viernes, 17 de enero de 2025

La Huida a Egipto, un precioso alabastro renacentista en la ermita de Ntra. Sra. de las Angustias

LA HUIDA A EGIPTO, UN PRECIOSO ALABASTRO RENACENTISTA EN LA ERMITA DE NTRA. SRA. DE LAS ANGUSTIAS.

Huida a Egipto. Pintura gótica
Antonio J. Díaz F.
Historiador

Entre las pequeñas joyas artísticas de nuestra ermita de las Angustias podemos hablar del bajo relieve en piedra que representa el tema de la HUIDA A EGIPTO. Un tema comprendido dentro del ciclo litúrgico de la Navidad. Este episodio de la infancia de Cristo está narrado brevemente en el evangelio de San Mateo (cap. 2, vv. 13-15). Tras el aviso del ángel del Señor a José para que saliera de Belén con María y el Niño hacia Egipto y evitar así la persecución de Herodes, la Sagrada Familia emprendió aquel largo viaje. 
    Hay que reconocer que éste fue un tema religioso de clara significación profética dentro del simbolismo cristianismo, muy reproducido por distintos artistas ya desde la Edad Media. Lo vemos tanto en los iconos bizantinos como en los periodos del Románico y del Gótico. Después, pintores como Giotto o Fray Angélico y escultores como los Pisano difundieron su iconografía en el Renacimiento italiano. Al igual que el arte de Flandes o flamenco, que no prescindió de este amable tema, ya bastante popularizado en las representaciones sobre la vida de Cristo. El arte español también prodigó tan retórico tema en todas sus épocas artísticas. Como ejemplo cercano, valga la representación en la misma catedral de Toledo.
Huida a Egipto. Catedral de Toledo
Huida a Egipto. Puerta del Reloj, catedral de Toledo.

    Es cierto que ya habíamos mencionado esta pequeña obra artística en una conferencia que tuvimos ocasión de dar en 1993 en el salón de Actos del Casino de Villaseca de la Sagra, con el título “La ermita de Ntra. Sra. de las Angustias de Villaseca de la Sagra” (texto no publicado).     
    Corresponde ahora detenerse un poco más en este precioso alabastro y también dedicar unas palabras a la persona que hizo posible que hoy lo podamos contemplar con solo acudir a nuestra ermita.

El valor artístico de un relieve.
    La obra en sí está labrada delicadamente en un bloque entero de alabastro y conserva restos de su dorado y policromado. Sus dimensiones son 45 cm de alto por 38 de ancho. El grosor medio de la piedra alcanza los 10 cm. Pese a su aparente buen estado de conservación presenta una grieta diagonal en su ángulo superior izquierdo, apenas disimulada, pero que no supone pérdida material grave ni tampoco afecta a las que son las figuras principales. Si lo hemos conocido empotrado en el muro sobre la puerta de la sacristía, hoy se halla sujeto por un soporte de hierro forjado que lo suspende de la pared evitando quizás mayor deterioro.
Huida a Egipto. Ermita de N. S. de las Angustias. Villaseca de la Sagra
Huida a Egipto, alabastro s. XVI. Ermita de Ntra. Sra. de 
las Angustias. Villaseca de la Sagra.

    En este bajo relieve, la conocida escena religiosa se presenta sobre un suelo de apariencia rocosa y brotes de vegetación. Sirve así de base para desarrollar el asunto escultórico, visto frontalmente. De este modo, y en dirección de izquierda a derecha, se orienta la borriquilla sobre la que cabalga la Virgen María, “montada a la amazona”, que sostiene con sus manos al Niño Jesús, mientras que por delante, y cogiendo del ramal, camina el Patriarca San José, con una vara curvada al hombro. Estas figuras protagonistas se superponen en primer plano a un fondo paisajístico de aspecto peñascoso, jalonado de palmeras y otras pequeñas plantas y arbolillos. Es un fondo natural que se escalona hasta culminar en una línea superior cerrada por una ciudad murada y torreada y un gran edificio alargado, que asoman lejanos. Entre estas construcciones se sitúa, sobre una elevación intermedia y más próxima, una figura masculina sentada y en actitud expectante, que no hemos podido relacionar con ningún episodio de los narrados por los escritos apócrifos sobre este tema. 
    El efecto dado a la escena pretende simular que José, María y el Niño, a lomos de la borriquilla, se distancian realmente de aquel horizonte coronado por las construcciones, que tal vez insinúe la ciudad de Jerusalén, como si quedara en la distancia desde el camino que recorren hacia Egipto.
    Este es el encuadre general de la escena en la que destacan las figuras principales trabajadas en poco relieve, pero que en algunas de sus partes se despegan algo más del plano pasando levemente al alto relieve o medio bulto. Este tratamiento se aprecia en las patas del flanco derecho de la pollina que aparecen casi exentas mientras las otras dos quedan apenas cinceladas y marcando el paso. Con todo, el cuerpo del animal y el de María con el Niño sobresalen de la superficie definiendo contornos de sombra. Sus cuerpos se redondean y moldean en mayor medida que la figura de San José, menos abultada salvo en el detalle de su varonil cabeza. 
    La gran maestría del artista de este relieve se demuestra en su dominio de la técnica escultórica. Y en la pericia para sugerir sobre la superficie plana de la piedra la perspectiva adecuada, al ir reduciendo gradualmente el volumen y la escala de los objetos, detrás de las figuras principales, creando una sutil ilusión de profundidad y lejanía sobre la superficie plana de la piedra.
    La belleza del relieve destaca sobre la blancura del material, esa pureza alabastrina que, sin embargo, se ornamenta con animados toques de color para aumentar la naturalidad de la representación. Sobre algunas pinceladas de verde predominan los dorados, tanto en los mismos elementos vegetales diseminados por el paisaje como en los adornos del rico jaez de la borriquilla y tanto más en las vestimentas de las tres personas sagradas, con orlas doradas y otros sencillos adornos.
    Este aspecto es también curioso si observamos cómo va vestida María, con amplio manto que cubre parcialmente su cabeza; y cómo va vestido el esposo, con zapatos, polainas y una túnica corta, pero bien caracterizado por el pequeño sombrero campesino con que se cubre. Sin duda, es el Niño Jesús el que se revela más extraño puesto que no va propiamente vestido sino fajado. Es decir, refleja la costumbre ancestral de envolver en vendas a los niños en sus primeros días de vida para evitar, según antigua creencia, deformidades en su cuerpo y permitir que creciese recto y bien proporcionado. Esto hace que su figura permanezca inmóvil, encapsulada, y solo mostrando su cabecita. En todo caso, esto es un anacronismo propio de la época en que se hizo el relieve y no obedece a las costumbres judías del tiempo de Jesús.
    Tenemos una obra de arte que forma parte del patrimonio histórico artístico de la Hermandad de Ntra. Sra. de las Angustias y que se exhibe en uno de los muros de la capilla mayor de su ermita. 
    Hablando artísticamente, este relieve, por su estilo y antigüedad,  pertenece a la primera mitad del siglo XVI, y aún más, posiblemente tenga  procedencia foránea, pues reúne la influencia flamenca en el tratamiento del paisaje y la influencia italiana en las formas de las figuras. Sin duda, una pieza única por la bondad y rareza de su material y por su cuidada calidad escultórica. Su calificación es la de arte renacentista.
    Para comprender la idea que se formó el artista a la hora de construir esta escena, hemos querido trazar las líneas compositivas aplicadas a este relieve escultórico de evidente disposición triangular. 
Huida a Egipto. Líneas de composición
Huida a Egipto. Esquema compositivo del relieve.

    Como se ha dicho, el modelo ha sido muy recurrente y repetido en todas las épocas del Arte. En nuestro caso hemos apreciado que existe un cierto desplazamiento respecto al eje central, que no resta armonía al conjunto, sobre todo porque el busto de María y el Niño parecen inscribirse en un perfecto círculo luego extendido a un gran óvalo que comprende ambas figuras completamente, como si estuviera en un trono y dentro de una mandorla, al estilo de las Madonas o vírgenes italianas. Otras líneas diagonales parecen dirigir desde abajo el sentido en forma de triángulo invertido, reforzado por la planta de acanto abierta en la base, y dentro del que también se recoge el largo cuerpo de la borrica, que no sobrepasa el eje horizontal de la composición. A la derecha, un compás inferior, el formado por sus piernas, y dos círculos sobrepuestos terminan por dibujar la figura de José que casi se diluye en el borde mismo de la piedra en un sugerido movimiento de avance.

El documento que descubre la historia del relieve.
    ¿A qué se debe que este magnífico alabastro de la HUIDA A EGIPTO pertenezca a la ermita de las Angustias? Solo se explica porque se trata de un objeto regalado desde antiguo. Exactamente, proviene de una manda testamentaria del insigne clérigo villasecano Francisco López de Mena, que fue por muchos años el primer patrón y administrador del hospital de San Bernardo de esta villa, en calidad de albacea de su preclaro fundador el presbítero Licenciado Bernardo García de San Pedro, Visitador general del partido de Madrid, del que era su primo. Ocupación y responsabilidad que desempeñaría hasta su muerte, que ocurrió en 2 de febrero de 1666 en Alcalá de Henares, de donde era canónigo de su Iglesia Magistral, y cuya última voluntad fue ser enterrado en la iglesia de Ntra. Sra. de los Peligros del citado hospital, de cuya construcción fue tan celoso impulsor como escrupuloso supervisor.
    En relación con su biografía, para nuestro interés es fundamental el documento registrado en la ciudad de Toledo en 23 de septiembre de 1679 con el fin de dar cumplimiento a la fundación de memorias del difunto Doctor D. Francisco López de Mena, Canónigo que fue de la Santa Iglesia Magistral de Alcalá, Capellán de Honor de Su Majestad y Administrador del Real Colegio de Santa Isabel de Madrid [Documento en el Archivo Histórico Provincial de Toledo (AHPT), Secc. Protocolos (Pr.) nº 188, año 1679, fols. 263-283, escribano Eugenio de Valladolid]. En este acto notarial, sus testamentarios presentan su última voluntad y un memorial de mandas, dados en Alcalá de Henares en 27 de enero de 1666, ante el escribano del rey Diego Felipe del Castillo, por los que López de Mena disponía se fundase en su villa natal de Villaseca de la Sagra un colegio de doncellas en sus casas principales de la calle Real, para que fueran educadas y cuidaran del aseo y limpieza de la iglesia del hospital y una capellanía para decir misas, supeditado todo a la fundación ya hecha del hospital de San Bernardo, para lo que destinaba la venta de sus bienes y propiedades. Sin embargo, este deseo no se llevó a efecto por falta de caudales decidiendo sus testamentarios el fundar sólo dos capellanías de patronato de legos. Pero lo que para nosotros es más importante de sus propósitos es que entre sus legados y especialmente destinado a la Virgen de las Angustias y “… para adorno de la santa imagen o de su ermitta y en cumplimiento desta disposición se a de dar una hechura que ay de alabastro de la huida a Ejiptto con marco de pino negro y dorado que fue del dicho señor Dr. Mena para que se fixe en la pared de la hermita la qual se taso en quatrozientos Reales ...”; lo mismo que también destina al servicio del hospital una joya para Ntra. Sra. de los Peligros, un cáliz de plata con su patena y un Crucificado de marfil para el altar mayor de la capilla [Copia del testamento en el Archivo Parroquial (APVS), Libro Becerro de Fundaciones de Villaseca. Año de 1735, fols. 66-141].
    Al no estar terminada la iglesia del hospital a su muerte, en 5 de febrero de 1666 se hace el depósito del cuerpo del Doctor D. Francisco López de Mena en la iglesia parroquial de Villaseca, y se le entierra provisionalmente en el altar del Cristo Crucificado, en el lado de la Epístola de su altar mayor. Y lo entrega su albacea el Doctor D. José Díaz de Ortega y lo recibe el cura propio de Mocejón y Villaseca D. Diego de Nava [AHPT, Pr. 7799, fol. 94, escribano Lucas Gómez Mejorada]. Aunque bendecida la iglesia hospitalaria en 29 de septiembre de 1669, día de San Miguel, no fue hasta el 17 de septiembre de 1697 en que su cuerpo sería exhumado, junto a los de los fundadores y patronos del hospital desde la iglesia parroquial y llevado a uno de los nichos del camarín-panteón de la iglesia de los Peligros, con la debida autorización del Consejo de la Gobernación del Arzobispado de Toledo. 
AHPT, año 1666.
Acta original de depósito del cuerpo del Dr. D. Francisco López de Mena.

    El doctor López de Mena había dejado una casa principal en la calle Real para sufragar con su renta el coste de las memorias y obras pías que quedaron fundadas y agregadas al Hospital del San Bernardo. También dejó más de 30 fanegas de tierras repartidas en los términos de Villaseca, Mocejón. Velilla, Magán y Cobeja, para que con su arrendamiento pudieran sostenerse a perpetuidad las citadas memorias de misas y la manutención de su capellán. 
    ¿Quién fue tan ilustre y magnánimo personaje eclesiástico? Nacido en Villaseca de la Sagra en 1599, Francisco López de Mena Magán era el cuarto de los hijos de Francisco López de Mena (abuelos paternos: Francisco López y Catalina de Mena) y de Marina de Magán Martín, hija a su vez de Martín de Magán y de Catalina Martín Donayre, el matrimonio troncal de una de las dos líneas de parentesco de los herederos del hospital de San Bernardo. La otra línea es la que parte del hermano Lorenzo de Magán Martín, casado con María Aparicio Magán. Todos ellos eran naturales y vecinos de Villaseca de la Sagra. En el Archivo de la Real Academia de la Historia, en la colección de D. Luis de Salazar y Castro, se registra un árbol genealógico del Doctor D. Francisco López de Mena, capellán de honor de S. M. (signatura 9/136, fº 149).
Colegio del Rey, Alcalá de Henares
Colegio del Rey, Alcalá de Henares (Dibujo de Manuel Laredo, 1888)

    Ya sabemos que por parentesco fue uno de los testamentarios del Secretario Blas García a su muerte en 1635, primer fundador del hospital de San Bernardo. En el Archivo Histórico Nacional, en la sección de Universidades, se revelan distintos expedientes de estudios. En enero de 1622 y también en 1626 es el asiento en el libro de oposiciones a beca en el Colegio Mayor de San Ildefonso de Alcalá de Henares. Pero su vida académica se fraguó primero graduándose como licenciado y doctor en Teología por la Universidad de Valladolid en 1638, pasando a ser canónigo de la Santa Iglesia de Alcalá desde ese año y ya en el marco de la Universidad de Cisneros de Alcalá de Henares, vinculado a las enseñanzas del Colegio del Rey*, siendo su colegial durante catorce años y en el que desempeñó con gran ejemplaridad y providencia el prestigioso cargo de Rector desde mayo de 1633 a junio de 1647, año en que el rey le nombró administrador del convento de Santa Isabel de Madrid, siendo como era capellán de Honor de S. M. desde 1643. Todos estos méritos están detallados en un documento de 1653 conservado en el Archivo Histórico Nacional [AHN, AGI, Indiferente, 205, n. 53]. 
    Además de estos merecimientos, desde 1646 López de Mena fue administrador del hospital de San Bernardo de Villaseca, bajo cuya gestión se compró el suelo, al final de la calle Real con Pozo Concejo, donde se levantaría la iglesia barroca de Ntra. Sra. de los Peligros, bajo trazas del arquitecto Fr. Lorenzo de San Nicolás. 
    Entendemos que el canónigo alcalaíno, hijo de Villaseca, D. Francisco López de Mena poseía entre sus bienes este valioso relieve de la Huida a Egipto, de estimable antigüedad ya que correspondía a una obra del siglo XVI que él atesoraba, no sabemos si por compra o por herencia, y que quiso ofrecer como acto de distinguida devoción a Ntra. Sra. de las Angustias.
    Como un bien preciado supo entregarlo y como alhaja de gran valor, de forma que su memoria y la de su tiempo debe quedar unida a esta bellísima pieza escultórica de alabastro que es el relieve de la HUIDA A EGIPTO, un legado de más de cuatrocientos años incorporado al patrimonio de la ermita en 1666.

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* El Colegio Menor de San Felipe y Santiago fue fundado en 1554 por Felipe II, por eso es conocido como Colegio del Rey. Prestigioso colegio de estudios teológicos, jurídicos y canónicos, destinados a hijos de miembros del servicio de la Casa del Rey. Hoy es sede del Instituto Cervantes de Alcalá de Henares.

miércoles, 27 de noviembre de 2024

Memoria sobre un oficio desaparecido: la alfarería en Villaseca de la Sagra (II)

 

MEMORIA SOBRE UN OFICIO DESAPARARECIDO: LA ALFARERIA EN VILLASECA DE LA SAGRA (SEGUNDA PARTE)   


Antonio J. Díaz F.
Historiador


    Como continuación a la primera parte de nuestro estudio sobre la tradición alfarera en Villaseca de la Sagra en Memoria sobre un oficio desaparecido… (primer trabajo de nuestro blog https://memoriadevillasecadelasagra.blogspot.com/2024/06/memoria-sobre-un-oficio-desaparecido-la.html ) en la que considerábamos históricamente el arraigo de la alfarería en Villaseca de la Sagra, sus orígenes, evolución y extinción, proponemos continuar con esta segunda parte para tratar los testimonios que nos hablan sobre el oficio, reconociendo primero las tareas que se llevaban a cabo dentro del alfar para después ir identificando y caracterizando los objetos de fabricación local. De esta forma podríamos establecer un catálogo mínimamente representativo de la producción alfarera en Villaseca de la Sagra.

En el momento que emprendimos el estudio etnográfico al que este trabajo se remite, allá por el año 1984, la información oral nos sirvió para empezar a conocer las labores que se realizaban en el último alfar familiar. Conseguimos un testimonio directo sobre la realidad de la alfarería, sus espacios, sus procesos de elaboración, de fabricación, de acabado y de distribución. Supimos de la propia jerga utilizada en el oficio, de los materiales, de los útiles manejados y de las técnicas heredadas de la tradición y, en definitiva, entramos en el conocimiento del peculiar mundo laboral de una de las últimas familias que en Villaseca de la Sagra se dedicó a este oficio hasta su desaparición como tal.
En aquella ocasión recogimos el testimonio directo de alguien que había vivido la experiencia familiar en el último alfar, concretamente, el de los sucesores de Juan de Mata Lucas, que produjo en Villaseca cacharros de barro con o sin “vedrío”, propios de la alfarería tradicional de este pueblo de la provincia de Toledo. Este alfar estaba situado en la calle del Boquete, luego llamada Gral. Sanjurjo y hoy día, calle de la Poza con calle Alfares.
Anuncio Alfarería. El Alcázar, 1942
Texto de un anuncio publicitario en el periódico El Alcázar, 1942.

Este testimonio espontáneo nos transmitía la realidad de lo que fue el último alfar de Villaseca y nos remitía a prácticas alfareras, a condicionantes económicos y a aspectos técnicos que revelaban el carácter tradicional que tuvo esta alfarería hasta hace poco tan desconocida pero que es posible contextualizar, no de una forma exhaustiva, pero sí bastante esclarecedora.
No queremos ignorar la investigación igualmente interesante y complementaria a la nuestra que hizo ya en 1997 Juan Manuel Pradillo al publicar su libro Alfareros toledanos (2 vols., Toledo, Juan de Comunidades de Castilla-La Mancha, 1997), en cuyo tomo II recogía bastantes datos sobre el tema y una información testimonial de los que conocieron el oficio en el alfar de Eleuterio Lucas.
De este modo, queremos rememorar los aspectos del trabajo de la alfarería en Villaseca de la Sagra, hacia los años de 1960-1970, pero haciendo extensivas estas referencias sobre el oficio a la mayoría de los alfares que aquí pudieron existir con anterioridad.

El trabajo del alfarero.
1.- El proceso de elaboración y fabricación. 
Para la obtención de la materia prima, el barro o arcilla, el alfarero villasecano se ha visto favorecido desde que instaló su industria por la naturaleza gredosa o terrosa del suelo del propio término municipal y, por tanto, se ha surtido en distintos sitios, eso sí, bien escogidos, como, por ejemplo, al norte del caserío en la proximidad del cementerio público, el paraje conocido como Lomo Perro. El material más idóneo era el proporcionado por la corteza superficial, más reseca que las capas profundas de los cortes, facilitando la elaboración de la mezcla posterior. La tierra seleccionada ofrece así unas cualidades arcillosas que la hacen lo suficientemente maleable y elástica para el trabajo preparatorio y para las exigencias del resultado final del proceso que ha de ser el conseguir la buena calidad técnica de la pieza.
Una vez transportada la cantidad necesaria al taller, esta tierra se echaba sobre un suelo acondicionado de tablas, extendiéndose y empapándose bien de agua. En este estado había de reposar la mezcla terrosa por tiempo de 24 horas al cabo de las cuales los terrones se han deshecho y han formado una masa de barro bien compacta y densa. Esta masa se ha de poder cortar en bloques que, dispuestos en tablas, permitían su traslado a un nuevo tablado en donde se procedía al pisado y batido para consolidar la mezcla y darla un punto de compactación definitivo. De este modo, la pasta elaborada podía ser cortada para que trozo a trozo fuera conducida ya al obrador en donde esperaba ser trabajada. 
Aquí, los operarios se ocupaban en quitar manualmente las impurezas todavía adheridas al barro, depurando los bloques de arcilla de "chinas" o “caliches” y de pegotes duros o “gorullos” para obtener una pasta homogénea y libre de impurezas. 
Luego, se procedía a la formación de los "pellones" o trozos manejables que son llevados directamente al torno para el modelado sucesivo de las piezas.
El alfarero en el torno. Villaseca de la Sagra
El maestro alfarero posando en el viejo torno, con un muestrario de piezas. 
Alfar de Juan de Mata Lucas, hacia 1930.
(Foto cortesía de Juana López Lucas)

Ante todo, eran las hábiles manos del alfarero, su larga experiencia y su maestría en el torno las premisas para mantener el alfar en producción. La herramienta indispensable del alfarero es el torno, artilugio de madera de tipo tradicional a base de dos ruedas y un eje. A veces se utilizaban elementos supletorios para poner en el "plato" superior como, por ejemplo, a la hora de moldear barreños, para lo que se necesitaba una base más amplia para trabajar el pellón. Sobre la rueda o plato superior del torno se colocaba como decimos la “pella” o pellón, que se enderezaba y centraba con las dos manos y aprovechando la fuerza giratoria aplicada a la rueda inferior con el pie se iniciaba el torneado de la pieza a la vez que se iba abriendo y subiendo el barro utilizando más que nada la pericia de manos y dedos para dar forma a los distintos cacharros. El alfarero se servía de pequeños instrumentos para alisar superficies, rebajar o retirar el exceso de barro, como eran una media caña, una chapa curvada, un peine y otros. Una vez dada la forma deseada y acabado el torneado, la vasija se desprende de su base cortando con el "hilo", separándola del torno y depositándola cuidadosamente sobre una tabla situada al alcance del alfarero y dispuesta para ir dejando las piezas recién trabajadas, sin romper el ritmo de fabricación. 
Terminada la pieza y retirada del torno, el siguiente paso es dejarla secar, pero ha de evitarse cualquier contacto directo con el sol porque el barro se resentiría de este calentamiento y se quebraría, por lo cual se habilita una habitación con buena ventilación que llaman "secadero" donde las vasijas reposan en diversos estantes de madera. 
La mayoría de las piezas requería un acabado fuera del torno para colocar los elementos accesorios. Es así que para poner las asas o “enasar” había que dejar la vasija oreándose unas horas y luego pegarlas con la “barbotina” o barro muy diluido en agua, procedimiento que aquí se llamaba "a la moja", sirviéndose para ello de una cazuela con agua en la que el alfarero humedece constantemente los dedos como también lo hacía durante la tarea de torneado.
Normalmente se solían esperar unos dos días para asegurar el secado perfecto ya que se trataba de un proceso necesariamente lento. No obstante, la duración del secado dependía en gran medida de la estación climática, como es obvio.
Aprendices enasando pucheros. Alfar .Villaseca de la Sagra
Tarea de los jóvenes aprendices, enasando pucheros.
Alfar de Juan de Mata Lucas, hacia 1930.
(Foto cortesía de Juana López Lucas)

Comprobado el secado óptimo, se procedía a su conducción al horno una vez acumulado un cierto número de piezas destinadas a ello. En esta fase en que interviene el fuego, las piezas se han de colocar directamente sobre el suelo o "solera" del horno, que ha de estar apagado, apilándolas cuidadosamente unas encima de otras de forma que a todas llegue el calor. Después de la cocción quedarán allí dentro por un espacio calculado de tiempo para procurar su templado y progresivo enfriamiento, evitando así su rotura con cambios bruscos de temperatura.
Para el calentamiento del horno el encendido se realizaba primero a base de un fuego lento durante una hora aproximada para después ir añadiendo "cardas" o haces o golpes de leña, de vez en vez, con lo que las llamas se avivaban y el calor se llevaba a temperaturas entre los 800ºC y 900ºC. La permanencia de cada hornada se hacía por tiempo de ocho a nueve horas con el horno a pleno rendimiento y bien alimentado el fuego. La clase de combustible común utilizado en el alfar era leña consistente propiamente en retamas y tarays o tamariscos (recurso vegetal silvestre fácilmente recogido en la zona) y también era empleado el "orujo", formado por huesos de aceituna, que se transportaba desde el vecino pueblo olivarero de Alameda de la Sagra. 
Una sola cochura era suficiente para los cacharros de barro sin vidriado mientras que la aplicación del baño o vidriado requería para un cierto tipo de cacharros la realización de una segunda cocción. Este llamado “vedrío” se traía en bruto desde Linares, provincia de Jaén, ya que se trataba de un mineral que se producía en sus minas. Solían traerlo trajinantes o arrieros del propio Villaseca. Se usaba en las labores cerámicas por su contenido en sulfuro de plomo y era llamado genéricamente “alcohol de hoja”. La piedra llegada al alfar era molida manualmente empleando para ello dos muelas de granito que en su rotar una sobre otra pulverizaban el mineral. Era usual que en Villaseca los alfareros mezclaran este producto plumbífero con el obtenido de machacar piedras de sílex o pedernal porque era bien conocido que con la sílice se conseguía una mejor consistencia del propio vidriado
Molino de vedrío. Alfar. Villaseca de la Sagra
Piedras desmontadas de un molino de “vedrío”
    
Esta sustancia ya pulverizada y en cierto modo enriquecida se disolvía en un barreño con agua obteniéndose un líquido denso de color azulado. Para su bañado las piezas se van mojando con la mano en las partes que interesaba cubrir, sobre todo en interiores y bordes de las vasijas. Piezas, por supuesto, ya cocidas una vez y que después de recibir el baño se vuelven a introducir en el horno para una nueva cochura que fije y vitrifique el líquido sobre el barro. Esta vez la colocación dentro del horno cambia al tener que ser apiladas boca abajo para evitar el goteo y procurando no juntar las piezas para que no se pegasen. Con este fin se utilizaban unos separadores de tres patas o “trébedes” y unos rodillos de barro cocido, son los llamados atifles y carretes, respectivamente. La temperatura del vidriado es la misma de 900ºC y el proceso de cocción no difiere del primer horneo. Pero ahora, las piezas estarán acabadas de cocer cuando se observen o caten limpias de hollín y su color sea el del rojo vivo dentro del horno. 
La pieza vidriada adquiere con el baño un color amielado y brillante de distintos tonos, más o menos tostados. Indudablemente, el vidriado es un procedimiento que favorece la conservación de la pieza y hermosea la forma final, pero también contribuye a una mayor higiene en sus usos. Es útil para piezas con una función concreta que no sea solamente la de contener líquidos por lo que es indicado para cacharros que se exponían al fuego o lumbre dentro de las cocinas o en el campo para la elaboración de alimentos. El vidriado es una técnica tradicional en la alfarería villasecana y no se ha practicado decoración intencionada sobre esta cubierta, solo el chorreo aleatorio en el exterior de la pieza es su particularidad.
También, fuera del torno y sin la utilización de su fuerza giratoria se confeccionaban otro tipo de cacharros simplemente con las manos. Es el caso de las besugueras, de sección elipsoidal, y partes de complemento como las pilillas.

2.- Los aspectos laboral y productivo. 
El trabajo en el alfar implicaba a toda la familia, diversificándose las tareas. La jornada laboral comprendía bastantes horas al día, pero sin imponer un ritmo fijo y sólo en función de las tareas realizables diariamente. Por ejemplo, en verano la cocción se hacía de madrugada para evitar el calor del día y para tener a primeras horas de la mañana siguiente las piezas terminadas. Domingos y fiestas eran días de asueto, naturalmente.
De entre las fases del proceso de fabricación el manejo del torno necesitaba de un mayor adiestramiento y pericia que sólo el maestro experimentado poseía, mientras que la preparación del horno resultaba una tarea más dura debido al riesgo que suponía el contacto con el fuego y el agobio del calor, con el consiguiente peligro de quemarse a la hora de su encendido y mantenimiento. No obstante, la labor reservada a las mujeres de la casa-alfar eran las de "ahornar" y "desahornar", entrar y sacar las hornadas.
El número de piezas que podían salir de las manos del alfarero en una jornada laboral ininterrumpida se aproximaba a las trescientas de pequeño tamaño, doscientas de mediano y unas cuarenta de mayor volumen. El proceso de modelado a mano era desde luego mucho más entretenido y lento, sobre todo en lo que respecta a la fabricación de las mencionadas besugueras. A veces, los encargos afectaban a la producción con lo que había una dedicación a fabricar objetos tal vez impuestos por las modas o gustos particulares sobre la propia tradición del cacharro útil, tal es el caso de la producción de macetas y otras piezas que se hacían indispensables en el adorno de las casas.
El volumen de producción era más alto en época de verano debido a las condiciones benignas de la estación, lo que favorecía el secado rápido de las piezas. En cambio, el invierno impedía trabajar por el inconveniente de las temperaturas, la manipulación del barro en estado frío (para evitar esta contrariedad el artesano colocaba una cocinilla o braserillo de barro sobre el que ponía la cazuela de la “moja”) y lo perjudicial de las heladas sobre el secado. Por ello el periodo invernal se aprovechaba más para los trabajos de cocción de piezas ya almacenadas y terminadas de secar. 
En cuanto al carácter del trabajo y sus condicionantes productivos podríamos indicar como ejemplo que la duración para tornear una hucha de 15 cm de altura solía ser de dos minutos; una jarra, algo mayor, llevaba cuatro minutos; mientras que un cántaro (son 46 cm de alto) ocupaba de ocho a diez minutos.

3.- La rentabilidad y comercialización. 
El último alfar de Villaseca, según los testimonios manifestados, mantenía económicamente a tres familias, unas diez personas, que vivían exclusivamente de la alfarería y luego con la industria de ladrillos. Trabajaban tres operarios en las tareas fundamentales del oficio lo que suponía desarrollar una explotación exclusivamente en régimen familiar, en la que casi un tercio de sus integrantes cargan con el peso de la producción.
Este sistema no concebía la asociación económica ni gremial con otros alfareros ni siquiera con los vendedores. La demanda local era igual a la foránea y la venta se realizaba en el mismo alfar, aunque también era normal el transporte y venta ambulante de la cacharrería a lomo de borricos, incluso por las calles del propio pueblo. Es significativo que en el pueblo existía un despacho de alfarería de Ocaña (botijos y cántaros) y de otra procedencia, pero parece no haber existido la venta ambulante que introdujera mucho género de fuera.
En los años sesenta del s. XX, los precios de algunas piezas eran 10 pesetas el cántaro, 25 céntimos la hucha, 3 ptas el puchero, 25 ptas un barreño; teniendo en cuenta que el mayor tamaño de la pieza y el vidriado encarecían el producto por lo que suponía más que nada el tiempo y trabajo invertidos en las cochuras.
La comercialización de estos cacharros se colapsó con la competencia inusual de nuevos materiales que como el plástico renovaron el mundo de los recipientes domésticos a pesar de la persistente demanda de pucheros, cántaros y macetas, que comprados aquí por proveedores foráneos se vendían en pueblos cercanos como Bargas, Villasequilla y otros.
Pucheros en una pared. Villaseca de la Sagra
Pucheros rotos utilizados en un tabique.

4.- La producción de vasijas. 
El alfar estaba especializado en vasijas de utilidad doméstica preferentemente, pero no por ello se dejaban de hacer piezas con cierta función decorativa como botijos en forma de toro o de luna, pedestales para jarrones, pilillas, etc. Realmente, todos los tipos producidos respondían a una tradición y modelos conocidos desde siempre.
Para el uso de contener líquidos y sólidos se fabricaban cántaros, jarras, botijos, tinajillas. Para el uso en la cocina, lavado y campo las piezas solían ser vidriadas y entre ellas: platos, tarros, barreños, ollas de un asa, cazuelas, besugueras y pucheros. No se conocían piezas de fuera que se pareciesen a las del alfar local y nunca se intentó asimilar o imitar formas y tipos de otros alfares. Como tampoco se modificaron las formas tradicionales atendiendo a un uso nuevo. Pero es cierto que la utilidad de algunas piezas desapareció y con ello su fabricación, como el caso de los cangilones de noria y los “botes” o cilindros de construcción. A decir de nuestro entrevistado se puede considerar como pieza sin paralelo en otros alfares el llamado “tarro de lejía”. Gozaban de mayor aceptación cacharros como las macetas, cántaros y pucheros, y decorativas, el botijo con forma de toro, así como entre los niños las piezas en miniatura que reproducían a escala los cacharros del alfar y las huchas o alcancías.
En resumen, la producción alfarera en Villaseca se desarrolló a lo largo de unos doscientos años aproximadamente con una continuidad en el carácter y finalidad de su fabricación. Sin duda, Villaseca fue el único centro de alfarería importante de la comarca de La Sagra, pues en ningún otro pueblo vecino se conoce tradición alfarera alguna. 
Se trata, por tanto, de un centro productor de alfarería popular de carácter rural, siguiendo la definición de la autora Natacha Seseña en su libro La cerámica popular en Castilla la Nueva (Madrid, Editora Nacional, 1975) para este tipo de alfares dedicados a la fabricación de vasijas utilitarias de uso doméstico y destinadas al servicio de la casa y vida campesinas, y con unas funciones muy concretas adaptadas a las costumbres de una época. 
Esta alfarería villasecana estaba especializada en trabajo vidriado ordinario, histórica y comúnmente denominado loza negra o de basto por su naturaleza apta para el fuego; pero también eran usuales las vasijas carentes de vidriado, apropiadas para contener o trasvasar agua principalmente. 
El proceso técnico seguido por los alfareros de Villaseca se ciñe en lo fundamental a los procedimientos tradicionales generalizados en la cerámica popular castellana sin que advirtamos peculiaridades. Desde el tratamiento de la arcilla, de calidades gredosas, y su preparación en el obrador pasando por el modo y modelado de la pella en el torno, por el método de secado y la técnica de vidriado hasta el proceso relacionado con el horno no hay ninguna particularidad que sea extraña al contexto alfarero en el funcionamiento descrito en el testimonio precedente. 
Lo mismo cabe decir de los instrumentos o herramientas recurrentes y de la terminología acuñada por el oficio. 
Dibujo sobre un alfar. Villaseca de la Sagra
Tornos en su alfar c/ Boquete (Dibujo del autor)

El torno utilizado es el de doble rueda y se compone básicamente de tres elementos: rueda, eje y plato de torneo. La rueda tiene un diámetro de 104 cms y está hecha de una tablazón circular de madera trabada en el reverso con tablas transversales. En su centro se enclava el eje, también de madera, pero con refuerzos metálicos o ya enteramente de hierro según los ejemplares conservados, y alcanza una altura de 67 cms, sujeto con una abrazadera a la traviesa de madera paralela al suelo que forma parte de la instalación; el plato o "cabezuela" es la rueda menor superior del torno, de madera o ya metálica, mide 25 cms de diámetro. Su instalación se hace entre dos traviesas horizontales de fijación sobre sendas patas, a 90 cms del suelo, que forman una mesa de tablas alrededor del plato y dejando libre un hueco en donde se ha de colocar el alfarero sobre un asiento de cañamazo, quedando a su izquierda el torno.
Por su parte, el tipo de horno era el llamado horno árabe, de planta circular, de unos tres metros de diámetro, cerramiento abovedado con una abertura superior y una boca o puerta por donde meter y retirar las cargas. Construido con ladrillos refractarios y siguiendo la tradición, constaba de dos partes principales: la "caldera", soterrada y de 1,5 m de altura con su "boca" para entrar el material combustible; y la cámara superior, de 2 m de alto, que contendrá los cacharros sobre un piso llamado "solera", que deja circular el calor y la llama hacia arriba, alcanzando así la carga.
Esquema de horno de alfar. Villaseca de la Sagra
Esquema del horno c/ Boquete (Dibujo del autor)

Como se ha visto, en el vidriado se empleaba el alcohol de hoja, es decir, sulfuro de plomo, mezclado con sílice. Se utilizaba para esta operación un molino de dos piedras circulares de granito, de 50 cms de diámetro, con un orificio central para encajar un eje de madera que hiciera girar la una sobre la otra a través de la fuerza manual.

La alfarería de Villaseca, características y tipos. 
Uno de los incentivos del estudio de esta alfarería desaparecida como oficio es la posibilidad de encontrar todavía buen número de piezas conservadas, y no sólo las de los últimos años de producción sino también alguna que otra con visos de mayor antigüedad.
Esta circunstancia nos permite distinguir realmente y examinar como objetos únicos y de valor, como piezas de nuestro patrimonio cultural, los ejemplares que son atribuibles a este centro alfarero que fue Villaseca. Por tanto, sobre una determinada muestra de cacharros que se podría considerar de procedencia local, que hemos podido localizar y estudiar, habría que proponer una primera clasificación de la producción alfarera de Villaseca de la Sagra, separada en dos grandes apartados: a) el barro sin vidriar y b) el barro vidriado. 
A partir de aquí es posible confeccionar una tipología local de las formas trabajadas en Villaseca siendo fácil observar las pequeñas diferencias de un alfar a otro. Pero, en general, pensamos que las piezas están bien definidas en su pertenencia a nuestros alfares.
Como es notorio también se puede apreciar que la producción de Villaseca tiene relación y analogías con otros alfares toledanos principalmente. A propósito de esto resulta interesante el hecho de que en los alfares activos antes de la Guerra Civil era frecuente encontrar aprendices de Consuegra, de Puebla de Montalbán y de Puente, en el caso del alfar de Eleuterio Lucas. Otras veces se ha querido comparar nuestra alfarería con la de Alcorcón (Madrid) por su semejanza en los cacharros.

A) Alfarería sin vidriar.
Cántaro. Dentro de la variedad sin vidriar era muy característico el cántaro, de uso imprescindible, dotado de personal decoración frente a otros alfares de tradición cantarera, admitiendo la cualidad estética de su porte y sus formas. 
Cántaros. Villaseca de la Sagra
Cántaro y cantarilla (Colección propia)

Es la pieza más representativa y útil para contener y transportar agua. Su forma ovoide presenta como particularidad el modelado del gollete o cuello, terminado en boca con resalte, del que sale el asa, que dobla en codo. Tiene decoración incisa en una banda circular haciendo un dibujo corrido de medias lunas. Su capacidad es de 13 litros aproximadamente, pero se fabricaron también medidas menores como el medio cántaro y la cantarilla. En su elaboración se hacía uniendo por la panza las dos mitades trabajadas por separado a torno, para después añadir boca y asa y dibujar el adorno a peine. Su aspecto guarda un gran parecido en el perfil como en la decoración escueta con el de Puebla de Montalbán. 
Tinajita o tinajilla. Ante la falta de piezas de gran tamaño, pues no se fabricaba la tinaja grande, era poco usual hacer ni siquiera una pieza menor cuya fabricación era totalmente a mano. Es de perfil ovoide, de 61 cms de altura, con base estrecha y boca muy ancha de borde grueso y recto. Lleva decoración incisa formando una banda ondulada continua. 
Dibujo de tinajilla. Villaseca de la Sagra
Tinajilla y tarro de lejía (Dibujo del autor)

Tarro de lejía. Por su forma de cuba con borde grueso y por su decoración incisa recuerda el "colaor" producido en Mota del Cuervo (Cuenca). Este tarro se usaba en las faenas de la colada doméstica y servía como es obvio reconocer para tener la ropa en agua con lejía o probablemente para fabricar la lejía. Presenta tres bandas rectas y entremedias motivos de medias lunas como decoración. También lo encontramos con dos asas o desprovisto de ellas. 
Botijo. Tiene forma ovoide. La boca y el pitorro están en el mismo eje y el asa es transversal a ellos. Presenta un resalte en la circunferencia por debajo de estos elementos. Puede ser en barro cocido, el más práctico sin duda, o como botijo vidriado enteramente, útil para la temporada de invierno.
Cangilón. Utilizado y modelado para permanecer sujeto en la rueda de noria, su perfil es el de una vasija de panza bulbosa y cuello recto y ensanchado. Muy similar a los que se han conocido en los alfares de Consuegra y otras partes.
Bebedero. Existen dos tipos: uno cilíndrico, cerrado en cono o pico, y otro de forma estrangulada con perfil bulboso. Su uso para dar de beber a aves o animales era frecuente en las granjas.
Hucha. Suele ser pieza de tamaño pequeño (15 a 16 cms de altura), de perfil ovoide y rematada en pitorro. Puesto el pellón sobre el torno, se modela y cierra totalmente, culminando en el pico. Se hace un agujerito pinchando con una punta en la parte superior para expulsar el aire pues de no ser así, en el secado la pieza se contraería y explotaría. Una vez duro el barro, con una cuchilla se hacía la ranura y luego a secar y cocer.
Chimenea. Se hacían tubos más o menos gruesos para chimeneas de casas. Al añadir un carácter decorativo la chimenea consiste en un tubo delgado cuyas paredes se horadan en aberturas dispuestas rítmicamente y rematando en una caperuza cónica moldurada.
Botes. Para la construcción también se torneaban unos pequeños cilindros huecos, de 16 cms de alto, con sendos agujeros en las bases utilizándose para levantar paredes trabándolos con yeso. Resultaba un material ligero y liviano, muy práctico para obras menores de albañilería.
Botes de construcción. Villaseca de la Sagra
Botes de obra (Colección propia)

B) Alfarería vidriada.
Dentro de la técnica de vidriado es donde los alfares de Villaseca han elaborado mayor y mejor número de piezas de calidad y de lograda perfección técnica. Nos remitimos a un conjunto numeroso de cacharros, destacando la jarra por su inconfundible perfil y adorno, pero sobre todo los utilizados en la cocina como el práctico puchero, en sus distintas medidas o tamaños, con el acabado característico y la buena apariencia formal que singularizaba a la alfarería de Villaseca. Las piezas llevan vidriado interior completo y al exterior lucen las chorreras o "mandil" del baño cubriendo parcial o casi enteramente.
Dibujo piezas de alfarería. Villaseca de la Sagra
Puchero y orzas (Dibujo del autor)

Jarra. El tipo dado en Villaseca es una pieza muy típica por su buena apariencia formal. Panza ovoide y cuello troncocónico que se abre para formar una boca de pico pronunciado. El asa arranca del mismo borde. En la unión del cuello con la panza un resalte semejando un cordón. Se ha de comparar con la jarra producida en Consuegra, y se verá que la de Villaseca resulta más estilizada. Se usaba para contener agua y cómo no, en las tabernas para el vino.
Jarra de vino. Villaseca de la Sagra
Jarra de vino (Colección propia)

Cántara. De forma ovoide, presenta un cuello o gollete muy corto y estrecho y de borde pronunciado. Lleva dos asas y su altura es de unos 33 cms. Se usaba como cantimplora para el campo. Se puede relacionar con este modelo una cántara más pequeña (24 cms tan sólo), de boca más alta y ancha que el cuello y otra cántara de mayor tamaño (39 cms) con boca más ancha, borde grueso y resalte bajo el borde. Se asemeja a la cántara del aguardiente de Priego (Cuenca).
Cántara. Villaseca de la Sagra
Cántara de doble asa (Colección propia)

Puchero. Nos encontramos con otra de las piezas más frecuente y utilitaria, a la vez que variada en formas y tamaños. Este de Villaseca tiene un solo asa, que a veces arranca del borde mismo o lo hace desde la mitad del cuello. Todo puchero lleva su tapadera que aquí llaman "cobertera". El tamaño determina la forma: el puchero pequeño (desde 10 cms de altura) es achaparrado, y el perfil es ovoide cuando es más alto. Las bocas suelen ser igual o más anchas incluso que la base, el cuello un cuarto de la altura poco más o menos. Presentan analogías muy estrechas con el puchero de Consuegra. Como modalidad del puchero existe un tipo de forma acubada, menor desarrollo del cuello y base con reborde que parece responder también a la tradición villasecana.
Pucheros pequeños. Villaseca de la Sagra
Par de pucheros pequeños (Colección propia)

Olla. En relación con el puchero, la olla es formalmente un puchero de gran tamaño (sobre los 30 cms de altura o incluso los 40 cms). Era una pieza muy usada en las casas de labradores donde acudían cuadrillas de segadores, por lo que se las denomina "ollas gallegueras", por la procedencia de esos temporeros en otros tiempos. Presenta el mismo tipo que el puchero con las consiguientes variaciones en el perfil, pero ajustándose a una forma común y con afinidades con la olla de Consuegra o el puchero de Alcorcón.
Olla vidriada. Villaseca de la Sagra
Olla de segadores (Colección propia)

Orza. Podemos considerar así una vasija de dos asas similar al puchero, de forma ovoide y cuello más reducido. Las dos asas, enfrontadas, salen de la boca. También se hacían orzas cuya forma es la que se conoce como la más corriente y extendida, de boca ancha y borde grueso y asas pequeñas.
Besuguera. Es una pieza hecha totalmente a mano debido a su sección elipsoidal y alargada. Sus paredes son gruesas y llega a hacerse en distintos tamaños con una altura entre los 9 y 10 cms. Sus medidas están entre los 45 x 28 cms, los 55 x 26 cms y los 67 x 37 cms.
Cazuela. Es de tipo circular y forma troncocónica invertida. Sin asas. Se caracteriza por su borde a veces ondulado o rizado, añadiendo así una nota decorativa.
Orza de ordeñar. Corresponde a un tipo de olla de dos asas de perfil achaparrado con base muy ancha y boca de borde muy pronunciado desde donde arrancan las asas. Presenta en el borde una especie de pico, acotado por dos presiones hechas con los dedos sobre el barro tierno. Se hacían varios tamaños. En Cuerva se hace una vasija similar para el mismo uso.
Barreño. Forma troncocónica invertida de borde pronunciado y recto. Sus dimensiones oscilan entre los 48 y 50 cms el diámetro de la boca, y entre los 26,5 a 28,5 en la base, y su altura entre los 18 y 20 cms. Se hacían de varios tamaños y se usaban mayormente para el remojo de la ropa o como artesa para el lavado. Dentro de esta modalidad existe un tipo de barreño similar a la "marmita" de Alcorcón que se usaba al parecer para el arreglo de la matanza.
Vinajera o aceitera. Son piezas pequeñas para uso en el campo y que podemos adscribir a los alfares de Villaseca. De una o dos asas y de perfil ovoide y gollete estrecho para taparlas con un tapón de corcho. Quizás sean piezas antiguas que dejaron de fabricarse.
Conjunto de piezas de alfarería. Villaseca de la Sagra
Conjunto de piezas de alfarería vidriada (Colección particular)

Botijo tauromorfo. Tiene un carácter más decorativo que utilitario y se corresponde con una imitación del torico de Cuenca.
Botella de lotería. Parece ser una pieza muy particular de nuestros alfares. No muy grande (21,5 cms de altura), presenta un cuello alargado con doble resalte en la boca. Vidriada por entero, tiene decoración incisa en bandas. Servía como bombo donde meter y sacar las bolas en el juego hogareño de la lotería.
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El objetivo de publicar esta segunda parte sobre la alfarería de Villaseca ha sido el de facilitar una identificación del material producido en los obradores, el que sin duda abundará todavía en nuestras casas. Cacharros a los que hay que mirar como objetos únicos e irrepetibles por su valor cultural inapreciable y por estar ligados al pasado reciente de esta población. 
    Cántaros, jarras, pucheros y otros cachivaches de barro fabricados aquí y que representan parte de la esencia histórica de Villaseca de la Sagra.
En cualquier caso, la cerámica popular de Villaseca de la Sagra se está convirtiendo en objetos de anticuario por su rareza y su relativa belleza o antigüedad. Este es el valor que junto a la conservación se le puede dar hoy a las frágiles reliquias de esta alfarería lamentablemente ya desaparecida como oficio. Entendemos que son objetos que no se deberían perderse por ignorancia o desidia.
¡Ojalá podamos algún día ver una exposición digna de esta alfarería nuestra!
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Con este trabajo sobre la alfarería de Villaseca de la Sagra hemos dado cumplimiento a fijar nuestra memoria en aquel oficio desaparecido. 
Agradecimientos muchos, primero a Antonio Lucas Solar, hijo de alfarero, por facilitarnos en aquellos años datos interesantes, y a todos los que en 1984 y en adelante nos hablaron de la alfarería de Villaseca y nos dieron cuenta de sus vivencias sobre la tradición y el oficio alfarero y nos mostraron piezas de barro que aún conservaban con considerable cariño. 


domingo, 20 de octubre de 2024

Memoria de cuatro sacerdotes en la ermita de Ntra. Sra. de las Angustias de Villaseca de la Sagra.

Memoria de cuatro sacerdotes 
en la ermita de Ntra. Sra. de las Angustias de Villaseca de la Sagra.

Reja de la capilla.Ermita de Ntra. Sra. de las Angustias. Villaseca de la Sagra
Antonio J. Díaz F.
Dr. en Historia del Arte

    Dentro de la ermita de la Vera Cruz o de las Angustias, en el ángulo izquierdo al pie de la magnífica reja de madera del siglo XVII que separa nave y capilla mayor, se agrupan cuatro placas de mármol con la memoria de cuatro presbíteros cuyos restos reposaron en este lugar sagrado dedicado a la excelsa patrona de Villaseca, Ntra. Sra. de las Angustias. 
Existieron no hace mucho sus correspondientes lápidas sobre las mismas tumbas, pero en los años ochenta del s. XX, una reforma dentro de la ermita las levantó y se desecharon sus pedazos sirviendo para cimiento de la cruz de piedra que se alza en el centro del atrio exterior de la ermita desde 1982. Los restos óseos fueron recogidos y vueltos a inhumar en el arranque del púlpito dentro de huecos más reducidos y delatados por aquellas cuatro pequeñas placas.
Lápidas rotas. Ermita de Ntra. Sra. de las Angustias. Villaseca de la Sagra
Restos de lápidas delante de la ermita de Ntra. Sra. de las Angustias (Foto de 1982).

Son cuatro inscripciones fúnebres que recuerdan escuetamente y sin aparente regla el nombre y fechas de estos cuatro sacerdotes: D. Braulio Ramírez, D. Pedro Aguado de Sevilla, D. Gregorio Díaz Martín y D. Raimundo Ranz Porres. Estos cuatro eclesiásticos, por este orden, cubren en su ministerio espiritual prácticamente el siglo XIX, teniendo en cierto modo un lugar en nuestra historia, la parroquial en concreto, y la comunitaria en general.
Placas funerarias. Ermita de Ntra. Sra. de las Angustias. Villaseca de la Sagra
Memorias sepulcrales. Ermita de Ntra. Sra. de las Angustias. Villaseca de la Sagra.

Sin duda, de los cuatro sacerdotes aquí mencionados tienen más importancia biográfica, a nuestro juicio, dos de ellos: Braulio Ramírez y Gregorio Díaz. Pero veamos lo que de mayor interés hemos podido indagar de sus respectivas vidas y la huella o recuerdo que nos dejaron en esta villa.

Después de la Guerra de la Independencia (1808-1814) y repuesto en su trono el rey Borbón Fernando VII,  está ejerciendo en Villaseca por 1817 don Ezequiel Blanco Verdeja, quizás hasta 1820. Este es el cura que precede a nuestro primer personaje en la parroquia de Santa Leocadia.
Iglesia parroquial de Villaseca de la Sagra. Fondo Dip. Prov. Toledo
Iglesia parroquial de Sta. Leocadia. Villaseca de la Sagra. 
(Foto de 1960, Fondo fotográfico Diputación Prov. de Toledo, tomada de
https://www.diputoledo.es/global/4/1088/3927/galeria#!prettyPhoto[gallery]/34/)

D. BRAULIO RAMIREZ SOUGAR (Almorox, 1783-Villaseca, c. 3/4/1844).
Contamos con un dato biográfico temprano sobre su formación superior al conservarse una certificación de estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, en su expediente con fechas de 1798 a 1805 [“Ramírez, Braulio”. Archivo Histórico Nacional -AHN-, Universidades, 493, Exp. 87]. No existiendo aún los seminarios conciliares, el joven Braulio Ramírez hubo de estudiar las materias prescritas por entonces para aspirar al sacerdocio, principalmente Filosofía y Teología. Esto delata también la buena posición familiar, que con una economía desahogada, permitiría pagar los estudios de uno de sus hijos.
¿Cuándo empezó su curato en Villaseca? Hay constancia de ser cura propio ya en diciembre de 1820, al firmar junto a las autoridades civiles un cuestionario oficial sobre el estado de la villa remitido por la Diputación Provincial de Toledo (documento transcrito por R. Sánchez González en su libro Villaseca de la Sagra (1700-1833) (publicado en 1985 por el IPIET). Es decir, don Braulio llegó a Villaseca con una edad muy cumplida, en torno a los 40 años, y una carrera sacerdotal ya bien experimentada, pero de la que desconocemos su trayectoria. Y en Villaseca vivió sus primeros años de cura bajo el periodo constitucional del Trienio Liberal (1820-1823) litigando con el vecino José Díaz Alonso, administrador de las limosnas de Ntra. Sra. de las Angustias, por no haber dado cuentas de lo recaudado al haber salido para Madrid por razones políticas [“Pleito sobre colecturía, 1826”. Archivo Diocesano de Toledo -ADT-, Cofradías de Toledo, Expte. 43]. Como cura párroco, en 1828 encarga fundir la campana “Santa Leocadia” de la iglesia parroquial siendo mayordomo y sacristán Pascual Ruiz [Archivo Parroquial de Villaseca de la Sagra -APVS-, Libro 6º de fábrica 1777-1852, visita de 1827].
Plaza mayor. Almorox
Almorox (Toledo), villa natal de D. Braulio Ramírez Saugar. (Foto tomada de http://www.almorox.es/plaza-de-la-constitucion/?mes=5&anyo=2025)

    Su figura se convierte en un personaje de libro, cuando viene a ser mencionado, aunque sin decirse su nombre, en La Biblia en España, libro escrito por el misionero inglés George Borrow, un laico que viajó por España en 1836-1839 difundiendo la Biblia protestante, y que durante su aprovechada estancia en Villaseca se tuvo que encontrar y enfrentar con él, como autoridad religiosa y moral del pueblo, caracterizándolo de sacerdote ultracatólico y antiliberal [BORROW, G.: La Biblia en España, en su capítulo 43. Consultada la edición de Alianza Editorial, Madrid, 1970, págs. 469-481]. Aunque acogido con amabilidad por vecinos y autoridades civiles de Villaseca, el propagandista inglés, al que conocían popularmente como “don Jorgito”, reconoce a este su único enemigo declarado, obviamente el cura, a quien atribuye unas palabras dichas contra su persona en un tono acusatorio e inquisitorial: 
“Ese individuo es un hereje y un pícaro -dijo un día en la tertulia-. Nunca va a la iglesia y está envenenando el alma del pueblo con sus libros luteranos. Hay que enviarlo a Toledo atado codo con codo, o a lo menos echarle del pueblo”. 

Sin duda, este no deja de ser un retrato retórico de aquel cura ciertamente intransigente e insidioso, que no era otro que el verdadero don Braulio Ramírez, que ejerció en Villaseca desde 1820 hasta su muerte en abril de 1844. Por este motivo se trata de un personaje histórico del que conocemos que hizo en 1 de junio de 1834 un primer testamento recíproco con su hermana doña Manuela Ramírez, en el que se dicen ser naturales de la villa de Almorox e hijos de Luis Ramírez y Vicenta Sougar, sus padres ya difuntos [Archivo Histórico Provincial de Toledo -AHPT-, Protocolo 7860, fol. 7, escribano Martín Fernández Calderón]
    Aun así, en un segundo testamento personal fechado en 3 de abril de 1844, comienza diciendo de sus padres que eran naturales de Sotillo de la Adrada, provincia de Ávila; y que hallándose enfermo pero en su sano juicio y queriendo morir como “católico fiel cristiano” dispone ser amortajado con vestiduras sagradas y sepultado en la ermita de las Angustias, y “dentro de la capilla si ser pudiese, y el sepulcro se cubrirá o le cerrara una losa completa de qualquier clase de piedra, con el epitafio que regulen mis herederos y albaceas”; mandó decir en su entierro y por su alma misa cantada de cuerpo presente con diácono, subdiácono, vigilia y responso según costumbre y encargó mil misas de a cuatro reales por su alma; y misas por el alma de sus padres, su tío don Santiago Ramírez y su hermana, ya fallecida, Manuela Ramírez; y también ofreció misas de a ocho reales a Ntra. Sra. de las Angustias, al Cristo de la Misericordia, a Ntra. Sra. del Carmen y a Ntra. Sra. de las Mercedes (devociones de Villaseca); perdonaba a su hermano don Francisco Ramírez, vecino de Almorox, cierta deuda, y le dejaba cinco tinajas para encubar vino; a la parroquia donaba 200 reales para “comprar una capa de coro ó manga negras para el uso y servicio de la misma parroquia” y a la Virgen de las Angustias otros 200 reales para lo necesario de su culto; además legaba “para la hermita de la misma Ymagen de Nuestra Señora de Angustias un retrato suplicando á sus cofrades le admitan y coloquen en el sitio que les parezca mas conveniente”. 
    Por último, para los pobres de esta villa dejaba a repartir 300 reales y para la que era su ama 4.000 reales para la compra de una casa y varios muebles y enseres. Por albaceas nombró conjuntamente a Manuel López Jerez, José Tordesillas y don José Puñal, cura de Mocejón; y por sus herederos, a su sobrino carnal Braulio Ramírez Chamorro, de 17 años, hijo de su difunto hermano Vicente, a quien tenía en casa, y asignando 5.000 reales a su otro sobrino Mariano Ramírez Chamorro [AHPT, Pr. 7863 (año 1844), fol. 43, escr. M. Fernández Calderón]
Es curioso observar que no hay concordancia en la fecha de su muerte, pues mientras la inscripción señala el 2 de abril de 1844, el último testamento es de 3 de abril y lo dicta estando enfermo pero vivo obviamente. Puede haber un error de fecha al haberse copiado mal en la placa el día que aparecía en la lápida destruida. 
Ciertamente, el mencionado retrato fue aceptado por la Hermandad de las Angustias en junta de 15 de septiembre de 1844, como se reseña en la página 33 del librito de los Estatutos de la Cofradía de Socorro de Nuestra Señora de las Angustias [Imprenta Florentino Serrano, Toledo, año de 1903].
Así, dentro de la sacristía de la ermita cuelga hoy aquel lienzo al óleo, un extraordinario retrato realista firmado en un ángulo por “J. Lopez. 1842”. Sus dimensiones son 96 cm de altura por 75,5 de ancho. Es una pintura que sigue la mejor tradición de la escuela retratística española de la primera mitad del siglo XIX. 
A la hora de atribuir esta excelente obra pictórica a autor conocido encontramos como posible candidato al pintor español Juan López, de quien poco se sabe y del que se conserva en el Museo del Prado un único lienzo con título Retrato de señora, fechado en 1842, catalogado pero no expuesto en sala [Museo Nacional del Prado, Óleo sobre lienzo, 88 x 69 cm, nº P004410].
En resumen, de aquel virtuoso cura tenemos el retrato psicológico y moral que nos transmite el escritor inglés Borrow en 1836 a través de sus propias impresiones, y lo que es más sorprendente, como su fiel complemento tenemos el retrato plástico que nos traslada el pintor López captando en la imagen la indiscutible personalidad de don Braulio Ramírez, a la edad de 59 años, hombre de mirada inteligente y profunda dirigida al espectador. Descubriendo la luz del cuadro un semblante de duras facciones, pero agraciado rostro para la edad y unas cuidadas manos de aspecto escultórico. Envuelto en sus ropas sacerdotales, su posado es digno pero llano, de medio cuerpo y sentado de tres cuartos junto a una mesa castellana de recia madera, donde reposa un pequeño libro de oraciones. 
Lástima que el mal estado de la pintura no permita percibir lo que parece el respaldo de la silla y la presencia de un fondo neutro sin más, tan recurrente en los retratos españoles de toda época.
Retrato de D. Braulio Ramírez. Ermita de Ntra. Sra. de las Angustias. Villaseca de la Sagra
D. Braulio Ramírez (1783-1844), cura párroco de Villaseca de la Sagra.
Óleo sobre lienzo, autor:  J. López, 1842. Ermita de Ntra. Sra. de las Angustias.

    Se necesitaría una buena intervención restauradora que devolviera el cuadro a su original esplendor para enriquecer el patrimonio histórico-artístico de la ermita con esta significativa y extraordinaria obra pictórica de pintor poco conocido.
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D. PEDRO AGUADO DE SEVILLA (Utrilla, Soria, 1809-Villaseca, 31/10/1882). 
Utrilla pertenece al partido judicial de Almazán (Soria). Es probable que su formación eclesiástica se fraguara en colegios mayores o en universidad de prestigio durante la década de los veinte del s. XIX. Alcanzó el grado de Doctor en Cánones. En 1836 se presentaba a votar por el distrito de Guadalajara en la lista de elección de diputados a Cortes de ese año, lo que nos indica su condición de clérigo [Boletín Oficial de Guadalajara, 25 de junio de 1836, p. 2]. En 1844 era cura de Valbueno (Arciprestazgo de Guadalajara) [El Católico, 3 de julio de 1844, nº 1563, p. 17]. Siendo trasladado a Villaseca de la Sagra en la primera provisión del concurso de opositores de 1846 [El Católico, 15 de marzo de 1846, nº 2497, p. 475], sucediendo a don Braulio Ramírez y donde ejerció por más de treinta años hasta su muerte. 
En 1862 se anunciaban oposiciones a la vacante de canonjía lectoral  de la catedral de Toledo, para cuyas pruebas se sucedían los sermones preparados por los opositores y fue el día 28 de julio cuando se presentó don Pedro Aguado de Sevilla para predicar sobre el capítulo 6 del evangelio de San Juan, (aquello de la multiplicación de los panes y los peces) a lo que habría de seguir una fundada disertación ante el tribunal académico [Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Toledo, 2 de agosto de 1862, nº 31, p. 263].
Utrilla (Soria)
Utrilla (Soria), villa natal de D. Pedro Aguado de Sevilla. (Foto tomada de
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media/desdesoria/images/2020/06/13/DSCN0721.jpg)

En 1864 obtenía por resolución judicial los derechos de posesión del patronato y fundación de don Juan de Cuéllar y San Pedro, Alguacil de Casa y Corte de S.M. en Madrid, en 1676, defendiendo ser descendiente legítimo de los fundadores [Boletín Oficial de la Provincia de Madrid, 31 de octubre de 1864, nº 260, p. 3]. En 1867 estaba comprendido en las listas electorales para Diputados a Cortes junto a los cualificados vecinos de Villaseca Cecilio Santos, profesor de instrucción primaria, Francisco García de la Higuera, coadjutor de la parroquia, Francisco Rodríguez Martín, veterinario, José Santaolalla Martínez, médico, Paulino Orozco Mingo, farmacéutico, y Vicente Navarro López, cirujano [Boletín Oficial de la Provincia de Toledo, nº 106, 1/1/1867, suplementos, p. 15]. No obstante, en 1870 es uno de los dieciséis eclesiásticos del arciprestazgo de Illescas que se niegan a jurar la Constitución democrática de 1869, tras el exilio de la reina Isabel II, por creer que con ello faltarían a los dictados de su conciencia tradicionalista fundada en la fe católica y el legitimismo monárquico como fundamentos de la nación [La Regeneración (Madrid), 9 de mayo de 1870, p. 2]
No conocemos si llegó a hacer testamento, pero sus restos fueron enterrados en la ermita de las Angustias habiendo ocurrido su fallecimiento en esta villa, ya anciano, a los 73 años de una pulmonía senil. Este soriano era hijo de Agustín Aguado y Eladia Sevilla, difuntos, como lo atestigua Aniceto Hijosa, su sobrino político [Archivo Municipal de Villaseca de la Sagra -AMVS-, Libro 7º Defunciones, acta nº 72]. Tantos años de residencia en Villaseca, permitieron que su hermana contrajera matrimonio hacia 1870, del que fueron hijos el citado Aniceto y Salvadora, la que se esposaría a su vez con el entonces sacristán de la iglesia Ezequiel Ruiz García, hijo de Pascual Ruiz. 
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D. GREGORIO DIAZ MARTIN (Villaseca, 1829-Villaseca, 27/11/1883). 
Es uno de nuestros notables villasecanos. Nos dejó una breve reseña autobiográfica y algunos datos más sobre su persona por lo que sabemos que nació en esta villa el día de Navidad de 1828. Fue bautizado al día siguiente con el nombre de pila de Gregorio Manuel por el entonces teniente cura don Pío Conejo, siendo madrina su tía carnal Nicanora Díaz Díaz (según consta del libro de Bautismo de la parroquia de 1810 a 1833, al folio 321 vuelto). También podemos seguir su genealogía. Era hijo de Marcelo Díaz Díaz y Rufina Martín Díaz, labradores arrendadores en tierras del Marqués a la vez que pequeños propietarios, que casaron hacia 1823 en Villaseca. Gregorio tuvo dos hermanos: María Díaz Martín y Manuel Díaz Martín. Su abuelo paterno se llamaba igualmente Manuel Díaz Martín, fallecido en 1843. Por vía materna le venían los derechos de goce de la capellanía del hospital ya que su madre era hija de Juan Martín Martín y de Isabel Díaz Ortega, ambos en las líneas de sucesión de los fundadores del hospital de San Bernardo y dueños de una mitad del inmueble, de la capilla y sus rentas. De hecho, Gregorio Díaz estaba destinado al servicio religioso de la fundación y habría de relevar a su tío Francisco Nemesio Martín Díaz († 1848) como legítimo capellán del hospital. 
Del tiempo de su formación tenemos el expediente académico de 1847 a 1850 como alumno de la Facultad de Teología de la Universidad Central de Madrid, accediendo con el título de bachiller en Filosofía que había obtenido en el Instituto Provincial de Toledo el año anterior [AHN, UNIVERSIDADES, 803, Expt. 13]. En 2 de julio de 1850, siendo aún seminarista de Toledo, donde se matriculó como el tercer teólogo del recién inaugurado seminario, y todavía clérigo de corona o tonsura, y con el apremio de ser ordenado in sacris, para ser presbítero, fue nombrado por la patrona del hospital de San Bernardo, su abuela materna, Isabel Díaz Ortega, sacristán mayor de su iglesia con una buena pensión vitalicia. Una anotación de su mano en el libro que él escribió dice: “Fui dispensado por el Sto. Padre Pío 9º en el año de 1847 para ser sacerdote por ser cojo de la pierna derecha y en el de 1852 me dispensó la edad para ordenarme de sacerdote en el mismo”. Como sacerdote dio su primera misa el 19 de septiembre de ese año, día de San Miguel. Y como clérigo bachiller desempeñó principalmente el cargo de administrador y capellán mayor del hospital de San Bernardo, hasta 1876, año en que fue cesado por el Gobierno Civil en el Acto de incautación de mayo de ese año, instruido por la Junta de Beneficencia de la Provincia de Toledo, siendo sustituido en sus funciones administrativas por una Junta de Patronos del Hospital de San Bernardo de Villaseca, formada por tres propietarios vecinos del pueblo. En contra de esta decisión siempre interpuso reclamaciones para recuperar los derechos de los que había sido despojado. Don Gregorio fue sacerdote en Villaseca, aunque no párroco, que lo era don Pedro Aguado. Pero en su persona acaparó una serie de beneficios al ejercer ciertos cargos eclesiásticos. Fue capellán del oratorio de Velilla, nombrado por el señor conde de Santa Coloma y Cifuentes; en 30 de septiembre de 1854 tomó posesión de la capellanía de don Juan Pérez de Oro, fundada en Villaseca y poseída por la cofradía de la Natividad y Concepción; también fue capellán mayor de las monjas franciscas de Santa Isabel de Toledo, todo referido en su mencionado libro manuscrito. 
Hospital de S. Bernardo. Villaseca de la Sagra
Capilla y hospital de S. Bernardo, fundación de la que fue capellán D. Gregorio Díaz Martín. Villaseca de la Sagra. (Foto de 1960, Fondo fotográfico Diputación Prov. de Toledo, tomada de https://www.diputoledo.es/global/4/1088/3927/galeria#!prettyPhoto[gallery]/33/).
    
    Gregorio Díaz falleció en 27 de noviembre de 1883 como reza la pequeña lápida que está en la ermita. Su muerte se produjo a los 54 años, de fiebre pútrida, según la partida de defunción en la que comparece su sobrino Antonio Ortega Díaz [AMVS, Libro 8º Defunciones, acta nº 20]. Vivía en su domicilio de la calle La Feria, nº 10, y se anota que hizo testamento ante el notario de Villaluenga y Villaseca. Ciertamente, este testamento es breve y nada nos desvela en cuanto a disposiciones, ni siquiera aquí aparece voluntad expresa de ser enterrado en la ermita, si bien deja por albaceas a su hermano Manuel Díaz Martín y a don Antonio Ortega Villarrubia conjuntamente; y por sus únicos y universales herederos designó a sus dos hermanos, los mencionados Manuel y María Díaz Martín, actuando de testigos don Ildefonso Calderón Jerez, Leoncio García Hernández y don Jorge Prestel Becerril [AHPT, Pr. 16806, fol. 917, escr. Pablo Lázaro Carrasco]. De hecho, la partición entre los dos herederos se llevó a cabo escrupulosamente en 7 de mayo de 1884 ante el mismo notario de Villaluenga [AHPT, Pr. 16807, fol. 267]. Bienes raíces (tierras y casas en Villaseca) quedaron repartidos entre las dos familias: la de Manuel Díaz Martín, casado con Baldomera Díaz, y la de María Díaz Martín, casada con Andrés Ortega Villarrubia, todos naturales y vecinos de la villa.
Como particularidad biográfica de este sacerdote hijo de Villaseca es que puede ser considerado el primer “historiador” que ha tenido nuestro pueblo, al menos, el primer compilador de noticias históricas sobre este pueblo y sus familias más señaladas. Él compuso un libro manuscrito, conservado en la casa de sus sucesores, que escribió en 1866 y donde recoge distintos datos históricos de Villaseca examinados principalmente en sus archivos y en otras fuentes. Sin duda, este libro es una referencia de primera mano cuya consulta se hace imprescindible y al que siempre hemos denominado Libro manuscrito de Villaseca de la Sagra del Bachiller D. Gregorio Díaz, y al que como historiador me ha sido siempre obligado recurrir una y otra vez para contrastar datos relativos a Villaseca.
Texto del Libro manuscrito del Bachiller Gregorio Díaz
Primera página escrita por el Bachiller Gregorio Díaz en su Libro manuscrito de 1866.

De hecho, respecto a su tío, el que fuera cura de Getafe, el ya citado don Francisco Nemesio Díaz Martín, hay que decir que también recibió sepultura en la ermita, precisamente, entre la verja de la capilla y el púlpito según nos relata el propio don Gregorio Díaz en su libro manuscrito. Y nos precisa que su tío murió por causa de un accidente de arma el 22 de junio de 1843, “al tomar la escopeta de una galera, al otro lado del Puente de Aceca, á unos ciento cincuenta pasos del Puente”, siendo inhumado en la ermita el día siguiente. Pero su memoria se debió perder ya en tiempos no existiendo en la ermita recuerdo alguno a no ser que los restos de don Gregorio fueran a ocupar esa misma tumba familiar, borrando así la anterior memoria del tío.
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D. RAIMUNDO RANZ PORRES (Ocaña, 1842-Villaseca, 5/3/1894). 
Desconocíamos la cuna de este sacerdote hasta dar indirectamente con un valioso dato de 1920 [“Despacho de don Pedro Lizaur y Paul, juez de Primera Instancia de la villa de Ocaña y su partido. Dado en 30 de noviembre de 1920”. Gaceta de Madrid, 5 de diciembre de 1920, nº 340, Anexo nº 2, p. 1576]. Por él se hace saber que doña Manuela Ranz Porres, natural y vecina que fuera de la villa de Ocaña, de 76 años de edad, viuda de don Leopoldo Pascual López, falleció sin dejar descendientes y ascendientes el 4 de agosto de 1920, bajo testamento otorgado en 25 de febrero de 1894, en el que había nombrado por heredero usufructuario a su marido, y a cuya muerte dejaba por herederos universales a sus hermanos don José y don Raimundo Ranz Porres, a partes iguales, pero cuyos tres herederos fallecieron antes que la propia testadora; en lo que don Casto Villarino Porres, vecino de Ocaña, solicitó ante este Juzgado se le declarase heredero abintestato de dicha señora como primo hermano de la finada y su pariente colateral más próximo, ante lo cual el juez abre un periodo de comparecencia para aquellos que tuvieran derechos a la herencia. 
Por tanto, esto nos sitúa en el lugar de nacimiento de este cura, la villa toledana de Ocaña, donde vio la luz en 1842. Teniendo dos hermanos: José y Manuela Ranz Porres. Ella hizo testamento con su hermano vivo al que nombra por heredero, pero su fallecimiento en Villaseca se produce apenas una semana después de aquel acto.
Plaza mayor de Ocaña.
Ocaña (Toledo), villa natal de D. Raimundo Ranz Porres. (Foto de 1955, Fondo 
fotográfico Diputación Prov. de Toledo, tomada de  https://www.diputoledo.es/global/4/1088/3923/galeria#!prettyPhoto[gallery]/20/)

En 1869, con 27 años, recibía el grado de subdiácono en acto celebrado en el convento de dominicos de Ocaña [Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Toledo, 25-12-1869, nº 52, p. 2]. En el concurso a curatos de 1886 en el arzobispado de Toledo se le destinó a la parroquia de Yélamos de Arriba (Guadalajara) [Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Toledo, 1886] a la que parece renunció o en la que estuvo sólo unos meses. Suponemos un fuerte vínculo con el pueblo de Navahermosa, puesto que en 1888 era su cura párroco y escribía sobre el fervoroso culto y devoción a la Virgen del Rosario en aquella villa [Leblic García, Ventura: “Apuntes históricos acerca de la devoción que en Navahermosa se tienen a la Virgen del Rosario”. Revista Estudios Monteños, Asociación Cultural Montes de Toledo, 131, 2010, p. 13].
Tomó posesión del curato de Villaseca el 31 de julio de 1890 [La Unión Católica (Madrid), 5 de agosto de 1890, nº 951, p. 3] según refleja la afectuosa crónica a él dedicada y que copiamos íntegra:

“El día 31 próximo pasado hizo su entrada en 
el pueblo de Villaseca de la Sagra, el nuevo Párroco,
nuestro ilustrado y virtuoso amigo don
Raimundo Ramz [sic]. A la estación del ferro-carril,
distante de la población unos tres kilómetros,
salieron á recibirle muchos Sacerdotes y amigos
aguardándole á las puertas de dicha villa el
Ayuntamiento, autoridades y personas importantes,
organizándose una procesión con asistencia
de la banda de música.
Una vez en el templo parroquial, se verificó
con las solemnidades de costumbre, el acto de
la toma de posesión, recibiéndola el nuevo Párroco
del dignísimo Vice-Rector del Seminario
Conciliar de Toledo Dr. D. Ramón Guerra. El
Sr. Sanz [sic] dirigió luego la palabra á sus nuevos
feligreses, conmoviéndoles con las sentidas fra-
ses que brotaban de su corazón.
De esperar es que en plazo breve el pueblo de
Villaseca experimente los saludables efectos
del celo, ilustración y virtudes que adornan al
Pastor encargado de regir de hoy en adelante
aquella religiosa grey”. 

Llegaba a Villaseca con 48 años de edad y venía a suceder en su ministerio a don Elías Rey Muñoz (1886-1890). A su fallecimiento en 5 de marzo de 1894, sus restos se llevaron a la ermita de las Angustias, suponemos que por deseo testamentario, aunque no lo hallamos encontrado en los protocolos de Villaseca. Formó parte de la Hermandad Diocesana de Sufragios del Clero establecida en Toledo, que le aplicaría una misa por su fallecimiento [Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Toledo, 5-4-1894, nº 14, p. 15].
Vino a cubrir su vacante en la parroquia de Villaseca don Gerardo Hernández Escalona como cura ecónomo en el breve período de 1894 a 1902.
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Con estos breves apuntes biográficos hemos respondido de algún modo a la incógnita, la que nace del olvido, sobre cuatro sacerdotes sepultados en la ermita de las Angustias. Sacerdotes que vivieron y ejercieron en Villaseca de la Sagra en el s. XIX, cuyos nombres han quedado unidos para la posteridad a este recinto sagrado y de los que hemos querido recuperar algo de su propia identidad y de su perdida memoria.