La orden carmelitana de Santa Teresa.
Para comprender históricamente la fuerte devoción que en España se tiene por la Virgen del Carmen, sobre todo en los lugares de mar, como patrona de navegantes y pescadores, es obvio que no se puede dejar de mencionar la autoridad extraordinaria que, a finales del siglo XVI y en tiempos de Felipe II, tuvieron dos grandes figuras del misticismo español, dos protagonistas religiosos que profesaban en la orden del Carmelo, Teresa de Cepeda y Ahumada (†1582) y Juan de Yepes (†1591). Ella, proclamada santa en 1622 por el Papa Gregorio XV; él, beatificado en 1675 por el Papa Clemente X. Ambos, nombrados posteriormente Doctores de la Iglesia. Dedicaron su vocación a la reforma de la vida conventual y, en cierto modo, fueron los fundadores de la Orden del Carmen Descalzo (OCD), frente a sus hermanos de religión, los Padres Calzados o de la Observancia, menos exigentes con la antigua regla carmelita fundada en los siglos XII-XIII por aquellos eremitas que seguían el ejemplo del bíblico profeta Elías en el Monte Carmelo de Jerusalén, considerado el gran inspirador de la primitiva regla que era la que trataba de reavivar la reforma descalza o teresiana de finales del siglo XVI (para más información histórica véase el siguiente enlace
En vida, Santa Teresa de Ávila fundó diecisiete monasterios de clausura para mujeres dedicadas a la oración y la contemplación y, entre ellos, el de Toledo, la quinta de sus célebres fundaciones (1569). Por su parte, San Juan de la Cruz consiguió levantar quince conventos para sus frailes reformados después del primero fundado en Duruelo en 1568.
Los frailes carmelitas descalzos, frailes mendicantes que también fueron notables predicadores que solían recorrer pueblos y ciudades enseñando a los parroquianos su visión espiritual desde los púlpitos de las iglesias. Sería preferente para ellos tratar de extender el culto y veneración a la Virgen del Carmen como patrona de su orden religiosa y el carisma religioso de llevar el escapulario carmelita.
El hábito que adoptaron era la túnica marrón (que decían era la que había vestido la Virgen) y un manto blanco, significando la pureza de María.
El escudo carmelitano usado por los descalzos es bien conocido y en el que se representa simbólicamente el Monte Carmelo donde primitivamente nació la orden, con la cruz centrada que es la de la reforma y alude a Jesucristo, las dos estrellas oscuras representando a los santos profetas Elías y su discípulo Eliseo y la estrella blanca sobre la base del monte simbolizando a la Virgen, protectora y guía de la orden. En el caso de la imagen villasecana el escudo no desarrolla la citada cruz.
Cofradía de Ntra. Sra. del Carmen de Villaseca de la Sagra.
Puesto que a finales del siglo XVI no se menciona la existencia de esta cofradía, hemos de suponer que con cierta prontitud se debió de fundar en Villaseca con la advocación de Nuestra Señora del Carmen una esclavitud o hermandad, en torno a la primera mitad del siglo XVII, y a consecuencia de los procesos de beatificación y canonización de la santa abulense y el auge de su reforma. Pero esto no podemos comprobarlo porque cualquier indagación en los documentos de la iglesia parroquial, particularmente en los libros de cofradías, resulta infructuosa ya que el libro más antiguo que tenía esta hermandad se iniciaba en el año de 1739 y acababa en el de 1753, lamentando no haberse conservado en su archivo. El libro que afortunadamente sí ha llegado a nuestros días es el que abarca desde 1766 a 1913. Esto quiere decir que la andadura de la cofradía sólo se puede constatar documentalmente desde la segunda mitad del siglo XVIII en adelante. Carecemos de todo lo relativo al siglo XVII.
Es fácil localizar el sitio que ocupó esta antigua casa del Carmen en el plano urbano actual pues por las indicaciones se corresponde con el suelo del antiguo salón de baile (luego local bancario, hoy cerrado) que hace esquina con la plaza mayor y con el inicio de la actual calle Dr. Fleming, antes conocida como calle del Caño, que dividía efectivamente el pueblo en dos barriadas bien diferenciadas antiguamente, a norte y sur.
Aprovechando la información, haciendo un inciso, cabe decir que el referido vecino de la casa lindera, el mencionado Pedro Alonso [Palomeque], fue cirujano de la villa y Reales Bosques de S. M. en Aranjuez, quien, al permanecer soltero, dejó como herederos a sus dos sobrinos en testamento de 1792; uno de los cuales, el José Díaz Alonso es el conocido constructor, padre de la celebrada María Díaz que hospedó a don Jorgito el Inglés en Madrid. Sobre esta notable villasecana, véase reseña reciente en mi blog https://memoriadevillasecadelasagra.blogspot.com/2026/06/george-borrow-el-ingles-que-visito.html
En 1770 la información municipal sobre cofradías de Villaseca facilitada a la Intendencia de la Provincia de Toledo cita entre las varias existentes a la del Carmen (que se dice aprobadas sus constituciones en 1766) con unos gastos anuales de 318 reales y nulas rentas. Así se refleja en el expediente de remisión de Alberto de Suelves, Intendente de la provincia de Toledo al conde de Aranda sobre el estado de las congregaciones, cofradías y hermandades en los pueblos de Toledo, conservado en el fondo Consejos del Archivo Histórico Nacional.
Sin embargo, la cofradía no está registrada por el ayuntamiento en 1820 entre las aprobadas por la autoridad eclesiástica y, desde luego, fue una de las que siguieron activas durante todo el siglo XIX, como lo demuestran los datos que consignan las listas de hermanos de 1817, 1861, 1868 y 1873, la rendición de cuentas en 1832 y los regulares cabildos, como el último de 23 de julio de 1913 en el que se propone su reconstitución ya en los albores del siglo pasado y año en que cierra el citado libro de la cofradía, guardado en el archivo parroquial.
Como una curiosidad más, unos testimonios contemporáneos de esos primeros años del siglo XX señalan la fiesta estival del Carmen como un acontecimiento regido por su cofradía tras el esfuerzo personal del señor alcalde y el cura párroco, en la restitución de la misma. Así lo recoge en 1914 el diario de información El Eco Toledano, donde en el número del 17 de julio el corresponsal de turno escribe la crónica de la festividad con estas cumplidas palabras que no dudamos en reproducir tal cual aparecieron publicadas:
Lo mismo sucedería en 1916, según el número de 18 de julio de El Eco Toledano, donde el firmante M.S. (Manuel Santos) dice que en este año como en los anteriores estuvieron "muy animadísimas las festividades de la Virgen Carmelitana", bien organizadas por su "directorio que presiden D. Francisco García y D. Julián Alonso", con una banda de música local dirigida por D. Gabriel Martín y Santiago Calderón "veteranos en estas lides y aficionados...", amenizando la función con un nutrido repertorio; y una agradecida "oratoria sagrada y no política" del cura D. Teófilo González Alonso. Citando los actos y concluyendo seguidamente:
"Fuegos de artificio, bailes públicos, ofertorio, rifa, misa, procesión..., lo de todos los pueblos, pero con mucho orden y respecto.
Y el público..., contando los días que restan para las otras funciones, la chica y la grande, en las que se derrocha más dinero y alegría"
Por lo que consta en el único libro conservado de la cofradía del Carmen, ésta desplegó también su programa de obras de decoro al compás de la iniciativa de otras cofradías que igualmente empezaron a dotar de suntuosos retablos barrocos el templo una vez terminado en su totalidad en 1714.
Primeramente, la capilla de Nuestra Señora del Carmen, al constituirse en espacio propio, fue lugar para depositar la imagen principal que poseía la cofradía desde muchos años atrás, objeto valioso del que luego se hablará. No obstante, la cofradía decidió dotar a todo el ámbito de un particular embellecimiento que ensalzara los valores de la devoción carmelitana, recubriendo de pinturas sus superficies.
Como exponíamos allí, el programa iconográfico y decorativo recoge primero contra el muro occidental una representación de retablo simulado de aspecto churrigueresco con dos columnas salomónicas donde estaría la imagen titular sobre su mesa de altar presidiendo la pequeña capilla. Como se ha dicho, la apertura de un vano que era ciego ha terminado por destruir la parte central que servía de respaldo a la imagen simulando una hornacina color celeste bajo dosel o cortinaje granate. Los muros se decoran con patrones que imitan telas o papeles pintados procurando cubrirlo todo de forma repetitiva.
En altura, la bóveda en forma de platillo recibiría, en forzada perspectiva arquitectónica y abigarrada composición, el tema central de exaltación o apoteosis donde la Virgen del Carmen con el Niño, rodeados de querubines en gloria y ángeles músicos, entregan los escapularios de la Orden a Santa Teresa de Jesús y a San Juan de la Cruz, los reformadores y fundadores del Carmen descalzo vestidos con el hábito de rigor. Puede datarse todo el conjunto pictórico, de regular calidad artística, en las dos primeras décadas del siglo XVIII, pero dotado de una gran intencionalidad didáctica y devocional en honor de la Virgen del Carmen.
Entre abril de 1769 y abril del siguiente año las cuentas señalan nuevos encargos en el aderezo de la capilla como los 600 reales que costó la mesa de madera "tallada a la romana" (al estilo de moda) para el altar de Nuestra Señora, realizada por el maestro tallista Vicente Suñer (artista que ya había hecho varios trabajos en la villa). Del mismo modo, el dorador toledano Juan de Villarrubia se encargó de dorarla por 440 reales.
La imagen tuvo recompuesta y limpia su antigua corona en 1799, por mano de Gabriel Martínez, platero toledano, en 60 reales. En 1802, Manuel García Lumbreras se encargó como maestro hojalatero de la compostura de la vidriera que había en la única ventana de la capilla, la de mediodía. Y en 1805 la cofradía luciría nuevo estandarte, bordado por el maestro toledano Juan Bello, según los gastos en el libro de la cofradía.
Afortunadamente, en el estandarte nuevo de seda blanca realizado en 2005 se pudo aprovechar el bordado original, tanto el anverso con la representación de la Virgen y el Niño, como el reverso con el escudo del Carmen. Característicos de la ornamentación neoclásica y de rica elaboración en oros y matices de color, incluso con pequeñas piedras insertadas.
La belleza de una imagen para el culto.
Sin duda, la imagen de Nuestra Señora del Carmen que se venera en la iglesia parroquial de Villaseca de la Sagra cumple con todos los parámetros formales y culturales de toda obra de arte. Cuando en 1990 realizábamos el Inventario de Bienes Muebles de la Iglesia Católica, advertimos la calidad artística de esta imagen que describimos entonces como una talla en madera, de bulto redondo, policromada y encarnada. De estilo barroco, pero de fecha imprecisa, en torno a 1650, y de autor desconocido. Y por demás, no documentada. Su altura es de 132 cm más 21 cm de la peana.
Para nuestra decepción nos encontramos que la primera mención a esta imagen aparece en el inventario parroquial de 1708, en el que se nos advierte de la existencia de altar e imagen de Nuestra Señora del Carmen con el Niño en su capilla, donde también se hallaba la talla del santo trinitario San Juan de Mata, hoy conservada en la capilla de San José. Esta fecha nos induciría a pensar que estamos ante una talla ya de finales del siglo XVII, si atendemos igualmente al momento de posesión de la capilla. Desde luego que del estudio de las características y estilo artístico que manifiesta la escultura habría que situarla al menos cincuenta años atrás de esa fecha. A veces, la documentación no viene a confirmar lo que nos evidencia el análisis histórico-artístico de la obra en sí.
Su aspecto de figura reposada y aplomada, de clásica presencia, junto al trabajo de los pliegues y el diseño y técnica de la policromía definen a una imagen cercana a los postulados de la escultura castellana de mediados del siglo XVII, concretamente dentro de la influencia de la que podríamos llamar la escuela madrileña y afín al taller del artista Manuel Pereira, gran escultor del momento.
La imagen se restauró con anterioridad a 2020. Ya se hizo después de la Guerra Civil y luego en 1987 por el restaurador de Toledo Luciano Gutiérrez, afectando sobre todo a la policromía, encarnaciones y al dibujo de los rasgos.
La imagen se nos presenta en actitud casi frontal sosteniendo sobre su mano izquierda al Niño Jesús. Se asienta sobre una rica peana jaspeada y con molduras de talla doradas, donde luce el escudo carmelitano sobre cartela central tallada en sus caras. Sus ropajes dan sensación de peso y se doblan al chocar contra el suelo. Estos pliegues son rectos y quebrados en sus aristas, sin apenas vuelos.
La figura se apoya sobre la pierna izquierda retrasada mientras adelanta y flexiona levemente la derecha, insinuada bajo el hábito. Los brazos rompen el plano al avanzar hacia adelante: el derecho lo hace a media altura, descubriendo la túnica ceñida al cuerpo, y el izquierdo articula la mano para que en ella se pose el Niño, que ha de estar girado más bien hacia el fiel. De bella factura es el pelo de la imagen, negro y ensortijado, con tirabuzones que caen simétricamente sobre los hombros, pero con mayor adorno derramados por la espalda resaltando sobre la capa blanca y dorada. Su rostro redondeado es de rasgos faciales menudos con nariz afilada, boca y barbilla pequeñas, pero de ojos muy abiertos y expresivos y mirada sostenida.
La figura del Niño es en sí una diminuta talla desnuda, de aire risueño, pelo abundoso, no exenta de cierto movimiento y en actitud de bendecir.
En cuanto a su iconografía o forma de ser representada, la Virgen del Carmen obedece a la caracterización establecida por la Iglesia y el Arte. Si nos detenemos en contemplar esta imagen en algunos detalles observamos que luce una vestimenta, en este caso el hábito carmelitano, de rico estofado a base de motivos vegetales que imitan telas de elegantes rameados bordados. El manto se prende con broche sobre el pecho y cae a los lados de la figura recogiéndose la punta derecha bajo el brazo izquierdo con alfileres fingidos, haciendo que los bordes se coloquen en ondulación diagonal. En el manto se emplean técnicas barrocas de rajado para descubrir el oro y punta de pincel jugando sutilmente con el fondo blanco. La túnica lo hace con la misma técnica, pero dibujando el dorado sobre negro. En el escapulario o tela delantal el motivo sigue un esquema simétrico en punteado a base de picado. La túnica se dobla sobre los pies, calzados con zapatos, imitando efectos del natural en su caída.
Como complemento ornamental y significativa alusión a su condición de imagen sagrada, la corona que adorna la cabeza de la imagen, sin ser tan espectacular como las de la Virgen de las Mercedes o de la Inmaculada Concepción de esta misma iglesia, no deja de tener un valor adecuado a su momento, la primera mitad del siglo XVII, contemporánea de la propia imagen, con 12,5 cm de diámetro en su aro. Es una pieza de plata sobredorada, trabajada en fundición, repujado y pedrería. Es de autor desconocido y sin marcas que revelen la procedencia del taller o de su autoría. Esta obre de orfebrería responde al estilo barroco. La describimos como corona de tipo imperial. La parte inferior consta de un aro con piedras en cabujones y sobre éste se desarrolla una más tupida decoración, construyéndose el globo por ocho cintas repujadas que culminan en una crucecilla. Predominan los motivos vegetales, hojarasca, cartelas, puntas de diamante y piedras engastadas. No nos ha sido posible documentarla, por lo que desconocemos al platero que la labró.
Por su parte, la pequeña corona que porta la imagen del Niño Jesús, reducida a 7,5 cm de diámetro, es también, en menor escala, de plata sobredorada con las mismas técnicas y motivos que la de la Madre, cerrada por cuatro cintas que se unen en la crucecilla cimera.
Igualmente, dentro del campo de la orfebrería, la cofradía conserva la pareja de cetros de plata, de autor anónimo y sin documentar, aunque presenta marcas frustras o ilegibles. Por su estilo austero se corresponden al arte neoclásico de principios del siglo XIX. Son muy similares a los que conserva la cofradía de Nuestra Señora de las Mercedes de esta parroquia, datados en 1830 y de procedencia toledana.
BIBLIOGRAFÍA
- Urrea Fernández, Jesús: «Introducción a la escultura barroca madrileña. Manuel Pereira». Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología: BSAA, 1977, 43, pp. 253-268
FUENTES DOCUMENTALES
Archivo Parroquial de Villaseca de la Sagra (APVS)
- Libro IV de Fábrica (1677-1726)
- Libro Inventario parroquial «Archivo» (1777)
- Libro Cofradía de Ntra. Sra. del Carmen (1739-1753)
Archivo Municipal de Villaseca de la Sagra (AMVS)
- Legajo Acuerdos del Concejo (1756-1774)
Archivo Histórico Provincial de Toledo (AHPT)
Protocolos (Pr.)
- Pr. 7823 (1734), Lucas Gómez Mejorada
Archivo Histórico Nacional (AHN)
- Consejos, 7098, Exp. 26
Sobre otras devociones marianas en Villaseca, los siguientes enlaces en este blog:
https://memoriadevillasecadelasagra.blogspot.com/2025/04/a-devocion-de-ntra-sra-de-las-angustias.html
https://memoriadevillasecadelasagra.blogspot.com/2025/05/la-virgen-de-los-peligros-una-devocion.html
https://memoriadevillasecadelasagra.blogspot.com/2025/12/arte-y-devocion-en-la-imagen-de-la.html












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