sábado, 11 de julio de 2026

Virgen del Carmen, una devoción y una valiosa imagen para Villaseca de la Sagra

 VIRGEN DEL CARMEN, UNA DEVOCION 
Y UNA VALIOSA IMAGEN PARA 
VILLASECA DE LA SAGRA
Escudo Carmelo. Villaseca de la Sagra
Antonio José Díaz Fernández
Historiador

              
 En anteriores entradas de este blog venimos tratando ciertas devociones marianas en el ámbito parroquial y religioso de Villaseca de la Sagra (Virgen de las Angustias, Virgen de las Mercedes, Inmaculada Concepción, Virgen de los Peligros ...), que se han perpetuado a través de imágenes artísticas de gran valor. Para continuar haciendo memoria de ellas, ahora nos corresponde hablar de la historia de la imagen de NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN, cuyo día de celebración es el 16 de julio de todos los años. Y Villaseca lo celebra actualmente con devoción y especial fervor, con función de misa, procesión sobre carroza (que tiene por trono de la imagen una típica barca), fuegos artificiales, el tradicional refresco y la rifa final, sin prescindir de la música para la solemnidad y el jolgorio.

La orden carmelitana de Santa Teresa.
              Para comprender históricamente la fuerte devoción que en España se tiene por la Virgen del Carmen, sobre todo en los lugares de mar, como patrona de navegantes y pescadores, es obvio que no se puede dejar de mencionar la autoridad extraordinaria que, a finales del siglo XVI y en tiempos de Felipe II, tuvieron dos grandes figuras del misticismo español, dos protagonistas religiosos que profesaban en la orden del Carmelo, Teresa de Cepeda y Ahumada (†1582) y Juan de Yepes (†1591). Ella, proclamada santa en 1622 por el Papa Gregorio XV; él, beatificado en 1675 por el Papa Clemente X. Ambos, nombrados posteriormente Doctores de la Iglesia. Dedicaron su vocación a la reforma de la vida conventual y, en cierto modo, fueron los fundadores de la Orden del Carmen Descalzo (OCD), frente a sus hermanos de religión, los Padres Calzados o de la Observancia, menos exigentes con la antigua regla carmelita fundada en los siglos XII-XIII por aquellos eremitas que seguían el ejemplo del bíblico profeta Elías en el Monte Carmelo de Jerusalén, considerado el gran inspirador de la primitiva regla que era la que trataba de reavivar la reforma descalza o teresiana de finales del siglo XVI (para más información histórica véase el siguiente enlace 
https://www.carmelitaniscalzi.com/es/quienes-somos/historia/ ).
            En vida, Santa Teresa de Ávila fundó diecisiete monasterios de clausura para mujeres dedicadas a la oración y la contemplación y, entre ellos, el de Toledo, la quinta de sus célebres fundaciones (1569). Por su parte, San Juan de la Cruz consiguió levantar quince conventos para sus frailes reformados después del primero fundado en Duruelo en 1568.
Santa Tere3a. Juan Pascual de Mena
Santa Teresa de Ávila, obra de Juan Pascual de Mena (1754). Iglesia parroquial de San Nicolás de Bari, Bilbao. (Foto: https://www.retablosdebizkaia.com/bilbao-conjunto-de-retablos-de-san-nicolas-de-bari/retablo-lateral-de-san-lazaro/)
 
              Los frailes carmelitas descalzos, frailes mendicantes que también fueron notables predicadores que solían recorrer pueblos y ciudades enseñando a los parroquianos su visión espiritual desde los púlpitos de las iglesias. Sería preferente para ellos tratar de extender el culto y veneración a la Virgen del Carmen como patrona de su orden religiosa y el carisma religioso de llevar el escapulario carmelita.
              El hábito que adoptaron era la túnica marrón (que decían era la que había vestido la Virgen) y un manto blanco, significando la pureza de María.
              El escudo carmelitano usado por los descalzos es bien conocido y en el que se representa simbólicamente el Monte Carmelo donde primitivamente nació la orden, con la cruz centrada que es la de la reforma y alude a Jesucristo, las dos estrellas oscuras representando a los santos profetas Elías y su discípulo Eliseo y la estrella blanca sobre la base del monte simbolizando a la Virgen, protectora y guía de la orden. En el caso de la imagen villasecana el escudo no desarrolla la citada cruz.
 
Cofradía de Ntra. Sra. del Carmen de Villaseca de la Sagra.
                Puesto que a finales del siglo XVI no se menciona la existencia de esta cofradía, hemos de suponer que con cierta prontitud se debió de fundar en Villaseca con la advocación de Nuestra Señora del Carmen una esclavitud o hermandad, en torno a la primera mitad del siglo XVII, y a consecuencia de los procesos de beatificación y canonización de la santa abulense y el auge de su reforma. Pero esto no podemos comprobarlo porque cualquier indagación en los documentos de la iglesia parroquial, particularmente en los libros de cofradías, resulta infructuosa ya que el libro más antiguo que tenía esta hermandad se iniciaba en el año de 1739 y acababa en el de 1753, lamentando no haberse conservado en su archivo. El libro que afortunadamente sí ha llegado a nuestros días es el que abarca desde 1766 a 1913. Esto quiere decir que la andadura de la cofradía sólo se puede constatar documentalmente desde la segunda mitad del siglo XVIII en adelante. Carecemos de todo lo relativo al siglo XVII.
                Es en este momento tan avanzado solo se puede considerar una refundación o al menos una regularización de la cofradía al presentar entonces nuevas ordenanzas, las cuales se aprobaron por la autoridad arzobispal en 27 de noviembre de 1766, recogidas en el mismo libro y cuya copia también se conserva en el Archivo Histórico Diocesano de Toledo. El citado libro, encuadernado y foliado, se inicia exactamente en la cuenta tomada a José Higuera Ortega, hermano mayor que fue desde octubre de 1762 a diciembre de 1763. La cofradía cumplía no solo unos fines religiosos o espirituales, sino que procuraba mínimas atenciones sociales y asistenciales a hermanos y hermanas, como era común en otras congregaciones, siempre con cortos ingresos.
                También era costumbre que durante su existencia las cofradías recibiesen por donación particular algún que otro bien inmueble (casas o tierras) para con el producto de su arrendamiento poder sostenerse regularmente. Hemos comprobado que así ocurrió con la memoria testamentaria de Ana Benito Martín que había legado a perpetuidad una casa a la cofradía para que con parte de su renta contribuir "al adorno de dicha santa imagen". Esto debió ser posteriormente a 1750. Lo cierto es que las medidas desamortizadoras de bienes de hospitales, cofradías y hermandades decretadas en la Real Orden de 1798 acabaron por descapitalizar a estas instituciones obligando a enajenar sus bienes en pública subasta. En obediencia a la ley, el 30 de diciembre se pujó, en valor de 4.430 reales y según tasación del maestro de obras Valentín Alonso, la casa que poseía la cofradía, que es la "que está en la plaza pública de esta dicha villa donde cae su puerta principal, y alinda por levante y norte con casa que fue de Pedro Alonso y hoy de sus sobrinos Francisco y José Díaz Alonso, y al mediodía con la calle que divide los dos barrios de Arriba y Abajo de esta población y enfronta por el mismo aire con la casa que posee Esteban Jerez...". La compraventa la realizó Juan Ramón Rivero, sacristán mayor de la parroquia, como administrador hasta la fecha de dicha memoria, en favor del comprador don Manuel Marzo, de esta vecindad, con la entrega en mano de 2.200 reales más el pago de la liquidación de los réditos atrasados de la memoria y del tributo de tres cuartillos de gallinas adeudado por derecho señorial al Estado de Montemayor.
                Es fácil localizar el sitio que ocupó esta antigua casa del Carmen en el plano urbano actual pues por las indicaciones se corresponde con el suelo del antiguo salón de baile (luego local bancario, hoy cerrado) que hace esquina con la plaza mayor y con el inicio de la actual calle Dr. Fleming, antes conocida como calle del Caño, que dividía efectivamente el pueblo en dos barriadas bien diferenciadas antiguamente, a norte y sur.
                Aprovechando la información, haciendo un inciso, cabe decir que el referido vecino de la casa lindera, el mencionado Pedro Alonso [Palomeque], fue cirujano de la villa y Reales Bosques de S. M. en Aranjuez, quien, al permanecer soltero, dejó como herederos a sus dos sobrinos en testamento de 1792; uno de los cuales, el José Díaz Alonso es el conocido constructor, padre de la celebrada María Díaz que hospedó a don Jorgito el Inglés en Madrid. Sobre esta notable villasecana, véase reseña reciente en mi blog https://memoriadevillasecadelasagra.blogspot.com/2026/06/george-borrow-el-ingles-que-visito.html
Plano urbano. Villaseca de la Sagra
Plano acotado del centro urbano de Villaseca y lugar de la 
antigua casa propiedad de la cofradía del Carmen.
 
                En 1770 la información municipal sobre cofradías de Villaseca facilitada a la Intendencia de la Provincia de Toledo cita entre las varias existentes a la del Carmen (que se dice aprobadas sus constituciones en 1766) con unos gastos anuales de 318 reales y nulas rentas. Así se refleja en el expediente de remisión de Alberto de Suelves, Intendente de la provincia de Toledo al conde de Aranda sobre el estado de las congregaciones, cofradías y hermandades en los pueblos de Toledo, conservado en el fondo Consejos del Archivo Histórico Nacional.
                Sin embargo, la cofradía no está registrada por el ayuntamiento en 1820 entre las aprobadas por la autoridad eclesiástica y, desde luego, fue una de las que siguieron activas durante todo el siglo XIX, como lo demuestran los datos que consignan las listas de hermanos de 1817, 1861, 1868 y 1873, la rendición de cuentas en 1832 y los regulares cabildos, como el último de 23 de julio de 1913 en el que se propone su reconstitución ya en los albores del siglo pasado y año en que cierra el citado libro de la cofradía, guardado en el archivo parroquial.
                Como una curiosidad más, unos testimonios contemporáneos de esos primeros años del siglo XX señalan la fiesta estival del Carmen como un acontecimiento regido por su cofradía tras el esfuerzo personal del señor alcalde y el cura párroco, en la restitución de la misma. Así lo recoge en 1914 el diario de información El Eco Toledano, donde en el número del 17 de julio el corresponsal de turno escribe la crónica de la festividad con estas cumplidas palabras que no dudamos en reproducir tal cual aparecieron publicadas:

Recorte El Eco Toledano 1914
Fiestas en Villaseca (Recorte de prensa El Eco Toledano, 17/7/1914).

                Lo mismo sucedería en 1916, según el número de 18 de julio de El Eco Toledano, donde el firmante M.S. (Manuel Santos) dice que en este año como en los anteriores estuvieron "muy animadísimas las festividades de la Virgen Carmelitana", bien organizadas por su "directorio que presiden D. Francisco García y D. Julián Alonso", con una banda de música local dirigida por D. Gabriel Martín y Santiago Calderón "veteranos en estas lides y aficionados...", amenizando la función con un nutrido repertorio; y una agradecida "oratoria sagrada y no política" del cura D. Teófilo González Alonso. Citando los actos y concluyendo seguidamente:

"Fuegos de artificio, bailes públicos, ofertorio, rifa, misa, procesión..., lo de todos los pueblos, pero con mucho orden y respecto. 
Y el público..., contando los días que restan para las otras funciones, la chica y la grande, en las que se derrocha más dinero y alegría" 
 
           
Capilla del Carmen en la iglesia parroquial y su ornato.
                Dada su importancia, la cofradía del Carmen poseyó un lugar privilegiado dentro de la iglesia nueva, favorecida en el ordenamiento de altares que se fue haciendo desde finales del siglo XVII. Se trata de la capilla situada a los pies de la nave de la Epístola, convertida en un espacio independiente o semicerrado cuyo ingreso se hacía únicamente desde la nave lateral. Esta capilla se configura en planta cuadrada de cierta autonomía por cuanto el arquitecto Fray Lorenzo de San Nicolás la dotó de elementos propios que requieren la atención visual. El alzado interior se construye con pilastras acodadas en los ángulos, de orden dórico, una línea de imposta a modo de cornisilla moldurada sustituye al entablamento canónico. Sobre ella se voltean los cuatro arcos de medio punto que secan en cuadro la bóveda llamada baída y formando en los lunetos tres paños termales o verticales. En los testeros se abren arcos de medio punto más bajos (excepto el lado oeste que no rebaja el arco y el del sur forma nicho como para altar; el este comunica con la nave de la iglesia y el norte está abierto hoy al sotocoro). La luz en esta capilla tenía solo paso por la ventana del lado sur y nunca tuvo ventana por la fachada occidental, que era ciega, pues, de hecho, el retablo fingido se ha roto para abrirla. La capilla requería una semipenumbra para facilitar el recogimiento de los fieles, que es lo que se buscaba en estos templos. Actualmente, en ella se ha situado la pila bautismal y se ha olvidado su dedicación primitiva, una vez que la imagen titular se ha trasladado a un retablo de fabricación nueva en la nave izquierda o del Evangelio.
                Lo que está comprobado en los documentos es que la Virgen del Carmen y la Virgen del Rosario (culto ya bastante arraigado y más antiguo en la vecindad) se disputaron a través de sus respectivas cofradías la posesión de esta capilla tan bien acomodada en la nueva fábrica del templo. Perfectamente construidas las naves y torre de la iglesia ya en 1695, se ofrecía una capilla cuadrada y cerrada en el último tramo a los pies de la nave de la Epístola, contigua al sotocoro. Pues bien, se planteó la posibilidad de que la ocupara por su antigüedad Nuestra Señora del Rosario y porque en ese lado siempre había mantenido su altar. Así que se ordenó hacer un primer retablo para la Virgen del Rosario en agosto de 1695, que no se llegó a realizar porque el celo personal del presbítero licenciado don Alonso Aparicio, natural de la villa, le llevó a construir de su peculio capilla independiente para el Rosario (hoy de San José), dejando libre a la cofradía del Carmen para entrar en la citada capilla de los pies y establecer allí altar y culto exclusivo a Nuestra Señora del Monte Carmelo.
Planta iglesia. Villaseca de la Sagra
Planta original de la iglesia parroquial de Santa Leocadia, con la 
capilla del Carmen en la nave de la Epístola.
 
                Por lo que consta en el único libro conservado de la cofradía del Carmen, ésta desplegó también su programa de obras de decoro al compás de la iniciativa de otras cofradías que igualmente empezaron a dotar de suntuosos retablos barrocos el templo una vez terminado en su totalidad en 1714.
                Primeramente, la capilla de Nuestra Señora del Carmen, al constituirse en espacio propio, fue lugar para depositar la imagen principal que poseía la cofradía desde muchos años atrás, objeto valioso del que luego se hablará. No obstante, la cofradía decidió dotar a todo el ámbito de un particular embellecimiento que ensalzara los valores de la devoción carmelitana, recubriendo de pinturas sus superficies. 
                El ciclo pictórico desarrollado en sus muros y bóveda ya lo examinamos en nuestra entrada en el blog, donde se puede consultar por extenso en https://memoriadevillasecadelasagra.blogspot.com/2024/07/pinturas-murales-en-la-iglesia.html.
                Como exponíamos allí, el programa iconográfico y decorativo recoge primero contra el muro occidental una representación de retablo simulado de aspecto churrigueresco con dos columnas salomónicas donde estaría la imagen titular sobre su mesa de altar presidiendo la pequeña capilla. Como se ha dicho, la apertura de un vano que era ciego ha terminado por destruir la parte central que servía de respaldo a la imagen simulando una hornacina color celeste bajo dosel o cortinaje granate. Los muros se decoran con patrones que imitan telas o papeles pintados procurando cubrirlo todo de forma repetitiva. 
                Historias del repertorio carmelitano completan en técnica de trampantojo el decorado alto con medallones marianos que simulan estar colgados y más arriba escenas pintadas reconocibles, más otros motivos meramente decorativos.

Capilla Carmen. Villaseca de la Sagra
Restos pictóricos del retablo fingido de la capilla que fue de Ntra. Sra. del Carmen. Iglesia parroquial de Santa Leocadia. (Foto del autor)
 
                En altura, la bóveda en forma de platillo recibiría, en forzada perspectiva arquitectónica y abigarrada composición, el tema central de exaltación o apoteosis donde la Virgen del Carmen con el Niño, rodeados de querubines en gloria y ángeles músicos, entregan los escapularios de la Orden a Santa Teresa de Jesús y a San Juan de la Cruz, los reformadores y fundadores del Carmen descalzo vestidos con el hábito de rigor. Puede datarse todo el conjunto pictórico, de regular calidad artística, en las dos primeras décadas del siglo XVIII, pero dotado de una gran intencionalidad didáctica y devocional en honor de la Virgen del Carmen.
Capilla Carmen. Villaseca de la Sagra
Bóveda pintada al fresco en la capilla que fue de Ntra. Sra. del Carmen.
 Iglesia parroquial de Santa Leocadia. (Foto del autor)
 
                Quizás aquel retablo fingido rematado por el escudo del Carmelo, que hoy se puede apreciar en parte tras su reciente recuperación, no fue lo suficientemente bello para el sentir piadoso de los cofrades, por lo que a través de limosnas quisieron dotar a la venerada imagen de un retablo nuevo, esta vez, realizado en madera sobredorada, encargado al escultor toledano José Pérez Blanco, según escritura de contrato fechada en Villaseca el 20 de marzo de 1734. Concertaron la obra don Roque de la Plaza Serrano, teniente de cura de Santa Leocadia, y los hermanos de la congregación Bartolomé del Cerro y Juan Santos Magán con el maestro escultor para hacer "un retablo de madera en blanco para colocar en él a la Imagen de Nra. Sra. del Carmen que se venera en su capilla en dicha iglesia", siguiendo el diseño, la planta y pitipié (o escala) que estaba firmado de su mano y de los tracistas Francisco Moreno y José de la Sierra, maestros en el arte de escultura en la ciudad de Toledo. Se condicionaba al artista a entregarlo acabado y asentado para San Miguel de septiembre de ese mismo año, por un precio de 3.500 reales de vellón. El retablo fue dañado en 1936 y sus restos desaparecidos definitivamente en 1972. Con los pocos datos disponibles podemos suponer que su estilo era de aquel barroco churrigueresco, articulado por estípites, no columnas, de abundante talla y presumiblemente dorado, aunque no tenemos constancia documental del contrato que se hiciera con algún dorador.
                Entre abril de 1769 y abril del siguiente año las cuentas señalan nuevos encargos en el aderezo de la capilla como los 600 reales que costó la mesa de madera "tallada a la romana" (al estilo de moda) para el altar de Nuestra Señora, realizada por el maestro tallista Vicente Suñer (artista que ya había hecho varios trabajos en la villa). Del mismo modo, el dorador toledano Juan de Villarrubia se encargó de dorarla por 440 reales.
                La imagen tuvo recompuesta y limpia su antigua corona en 1799, por mano  de Gabriel Martínez, platero toledano, en 60 reales. En 1802, Manuel García Lumbreras se encargó como maestro hojalatero de la compostura de la vidriera que había en la única ventana de la capilla, la de mediodía. Y en 1805 la cofradía luciría nuevo estandarte, bordado por el maestro toledano Juan Bello, según los gastos en el libro de la cofradía.
                Como se ha visto, el elenco de artistas al que recurre normalmente la cofradía es preferentemente toledano, lo mismo debió ocurrir con las pinturas murales, hasta ahora anónimas.
 
La belleza de una imagen para el culto.
                Sin duda, la imagen de Nuestra Señora del Carmen que se venera en la iglesia parroquial de Villaseca de la Sagra cumple con todos los parámetros formales y culturales de toda obra de arte. Cuando en 1990 realizábamos el Inventario de Bienes Muebles de la Iglesia Católica, advertimos la calidad artística de esta imagen que describimos entonces como una talla en madera, de bulto redondo, policromada y encarnada. De estilo barroco, pero de fecha imprecisa, en torno a 1650, y de autor desconocido. Y por demás, no documentada. Su altura es de 132 cm más 21 cm de la peana.
                Para nuestra decepción nos encontramos que la primera mención a esta imagen aparece en el inventario parroquial de 1708, en el que se nos advierte de la existencia de altar e imagen de Nuestra Señora del Carmen con el Niño en su capilla, donde también se hallaba la talla del santo trinitario San Juan de Mata, hoy conservada en la capilla de San José. Esta fecha nos induciría a pensar que estamos ante una talla ya de finales del siglo XVII, si atendemos igualmente al momento de posesión de la capilla. Desde luego que del estudio de las características y estilo artístico que manifiesta la escultura habría que situarla al menos cincuenta años atrás de esa fecha. A veces, la documentación no viene a confirmar lo que nos evidencia el análisis histórico-artístico de la obra en sí.
                Su aspecto de figura reposada y aplomada, de clásica presencia, junto al trabajo de los pliegues y el diseño y técnica de la policromía definen a una imagen cercana a los postulados de la escultura castellana de mediados del siglo XVII, concretamente dentro de la influencia de la que podríamos llamar la escuela madrileña y afín al taller del artista Manuel Pereira, gran escultor del momento.
                La imagen se restauró con anterioridad a 2020. Ya se hizo después de la Guerra Civil y luego en 1987 por el restaurador de Toledo Luciano Gutiérrez, afectando sobre todo a la policromía, encarnaciones y al dibujo de los rasgos.
Virgen del Carmen. Villaseca de la Sagra
Ntra. Sra. del Carmen con el Niño, talla policromada, s. XVII. 
Iglesia parroquial de Santa Leocadia. (Foto del autor)
 
                La imagen se nos presenta en actitud casi frontal sosteniendo sobre su mano izquierda al Niño Jesús. Se asienta sobre una rica peana jaspeada y con molduras de talla doradas, donde luce el escudo carmelitano sobre cartela central tallada en sus caras. Sus ropajes dan sensación de peso y se doblan al chocar contra el suelo. Estos pliegues son rectos y quebrados en sus aristas, sin apenas vuelos.
                La figura se apoya sobre la pierna izquierda retrasada mientras adelanta y flexiona levemente la derecha, insinuada bajo el hábito. Los brazos rompen el plano al avanzar hacia adelante: el derecho lo hace a media altura, descubriendo la túnica ceñida al cuerpo, y el izquierdo articula la mano para que en ella se pose el Niño, que ha de estar girado más bien hacia el fiel. De bella factura es el pelo de la imagen, negro y ensortijado, con tirabuzones que caen simétricamente sobre los hombros, pero con mayor adorno derramados por la espalda resaltando sobre la capa blanca y dorada. Su rostro redondeado es de rasgos faciales menudos con nariz afilada, boca y barbilla pequeñas, pero de ojos muy abiertos y expresivos y mirada sostenida.
                La figura del Niño es en sí una diminuta talla desnuda, de aire risueño, pelo abundoso, no exenta de cierto movimiento y en actitud de bendecir.
                En cuanto a su iconografía o forma de ser representada, la Virgen del Carmen obedece a la caracterización establecida por la Iglesia y el Arte. Si nos detenemos en contemplar esta imagen en algunos detalles observamos que luce una vestimenta, en este caso el hábito carmelitano, de rico estofado a base de motivos vegetales que imitan telas de elegantes rameados bordados. El manto se prende con broche sobre el pecho y cae a los lados de la figura recogiéndose la punta derecha bajo el brazo izquierdo con alfileres fingidos, haciendo que los bordes se coloquen en ondulación diagonal. En el manto se emplean técnicas barrocas de rajado para descubrir el oro y punta de pincel jugando sutilmente con el fondo blanco. La túnica lo hace con la misma técnica, pero dibujando el dorado sobre negro. En el escapulario o tela delantal el motivo sigue un esquema simétrico en punteado a base de picado. La túnica se dobla sobre los pies, calzados con zapatos, imitando efectos del natural en su caída.
Virgen del Carmen. Villaseca de la Sagra
Ntra. Sra. del Carmen, detalle de la disposición y 
forma del típico cabello acaracolado. (Foto del autor)
 
              Como complemento ornamental y significativa alusión a su condición de imagen sagrada, la corona que adorna la cabeza de la imagen, sin ser tan espectacular como las de la Virgen de las Mercedes o de la Inmaculada Concepción de esta misma iglesia, no deja de tener un valor adecuado a su momento, la primera mitad del siglo XVII, contemporánea de la propia imagen, con 12,5 cm de diámetro en su aro. Es una pieza de plata sobredorada, trabajada en fundición, repujado y pedrería. Es de autor desconocido y sin marcas que revelen la procedencia del taller o de su autoría. Esta obre de orfebrería responde al estilo barroco. La describimos como corona de tipo imperial. La parte inferior consta de un aro con piedras en cabujones y sobre éste se desarrolla una más tupida decoración, construyéndose el globo por ocho cintas repujadas que culminan en una crucecilla. Predominan los motivos vegetales, hojarasca, cartelas, puntas de diamante y piedras engastadas. No nos ha sido posible documentarla, por lo que desconocemos al platero que la labró.
              Por su parte, la pequeña corona que porta la imagen del Niño Jesús, reducida a 7,5 cm de diámetro, es también, en menor escala, de plata sobredorada con las mismas técnicas y motivos que la de la Madre, cerrada por cuatro cintas que se unen en la crucecilla cimera.
Virgen del Carmen. Villaseca de la Sagra
Ntra. Sra. del Carmen con el Niño, tallas coronadas. (Foto del autor)
 
              Para finalizar, la pretensión de estas breves notas no es otra que ir desgranando el rico patrimonio artístico de carácter religioso de la iglesia parroquial de Villaseca de la Sagra. A la vez que la imagen de Nuestra Señora del Carmen contiene en su materialidad un significado religioso y es un objeto de culto, también tiene un valor artístico por tratarse de un objeto cultural trasmitido por quienes nos precedieron y que nos obliga a guardar la memoria del pasado y de los villasecanos y villasecanas que han ido construyendo nuestra historia.
 
 
BIBLIOGRAFÍA
- Díaz Fernández, A. J.: Villaseca de la Sagra: noticias de su historia. Instituto Provincial de Estudios Toledanos, Serie Temas Toledanos, nº 74, 1993. Consulta en 
- Fr. Matías del Niño Jesús (OCD): «Los fundadores del Carmen Descalzo. Textos inéditos», en Ephemerides Carmeliticae, 19 (1968/2), pp. 410-418.
- Urrea Fernández, Jesús: «Introducción a la escultura barroca madrileña. Manuel Pereira». Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología: BSAA, 1977, 43, pp. 253-268
 
FUENTES DOCUMENTALES
Archivo Parroquial de Villaseca de la Sagra (APVS)
- Libro IV de Fábrica (1677-1726)
- Libro Inventario parroquial «Archivo» (1777)
- Libro Cofradía de Ntra. Sra. del Carmen (1739-1753)
Archivo Municipal de Villaseca de la Sagra (AMVS)
- Legajo Acuerdos del Concejo (1756-1774)
Archivo Histórico Provincial de Toledo (AHPT)
Protocolos (Pr.) 
- Pr. 7851 (1801), Francisco Moreno Díaz
- Pr. 7823 (1734), Lucas Gómez Mejorada
Archivo Histórico Nacional (AHN)
- Consejos, 7098, Exp. 26
 
Sobre otras devociones marianas en Villaseca, los siguientes enlaces en este blog:


domingo, 7 de junio de 2026

George Borrow, el inglés que visitó Villaseca de la Sagra hace 188 años.

GEORGE BORROW, EL INGLÉS QUE VISITÓ VILLASECA DE LA SAGRA HACE 188 AÑOS.

La Biblia en España
Antonio J. Díaz F.
Historiador 


Escribimos esta entrada con el fin de recordar una vez más una época concreta de nuestro pasado, pero, sobre todo, para traer a la memoria la figura de una mujer de Villaseca, que suscitó admiración en un viajero inglés, que nos habló de ella, de María Díaz, y de esta villa sagreña en la que nació.

George Borrow, un caballero inglés en España.
Después de la muerte de Fernando VII en 1833, una España monárquica y católica se veía encauzada por la regencia de María Cristina, madre de la que será legítima sucesora al trono, Isabel II. A su vez, es una España inmersa en una guerra fratricida desatada por los partidarios del llamado ala carlista, los leales a don Carlos María de Borbón, hermano del rey fallecido, en lucha por los derechos a ese mismo trono borbónico. 
Un extranjero, George Borrow (1803-1881), conocido en la Corte española con el popular alias de “don Jorgito el inglés”, recorrió España en los años 1836, 1837 y 1838 como miembro de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, difundiendo por la geografía peninsular el texto genuino del Nuevo Testamento, sin comentarios ni notas y traducido al castellano e impreso a su cargo en Madrid, ciudad donde se instala y abre un despacho de venta de biblias. Actuando como misionero evangelista, este viaje aventurero fue rememorado en su libro titulado The Bible in Spain, que se publicó en 1843 en Reino Unido. Estaba escrito al estilo de los libros de viajes que se editaban en el siglo XIX y que despertó mucho interés en Inglaterra por su visión de una España insólita y costumbrista.
Retrato G. Borrow
George Borrow, por Henry Wyndham Phillips (1843). 
National Portrait Gallery (NPG) de Londres.

Este personaje foráneo y sus andanzas por España tendrían escaso interés para cualquier villasecano o villasecana si no fuera porque en el verano de 1838 anduvo por La Sagra de Toledo, teniendo como centro de sus actividades la villa de Villaseca de la Sagra, a cuya evocación dedicó todo un capítulo de esa su obra más conocida, La Biblia en España, traducida al español por Manuel Azaña en 1921. 
    Además, hemos de pensar que lo verdaderamente sorprendente de este hecho literario es que en 1843 muchos lectores ingleses conocieron a través de las páginas de este libro un nombre y un lugar en Castilla la Nueva, Villaseca de la Sagra, nuestro pueblo.
Por ello pensamos que una circunstancia así de insospechada merece que nos detengamos en este libro y tratemos de acotar las particularidades que aparecen en los distintos capítulos de esa obra y que conciernen a Villaseca.
Para completar ese retrato del providencial escritor, la descripción que Azaña hace de Borrow en el prólogo de dicho libro es la siguiente:

Era alto, flaco, zanquilargo, de rostro oval y tez olivácea; tenía la nariz encorvada, pero no demasiado larga; la boca, bien dibujada, y ojos pardos, muy expresivos. Una canicie precoz le dejó la cabeza completamente blanca. Las cejas, prominentes y espesas, ponían en su rostro un violento trazo oscuro.

María Díaz, la buena hospedera.
Podemos preguntarnos ¿quién trajo a este inglés protestante a nuestro pueblo? En su libro él menciona expresamente a una mujer natural de esta villa sagreña y toledana, de nombre María Díaz. Sabemos que Borrow entró en España en enero de 1836 y se hallaba en Madrid en 26 de diciembre de ese año, alojándose en una nueva posada de la calle Santiago (número 6, piso tercero), cerca de la plaza de Oriente y palacio real, regentada por una ejemplar persona de la que hace un extenso retrato (en el inicio del capítulo 19, páginas 221-222, de la edición consultada), exponiendo con admiración, sinceridad y agradecimiento, lo que representó para él esta excepcional mujer, y que aquí reproducimos enteramente para una más provechosa lectura:
Texto La Biblia en España

Texto La Biblia en España
Páginas de La Biblia en España (Alianza editorial S.A. 1970).

Siguiendo el relato del viajero inglés, y después de una ausencia de varios meses por el norte de España, Borrow regresaba a Madrid en octubre de 1837 (como se refiere en el capítulo 36 del libro). María Díaz aparecerá en sucesivos capítulos dialogando con el inglés y como confidente de sus planes, incluso como una perspicaz alentadora de las ideas de su huésped desde mayo de 1838. Así, en el capítulo 42 la patrona propone directamente a Borrow el que vaya a vender sus libros en los pueblos, para evitar el secuestro de las biblias en los despachos y tiendas de la capital, ya que ella conoce el mundo rural, donde no hay tanta vigilancia de las autoridades. Y por ello afirma orgullosa: “¿No soy también de pueblo, villana de la Sagra?”. La sugerencia es aceptada por Borrow y María lo aplaude explicando que: 

... la recolección termina ahora por allí, y encontrará usted a la gente relativamente desocupada, con vagar para acompañarle a usted y oírle. Si quiere seguir mi consejo, debe usted establecerse en Villaseca, en la casa que fue de mis padres, donde al presente vive mi señor marido. Vaya usted a Villaseca lo primero, y desde allí puede usted emprender excursiones con el señor Antonio. Quizás mi marido les acompañe; si es así, les servirá de mucho. La gente de Villaseca es amable y cortés; cuando se dirigen a un forastero, le hablan a gritos y en gallego ... Todos saben unas cuantas palabras de gallego, aprendidas de los que bajan todos los años a segar, y como el gallego es la única lengua extraña que conocen, la emplean por cortesía al dirigirse a un extranjero. ¡Vaya! No es mal pueblo Villaseca, ni es mala gente; la única persona de mala condición que allí hay es el reverendo señor cura.

Don Jorgito, un inglés en Villaseca de la Sagra.
Siguiendo en todo su narración, en el citado capítulo 43 Borrow cuenta con detalle su vida en Villaseca y ofrece sus impresiones sobre el lugar, actitudes de sus vecinos y algunas costumbres locales. Nos trata de descubrir aspectos de la "casa morisca", de la puchera, de una reunión de rústicos, de la ceremoniosa urbanidad, del puente de Azeca (sic), del castillo en ruinas, del campo, de un labrador viejo, del cura y del herrero, con lo que va formando los epígrafes por los que discurren esas apreciaciones en torno al lugar y sus gentes. Por nuestra parte, nos hemos permitido hacer alguna que otra puntualización a la luz de lo constatado históricamente.
El autor indica el itinerario seguido saliendo desde Madrid, apartándose de la carretera general, según él, en el lugar de Leganés, a seis leguas a mitad de camino entre la capital y Toledo, tomando la dirección hacia el Este. El viajero cita Leganés, pero se ha de pensar que se trataba exactamente del pueblo de Parla desde donde se llegaba a Villaseca pasando por Torrejón de Velasco, Yeles, Pantoja y Cobeja entrando a nuestra villa por el camino llamado precisamente de Madrid, la principal ruta de los arrieros que, a la inversa, desde Villaseca tomaban dirección a la Villa y Corte. Este camino lo hace el inglés a caballo junto a su compañero Antonio, cabalgando “por lo que en España llaman llanuras, que en cualquier otro país del mundo parecería terreno quebrado y desigual”. Observa que las mieses habían ya desaparecido y quedaban algunos haces de cereal que los labradores recogían y acarreaban a sus pueblos. Y advierte que llega a Villaseca en “uno de los días de más furioso calor en que he desafiado los rayos del sol”, con una temperatura de cien grados a la sombra, que aquí se evidencian en escala Fahrenheit, correspondiendo a unos 40 grados Celsius, con lo que “la atmósfera parecía una ardiente llama”. Borrow se enfrentaba así al duro clima mesetario y a una temprana canícula que habría de ser la de un tórrido verano de 1838.
Mapa en el entorno de Illescas
Villaseca, al sur, y pueblos de La Sagra entre el río Guadarrama y el arroyo de Guadatén, que acompaña el camino secundario a Madrid por Parla. Hoja del entorno de Illescas (1858). (Biblioteca Virtual de Defensa).

Su impresión al ver el árido paisaje sagreño es directa: “Díficil me sería decir que fuese bello aquel paisaje, de absoluta desnudez, sin árboles ni verdor”, aunque reconocía cierta magnificencia y grandeza tan común en todo paraje español. Su atención fue reclamada por “dos enormes cerros calcáreos, o más bien uno rajado en dos, que se erguía a gran altura, la cima del más próximo se coronaba con las ruinas del antiguo castillo de Villaluenga”. Nos dice que hacia la una de la tarde entraron en Villaseca.

El pueblo que conoció Borrow.
Villaseca de la Sagra figuraba en el Diccionario de Miñano (1828) como villa real de España, provincia, partido y arzobispado de Toledo. Con una población de 385 vecinos, es decir, 1.692 habitantes (en razón de 4 personas por vecino o cabeza de familia). Se contabiliza una parroquia y un pósito. Se anota que "hay en esta villa inscripciones y antigüedades romanas". Su situación es en La Sagra, a 4 leguas al Este de Toledo y 8 de Madrid, "en una tierra la más pingüe de Castilla la Nueva en trigo y cebada, y coge algún vino". Se señala que es muy conocida por los alfares de vasijas de barro ordinario que llaman vidriado, muy semejante al de Alcorcón "con lo que surten de pucheros, ollas, cazuelas, etc. a Madrid, Toledo y otros muchos lugares de esta tierra". Villa que produce granos, pastos, bastante ganado, vino y leña; y en lo industrial tiene alguna fábrica de cintería o pasamanería. Contribuía con 14.101 reales y 5 maravedíes; teniendo 4.376 reales de derechos enajenados. 
    Poco después, la división territorial de España de 1833 en distintas provincias pondría a Villaseca dentro de la de Toledo y sujeta al partido judicial de Illescas y diócesis de Toledo. 
Cabe decir que gran parte de tierras al norte del término eran todavía de propiedad nobiliaria pues pertenecían al IV Duque de Montemar, IX Marqués de Castromonte y XII Marqués de Montemayor don Vicente Pío Osorio de Moscoso y Ponce de León y eran arrendadas por los labradores de la villa, en calidad de colonos arrendatarios, al igual que los tranzones pertenecientes al Real Patrimonio en los Prados de Aceca, administrados por la Real Acequia del Jarama.
Al margen de estos datos oficiales, en su libro Borrow nos describe someramente el pueblo del que dice ser “grande, de unos setecientos habitantes, rodeado de un muro de tierra”. El centro dice ocuparlo la plaza en uno de cuyos lados se alza “lo que llaman el palacio, tosco edificio cuadrangular, de dos pisos, perteneciente a alguna familia noble, los señores de las tierras del contorno”, lo encontró vacío y morando en él un a modo de administrador “que encerraba en sus salones el grano que en pago de las rentas recibía de los arrendatarios y villanos que labraban el término”. 
A un cuarto de legua (1,2 kilómetros más o menos) del pueblo discurre el río Tajo visto como “un hermoso río, no navegable” a causa de bancos de arena que forman isletas cubiertas de vegetación. De este río obtiene “la aldea” toda su provisión de agua por carecer de ella, al menos potable, dentro de sus muros. Supone como posible origen del nombre de Villaseca, el que todos los manantiales son salobres. 
Sobre el origen de sus habitantes aporta una más que discutible hipótesis etnográfica al hablarnos de que se decía que son de origen moro, lo cual veía confirmado en ciertas conductas sociales, entre las cuales recoge dos muy curiosas: la una referida a las villasecanas, porque “se reputa infamante para una mujer de Villaseca atravesar la plaza o ser vista en ella, aunque no vacilan    en mostrarse en las calles y callejas”; la otra se refiere a la profunda hostilidad muy arraigada entre los habitantes de este lugar y “los de un pueblo inmediato llamado Bargas” (lo que parece una confusión en cuanto a ese pueblo pues realmente se trataría de Mocejón, el pueblo vecino de Villaseca, los cuales se prodigan esta enemistad ancestral). Y sigue diciendo que rara vez se hablan ni se casan entre sí lo cual se explica porque una “tradición vaga pretende que los naturales de este último pueblo son cristianos viejos, y es harto probable que los del vecino fuesen originariamente de muy otra sangre”, ya que la fisonomía de unos y otros se diferencia porque los de Villaseca “tienen la tez muy morena” y los de Bargas (entiéndase Mocejón) “son rubios y blancos”. Concluye Borrow estas observaciones con la idea de que en pleno siglo XIX aún se conservaba en España la antigua animosidad entre moros y cristianos.
Vista de Toledo. Grabado
Vista de la ciudad de Toledo, tomada de las orillas del Tajo. 
Grabado s. XIX. (Archivo Municipal de Toledo)

Borrow y las fuerzas vivas de Villaseca.
Después de estas apreciaciones generales sobre Villaseca y sus moradores Borrow continúa narrando su estancia en el pueblo. Expresivo se muestra al recordar su llegada “empapados de sudor que nos corría a chorros por la frente” a la casa donde Juan López, el marido de su patrona María Díaz, les esperaba en la puerta. Tras la cordialidad del recibimiento, describe la vivienda “como una casa mora auténtica, tenía un solo piso”, espaciosa con patio y establo, aposentos “deliciosamente frescos”, pavimento de ladrillo o piedra, angostas ventanas, enrejados y sin cristal que “apenas dejaban pasar un rayo de sol”. Inmediatamente sirvieron de refrigerio una “puchera” que habían preparado, comida que elogia Borrow al decirnos: “el calor no me quitó el apetito, y no pasó mucho tiempo sin que hiciese cabal justicia al manjar típico de España” (en esencia, lo que conocemos como un cocido), mientras el anfitrión punteaba una guitarra “cantando a veces trozos de canciones andaluzas”. Aquí se reúnen dos tópicos que los extranjeros consideraban propios de España, el buen yantar y el inevitable rasgueo de la guitarra con aires flamencos.
Sobre esta casa en Villaseca ofrecida por María Díaz pensamos que fuera probablemente la de sus padres, que estaba situada en la calle de las Vacas, localizada junto al pósito municipal, según la documentación de archivo consultada en las matrículas parroquiales. Calle que hoy lleva el nombre de calle del Príncipe.
El hospitalario López advirtió la necesidad al forastero inglés de presentar el pasaporte a las autoridades locales pues ante la presencia del extranjero era prudente tomar precauciones habida cuenta de la situación política entre guerras y alborotos “y vivir cada cual temeroso de su vecino”, informándole que la mayor parte de La Mancha estaba en manos de “carlinos” y ladrones y algunas partidas asomaban esporádicamente por la otra parte del río, que era el límite con el “país faccioso”.
Era la situación real consecuencia de la primera guerra carlista y el movimiento descontrolado de facciones insurrectas combatidas por los destacamentos realistas. Razón por la que Villaseca fue rodeada de una cerca de tierra para procurar cierta defensa a la población en caso de ataque de grupos rebeldes. 
A través de la plaza, fue conducido Borrow a una improvisada audiencia en la casa propia del alcalde “donde hallamos al rústico dignatario sentado entre puertas, gozando de la refrigerante frescura de una corriente de aire”. Ante las autoridades allí reunidas, se presentó formalmente Borrow como un “inglés de limpia sangre y buena familia”, viajero por España y decidido a permanecer en Villaseca algún tiempo durante el cual suplicaba la protección y amparo de sus gobernantes, justa dispensa para aquellos cuya vida es pacífica y ordenada “y están dispuestos a ser dóciles y obedientes a las costumbres y leyes de la república”. Sus palabras corteses, en cierto modo sinceras, convencieron a los concurrentes y la supervisión de su pasaporte concentró la atención de todos hasta que el alcalde reconoció la legalidad de la cédula que le fue devuelta de inmediato. 
Cuadro votivo Villaseca de la Sagra
La plaza pública de Villaseca. Cuadro votivo de un milagro, 1853. 
Ermita de Ntra. Sra. de las Angustias. Villaseca de la Sagra.

Fuera del protocolo, nuestro visitante no tardó en trabar amistad con el herrador o herrero del pueblo, quien por la tarde se presentó a caballo ante la casa de López invitando a don Jorge a bañar su caballo en el Tajo “por el puente de Azeca”. Aceptada la invitación, el inglés ensilló su jaca y caminaron por la llanura hasta el río. Elogia la estampa de aquel caballo alazán del herrero cuyo nombre era Flor de España. Una vez en Aceca, a media legua de Villaseca, bañaron los dos animales junto al puente y el gran molino sobre una presa que cortaba el río. En la misma orilla próximo al puente había una especie de cuerpo de guardia y tres carabineros que cobraban el pontazgo, con uno de los cuales, barcelonés, entabló conversación acerca de la proximidad del campo carlista, al otro lado del puente, peligro que asumían con resignada paciencia. Los caballeros se mostraron agradecidos al ofrecerles de beber los mismos guardias contentos de tener el “agua fresca, porque enterramos el cántaro en un hoyo abierto en el suelo", apostillando que "el agua de Castilla no es como el de Cataluña”. 
De regreso al pueblo, habiendo salido ya la luna, su resplandor bañaba las escarpadas paredes del cerro de Villaluenga, delimitando las ruinas de su cumbre por las que el inglés pregunta con curiosidad: “¿Por qué llaman a ese sitio el castillo de Villaluenga?”, y la respuesta es tanto o más pintoresca, con tintes de misterio, en boca del herrador:

Ese castillo es un lugar muy raro ¡Vaya!. Algunos dicen que lo edificaron los moros en tiempos antiguos; otros, que los cristianos al sitiar, por vez primera, Toledo. Ahora está deshabitado, salvo por los conejos, que se crían en abundancia entre la hierba frondosa y en las ruinas, y por las águilas y buitres que anidan en lo alto de las torres. A veces voy por allí con la escopeta a matar un conejo. En los días despejados se ve desde las murallas Madrid y Toledo. No diré que me agrade el sitio: lo encuentro demasiado triste y melancólico. El cerro es todo de greda y muy penoso de subir. Oí decir a mi abuela que una vez cuando era chica salió de ese cerro una nube de humo y se vieron llamas, talmente como si hubiera ahí un volcán, y quizá lo haya, don Jorge.

    El célebre castillo, llamado del Águila y próximo a Villaluenga, ya más que arruinado, acabaría engullido totalmente por la fábrica de cementos Asland S.A., en producción desde 1928.

Castillo del Águila
Ruinas del castillo del Águila, Villaluenga de la Sagra, 1926. 
(Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial de Toledo).

Villaseca, centro fugaz de protestantismo.
La labor apostólica de Borrow por La Sagra toledana empezó rápidamente a pesar del sofocante calor estival, bajo el que “hasta los arrieros se caían de sus mulas muertos de insolación”, contando con el apoyo de su ayudante Antonio y la presteza desinteresada de su anfitrión Juan López, quien había dicho al inglés: 

Don Jorge yo quiero engancharme con Usted, soy liberal, enemigo de la superstición; voy a echarme al campo y si es preciso, le seguiré a usted al fin del mundo. ¡Viva el Evangelio! ¡Viva Inglaterra! 

Así pues, el buen villasecano marido de María Díaz repartió testamentos vendiendo su primera carga en el pueblo de Bargas donde le compraron ocho ejemplares unos pobres agosteros o segadores, que se refrescaban a la puerta de una taberna; y le vendió otros doce al maestro de la escuela, que se quejaba de las dificultades que hallaba para adquirir libros religiosos a causa de su rareza y alto precio. La difusión del libro del testamento causó expectación en los pueblos comarcanos, personas ávidas de biblias que en general no podían adquirirlas por falta de dinero pero que los trocaban por otros objetos de utilidad. Tarea que Borrow proseguía bajo el lema “camina con la palabra de la verdad”.
Del mismo modo, la conversación que el maestro de escuela de Villaseca mantuvo con Borrow ante uno de aquellos libros se traduce en una crítica al sistema educativo y a la situación de la escuela rural. Allí decía que aprendían primeras letras cincuenta y siete niños (en este tiempo las niñas tenían una maestra aparte). El maestro manifestaba el deseo de comprar algunos ejemplares para la escuela, pero la encuadernación y la calidad del papel le hacían suponer que los padres de los alumnos, desprovistos de dinero “por ser labradores pobres” no tendrían medios. Borrow prosigue censurando la política educacional del Gobierno, que instalaba escuelas sin dotarlas de los libros necesarios y como ejemplo apuntaba que en esa escuela sólo había dos libros para uso de los alumnos “y esos contenían poco bueno”. Convenida la mitad del precio, el humilde maestro villasecano pudo comprar doce libros. Aún así, Borrow veía esperanzadamente que la “introducción de la palabra de Dios en las escuelas rurales de España estaba empezada”.
 
Del tiempo que permaneció don Jorgito en Villaseca, contamos apenas un mes, él nos confirma el éxito de sus esfuerzos en la Sagra proveyendo de libros varios pueblos limítrofes, citando sobre todo a Bargas, Cobeja, Mocejón, Villaluenga, Villaseca y Yuncler, tras lo cual se volvió a Madrid para desde allí emprender la difusión por La Mancha. 
    Borrow recibió en Villaseca pruebas agradecidas de “la sencilla hospitalidad y honesta fineza” de sus buenos vecinos. Por el contrario, el inglés reconoce un único enemigo declarado, obviamente el cura, a quien atribuye unas palabras contra su persona en este tono: 

Ese individuo es un hereje y un pícaro -dijo un día en la tertulia-. Nunca va a la iglesia y está envenenando el alma del pueblo con sus libros luteranos. Hay que enviarlo a Toledo atado codo con codo, o a lo menos echarle del pueblo. 

Realmente, Borrow estaba convencido con sinceridad de que “me hubieran defendido a cuchilladas contra cualquier intento de reducirle a prisión o de molestarme de cualquier otro modo”, especialmente el alcalde y el herrador. De hecho, el regidor abonaba al inglés afirmando: 

... si tiene sus opiniones, yo también tengo las mías. Se porta como es debido, y no tengo para qué meterme en sus asuntos. Ha estado muy fino con mi hija y le ha regalado un libro, ¡Que viva!. Y si es o no es luterano, yo tengo oído que, entre los luteranos hay hijos de tan buenos padres como aquí. Me parece todo un caballero. Habla muy bien. 

Y el herrero ratificaba estas palabras y sentaba: 

¿Hay quien hable tan bien como él? ... ¿Ni quien tenga más formalidad? Un hombre de mi sangre, rubio como yo. ¿Quién se atrevería a echarle de aquí, si yo, el Tuerto, me opongo?

De las páginas del libro a la realidad de sus personajes. 
Junto a las descripciones, diálogos y anécdotas que detallan su estancia villasecana, Borrow aporta curiosas caracterizaciones de algunos personajes a los que conoce y retrata y que, por otra parte, eran tan reales como él. 
A través de documentos de la época ha sido posible identificar a alguna de aquellas personas de carne y hueso que tuvieron relación con don Jorgito y que quedaron retenidas en las páginas de su famoso libro.
Primeramente, por su carácter extraordinario y su significación para el propio don Jorge, destaca la figura admirable de MARÍA DÍAZ, la hospedera en Madrid. Era la hija de José Díaz Alonso y de María Josefa Díaz Carranque, nacida en Villaseca hacia 1799, y casada en 1818 con el también villasecano Juan López. Hacia 1820 nacería su primer hijo, de nombre Juan José López, que también aparece en algún momento en el libro junto a su madre. María se ausentaría de Villaseca para residir en Madrid desde 1831 con este muchacho de once años y otros dos más pequeños, cuyos nombres no conocemos. En una nota del mismo libro se advierte que María Díaz murió en 1844, posiblemente en Madrid. Llegó a la Corte, como se explica en el libro, para reclamar a las arcas reales el pago de salarios debidos a su padre difunto como aparejador y contratista que había sido en obras del Real Patrimonio, principalmente en la reconstrucción de la plaza de toros de Aranjuez entre 1827 y 1830 por orden de Fernando VII. De la aspiración artística de su hijo Juan José López, discípulo en Madrid del gran Vicente López Portaña, no hay datos ciertos de su progreso en el arte de la pintura.
El marido de María, JUAN LÓPEZ era, según Borrow, “un tipo pequeño, de rostro alegre, muy activo, a quien había visto yo con frecuencia en Madrid; buena muestra del labrador español. Aunque no tenía ni con mucho, la inteligencia ni los recursos de María Díaz, su mujer, no por eso carecía de natural despejo ni entendimiento. Era, además, honrado y desinteresado, y prestó buenos servicios a la causa del Evangelio”. En el capítulo 44 de La Biblia en España le hace gritar: “¡Abajo los frailes! ¡Abajo la superstición!”, y lanzar vivas a Inglaterra y al Evangelio.
Nuestra investigación revela que Juan López era, en efecto, labrador propietario, hijo de Francisco López López y María Antonia Jerez Plaza, nacido hacia 1797 y casado según el registro sacramental correspondiente en 18 de abril de 1818 con María Díaz Díaz en la iglesia parroquial de Villaseca.

El alcalde que presidía el concejo en 1838, que a ojos de Borrow pasaba por carlista, era “hombre viejo, como de sesenta años, sin nada notable en su continente ni en sus facciones plácidas, en las que se reflejaba su buen natural”. Se trataría en realidad del maestro alfarero AGUSTÍN GÓMEZ, vecino que en ese año desempeñaba el cargo de alcalde ordinario, pero del que desconocemos otros datos biográficos.

El entonces barbero del pueblo se veía “alto, de enorme corpulencia, alavés por su cuna, nacido en Vitoria”. Tampoco tenemos referencias ni de su verdadero nombre ni otro particular como vecino de Villaseca. 

    Del herrero del lugar, o herrador como dice Borrow que le llamaban, se ha de considerar que ejercía, en realidad, dos oficios que requerían el uso de una fragua. Bien como fabricante de piezas de hierro y herramientas para la labor o bien como maestro en calzar las herraduras de las caballerías. Borrow se fija en que su cara “tenía un pronunciado tinte rojizo, con la nariz bastante torcida” y era apodado El Tuerto por faltarle un ojo. Personaje que hizo grata amistad con Borrow al admirar éste su preciado caballo. Y del que se nos dice que al cabo de un mes lo vendió al cabecilla de los bandoleros carlistas no por 3.000 reales, que era su precio, sino a cambio de unas cabezas de ganado robadas tal vez en las llanuras manchegas al otro lado del río. A causa de ello estuvo preso en Toledo por traición, pero pasando Borrow por Villaseca en la primavera de 1839 lo halló como “alcalde de aquella república”. Y ciertamente, este personaje ejercía de herrero y también albéitar (veterinario), por nombre VICENTE UGENA, que efectivamente salió alcalde ya en 1839, pues los cargos municipales se renovaban cada año siendo el mandato municipal estrictamente anual.
 
Por lo que respecta al maestro de primeras letras con quien solía conversar el inglés, retratado como hombre “alto de cuerpo y flaco, de unos sesenta años, cubierta la cabeza con puntiagudo sombrero andaluz, y embozado, a pesar del tiempo tan caluroso en una larga capa”, pensamos que pudiera tratarse de ISIDRO SANTOS DÍAZ. Era el Maestro de Educación Primaria que ejercía por esos años de 1839, y que testaría en 1844. Sus padres eran Gil Santos Batres y Josefa Díaz, todos naturales y vecinos de Villaseca. 
Ya mencionamos a este maestro en otra ocasión por la relación de sus dos hijos, Florentino y Cecilio, con la ermita de Nuestra Señora de las Angustias, recogido en nuestro blog con la entrada https://memoriadevillasecadelasagra.blogspot.com/2025/07/los-villasecanos-florentino-y-cecilio.html 

Borrow nos narra una anécdota que le ocurrió en el molino de Aceca, propiedad del Real Patrimonio, con su entonces arrendador, que no era de Villaseca, de nombre don ANTERO, que le propuso la compra de un millar de testamentos para establecer a un pariente suyo en Toledo alquilándole una tienda, propuesta que no aceptó el inglés para no arriesgar la vida y hacienda de un buen hombre, que se hubiera visto perseguido por las autoridades.

Desconocemos, por supuesto, quién fuera aquel viejo labriego, un villasecano anónimo, que estaba leyendo en el portal de su casa, de unos ochenta y cuatro años y casi sordo, pero que leía en voz alta un capítulo de Mateo en un testamento que le había vendido y que acabó de pagar. Escena que evocó en Borrow unas palabras del cántico de Simeón, extraído del evangelio de San Lucas; oración que se conoce en la liturgia como el Nunc dimittis y cuyas palabras son un canto de agradecimiento al Señor, pues el inglés como creyente veía bien compensada su misión por aquellas tierras sagreñas.

Por el contrario, el intrigante sacerdote se llamaba don BRAULIO RAMÍREZ, que desempeñó el curato desde 1821 hasta su muerte en 1844, a los 61 años de edad. De fuerte convicción católica y tradicionalista legó en su testamento a la ermita de Nuestra Señora de las Angustias un retrato suyo, que hoy cuelga en la sacristía, aceptado por la Hermandad en junta de 15 de septiembre, firmado por un desconocido "J. LOPEZ.1842". Firma que nos hace pensar en el pintor hijo de Juan López y María Díaz. De este clérigo, cuyos restos se sepultaron en la citada ermita de Villaseca, dimos cuenta en el artículo de nuestro blog https://memoriadevillasecadelasagra.blogspot.com/2024/10/memoria-de-cuatro-sacerdotes-en-la.html
Retrato cura
Retrato del cura don Braulio Ramírez, 1842. Ermita de Ntra. Sra. 
de las Angustias. Villaseca de la Sagra.

Las peripecias de Borrow continuaron en unión de sus colaboradores villasecanos y son narradas en el capítulo 44 de su obra. Juan López se hizo un buen seguidor en la tarea propagandística y acompañó al inglés a Madrid, y luego a Aranjuez, a Ocaña, en donde le apresaron, pero tras el secuestro de los testamentos se reunió al día siguiente en Aranjuez con el mismo Borrow y Antonio. Regresaron juntos a Madrid para iniciar la expedición por Castilla la Vieja. López estuvo en Segovia y Borrow dice de él: “imposible hallar un colaborador más valioso que López para una expedición de ese género. No sólo conocía muy bien el país, sino que tenía amigos, y hasta parientes, al otro lado de la sierra”; encontrándole en Abades, a tres leguas de Segovia. Nuevamente fue preso en Velayos (Ávila), a tres leguas de Labajos, el 21 de agosto de 1838, donde estuvo a merced de los carlistas, pero fue liberado afortunadamente. 
    Desde aquí, Borrow regresó a Inglaterra, aquejado de enfermedad. Regresó en 31 de diciembre de ese mismo año y pidió la colaboración de López el de Villaseca, pero éste se excusó por estar muy ocupado en las labores de la labranza, por lo que le recomendó a un pariente lejano suyo, labriego viejo, llamado Victoriano López, según refiere en el capítulo 45 de tan apreciado libro, y del que no hemos obtenido datos personales.
A este Victoriano lo prendieron en Fuente la Higuera, provincia de Guadalajara, a donde se había dirigido por serle pueblo conocido “por haberlo visitado en otro tiempo cuando recorría aquellos términos vendiendo cacharras”, dice en el capítulo 46. A él se refiere como hombre “bastante listo, era un pobre labrador de sesenta y cuatro años”. De allí, tras penoso trato, fue conducido a Guadalajara; y también participó en una expedición a Talavera.

Conclusión
Hasta aquí todo lo que hemos podido indagar de aquel Villaseca de la Sagra de 1838, tan entrañablemente reflejado en la obra La Biblia en España por George Borrow, el distinguido amigo inglés que nos hizo el honor de visitar aquella pequeña "república" sagreña donde el mundo parecía detenerse en sus pacíficas rutinas a la vez que se avistaba el movimiento incómodo de luchas políticas y de pensamiento entre la tradición y las ideas liberales de un siglo XIX algo convulso.  
Pero no queremos concluir esta relación de notas y datos sin antes dejar de unirnos a la memoria que en 1989 expuso el cirujano toledano E. Bengoechea a través de un sentido y precioso artículo periodístico en el Diario Ya (edición de Toledo de 25 de julio de ese año) titulado "En homenaje a María Díaz: colaboradora del autor de La Biblia en España", donde expresa amargamente que personajes tan dignos se diluyan en el olvido sin dejar recuerdo ni entre sus propios paisanos. El articulista termina su reflexión con estas palabras sobre la que llama la "heroína" villasecana MARÍA DÍAZ:

Es una bella figura, representante de lo mejor, no sólo de Villaseca y de La Sagra, sino de España entera. Bien se merece, aunque sea un poco tarde, un homenaje esta magnífica mujer. Un homenaje menos efímero que un artículo en un periódico. Tal vez un monumento de granito de los Montes de Toledo. Sin olvidar a George Borrow -don Jorge- que la inmortalizó.

    Agradezcamos, en este caso, a la Literatura y a la Historia este acercamiento al pasado de Villaseca de la Sagra y a sus personajes más señalados.   

Bibliografía
- Borrow, G.: La Biblia en España. Edición Alianza editorial S.A., Madrid, 1970.
- Díaz Fernández, A. J.: Villaseca de la Sagra: noticias de su historia. Instituto Provincial de Estudios Toledanos, Serie Temas Toledanos, nº 74, 1993. Consulta del libro en https://www.realacademiatoledo.es/downloads/publicaciones_cont/194/74.-antonio-jose-diaz-fernandez-villaseca-de-la-sagra-noticias-de-su-historia-1993.pdf
- Merlos Romero, Mª M.: Aranjuez es una fiesta: doscientos años de una plaza de toros, 1797-1997. Aranjuez, 1997.
- Miñano, S. de: Diccionario Geográfico-Estadístico de España y Portugal. Madrid, Impr. Pierart-Peralta, t-IX, 1828. 

Fuente documental
Archivo Parroquial de Villaseca de la Sagra (APVS) 
- Libro VII de Matrimonios (1790-1835)
- Libros de Matrículas (1806, 1814)