el vecindario, máxime si se tenía en cuenta la ninguna importancia de la obra que habría de ejecutarse para conseguir tan plausibles fines, reducida al empalme de la tubería cortada entre el Campo Santo y el camino alto de Magán, cuya cortadura se ejecutó como todos sabemos, al abrir el cajero del canal de la propiedad del expresado señor Guerrero y Brea.
De la enunciada conferencia resultó, que propicio como siempre el señor Guerrero y Brea a no dificultar ninguna solución que tienda al bienestar de esta localidad, en el acto que fue enterado de cuáles eran los deseos del que habla, accedió y presto al pensamiento antes expresado su más absoluta conformidad. En su virtud los señores reunidos acordaron sin discusión y por unanimidad facultar al señor alcalde para que sin pérdida de tiempo se llevara a cabo por el mismo, la obra que fuere precisa sin detrimento del canal, para el empalme de la tubería en el sitio antes indicado, a fin de que las aguas procedentes de las Cuadras puedan aprovecharse en la fuente pública de esta localidad; sin que por este acto de generosidad por parte del señor Guerrero y Brea y beneplácito del ayuntamiento y señores asociados, se entienda ceder derecho alguno, respecto de las expresadas aguas y su conducción a la fuente pública, a los herederos del primitivo contratista…”

    Firman el acuerdo: Gregorio Díaz, Vidal García, Julián Alonso, Elías Gómez, Venancio López, Gumersindo Díaz, Julián López, Martín Basco, Julián Juárez, Vicente Alonso, Santiago Calderón, Dionisio Gómez, Román Plaza, Juan Hijosa, Loreto Jerez y Antolín Ortega, ratificado con la firma del secretario Pedro C. Yust. 
    Según este acuerdo, se procedía a notificar e informar a Pablo Díaz Díaz, de esta vecindad y representante de los herederos de Joaquín Gutiérrez, como encargado de la fuente.

EN CONCLUSIÓN.
    En Villaseca de la Sagra reconocemos dos hitos urbanos relacionados con la memoria del agua. 
    Uno es el Pozo de Concejo, situado en una margen del paso viario que es la calle Toledo, es decir, dentro del trazado del Cordel de Merinas que desde la Piedra del Santo atraviesa la población para salir por el camino de Madrid o Cobeja en dirección norte. En realidad, el pozo o pozos se hallaba situado en lo que era un descansadero de ganado, la propia plaza de Pozo Concejo. Se trataba sin duda de un acuífero o venero natural que manaba agua regularmente.
    Un segundo hito es la Fuente Vieja, importante construcción porque suponía crear un sistema de pozos de captación, conducciones o minas, depósitos y cañerías para la distribución y suministro de agua potable. Fuente que se situaba en el centro de lo que hoy es propiamente la plaza Miguel de Cervantes. Aquí estuvo la fuente y el pilón labrados en 1866, rehabilitada en 1957, hasta que sus piedras fueron desmontadas para edificar en su lugar, en los años 70 del siglo XX, un grupo escolar. En su lugar, la fuente quedó reducida a un simplón frente y pila de ladrillo junto a las verjas de esas escuelas. Si no la fuente, cuyos sillares se mal aprovecharon, afortunadamente se recuperó el espacio urbano de la plaza y se adornó, esta vez, con una fuente artística que se trajo de la plaza mayor. Aquella fuente “vieja” que fue vital para el abastecimiento de la población de Villaseca antes de que el agua corriente entrara en las casas. Esto ya es historia reciente.

    Existieron otras fuentes utilitarias en la plaza mayor, reconocida en fotos antiguas, y también en la plaza Silera, que mantenían el mismo tipo de cuatro frentes de obra con sus pilas y una farola por cima, hoy inexistentes.
    Sin olvidar que en las tierras de captación al norte de la población es posible que en el subsuelo aún se conserven las primitivas minas, galerías de conducción y arquetas hechas en ladrillo. De hecho, el nombre del camino del Monte, llamado también Alcarreal, más correctamente Arca-Real, nos indica que allí habría un “arca”, que es como se llamaba antes a todo depósito de recogida de aguas, y “real” por ser pública.
    Más reciente es la denominación en el callejero municipal de calle de la Poza, antes calle del Boquete, con salida en doble codo a las eras, y que nos orienta sobre la cercanía a este elemento perteneciente a la antigua red hidráulica en las afueras del pueblo, en el camino de Cabañas, concretamente.






       

viernes, 17 de enero de 2025

La Huida a Egipto, un precioso alabastro renacentista en la ermita de Ntra. Sra. de las Angustias

LA HUIDA A EGIPTO, UN PRECIOSO ALABASTRO RENACENTISTA EN LA ERMITA DE NTRA. SRA. DE LAS ANGUSTIAS.

Huida a Egipto. Pintura gótica
Antonio J. Díaz F.
Historiador

Entre las pequeñas joyas artísticas de nuestra ermita de las Angustias podemos hablar del bajo relieve en piedra que representa el tema de la HUIDA A EGIPTO. Un tema comprendido dentro del ciclo litúrgico de la Navidad. Este episodio de la infancia de Cristo está narrado brevemente en el evangelio de San Mateo (cap. 2, vv. 13-15). Tras el aviso del ángel del Señor a José para que saliera de Belén con María y el Niño hacia Egipto y evitar así la persecución de Herodes, la Sagrada Familia emprendió aquel largo viaje. 
    Hay que reconocer que éste fue un tema religioso de clara significación profética dentro del simbolismo cristianismo, muy reproducido por distintos artistas ya desde la Edad Media. Lo vemos tanto en los iconos bizantinos como en los periodos del Románico y del Gótico. Después, pintores como Giotto o Fray Angélico y escultores como los Pisano difundieron su iconografía en el Renacimiento italiano. Al igual que el arte de Flandes o flamenco, que no prescindió de este amable tema, ya bastante popularizado en las representaciones sobre la vida de Cristo. El arte español también prodigó tan retórico tema en todas sus épocas artísticas. Como ejemplo cercano, valga la representación en la misma catedral de Toledo.
Huida a Egipto. Catedral de Toledo
Huida a Egipto. Puerta del Reloj, catedral de Toledo.

    Es cierto que ya habíamos mencionado esta pequeña obra artística en una conferencia que tuvimos ocasión de dar en 1993 en el salón de Actos del Casino de Villaseca de la Sagra, con el título “La ermita de Ntra. Sra. de las Angustias de Villaseca de la Sagra” (texto no publicado).     
    Corresponde ahora detenerse un poco más en este precioso alabastro y también dedicar unas palabras a la persona que hizo posible que hoy lo podamos contemplar con solo acudir a nuestra ermita.

El valor artístico de un relieve.
    La obra en sí está labrada delicadamente en un bloque entero de alabastro y conserva restos de su dorado y policromado. Sus dimensiones son 45 cm de alto por 38 de ancho. El grosor medio de la piedra alcanza los 10 cm. Pese a su aparente buen estado de conservación presenta una grieta diagonal en su ángulo superior izquierdo, apenas disimulada, pero que no supone pérdida material grave ni tampoco afecta a las que son las figuras principales. Si lo hemos conocido empotrado en el muro sobre la puerta de la sacristía, hoy se halla sujeto por un soporte de hierro forjado que lo suspende de la pared evitando quizás mayor deterioro.
Huida a Egipto. Ermita de N. S. de las Angustias. Villaseca de la Sagra
Huida a Egipto, alabastro s. XVI. Ermita de Ntra. Sra. de 
las Angustias. Villaseca de la Sagra.

    En este bajo relieve, la conocida escena religiosa se presenta sobre un suelo de apariencia rocosa y brotes de vegetación. Sirve así de base para desarrollar el asunto escultórico, visto frontalmente. De este modo, y en dirección de izquierda a derecha, se orienta la borriquilla sobre la que cabalga la Virgen María, “montada a la amazona”, que sostiene con sus manos al Niño Jesús, mientras que por delante, y cogiendo del ramal, camina el Patriarca San José, con una vara curvada al hombro. Estas figuras protagonistas se superponen en primer plano a un fondo paisajístico de aspecto peñascoso, jalonado de palmeras y otras pequeñas plantas y arbolillos. Es un fondo natural que se escalona hasta culminar en una línea superior cerrada por una ciudad murada y torreada y un gran edificio alargado, que asoman lejanos. Entre estas construcciones se sitúa, sobre una elevación intermedia y más próxima, una figura masculina sentada y en actitud expectante, que no hemos podido relacionar con ningún episodio de los narrados por los escritos apócrifos sobre este tema. 
    El efecto dado a la escena pretende simular que José, María y el Niño, a lomos de la borriquilla, se distancian realmente de aquel horizonte coronado por las construcciones, que tal vez insinúe la ciudad de Jerusalén, como si quedara en la distancia desde el camino que recorren hacia Egipto.
    Este es el encuadre general de la escena en la que destacan las figuras principales trabajadas en poco relieve, pero que en algunas de sus partes se despegan algo más del plano pasando levemente al alto relieve o medio bulto. Este tratamiento se aprecia en las patas del flanco derecho de la pollina que aparecen casi exentas mientras las otras dos quedan apenas cinceladas y marcando el paso. Con todo, el cuerpo del animal y el de María con el Niño sobresalen de la superficie definiendo contornos de sombra. Sus cuerpos se redondean y moldean en mayor medida que la figura de San José, menos abultada salvo en el detalle de su varonil cabeza. 
    La gran maestría del artista de este relieve se demuestra en su dominio de la técnica escultórica. Y en la pericia para sugerir sobre la superficie plana de la piedra la perspectiva adecuada, al ir reduciendo gradualmente el volumen y la escala de los objetos, detrás de las figuras principales, creando una sutil ilusión de profundidad y lejanía sobre la superficie plana de la piedra.
    La belleza del relieve destaca sobre la blancura del material, esa pureza alabastrina que, sin embargo, se ornamenta con animados toques de color para aumentar la naturalidad de la representación. Sobre algunas pinceladas de verde predominan los dorados, tanto en los mismos elementos vegetales diseminados por el paisaje como en los adornos del rico jaez de la borriquilla y tanto más en las vestimentas de las tres personas sagradas, con orlas doradas y otros sencillos adornos.
    Este aspecto es también curioso si observamos cómo va vestida María, con amplio manto que cubre parcialmente su cabeza; y cómo va vestido el esposo, con zapatos, polainas y una túnica corta, pero bien caracterizado por el pequeño sombrero campesino con que se cubre. Sin duda, es el Niño Jesús el que se revela más extraño puesto que no va propiamente vestido sino fajado. Es decir, refleja la costumbre ancestral de envolver en vendas a los niños en sus primeros días de vida para evitar, según antigua creencia, deformidades en su cuerpo y permitir que creciese recto y bien proporcionado. Esto hace que su figura permanezca inmóvil, encapsulada, y solo mostrando su cabecita. En todo caso, esto es un anacronismo propio de la época en que se hizo el relieve y no obedece a las costumbres judías del tiempo de Jesús.
    Tenemos una obra de arte que forma parte del patrimonio histórico artístico de la Hermandad de Ntra. Sra. de las Angustias y que se exhibe en uno de los muros de la capilla mayor de su ermita. 
    Hablando artísticamente, este relieve, por su estilo y antigüedad,  pertenece a la primera mitad del siglo XVI, y aún más, posiblemente tenga  procedencia foránea, pues reúne la influencia flamenca en el tratamiento del paisaje y la influencia italiana en las formas de las figuras. Sin duda, una pieza única por la bondad y rareza de su material y por su cuidada calidad escultórica. Su calificación es la de arte renacentista.
    Para comprender la idea que se formó el artista a la hora de construir esta escena, hemos querido trazar las líneas compositivas aplicadas a este relieve escultórico de evidente disposición triangular. 
Huida a Egipto. Líneas de composición
Huida a Egipto. Esquema compositivo del relieve.

    Como se ha dicho, el modelo ha sido muy recurrente y repetido en todas las épocas del Arte. En nuestro caso hemos apreciado que existe un cierto desplazamiento respecto al eje central, que no resta armonía al conjunto, sobre todo porque el busto de María y el Niño parecen inscribirse en un perfecto círculo luego extendido a un gran óvalo que comprende ambas figuras completamente, como si estuviera en un trono y dentro de una mandorla, al estilo de las Madonas o vírgenes italianas. Otras líneas diagonales parecen dirigir desde abajo el sentido en forma de triángulo invertido, reforzado por la planta de acanto abierta en la base, y dentro del que también se recoge el largo cuerpo de la borrica, que no sobrepasa el eje horizontal de la composición. A la derecha, un compás inferior, el formado por sus piernas, y dos círculos sobrepuestos terminan por dibujar la figura de José que casi se diluye en el borde mismo de la piedra en un sugerido movimiento de avance.

El documento que descubre la historia del relieve.
    ¿A qué se debe que este magnífico alabastro de la HUIDA A EGIPTO pertenezca a la ermita de las Angustias? Solo se explica porque se trata de un objeto regalado desde antiguo. Exactamente, proviene de una manda testamentaria del insigne clérigo villasecano Francisco López de Mena, que fue por muchos años el primer patrón y administrador del hospital de San Bernardo de esta villa, en calidad de albacea de su preclaro fundador el presbítero Licenciado Bernardo García de San Pedro, Visitador general del partido de Madrid, del que era su primo. Ocupación y responsabilidad que desempeñaría hasta su muerte, que ocurrió en 2 de febrero de 1666 en Alcalá de Henares, de donde era canónigo de su Iglesia Magistral, y cuya última voluntad fue ser enterrado en la iglesia de Ntra. Sra. de los Peligros del citado hospital, de cuya construcción fue tan celoso impulsor como escrupuloso supervisor.
    En relación con su biografía, para nuestro interés es fundamental el documento registrado en la ciudad de Toledo en 23 de septiembre de 1679 con el fin de dar cumplimiento a la fundación de memorias del difunto Doctor D. Francisco López de Mena, Canónigo que fue de la Santa Iglesia Magistral de Alcalá, Capellán de Honor de Su Majestad y Administrador del Real Colegio de Santa Isabel de Madrid [Documento en el Archivo Histórico Provincial de Toledo (AHPT), Secc. Protocolos (Pr.) nº 188, año 1679, fols. 263-283, escribano Eugenio de Valladolid]. En este acto notarial, sus testamentarios presentan su última voluntad y un memorial de mandas, dados en Alcalá de Henares en 27 de enero de 1666, ante el escribano del rey Diego Felipe del Castillo, por los que López de Mena disponía se fundase en su villa natal de Villaseca de la Sagra un colegio de doncellas en sus casas principales de la calle Real, para que fueran educadas y cuidaran del aseo y limpieza de la iglesia del hospital y una capellanía para decir misas, supeditado todo a la fundación ya hecha del hospital de San Bernardo, para lo que destinaba la venta de sus bienes y propiedades. Sin embargo, este deseo no se llevó a efecto por falta de caudales decidiendo sus testamentarios el fundar sólo dos capellanías de patronato de legos. Pero lo que para nosotros es más importante de sus propósitos es que entre sus legados y especialmente destinado a la Virgen de las Angustias y “… para adorno de la santa imagen o de su ermitta y en cumplimiento desta disposición se a de dar una hechura que ay de alabastro de la huida a Ejiptto con marco de pino negro y dorado que fue del dicho señor Dr. Mena para que se fixe en la pared de la hermita la qual se taso en quatrozientos Reales ...”; lo mismo que también destina al servicio del hospital una joya para Ntra. Sra. de los Peligros, un cáliz de plata con su patena y un Crucificado de marfil para el altar mayor de la capilla [Copia del testamento en el Archivo Parroquial (APVS), Libro Becerro de Fundaciones de Villaseca. Año de 1735, fols. 66-141].
    Al no estar terminada la iglesia del hospital a su muerte, en 5 de febrero de 1666 se hace el depósito del cuerpo del Doctor D. Francisco López de Mena en la iglesia parroquial de Villaseca, y se le entierra provisionalmente en el altar del Cristo Crucificado, en el lado de la Epístola de su altar mayor. Y lo entrega su albacea el Doctor D. José Díaz de Ortega y lo recibe el cura propio de Mocejón y Villaseca D. Diego de Nava [AHPT, Pr. 7799, fol. 94, escribano Lucas Gómez Mejorada]. Aunque bendecida la iglesia hospitalaria en 29 de septiembre de 1669, día de San Miguel, no fue hasta el 17 de septiembre de 1697 en que su cuerpo sería exhumado, junto a los de los fundadores y patronos del hospital desde la iglesia parroquial y llevado a uno de los nichos del camarín-panteón de la iglesia de los Peligros, con la debida autorización del Consejo de la Gobernación del Arzobispado de Toledo. 
AHPT, año 1666.
Acta original de depósito del cuerpo del Dr. D. Francisco López de Mena.

    El doctor López de Mena había dejado una casa principal en la calle Real para sufragar con su renta el coste de las memorias y obras pías que quedaron fundadas y agregadas al Hospital del San Bernardo. También dejó más de 30 fanegas de tierras repartidas en los términos de Villaseca, Mocejón. Velilla, Magán y Cobeja, para que con su arrendamiento pudieran sostenerse a perpetuidad las citadas memorias de misas y la manutención de su capellán. 
    ¿Quién fue tan ilustre y magnánimo personaje eclesiástico? Nacido en Villaseca de la Sagra en 1599, Francisco López de Mena Magán era el cuarto de los hijos de Francisco López de Mena (abuelos paternos: Francisco López y Catalina de Mena) y de Marina de Magán Martín, hija a su vez de Martín de Magán y de Catalina Martín Donayre, el matrimonio troncal de una de las dos líneas de parentesco de los herederos del hospital de San Bernardo. La otra línea es la que parte del hermano Lorenzo de Magán Martín, casado con María Aparicio Magán. Todos ellos eran naturales y vecinos de Villaseca de la Sagra. En el Archivo de la Real Academia de la Historia, en la colección de D. Luis de Salazar y Castro, se registra un árbol genealógico del Doctor D. Francisco López de Mena, capellán de honor de S. M. (signatura 9/136, fº 149).
Colegio del Rey, Alcalá de Henares
Colegio del Rey, Alcalá de Henares (Dibujo de Manuel Laredo, 1888)

    Ya sabemos que por parentesco fue uno de los testamentarios del Secretario Blas García a su muerte en 1635, primer fundador del hospital de San Bernardo. En el Archivo Histórico Nacional, en la sección de Universidades, se revelan distintos expedientes de estudios. En enero de 1622 y también en 1626 es el asiento en el libro de oposiciones a beca en el Colegio Mayor de San Ildefonso de Alcalá de Henares. Pero su vida académica se fraguó primero graduándose como licenciado y doctor en Teología por la Universidad de Valladolid en 1638, pasando a ser canónigo de la Santa Iglesia de Alcalá desde ese año y ya en el marco de la Universidad de Cisneros de Alcalá de Henares, vinculado a las enseñanzas del Colegio del Rey*, siendo su colegial durante catorce años y en el que desempeñó con gran ejemplaridad y providencia el prestigioso cargo de Rector desde mayo de 1633 a junio de 1647, año en que el rey le nombró administrador del convento de Santa Isabel de Madrid, siendo como era capellán de Honor de S. M. desde 1643. Todos estos méritos están detallados en un documento de 1653 conservado en el Archivo Histórico Nacional [AHN, AGI, Indiferente, 205, n. 53]. 
    Además de estos merecimientos, desde 1646 López de Mena fue administrador del hospital de San Bernardo de Villaseca, bajo cuya gestión se compró el suelo, al final de la calle Real con Pozo Concejo, donde se levantaría la iglesia barroca de Ntra. Sra. de los Peligros, bajo trazas del arquitecto Fr. Lorenzo de San Nicolás. 
    Entendemos que el canónigo alcalaíno, hijo de Villaseca, D. Francisco López de Mena poseía entre sus bienes este valioso relieve de la Huida a Egipto, de estimable antigüedad ya que correspondía a una obra del siglo XVI que él atesoraba, no sabemos si por compra o por herencia, y que quiso ofrecer como acto de distinguida devoción a Ntra. Sra. de las Angustias.
    Como un bien preciado supo entregarlo y como alhaja de gran valor, de forma que su memoria y la de su tiempo debe quedar unida a esta bellísima pieza escultórica de alabastro que es el relieve de la HUIDA A EGIPTO, un legado de más de cuatrocientos años incorporado al patrimonio de la ermita en 1666.

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* El Colegio Menor de San Felipe y Santiago fue fundado en 1554 por Felipe II, por eso es conocido como Colegio del Rey. Prestigioso colegio de estudios teológicos, jurídicos y canónicos, destinados a hijos de miembros del servicio de la Casa del Rey. Hoy es sede del Instituto Cervantes de Alcalá de Henares.

miércoles, 27 de noviembre de 2024

Memoria sobre un oficio desaparecido: la alfarería en Villaseca de la Sagra (II)

 

MEMORIA SOBRE UN OFICIO DESAPARARECIDO: LA ALFARERIA EN VILLASECA DE LA SAGRA (SEGUNDA PARTE)   


Antonio J. Díaz F.
Historiador


    Como continuación a la primera parte de nuestro estudio sobre la tradición alfarera en Villaseca de la Sagra en Memoria sobre un oficio desaparecido… (primer trabajo de nuestro blog https://memoriadevillasecadelasagra.blogspot.com/2024/06/memoria-sobre-un-oficio-desaparecido-la.html ) en la que considerábamos históricamente el arraigo de la alfarería en Villaseca de la Sagra, sus orígenes, evolución y extinción, proponemos continuar con esta segunda parte para tratar los testimonios que nos hablan sobre el oficio, reconociendo primero las tareas que se llevaban a cabo dentro del alfar para después ir identificando y caracterizando los objetos de fabricación local. De esta forma podríamos establecer un catálogo mínimamente representativo de la producción alfarera en Villaseca de la Sagra.

En el momento que emprendimos el estudio etnográfico al que este trabajo se remite, allá por el año 1984, la información oral nos sirvió para empezar a conocer las labores que se realizaban en el último alfar familiar. Conseguimos un testimonio directo sobre la realidad de la alfarería, sus espacios, sus procesos de elaboración, de fabricación, de acabado y de distribución. Supimos de la propia jerga utilizada en el oficio, de los materiales, de los útiles manejados y de las técnicas heredadas de la tradición y, en definitiva, entramos en el conocimiento del peculiar mundo laboral de una de las últimas familias que en Villaseca de la Sagra se dedicó a este oficio hasta su desaparición como tal.
En aquella ocasión recogimos el testimonio directo de alguien que había vivido la experiencia familiar en el último alfar, concretamente, el de los sucesores de Juan de Mata Lucas, que produjo en Villaseca cacharros de barro con o sin “vedrío”, propios de la alfarería tradicional de este pueblo de la provincia de Toledo. Este alfar estaba situado en la calle del Boquete, luego llamada Gral. Sanjurjo y hoy día, calle de la Poza con calle Alfares.
Anuncio Alfarería. El Alcázar, 1942
Texto de un anuncio publicitario en el periódico El Alcázar, 1942.

Este testimonio espontáneo nos transmitía la realidad de lo que fue el último alfar de Villaseca y nos remitía a prácticas alfareras, a condicionantes económicos y a aspectos técnicos que revelaban el carácter tradicional que tuvo esta alfarería hasta hace poco tan desconocida pero que es posible contextualizar, no de una forma exhaustiva, pero sí bastante esclarecedora.
No queremos ignorar la investigación igualmente interesante y complementaria a la nuestra que hizo ya en 1997 Juan Manuel Pradillo al publicar su libro Alfareros toledanos (2 vols., Toledo, Juan de Comunidades de Castilla-La Mancha, 1997), en cuyo tomo II recogía bastantes datos sobre el tema y una información testimonial de los que conocieron el oficio en el alfar de Eleuterio Lucas.
De este modo, queremos rememorar los aspectos del trabajo de la alfarería en Villaseca de la Sagra, hacia los años de 1960-1970, pero haciendo extensivas estas referencias sobre el oficio a la mayoría de los alfares que aquí pudieron existir con anterioridad.

El trabajo del alfarero.
1.- El proceso de elaboración y fabricación. 
Para la obtención de la materia prima, el barro o arcilla, el alfarero villasecano se ha visto favorecido desde que instaló su industria por la naturaleza gredosa o terrosa del suelo del propio término municipal y, por tanto, se ha surtido en distintos sitios, eso sí, bien escogidos, como, por ejemplo, al norte del caserío en la proximidad del cementerio público, el paraje conocido como Lomo Perro. El material más idóneo era el proporcionado por la corteza superficial, más reseca que las capas profundas de los cortes, facilitando la elaboración de la mezcla posterior. La tierra seleccionada ofrece así unas cualidades arcillosas que la hacen lo suficientemente maleable y elástica para el trabajo preparatorio y para las exigencias del resultado final del proceso que ha de ser el conseguir la buena calidad técnica de la pieza.
Una vez transportada la cantidad necesaria al taller, esta tierra se echaba sobre un suelo acondicionado de tablas, extendiéndose y empapándose bien de agua. En este estado había de reposar la mezcla terrosa por tiempo de 24 horas al cabo de las cuales los terrones se han deshecho y han formado una masa de barro bien compacta y densa. Esta masa se ha de poder cortar en bloques que, dispuestos en tablas, permitían su traslado a un nuevo tablado en donde se procedía al pisado y batido para consolidar la mezcla y darla un punto de compactación definitivo. De este modo, la pasta elaborada podía ser cortada para que trozo a trozo fuera conducida ya al obrador en donde esperaba ser trabajada. 
Aquí, los operarios se ocupaban en quitar manualmente las impurezas todavía adheridas al barro, depurando los bloques de arcilla de "chinas" o “caliches” y de pegotes duros o “gorullos” para obtener una pasta homogénea y libre de impurezas. 
Luego, se procedía a la formación de los "pellones" o trozos manejables que son llevados directamente al torno para el modelado sucesivo de las piezas.
El alfarero en el torno. Villaseca de la Sagra
El maestro alfarero posando en el viejo torno, con un muestrario de piezas. 
Alfar de Juan de Mata Lucas, hacia 1930.
(Foto cortesía de Juana López Lucas)

Ante todo, eran las hábiles manos del alfarero, su larga experiencia y su maestría en el torno las premisas para mantener el alfar en producción. La herramienta indispensable del alfarero es el torno, artilugio de madera de tipo tradicional a base de dos ruedas y un eje. A veces se utilizaban elementos supletorios para poner en el "plato" superior como, por ejemplo, a la hora de moldear barreños, para lo que se necesitaba una base más amplia para trabajar el pellón. Sobre la rueda o plato superior del torno se colocaba como decimos la “pella” o pellón, que se enderezaba y centraba con las dos manos y aprovechando la fuerza giratoria aplicada a la rueda inferior con el pie se iniciaba el torneado de la pieza a la vez que se iba abriendo y subiendo el barro utilizando más que nada la pericia de manos y dedos para dar forma a los distintos cacharros. El alfarero se servía de pequeños instrumentos para alisar superficies, rebajar o retirar el exceso de barro, como eran una media caña, una chapa curvada, un peine y otros. Una vez dada la forma deseada y acabado el torneado, la vasija se desprende de su base cortando con el "hilo", separándola del torno y depositándola cuidadosamente sobre una tabla situada al alcance del alfarero y dispuesta para ir dejando las piezas recién trabajadas, sin romper el ritmo de fabricación. 
Terminada la pieza y retirada del torno, el siguiente paso es dejarla secar, pero ha de evitarse cualquier contacto directo con el sol porque el barro se resentiría de este calentamiento y se quebraría, por lo cual se habilita una habitación con buena ventilación que llaman "secadero" donde las vasijas reposan en diversos estantes de madera. 
La mayoría de las piezas requería un acabado fuera del torno para colocar los elementos accesorios. Es así que para poner las asas o “enasar” había que dejar la vasija oreándose unas horas y luego pegarlas con la “barbotina” o barro muy diluido en agua, procedimiento que aquí se llamaba "a la moja", sirviéndose para ello de una cazuela con agua en la que el alfarero humedece constantemente los dedos como también lo hacía durante la tarea de torneado.
Normalmente se solían esperar unos dos días para asegurar el secado perfecto ya que se trataba de un proceso necesariamente lento. No obstante, la duración del secado dependía en gran medida de la estación climática, como es obvio.
Aprendices enasando pucheros. Alfar .Villaseca de la Sagra
Tarea de los jóvenes aprendices, enasando pucheros.
Alfar de Juan de Mata Lucas, hacia 1930.
(Foto cortesía de Juana López Lucas)

Comprobado el secado óptimo, se procedía a su conducción al horno una vez acumulado un cierto número de piezas destinadas a ello. En esta fase en que interviene el fuego, las piezas se han de colocar directamente sobre el suelo o "solera" del horno, que ha de estar apagado, apilándolas cuidadosamente unas encima de otras de forma que a todas llegue el calor. Después de la cocción quedarán allí dentro por un espacio calculado de tiempo para procurar su templado y progresivo enfriamiento, evitando así su rotura con cambios bruscos de temperatura.
Para el calentamiento del horno el encendido se realizaba primero a base de un fuego lento durante una hora aproximada para después ir añadiendo "cardas" o haces o golpes de leña, de vez en vez, con lo que las llamas se avivaban y el calor se llevaba a temperaturas entre los 800ºC y 900ºC. La permanencia de cada hornada se hacía por tiempo de ocho a nueve horas con el horno a pleno rendimiento y bien alimentado el fuego. La clase de combustible común utilizado en el alfar era leña consistente propiamente en retamas y tarays o tamariscos (recurso vegetal silvestre fácilmente recogido en la zona) y también era empleado el "orujo", formado por huesos de aceituna, que se transportaba desde el vecino pueblo olivarero de Alameda de la Sagra. 
Una sola cochura era suficiente para los cacharros de barro sin vidriado mientras que la aplicación del baño o vidriado requería para un cierto tipo de cacharros la realización de una segunda cocción. Este llamado “vedrío” se traía en bruto desde Linares, provincia de Jaén, ya que se trataba de un mineral que se producía en sus minas. Solían traerlo trajinantes o arrieros del propio Villaseca. Se usaba en las labores cerámicas por su contenido en sulfuro de plomo y era llamado genéricamente “alcohol de hoja”. La piedra llegada al alfar era molida manualmente empleando para ello dos muelas de granito que en su rotar una sobre otra pulverizaban el mineral. Era usual que en Villaseca los alfareros mezclaran este producto plumbífero con el obtenido de machacar piedras de sílex o pedernal porque era bien conocido que con la sílice se conseguía una mejor consistencia del propio vidriado
Molino de vedrío. Alfar. Villaseca de la Sagra
Piedras desmontadas de un molino de “vedrío”
    
Esta sustancia ya pulverizada y en cierto modo enriquecida se disolvía en un barreño con agua obteniéndose un líquido denso de color azulado. Para su bañado las piezas se van mojando con la mano en las partes que interesaba cubrir, sobre todo en interiores y bordes de las vasijas. Piezas, por supuesto, ya cocidas una vez y que después de recibir el baño se vuelven a introducir en el horno para una nueva cochura que fije y vitrifique el líquido sobre el barro. Esta vez la colocación dentro del horno cambia al tener que ser apiladas boca abajo para evitar el goteo y procurando no juntar las piezas para que no se pegasen. Con este fin se utilizaban unos separadores de tres patas o “trébedes” y unos rodillos de barro cocido, son los llamados atifles y carretes, respectivamente. La temperatura del vidriado es la misma de 900ºC y el proceso de cocción no difiere del primer horneo. Pero ahora, las piezas estarán acabadas de cocer cuando se observen o caten limpias de hollín y su color sea el del rojo vivo dentro del horno. 
La pieza vidriada adquiere con el baño un color amielado y brillante de distintos tonos, más o menos tostados. Indudablemente, el vidriado es un procedimiento que favorece la conservación de la pieza y hermosea la forma final, pero también contribuye a una mayor higiene en sus usos. Es útil para piezas con una función concreta que no sea solamente la de contener líquidos por lo que es indicado para cacharros que se exponían al fuego o lumbre dentro de las cocinas o en el campo para la elaboración de alimentos. El vidriado es una técnica tradicional en la alfarería villasecana y no se ha practicado decoración intencionada sobre esta cubierta, solo el chorreo aleatorio en el exterior de la pieza es su particularidad.
También, fuera del torno y sin la utilización de su fuerza giratoria se confeccionaban otro tipo de cacharros simplemente con las manos. Es el caso de las besugueras, de sección elipsoidal, y partes de complemento como las pilillas.

2.- Los aspectos laboral y productivo. 
El trabajo en el alfar implicaba a toda la familia, diversificándose las tareas. La jornada laboral comprendía bastantes horas al día, pero sin imponer un ritmo fijo y sólo en función de las tareas realizables diariamente. Por ejemplo, en verano la cocción se hacía de madrugada para evitar el calor del día y para tener a primeras horas de la mañana siguiente las piezas terminadas. Domingos y fiestas eran días de asueto, naturalmente.
De entre las fases del proceso de fabricación el manejo del torno necesitaba de un mayor adiestramiento y pericia que sólo el maestro experimentado poseía, mientras que la preparación del horno resultaba una tarea más dura debido al riesgo que suponía el contacto con el fuego y el agobio del calor, con el consiguiente peligro de quemarse a la hora de su encendido y mantenimiento. No obstante, la labor reservada a las mujeres de la casa-alfar eran las de "ahornar" y "desahornar", entrar y sacar las hornadas.
El número de piezas que podían salir de las manos del alfarero en una jornada laboral ininterrumpida se aproximaba a las trescientas de pequeño tamaño, doscientas de mediano y unas cuarenta de mayor volumen. El proceso de modelado a mano era desde luego mucho más entretenido y lento, sobre todo en lo que respecta a la fabricación de las mencionadas besugueras. A veces, los encargos afectaban a la producción con lo que había una dedicación a fabricar objetos tal vez impuestos por las modas o gustos particulares sobre la propia tradición del cacharro útil, tal es el caso de la producción de macetas y otras piezas que se hacían indispensables en el adorno de las casas.
El volumen de producción era más alto en época de verano debido a las condiciones benignas de la estación, lo que favorecía el secado rápido de las piezas. En cambio, el invierno impedía trabajar por el inconveniente de las temperaturas, la manipulación del barro en estado frío (para evitar esta contrariedad el artesano colocaba una cocinilla o braserillo de barro sobre el que ponía la cazuela de la “moja”) y lo perjudicial de las heladas sobre el secado. Por ello el periodo invernal se aprovechaba más para los trabajos de cocción de piezas ya almacenadas y terminadas de secar. 
En cuanto al carácter del trabajo y sus condicionantes productivos podríamos indicar como ejemplo que la duración para tornear una hucha de 15 cm de altura solía ser de dos minutos; una jarra, algo mayor, llevaba cuatro minutos; mientras que un cántaro (son 46 cm de alto) ocupaba de ocho a diez minutos.

3.- La rentabilidad y comercialización. 
El último alfar de Villaseca, según los testimonios manifestados, mantenía económicamente a tres familias, unas diez personas, que vivían exclusivamente de la alfarería y luego con la industria de ladrillos. Trabajaban tres operarios en las tareas fundamentales del oficio lo que suponía desarrollar una explotación exclusivamente en régimen familiar, en la que casi un tercio de sus integrantes cargan con el peso de la producción.
Este sistema no concebía la asociación económica ni gremial con otros alfareros ni siquiera con los vendedores. La demanda local era igual a la foránea y la venta se realizaba en el mismo alfar, aunque también era normal el transporte y venta ambulante de la cacharrería a lomo de borricos, incluso por las calles del propio pueblo. Es significativo que en el pueblo existía un despacho de alfarería de Ocaña (botijos y cántaros) y de otra procedencia, pero parece no haber existido la venta ambulante que introdujera mucho género de fuera.
En los años sesenta del s. XX, los precios de algunas piezas eran 10 pesetas el cántaro, 25 céntimos la hucha, 3 ptas el puchero, 25 ptas un barreño; teniendo en cuenta que el mayor tamaño de la pieza y el vidriado encarecían el producto por lo que suponía más que nada el tiempo y trabajo invertidos en las cochuras.
La comercialización de estos cacharros se colapsó con la competencia inusual de nuevos materiales que como el plástico renovaron el mundo de los recipientes domésticos a pesar de la persistente demanda de pucheros, cántaros y macetas, que comprados aquí por proveedores foráneos se vendían en pueblos cercanos como Bargas, Villasequilla y otros.
Pucheros en una pared. Villaseca de la Sagra
Pucheros rotos utilizados en un tabique.

4.- La producción de vasijas. 
El alfar estaba especializado en vasijas de utilidad doméstica preferentemente, pero no por ello se dejaban de hacer piezas con cierta función decorativa como botijos en forma de toro o de luna, pedestales para jarrones, pilillas, etc. Realmente, todos los tipos producidos respondían a una tradición y modelos conocidos desde siempre.
Para el uso de contener líquidos y sólidos se fabricaban cántaros, jarras, botijos, tinajillas. Para el uso en la cocina, lavado y campo las piezas solían ser vidriadas y entre ellas: platos, tarros, barreños, ollas de un asa, cazuelas, besugueras y pucheros. No se conocían piezas de fuera que se pareciesen a las del alfar local y nunca se intentó asimilar o imitar formas y tipos de otros alfares. Como tampoco se modificaron las formas tradicionales atendiendo a un uso nuevo. Pero es cierto que la utilidad de algunas piezas desapareció y con ello su fabricación, como el caso de los cangilones de noria y los “botes” o cilindros de construcción. A decir de nuestro entrevistado se puede considerar como pieza sin paralelo en otros alfares el llamado “tarro de lejía”. Gozaban de mayor aceptación cacharros como las macetas, cántaros y pucheros, y decorativas, el botijo con forma de toro, así como entre los niños las piezas en miniatura que reproducían a escala los cacharros del alfar y las huchas o alcancías.
En resumen, la producción alfarera en Villaseca se desarrolló a lo largo de unos doscientos años aproximadamente con una continuidad en el carácter y finalidad de su fabricación. Sin duda, Villaseca fue el único centro de alfarería importante de la comarca de La Sagra, pues en ningún otro pueblo vecino se conoce tradición alfarera alguna. 
Se trata, por tanto, de un centro productor de alfarería popular de carácter rural, siguiendo la definición de la autora Natacha Seseña en su libro La cerámica popular en Castilla la Nueva (Madrid, Editora Nacional, 1975) para este tipo de alfares dedicados a la fabricación de vasijas utilitarias de uso doméstico y destinadas al servicio de la casa y vida campesinas, y con unas funciones muy concretas adaptadas a las costumbres de una época. 
Esta alfarería villasecana estaba especializada en trabajo vidriado ordinario, histórica y comúnmente denominado loza negra o de basto por su naturaleza apta para el fuego; pero también eran usuales las vasijas carentes de vidriado, apropiadas para contener o trasvasar agua principalmente. 
El proceso técnico seguido por los alfareros de Villaseca se ciñe en lo fundamental a los procedimientos tradicionales generalizados en la cerámica popular castellana sin que advirtamos peculiaridades. Desde el tratamiento de la arcilla, de calidades gredosas, y su preparación en el obrador pasando por el modo y modelado de la pella en el torno, por el método de secado y la técnica de vidriado hasta el proceso relacionado con el horno no hay ninguna particularidad que sea extraña al contexto alfarero en el funcionamiento descrito en el testimonio precedente. 
Lo mismo cabe decir de los instrumentos o herramientas recurrentes y de la terminología acuñada por el oficio. 
Dibujo sobre un alfar. Villaseca de la Sagra
Tornos en su alfar c/ Boquete (Dibujo del autor)

El torno utilizado es el de doble rueda y se compone básicamente de tres elementos: rueda, eje y plato de torneo. La rueda tiene un diámetro de 104 cms y está hecha de una tablazón circular de madera trabada en el reverso con tablas transversales. En su centro se enclava el eje, también de madera, pero con refuerzos metálicos o ya enteramente de hierro según los ejemplares conservados, y alcanza una altura de 67 cms, sujeto con una abrazadera a la traviesa de madera paralela al suelo que forma parte de la instalación; el plato o "cabezuela" es la rueda menor superior del torno, de madera o ya metálica, mide 25 cms de diámetro. Su instalación se hace entre dos traviesas horizontales de fijación sobre sendas patas, a 90 cms del suelo, que forman una mesa de tablas alrededor del plato y dejando libre un hueco en donde se ha de colocar el alfarero sobre un asiento de cañamazo, quedando a su izquierda el torno.
Por su parte, el tipo de horno era el llamado horno árabe, de planta circular, de unos tres metros de diámetro, cerramiento abovedado con una abertura superior y una boca o puerta por donde meter y retirar las cargas. Construido con ladrillos refractarios y siguiendo la tradición, constaba de dos partes principales: la "caldera", soterrada y de 1,5 m de altura con su "boca" para entrar el material combustible; y la cámara superior, de 2 m de alto, que contendrá los cacharros sobre un piso llamado "solera", que deja circular el calor y la llama hacia arriba, alcanzando así la carga.
Esquema de horno de alfar. Villaseca de la Sagra
Esquema del horno c/ Boquete (Dibujo del autor)

Como se ha visto, en el vidriado se empleaba el alcohol de hoja, es decir, sulfuro de plomo, mezclado con sílice. Se utilizaba para esta operación un molino de dos piedras circulares de granito, de 50 cms de diámetro, con un orificio central para encajar un eje de madera que hiciera girar la una sobre la otra a través de la fuerza manual.

La alfarería de Villaseca, características y tipos. 
Uno de los incentivos del estudio de esta alfarería desaparecida como oficio es la posibilidad de encontrar todavía buen número de piezas conservadas, y no sólo las de los últimos años de producción sino también alguna que otra con visos de mayor antigüedad.
Esta circunstancia nos permite distinguir realmente y examinar como objetos únicos y de valor, como piezas de nuestro patrimonio cultural, los ejemplares que son atribuibles a este centro alfarero que fue Villaseca. Por tanto, sobre una determinada muestra de cacharros que se podría considerar de procedencia local, que hemos podido localizar y estudiar, habría que proponer una primera clasificación de la producción alfarera de Villaseca de la Sagra, separada en dos grandes apartados: a) el barro sin vidriar y b) el barro vidriado. 
A partir de aquí es posible confeccionar una tipología local de las formas trabajadas en Villaseca siendo fácil observar las pequeñas diferencias de un alfar a otro. Pero, en general, pensamos que las piezas están bien definidas en su pertenencia a nuestros alfares.
Como es notorio también se puede apreciar que la producción de Villaseca tiene relación y analogías con otros alfares toledanos principalmente. A propósito de esto resulta interesante el hecho de que en los alfares activos antes de la Guerra Civil era frecuente encontrar aprendices de Consuegra, de Puebla de Montalbán y de Puente, en el caso del alfar de Eleuterio Lucas. Otras veces se ha querido comparar nuestra alfarería con la de Alcorcón (Madrid) por su semejanza en los cacharros.

A) Alfarería sin vidriar.
Cántaro. Dentro de la variedad sin vidriar era muy característico el cántaro, de uso imprescindible, dotado de personal decoración frente a otros alfares de tradición cantarera, admitiendo la cualidad estética de su porte y sus formas. 
Cántaros. Villaseca de la Sagra
Cántaro y cantarilla (Colección propia)

Es la pieza más representativa y útil para contener y transportar agua. Su forma ovoide presenta como particularidad el modelado del gollete o cuello, terminado en boca con resalte, del que sale el asa, que dobla en codo. Tiene decoración incisa en una banda circular haciendo un dibujo corrido de medias lunas. Su capacidad es de 13 litros aproximadamente, pero se fabricaron también medidas menores como el medio cántaro y la cantarilla. En su elaboración se hacía uniendo por la panza las dos mitades trabajadas por separado a torno, para después añadir boca y asa y dibujar el adorno a peine. Su aspecto guarda un gran parecido en el perfil como en la decoración escueta con el de Puebla de Montalbán. 
Tinajita o tinajilla. Ante la falta de piezas de gran tamaño, pues no se fabricaba la tinaja grande, era poco usual hacer ni siquiera una pieza menor cuya fabricación era totalmente a mano. Es de perfil ovoide, de 61 cms de altura, con base estrecha y boca muy ancha de borde grueso y recto. Lleva decoración incisa formando una banda ondulada continua. 
Dibujo de tinajilla. Villaseca de la Sagra
Tinajilla y tarro de lejía (Dibujo del autor)

Tarro de lejía. Por su forma de cuba con borde grueso y por su decoración incisa recuerda el "colaor" producido en Mota del Cuervo (Cuenca). Este tarro se usaba en las faenas de la colada doméstica y servía como es obvio reconocer para tener la ropa en agua con lejía o probablemente para fabricar la lejía. Presenta tres bandas rectas y entremedias motivos de medias lunas como decoración. También lo encontramos con dos asas o desprovisto de ellas. 
Botijo. Tiene forma ovoide. La boca y el pitorro están en el mismo eje y el asa es transversal a ellos. Presenta un resalte en la circunferencia por debajo de estos elementos. Puede ser en barro cocido, el más práctico sin duda, o como botijo vidriado enteramente, útil para la temporada de invierno.
Cangilón. Utilizado y modelado para permanecer sujeto en la rueda de noria, su perfil es el de una vasija de panza bulbosa y cuello recto y ensanchado. Muy similar a los que se han conocido en los alfares de Consuegra y otras partes.
Bebedero. Existen dos tipos: uno cilíndrico, cerrado en cono o pico, y otro de forma estrangulada con perfil bulboso. Su uso para dar de beber a aves o animales era frecuente en las granjas.
Hucha. Suele ser pieza de tamaño pequeño (15 a 16 cms de altura), de perfil ovoide y rematada en pitorro. Puesto el pellón sobre el torno, se modela y cierra totalmente, culminando en el pico. Se hace un agujerito pinchando con una punta en la parte superior para expulsar el aire pues de no ser así, en el secado la pieza se contraería y explotaría. Una vez duro el barro, con una cuchilla se hacía la ranura y luego a secar y cocer.
Chimenea. Se hacían tubos más o menos gruesos para chimeneas de casas. Al añadir un carácter decorativo la chimenea consiste en un tubo delgado cuyas paredes se horadan en aberturas dispuestas rítmicamente y rematando en una caperuza cónica moldurada.
Botes. Para la construcción también se torneaban unos pequeños cilindros huecos, de 16 cms de alto, con sendos agujeros en las bases utilizándose para levantar paredes trabándolos con yeso. Resultaba un material ligero y liviano, muy práctico para obras menores de albañilería.
Botes de construcción. Villaseca de la Sagra
Botes de obra (Colección propia)

B) Alfarería vidriada.
Dentro de la técnica de vidriado es donde los alfares de Villaseca han elaborado mayor y mejor número de piezas de calidad y de lograda perfección técnica. Nos remitimos a un conjunto numeroso de cacharros, destacando la jarra por su inconfundible perfil y adorno, pero sobre todo los utilizados en la cocina como el práctico puchero, en sus distintas medidas o tamaños, con el acabado característico y la buena apariencia formal que singularizaba a la alfarería de Villaseca. Las piezas llevan vidriado interior completo y al exterior lucen las chorreras o "mandil" del baño cubriendo parcial o casi enteramente.
Dibujo piezas de alfarería. Villaseca de la Sagra
Puchero y orzas (Dibujo del autor)

Jarra. El tipo dado en Villaseca es una pieza muy típica por su buena apariencia formal. Panza ovoide y cuello troncocónico que se abre para formar una boca de pico pronunciado. El asa arranca del mismo borde. En la unión del cuello con la panza un resalte semejando un cordón. Se ha de comparar con la jarra producida en Consuegra, y se verá que la de Villaseca resulta más estilizada. Se usaba para contener agua y cómo no, en las tabernas para el vino.
Jarra de vino. Villaseca de la Sagra
Jarra de vino (Colección propia)

Cántara. De forma ovoide, presenta un cuello o gollete muy corto y estrecho y de borde pronunciado. Lleva dos asas y su altura es de unos 33 cms. Se usaba como cantimplora para el campo. Se puede relacionar con este modelo una cántara más pequeña (24 cms tan sólo), de boca más alta y ancha que el cuello y otra cántara de mayor tamaño (39 cms) con boca más ancha, borde grueso y resalte bajo el borde. Se asemeja a la cántara del aguardiente de Priego (Cuenca).
Cántara. Villaseca de la Sagra
Cántara de doble asa (Colección propia)

Puchero. Nos encontramos con otra de las piezas más frecuente y utilitaria, a la vez que variada en formas y tamaños. Este de Villaseca tiene un solo asa, que a veces arranca del borde mismo o lo hace desde la mitad del cuello. Todo puchero lleva su tapadera que aquí llaman "cobertera". El tamaño determina la forma: el puchero pequeño (desde 10 cms de altura) es achaparrado, y el perfil es ovoide cuando es más alto. Las bocas suelen ser igual o más anchas incluso que la base, el cuello un cuarto de la altura poco más o menos. Presentan analogías muy estrechas con el puchero de Consuegra. Como modalidad del puchero existe un tipo de forma acubada, menor desarrollo del cuello y base con reborde que parece responder también a la tradición villasecana.
Pucheros pequeños. Villaseca de la Sagra
Par de pucheros pequeños (Colección propia)

Olla. En relación con el puchero, la olla es formalmente un puchero de gran tamaño (sobre los 30 cms de altura o incluso los 40 cms). Era una pieza muy usada en las casas de labradores donde acudían cuadrillas de segadores, por lo que se las denomina "ollas gallegueras", por la procedencia de esos temporeros en otros tiempos. Presenta el mismo tipo que el puchero con las consiguientes variaciones en el perfil, pero ajustándose a una forma común y con afinidades con la olla de Consuegra o el puchero de Alcorcón.
Olla vidriada. Villaseca de la Sagra
Olla de segadores (Colección propia)

Orza. Podemos considerar así una vasija de dos asas similar al puchero, de forma ovoide y cuello más reducido. Las dos asas, enfrontadas, salen de la boca. También se hacían orzas cuya forma es la que se conoce como la más corriente y extendida, de boca ancha y borde grueso y asas pequeñas.
Besuguera. Es una pieza hecha totalmente a mano debido a su sección elipsoidal y alargada. Sus paredes son gruesas y llega a hacerse en distintos tamaños con una altura entre los 9 y 10 cms. Sus medidas están entre los 45 x 28 cms, los 55 x 26 cms y los 67 x 37 cms.
Cazuela. Es de tipo circular y forma troncocónica invertida. Sin asas. Se caracteriza por su borde a veces ondulado o rizado, añadiendo así una nota decorativa.
Orza de ordeñar. Corresponde a un tipo de olla de dos asas de perfil achaparrado con base muy ancha y boca de borde muy pronunciado desde donde arrancan las asas. Presenta en el borde una especie de pico, acotado por dos presiones hechas con los dedos sobre el barro tierno. Se hacían varios tamaños. En Cuerva se hace una vasija similar para el mismo uso.
Barreño. Forma troncocónica invertida de borde pronunciado y recto. Sus dimensiones oscilan entre los 48 y 50 cms el diámetro de la boca, y entre los 26,5 a 28,5 en la base, y su altura entre los 18 y 20 cms. Se hacían de varios tamaños y se usaban mayormente para el remojo de la ropa o como artesa para el lavado. Dentro de esta modalidad existe un tipo de barreño similar a la "marmita" de Alcorcón que se usaba al parecer para el arreglo de la matanza.
Vinajera o aceitera. Son piezas pequeñas para uso en el campo y que podemos adscribir a los alfares de Villaseca. De una o dos asas y de perfil ovoide y gollete estrecho para taparlas con un tapón de corcho. Quizás sean piezas antiguas que dejaron de fabricarse.
Conjunto de piezas de alfarería. Villaseca de la Sagra
Conjunto de piezas de alfarería vidriada (Colección particular)

Botijo tauromorfo. Tiene un carácter más decorativo que utilitario y se corresponde con una imitación del torico de Cuenca.
Botella de lotería. Parece ser una pieza muy particular de nuestros alfares. No muy grande (21,5 cms de altura), presenta un cuello alargado con doble resalte en la boca. Vidriada por entero, tiene decoración incisa en bandas. Servía como bombo donde meter y sacar las bolas en el juego hogareño de la lotería.
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El objetivo de publicar esta segunda parte sobre la alfarería de Villaseca ha sido el de facilitar una identificación del material producido en los obradores, el que sin duda abundará todavía en nuestras casas. Cacharros a los que hay que mirar como objetos únicos e irrepetibles por su valor cultural inapreciable y por estar ligados al pasado reciente de esta población. 
    Cántaros, jarras, pucheros y otros cachivaches de barro fabricados aquí y que representan parte de la esencia histórica de Villaseca de la Sagra.
En cualquier caso, la cerámica popular de Villaseca de la Sagra se está convirtiendo en objetos de anticuario por su rareza y su relativa belleza o antigüedad. Este es el valor que junto a la conservación se le puede dar hoy a las frágiles reliquias de esta alfarería lamentablemente ya desaparecida como oficio. Entendemos que son objetos que no se deberían perderse por ignorancia o desidia.
¡Ojalá podamos algún día ver una exposición digna de esta alfarería nuestra!
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Con este trabajo sobre la alfarería de Villaseca de la Sagra hemos dado cumplimiento a fijar nuestra memoria en aquel oficio desaparecido. 
Agradecimientos muchos, primero a Antonio Lucas Solar, hijo de alfarero, por facilitarnos en aquellos años datos interesantes, y a todos los que en 1984 y en adelante nos hablaron de la alfarería de Villaseca y nos dieron cuenta de sus vivencias sobre la tradición y el oficio alfarero y nos mostraron piezas de barro que aún conservaban con considerable cariño.