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domingo, 7 de junio de 2026

George Borrow, el inglés que visitó Villaseca de la Sagra hace 188 años.

GEORGE BORROW, EL INGLÉS QUE VISITÓ VILLASECA DE LA SAGRA HACE 188 AÑOS.

La Biblia en España
Antonio J. Díaz F.
Historiador 


Escribimos esta entrada con el fin de recordar una vez más una época concreta de nuestro pasado, pero, sobre todo, para traer a la memoria la figura de una mujer de Villaseca, que suscitó admiración en un viajero inglés, que nos habló de ella, de María Díaz, y de esta villa sagreña en la que nació.

George Borrow, un caballero inglés en España.
Después de la muerte de Fernando VII en 1833, una España monárquica y católica se veía encauzada por la regencia de María Cristina, madre de la que será legítima sucesora al trono, Isabel II. A su vez, es una España inmersa en una guerra fratricida desatada por los partidarios del llamado ala carlista, los leales a don Carlos María de Borbón, hermano del rey fallecido, en lucha por los derechos a ese mismo trono borbónico. 
Un extranjero, George Borrow (1803-1881), conocido en la Corte española con el popular alias de “don Jorgito el inglés”, recorrió España en los años 1836, 1837 y 1838 como miembro de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, difundiendo por la geografía peninsular el texto genuino del Nuevo Testamento, sin comentarios ni notas y traducido al castellano e impreso a su cargo en Madrid, ciudad donde se instala y abre un despacho de venta de biblias. Actuando como misionero evangelista, este viaje aventurero fue rememorado en su libro titulado The Bible in Spain, que se publicó en 1843 en Reino Unido. Estaba escrito al estilo de los libros de viajes que se editaban en el siglo XIX y que despertó mucho interés en Inglaterra por su visión de una España insólita y costumbrista.
Retrato G. Borrow
George Borrow, por Henry Wyndham Phillips (1843). 
National Portrait Gallery (NPG) de Londres.

Este personaje foráneo y sus andanzas por España tendrían escaso interés para cualquier villasecano o villasecana si no fuera porque en el verano de 1838 anduvo por La Sagra de Toledo, teniendo como centro de sus actividades la villa de Villaseca de la Sagra, a cuya evocación dedicó todo un capítulo de esa su obra más conocida, La Biblia en España, traducida al español por Manuel Azaña en 1921. 
    Además, hemos de pensar que lo verdaderamente sorprendente de este hecho literario es que en 1843 muchos lectores ingleses conocieron a través de las páginas de este libro un nombre y un lugar en Castilla la Nueva, Villaseca de la Sagra, nuestro pueblo.
Por ello pensamos que una circunstancia así de insospechada merece que nos detengamos en este libro y tratemos de acotar las particularidades que aparecen en los distintos capítulos de esa obra y que conciernen a Villaseca.
Para completar ese retrato del providencial escritor, la descripción que Azaña hace de Borrow en el prólogo de dicho libro es la siguiente:

Era alto, flaco, zanquilargo, de rostro oval y tez olivácea; tenía la nariz encorvada, pero no demasiado larga; la boca, bien dibujada, y ojos pardos, muy expresivos. Una canicie precoz le dejó la cabeza completamente blanca. Las cejas, prominentes y espesas, ponían en su rostro un violento trazo oscuro.

María Díaz, la buena hospedera.
Podemos preguntarnos ¿quién trajo a este inglés protestante a nuestro pueblo? En su libro él menciona expresamente a una mujer natural de esta villa sagreña y toledana, de nombre María Díaz. Sabemos que Borrow entró en España en enero de 1836 y se hallaba en Madrid en 26 de diciembre de ese año, alojándose en una nueva posada de la calle Santiago (número 6, piso tercero), cerca de la plaza de Oriente y palacio real, regentada por una ejemplar persona de la que hace un extenso retrato (en el inicio del capítulo 19, páginas 221-222, de la edición consultada), exponiendo con admiración, sinceridad y agradecimiento, lo que representó para él esta excepcional mujer, y que aquí reproducimos enteramente para una más provechosa lectura:
Texto La Biblia en España

Texto La Biblia en España
Páginas de La Biblia en España (Alianza editorial S.A. 1970).

Siguiendo el relato del viajero inglés, y después de una ausencia de varios meses por el norte de España, Borrow regresaba a Madrid en octubre de 1837 (como se refiere en el capítulo 36 del libro). María Díaz aparecerá en sucesivos capítulos dialogando con el inglés y como confidente de sus planes, incluso como una perspicaz alentadora de las ideas de su huésped desde mayo de 1838. Así, en el capítulo 42 la patrona propone directamente a Borrow el que vaya a vender sus libros en los pueblos, para evitar el secuestro de las biblias en los despachos y tiendas de la capital, ya que ella conoce el mundo rural, donde no hay tanta vigilancia de las autoridades. Y por ello afirma orgullosa: “¿No soy también de pueblo, villana de la Sagra?”. La sugerencia es aceptada por Borrow y María lo aplaude explicando que: 

... la recolección termina ahora por allí, y encontrará usted a la gente relativamente desocupada, con vagar para acompañarle a usted y oírle. Si quiere seguir mi consejo, debe usted establecerse en Villaseca, en la casa que fue de mis padres, donde al presente vive mi señor marido. Vaya usted a Villaseca lo primero, y desde allí puede usted emprender excursiones con el señor Antonio. Quizás mi marido les acompañe; si es así, les servirá de mucho. La gente de Villaseca es amable y cortés; cuando se dirigen a un forastero, le hablan a gritos y en gallego ... Todos saben unas cuantas palabras de gallego, aprendidas de los que bajan todos los años a segar, y como el gallego es la única lengua extraña que conocen, la emplean por cortesía al dirigirse a un extranjero. ¡Vaya! No es mal pueblo Villaseca, ni es mala gente; la única persona de mala condición que allí hay es el reverendo señor cura.

Don Jorgito, un inglés en Villaseca de la Sagra.
Siguiendo en todo su narración, en el citado capítulo 43 Borrow cuenta con detalle su vida en Villaseca y ofrece sus impresiones sobre el lugar, actitudes de sus vecinos y algunas costumbres locales. Nos trata de descubrir aspectos de la "casa morisca", de la puchera, de una reunión de rústicos, de la ceremoniosa urbanidad, del puente de Azeca (sic), del castillo en ruinas, del campo, de un labrador viejo, del cura y del herrero, con lo que va formando los epígrafes por los que discurren esas apreciaciones en torno al lugar y sus gentes. Por nuestra parte, nos hemos permitido hacer alguna que otra puntualización a la luz de lo constatado históricamente.
El autor indica el itinerario seguido saliendo desde Madrid, apartándose de la carretera general, según él, en el lugar de Leganés, a seis leguas a mitad de camino entre la capital y Toledo, tomando la dirección hacia el Este. El viajero cita Leganés, pero se ha de pensar que se trataba exactamente del pueblo de Parla desde donde se llegaba a Villaseca pasando por Torrejón de Velasco, Yeles, Pantoja y Cobeja entrando a nuestra villa por el camino llamado precisamente de Madrid, la principal ruta de los arrieros que, a la inversa, desde Villaseca tomaban dirección a la Villa y Corte. Este camino lo hace el inglés a caballo junto a su compañero Antonio, cabalgando “por lo que en España llaman llanuras, que en cualquier otro país del mundo parecería terreno quebrado y desigual”. Observa que las mieses habían ya desaparecido y quedaban algunos haces de cereal que los labradores recogían y acarreaban a sus pueblos. Y advierte que llega a Villaseca en “uno de los días de más furioso calor en que he desafiado los rayos del sol”, con una temperatura de cien grados a la sombra, que aquí se evidencian en escala Fahrenheit, correspondiendo a unos 40 grados Celsius, con lo que “la atmósfera parecía una ardiente llama”. Borrow se enfrentaba así al duro clima mesetario y a una temprana canícula que habría de ser la de un tórrido verano de 1838.
Mapa en el entorno de Illescas
Villaseca, al sur, y pueblos de La Sagra entre el río Guadarrama y el arroyo de Guadatén, que acompaña el camino secundario a Madrid por Parla. Hoja del entorno de Illescas (1858). (Biblioteca Virtual de Defensa).

Su impresión al ver el árido paisaje sagreño es directa: “Díficil me sería decir que fuese bello aquel paisaje, de absoluta desnudez, sin árboles ni verdor”, aunque reconocía cierta magnificencia y grandeza tan común en todo paraje español. Su atención fue reclamada por “dos enormes cerros calcáreos, o más bien uno rajado en dos, que se erguía a gran altura, la cima del más próximo se coronaba con las ruinas del antiguo castillo de Villaluenga”. Nos dice que hacia la una de la tarde entraron en Villaseca.

El pueblo que conoció Borrow.
Villaseca de la Sagra figuraba en el Diccionario de Miñano (1828) como villa real de España, provincia, partido y arzobispado de Toledo. Con una población de 385 vecinos, es decir, 1.692 habitantes (en razón de 4 personas por vecino o cabeza de familia). Se contabiliza una parroquia y un pósito. Se anota que "hay en esta villa inscripciones y antigüedades romanas". Su situación es en La Sagra, a 4 leguas al Este de Toledo y 8 de Madrid, "en una tierra la más pingüe de Castilla la Nueva en trigo y cebada, y coge algún vino". Se señala que es muy conocida por los alfares de vasijas de barro ordinario que llaman vidriado, muy semejante al de Alcorcón "con lo que surten de pucheros, ollas, cazuelas, etc. a Madrid, Toledo y otros muchos lugares de esta tierra". Villa que produce granos, pastos, bastante ganado, vino y leña; y en lo industrial tiene alguna fábrica de cintería o pasamanería. Contribuía con 14.101 reales y 5 maravedíes; teniendo 4.376 reales de derechos enajenados. 
    Poco después, la división territorial de España de 1833 en distintas provincias pondría a Villaseca dentro de la de Toledo y sujeta al partido judicial de Illescas y diócesis de Toledo. 
Cabe decir que gran parte de tierras al norte del término eran todavía de propiedad nobiliaria pues pertenecían al IV Duque de Montemar, IX Marqués de Castromonte y XII Marqués de Montemayor don Vicente Pío Osorio de Moscoso y Ponce de León y eran arrendadas por los labradores de la villa, en calidad de colonos arrendatarios, al igual que los tranzones pertenecientes al Real Patrimonio en los Prados de Aceca, administrados por la Real Acequia del Jarama.
Al margen de estos datos oficiales, en su libro Borrow nos describe someramente el pueblo del que dice ser “grande, de unos setecientos habitantes, rodeado de un muro de tierra”. El centro dice ocuparlo la plaza en uno de cuyos lados se alza “lo que llaman el palacio, tosco edificio cuadrangular, de dos pisos, perteneciente a alguna familia noble, los señores de las tierras del contorno”, lo encontró vacío y morando en él un a modo de administrador “que encerraba en sus salones el grano que en pago de las rentas recibía de los arrendatarios y villanos que labraban el término”. 
A un cuarto de legua (1,2 kilómetros más o menos) del pueblo discurre el río Tajo visto como “un hermoso río, no navegable” a causa de bancos de arena que forman isletas cubiertas de vegetación. De este río obtiene “la aldea” toda su provisión de agua por carecer de ella, al menos potable, dentro de sus muros. Supone como posible origen del nombre de Villaseca, el que todos los manantiales son salobres. 
Sobre el origen de sus habitantes aporta una más que discutible hipótesis etnográfica al hablarnos de que se decía que son de origen moro, lo cual veía confirmado en ciertas conductas sociales, entre las cuales recoge dos muy curiosas: la una referida a las villasecanas, porque “se reputa infamante para una mujer de Villaseca atravesar la plaza o ser vista en ella, aunque no vacilan    en mostrarse en las calles y callejas”; la otra se refiere a la profunda hostilidad muy arraigada entre los habitantes de este lugar y “los de un pueblo inmediato llamado Bargas” (lo que parece una confusión en cuanto a ese pueblo pues realmente se trataría de Mocejón, el pueblo vecino de Villaseca, los cuales se prodigan esta enemistad ancestral). Y sigue diciendo que rara vez se hablan ni se casan entre sí lo cual se explica porque una “tradición vaga pretende que los naturales de este último pueblo son cristianos viejos, y es harto probable que los del vecino fuesen originariamente de muy otra sangre”, ya que la fisonomía de unos y otros se diferencia porque los de Villaseca “tienen la tez muy morena” y los de Bargas (entiéndase Mocejón) “son rubios y blancos”. Concluye Borrow estas observaciones con la idea de que en pleno siglo XIX aún se conservaba en España la antigua animosidad entre moros y cristianos.
Vista de Toledo. Grabado
Vista de la ciudad de Toledo, tomada de las orillas del Tajo. 
Grabado s. XIX. (Archivo Municipal de Toledo)

Borrow y las fuerzas vivas de Villaseca.
Después de estas apreciaciones generales sobre Villaseca y sus moradores Borrow continúa narrando su estancia en el pueblo. Expresivo se muestra al recordar su llegada “empapados de sudor que nos corría a chorros por la frente” a la casa donde Juan López, el marido de su patrona María Díaz, les esperaba en la puerta. Tras la cordialidad del recibimiento, describe la vivienda “como una casa mora auténtica, tenía un solo piso”, espaciosa con patio y establo, aposentos “deliciosamente frescos”, pavimento de ladrillo o piedra, angostas ventanas, enrejados y sin cristal que “apenas dejaban pasar un rayo de sol”. Inmediatamente sirvieron de refrigerio una “puchera” que habían preparado, comida que elogia Borrow al decirnos: “el calor no me quitó el apetito, y no pasó mucho tiempo sin que hiciese cabal justicia al manjar típico de España” (en esencia, lo que conocemos como un cocido), mientras el anfitrión punteaba una guitarra “cantando a veces trozos de canciones andaluzas”. Aquí se reúnen dos tópicos que los extranjeros consideraban propios de España, el buen yantar y el inevitable rasgueo de la guitarra con aires flamencos.
Sobre esta casa en Villaseca ofrecida por María Díaz pensamos que fuera probablemente la de sus padres, que estaba situada en la calle de las Vacas, localizada junto al pósito municipal, según la documentación de archivo consultada en las matrículas parroquiales. Calle que hoy lleva el nombre de calle del Príncipe.
El hospitalario López advirtió la necesidad al forastero inglés de presentar el pasaporte a las autoridades locales pues ante la presencia del extranjero era prudente tomar precauciones habida cuenta de la situación política entre guerras y alborotos “y vivir cada cual temeroso de su vecino”, informándole que la mayor parte de La Mancha estaba en manos de “carlinos” y ladrones y algunas partidas asomaban esporádicamente por la otra parte del río, que era el límite con el “país faccioso”.
Era la situación real consecuencia de la primera guerra carlista y el movimiento descontrolado de facciones insurrectas combatidas por los destacamentos realistas. Razón por la que Villaseca fue rodeada de una cerca de tierra para procurar cierta defensa a la población en caso de ataque de grupos rebeldes. 
A través de la plaza, fue conducido Borrow a una improvisada audiencia en la casa propia del alcalde “donde hallamos al rústico dignatario sentado entre puertas, gozando de la refrigerante frescura de una corriente de aire”. Ante las autoridades allí reunidas, se presentó formalmente Borrow como un “inglés de limpia sangre y buena familia”, viajero por España y decidido a permanecer en Villaseca algún tiempo durante el cual suplicaba la protección y amparo de sus gobernantes, justa dispensa para aquellos cuya vida es pacífica y ordenada “y están dispuestos a ser dóciles y obedientes a las costumbres y leyes de la república”. Sus palabras corteses, en cierto modo sinceras, convencieron a los concurrentes y la supervisión de su pasaporte concentró la atención de todos hasta que el alcalde reconoció la legalidad de la cédula que le fue devuelta de inmediato. 
Cuadro votivo Villaseca de la Sagra
La plaza pública de Villaseca. Cuadro votivo de un milagro, 1853. 
Ermita de Ntra. Sra. de las Angustias. Villaseca de la Sagra.

Fuera del protocolo, nuestro visitante no tardó en trabar amistad con el herrador o herrero del pueblo, quien por la tarde se presentó a caballo ante la casa de López invitando a don Jorge a bañar su caballo en el Tajo “por el puente de Azeca”. Aceptada la invitación, el inglés ensilló su jaca y caminaron por la llanura hasta el río. Elogia la estampa de aquel caballo alazán del herrero cuyo nombre era Flor de España. Una vez en Aceca, a media legua de Villaseca, bañaron los dos animales junto al puente y el gran molino sobre una presa que cortaba el río. En la misma orilla próximo al puente había una especie de cuerpo de guardia y tres carabineros que cobraban el pontazgo, con uno de los cuales, barcelonés, entabló conversación acerca de la proximidad del campo carlista, al otro lado del puente, peligro que asumían con resignada paciencia. Los caballeros se mostraron agradecidos al ofrecerles de beber los mismos guardias contentos de tener el “agua fresca, porque enterramos el cántaro en un hoyo abierto en el suelo", apostillando que "el agua de Castilla no es como el de Cataluña”. 
De regreso al pueblo, habiendo salido ya la luna, su resplandor bañaba las escarpadas paredes del cerro de Villaluenga, delimitando las ruinas de su cumbre por las que el inglés pregunta con curiosidad: “¿Por qué llaman a ese sitio el castillo de Villaluenga?”, y la respuesta es tanto o más pintoresca, con tintes de misterio, en boca del herrador:

Ese castillo es un lugar muy raro ¡Vaya!. Algunos dicen que lo edificaron los moros en tiempos antiguos; otros, que los cristianos al sitiar, por vez primera, Toledo. Ahora está deshabitado, salvo por los conejos, que se crían en abundancia entre la hierba frondosa y en las ruinas, y por las águilas y buitres que anidan en lo alto de las torres. A veces voy por allí con la escopeta a matar un conejo. En los días despejados se ve desde las murallas Madrid y Toledo. No diré que me agrade el sitio: lo encuentro demasiado triste y melancólico. El cerro es todo de greda y muy penoso de subir. Oí decir a mi abuela que una vez cuando era chica salió de ese cerro una nube de humo y se vieron llamas, talmente como si hubiera ahí un volcán, y quizá lo haya, don Jorge.

    El célebre castillo, llamado del Águila y próximo a Villaluenga, ya más que arruinado, acabaría engullido totalmente por la fábrica de cementos Asland S.A., en producción desde 1928.

Castillo del Águila
Ruinas del castillo del Águila, Villaluenga de la Sagra, 1926. 
(Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial de Toledo).

Villaseca, centro fugaz de protestantismo.
La labor apostólica de Borrow por La Sagra toledana empezó rápidamente a pesar del sofocante calor estival, bajo el que “hasta los arrieros se caían de sus mulas muertos de insolación”, contando con el apoyo de su ayudante Antonio y la presteza desinteresada de su anfitrión Juan López, quien había dicho al inglés: 

Don Jorge yo quiero engancharme con Usted, soy liberal, enemigo de la superstición; voy a echarme al campo y si es preciso, le seguiré a usted al fin del mundo. ¡Viva el Evangelio! ¡Viva Inglaterra! 

Así pues, el buen villasecano marido de María Díaz repartió testamentos vendiendo su primera carga en el pueblo de Bargas donde le compraron ocho ejemplares unos pobres agosteros o segadores, que se refrescaban a la puerta de una taberna; y le vendió otros doce al maestro de la escuela, que se quejaba de las dificultades que hallaba para adquirir libros religiosos a causa de su rareza y alto precio. La difusión del libro del testamento causó expectación en los pueblos comarcanos, personas ávidas de biblias que en general no podían adquirirlas por falta de dinero pero que los trocaban por otros objetos de utilidad. Tarea que Borrow proseguía bajo el lema “camina con la palabra de la verdad”.
Del mismo modo, la conversación que el maestro de escuela de Villaseca mantuvo con Borrow ante uno de aquellos libros se traduce en una crítica al sistema educativo y a la situación de la escuela rural. Allí decía que aprendían primeras letras cincuenta y siete niños (en este tiempo las niñas tenían una maestra aparte). El maestro manifestaba el deseo de comprar algunos ejemplares para la escuela, pero la encuadernación y la calidad del papel le hacían suponer que los padres de los alumnos, desprovistos de dinero “por ser labradores pobres” no tendrían medios. Borrow prosigue censurando la política educacional del Gobierno, que instalaba escuelas sin dotarlas de los libros necesarios y como ejemplo apuntaba que en esa escuela sólo había dos libros para uso de los alumnos “y esos contenían poco bueno”. Convenida la mitad del precio, el humilde maestro villasecano pudo comprar doce libros. Aún así, Borrow veía esperanzadamente que la “introducción de la palabra de Dios en las escuelas rurales de España estaba empezada”.
 
Del tiempo que permaneció don Jorgito en Villaseca, contamos apenas un mes, él nos confirma el éxito de sus esfuerzos en la Sagra proveyendo de libros varios pueblos limítrofes, citando sobre todo a Bargas, Cobeja, Mocejón, Villaluenga, Villaseca y Yuncler, tras lo cual se volvió a Madrid para desde allí emprender la difusión por La Mancha. 
    Borrow recibió en Villaseca pruebas agradecidas de “la sencilla hospitalidad y honesta fineza” de sus buenos vecinos. Por el contrario, el inglés reconoce un único enemigo declarado, obviamente el cura, a quien atribuye unas palabras contra su persona en este tono: 

Ese individuo es un hereje y un pícaro -dijo un día en la tertulia-. Nunca va a la iglesia y está envenenando el alma del pueblo con sus libros luteranos. Hay que enviarlo a Toledo atado codo con codo, o a lo menos echarle del pueblo. 

Realmente, Borrow estaba convencido con sinceridad de que “me hubieran defendido a cuchilladas contra cualquier intento de reducirle a prisión o de molestarme de cualquier otro modo”, especialmente el alcalde y el herrador. De hecho, el regidor abonaba al inglés afirmando: 

... si tiene sus opiniones, yo también tengo las mías. Se porta como es debido, y no tengo para qué meterme en sus asuntos. Ha estado muy fino con mi hija y le ha regalado un libro, ¡Que viva!. Y si es o no es luterano, yo tengo oído que, entre los luteranos hay hijos de tan buenos padres como aquí. Me parece todo un caballero. Habla muy bien. 

Y el herrero ratificaba estas palabras y sentaba: 

¿Hay quien hable tan bien como él? ... ¿Ni quien tenga más formalidad? Un hombre de mi sangre, rubio como yo. ¿Quién se atrevería a echarle de aquí, si yo, el Tuerto, me opongo?

De las páginas del libro a la realidad de sus personajes. 
Junto a las descripciones, diálogos y anécdotas que detallan su estancia villasecana, Borrow aporta curiosas caracterizaciones de algunos personajes a los que conoce y retrata y que, por otra parte, eran tan reales como él. 
A través de documentos de la época ha sido posible identificar a alguna de aquellas personas de carne y hueso que tuvieron relación con don Jorgito y que quedaron retenidas en las páginas de su famoso libro.
Primeramente, por su carácter extraordinario y su significación para el propio don Jorge, destaca la figura admirable de MARÍA DÍAZ, la hospedera en Madrid. Era la hija de José Díaz Alonso y de María Josefa Díaz Carranque, nacida en Villaseca hacia 1799, y casada en 1818 con el también villasecano Juan López. Hacia 1820 nacería su primer hijo, de nombre Juan José López, que también aparece en algún momento en el libro junto a su madre. María se ausentaría de Villaseca para residir en Madrid desde 1831 con este muchacho de once años y otros dos más pequeños, cuyos nombres no conocemos. En una nota del mismo libro se advierte que María Díaz murió en 1844, posiblemente en Madrid. Llegó a la Corte, como se explica en el libro, para reclamar a las arcas reales el pago de salarios debidos a su padre difunto como aparejador y contratista que había sido en obras del Real Patrimonio, principalmente en la reconstrucción de la plaza de toros de Aranjuez entre 1827 y 1830 por orden de Fernando VII. De la aspiración artística de su hijo Juan José López, discípulo en Madrid del gran Vicente López Portaña, no hay datos ciertos de su progreso en el arte de la pintura.
El marido de María, JUAN LÓPEZ era, según Borrow, “un tipo pequeño, de rostro alegre, muy activo, a quien había visto yo con frecuencia en Madrid; buena muestra del labrador español. Aunque no tenía ni con mucho, la inteligencia ni los recursos de María Díaz, su mujer, no por eso carecía de natural despejo ni entendimiento. Era, además, honrado y desinteresado, y prestó buenos servicios a la causa del Evangelio”. En el capítulo 44 de La Biblia en España le hace gritar: “¡Abajo los frailes! ¡Abajo la superstición!”, y lanzar vivas a Inglaterra y al Evangelio.
Nuestra investigación revela que Juan López era, en efecto, labrador propietario, hijo de Francisco López López y María Antonia Jerez Plaza, nacido hacia 1797 y casado según el registro sacramental correspondiente en 18 de abril de 1818 con María Díaz Díaz en la iglesia parroquial de Villaseca.

El alcalde que presidía el concejo en 1838, que a ojos de Borrow pasaba por carlista, era “hombre viejo, como de sesenta años, sin nada notable en su continente ni en sus facciones plácidas, en las que se reflejaba su buen natural”. Se trataría en realidad del maestro alfarero AGUSTÍN GÓMEZ, vecino que en ese año desempeñaba el cargo de alcalde ordinario, pero del que desconocemos otros datos biográficos.

El entonces barbero del pueblo se veía “alto, de enorme corpulencia, alavés por su cuna, nacido en Vitoria”. Tampoco tenemos referencias ni de su verdadero nombre ni otro particular como vecino de Villaseca. 

    Del herrero del lugar, o herrador como dice Borrow que le llamaban, se ha de considerar que ejercía, en realidad, dos oficios que requerían el uso de una fragua. Bien como fabricante de piezas de hierro y herramientas para la labor o bien como maestro en calzar las herraduras de las caballerías. Borrow se fija en que su cara “tenía un pronunciado tinte rojizo, con la nariz bastante torcida” y era apodado El Tuerto por faltarle un ojo. Personaje que hizo grata amistad con Borrow al admirar éste su preciado caballo. Y del que se nos dice que al cabo de un mes lo vendió al cabecilla de los bandoleros carlistas no por 3.000 reales, que era su precio, sino a cambio de unas cabezas de ganado robadas tal vez en las llanuras manchegas al otro lado del río. A causa de ello estuvo preso en Toledo por traición, pero pasando Borrow por Villaseca en la primavera de 1839 lo halló como “alcalde de aquella república”. Y ciertamente, este personaje ejercía de herrero y también albéitar (veterinario), por nombre VICENTE UGENA, que efectivamente salió alcalde ya en 1839, pues los cargos municipales se renovaban cada año siendo el mandato municipal estrictamente anual.
 
Por lo que respecta al maestro de primeras letras con quien solía conversar el inglés, retratado como hombre “alto de cuerpo y flaco, de unos sesenta años, cubierta la cabeza con puntiagudo sombrero andaluz, y embozado, a pesar del tiempo tan caluroso en una larga capa”, pensamos que pudiera tratarse de ISIDRO SANTOS DÍAZ. Era el Maestro de Educación Primaria que ejercía por esos años de 1839, y que testaría en 1844. Sus padres eran Gil Santos Batres y Josefa Díaz, todos naturales y vecinos de Villaseca. 
Ya mencionamos a este maestro en otra ocasión por la relación de sus dos hijos, Florentino y Cecilio, con la ermita de Nuestra Señora de las Angustias, recogido en nuestro blog con la entrada https://memoriadevillasecadelasagra.blogspot.com/2025/07/los-villasecanos-florentino-y-cecilio.html 

Borrow nos narra una anécdota que le ocurrió en el molino de Aceca, propiedad del Real Patrimonio, con su entonces arrendador, que no era de Villaseca, de nombre don ANTERO, que le propuso la compra de un millar de testamentos para establecer a un pariente suyo en Toledo alquilándole una tienda, propuesta que no aceptó el inglés para no arriesgar la vida y hacienda de un buen hombre, que se hubiera visto perseguido por las autoridades.

Desconocemos, por supuesto, quién fuera aquel viejo labriego, un villasecano anónimo, que estaba leyendo en el portal de su casa, de unos ochenta y cuatro años y casi sordo, pero que leía en voz alta un capítulo de Mateo en un testamento que le había vendido y que acabó de pagar. Escena que evocó en Borrow unas palabras del cántico de Simeón, extraído del evangelio de San Lucas; oración que se conoce en la liturgia como el Nunc dimittis y cuyas palabras son un canto de agradecimiento al Señor, pues el inglés como creyente veía bien compensada su misión por aquellas tierras sagreñas.

Por el contrario, el intrigante sacerdote se llamaba don BRAULIO RAMÍREZ, que desempeñó el curato desde 1821 hasta su muerte en 1844, a los 61 años de edad. De fuerte convicción católica y tradicionalista legó en su testamento a la ermita de Nuestra Señora de las Angustias un retrato suyo, que hoy cuelga en la sacristía, aceptado por la Hermandad en junta de 15 de septiembre, firmado por un desconocido "J. LOPEZ.1842". Firma que nos hace pensar en el pintor hijo de Juan López y María Díaz. De este clérigo, cuyos restos se sepultaron en la citada ermita de Villaseca, dimos cuenta en el artículo de nuestro blog https://memoriadevillasecadelasagra.blogspot.com/2024/10/memoria-de-cuatro-sacerdotes-en-la.html
Retrato cura
Retrato del cura don Braulio Ramírez, 1842. Ermita de Ntra. Sra. 
de las Angustias. Villaseca de la Sagra.

Las peripecias de Borrow continuaron en unión de sus colaboradores villasecanos y son narradas en el capítulo 44 de su obra. Juan López se hizo un buen seguidor en la tarea propagandística y acompañó al inglés a Madrid, y luego a Aranjuez, a Ocaña, en donde le apresaron, pero tras el secuestro de los testamentos se reunió al día siguiente en Aranjuez con el mismo Borrow y Antonio. Regresaron juntos a Madrid para iniciar la expedición por Castilla la Vieja. López estuvo en Segovia y Borrow dice de él: “imposible hallar un colaborador más valioso que López para una expedición de ese género. No sólo conocía muy bien el país, sino que tenía amigos, y hasta parientes, al otro lado de la sierra”; encontrándole en Abades, a tres leguas de Segovia. Nuevamente fue preso en Velayos (Ávila), a tres leguas de Labajos, el 21 de agosto de 1838, donde estuvo a merced de los carlistas, pero fue liberado afortunadamente. 
    Desde aquí, Borrow regresó a Inglaterra, aquejado de enfermedad. Regresó en 31 de diciembre de ese mismo año y pidió la colaboración de López el de Villaseca, pero éste se excusó por estar muy ocupado en las labores de la labranza, por lo que le recomendó a un pariente lejano suyo, labriego viejo, llamado Victoriano López, según refiere en el capítulo 45 de tan apreciado libro, y del que no hemos obtenido datos personales.
A este Victoriano lo prendieron en Fuente la Higuera, provincia de Guadalajara, a donde se había dirigido por serle pueblo conocido “por haberlo visitado en otro tiempo cuando recorría aquellos términos vendiendo cacharras”, dice en el capítulo 46. A él se refiere como hombre “bastante listo, era un pobre labrador de sesenta y cuatro años”. De allí, tras penoso trato, fue conducido a Guadalajara; y también participó en una expedición a Talavera.

Conclusión
Hasta aquí todo lo que hemos podido indagar de aquel Villaseca de la Sagra de 1838, tan entrañablemente reflejado en la obra La Biblia en España por George Borrow, el distinguido amigo inglés que nos hizo el honor de visitar aquella pequeña "república" sagreña donde el mundo parecía detenerse en sus pacíficas rutinas a la vez que se avistaba el movimiento incómodo de luchas políticas y de pensamiento entre la tradición y las ideas liberales de un siglo XIX algo convulso.  
Pero no queremos concluir esta relación de notas y datos sin antes dejar de unirnos a la memoria que en 1989 expuso el cirujano toledano E. Bengoechea a través de un sentido y precioso artículo periodístico en el Diario Ya (edición de Toledo de 25 de julio de ese año) titulado "En homenaje a María Díaz: colaboradora del autor de La Biblia en España", donde expresa amargamente que personajes tan dignos se diluyan en el olvido sin dejar recuerdo ni entre sus propios paisanos. El articulista termina su reflexión con estas palabras sobre la que llama la "heroína" villasecana MARÍA DÍAZ:

Es una bella figura, representante de lo mejor, no sólo de Villaseca y de La Sagra, sino de España entera. Bien se merece, aunque sea un poco tarde, un homenaje esta magnífica mujer. Un homenaje menos efímero que un artículo en un periódico. Tal vez un monumento de granito de los Montes de Toledo. Sin olvidar a George Borrow -don Jorge- que la inmortalizó.

    Agradezcamos, en este caso, a la Literatura y a la Historia este acercamiento al pasado de Villaseca de la Sagra y a sus personajes más señalados.   

Bibliografía
- Borrow, G.: La Biblia en España. Edición Alianza editorial S.A., Madrid, 1970.
- Díaz Fernández, A. J.: Villaseca de la Sagra: noticias de su historia. Instituto Provincial de Estudios Toledanos, Serie Temas Toledanos, nº 74, 1993. Consulta del libro en https://www.realacademiatoledo.es/downloads/publicaciones_cont/194/74.-antonio-jose-diaz-fernandez-villaseca-de-la-sagra-noticias-de-su-historia-1993.pdf
- Merlos Romero, Mª M.: Aranjuez es una fiesta: doscientos años de una plaza de toros, 1797-1997. Aranjuez, 1997.
- Miñano, S. de: Diccionario Geográfico-Estadístico de España y Portugal. Madrid, Impr. Pierart-Peralta, t-IX, 1828. 

Fuente documental
Archivo Parroquial de Villaseca de la Sagra (APVS) 
- Libro VII de Matrimonios (1790-1835)
- Libros de Matrículas (1806, 1814)

domingo, 20 de octubre de 2024

Memoria de cuatro sacerdotes en la ermita de Ntra. Sra. de las Angustias de Villaseca de la Sagra.

Memoria de cuatro sacerdotes 
en la ermita de Ntra. Sra. de las Angustias de Villaseca de la Sagra.

Reja de la capilla.Ermita de Ntra. Sra. de las Angustias. Villaseca de la Sagra
Antonio J. Díaz F.
Dr. en Historia del Arte

    Dentro de la ermita de la Vera Cruz o de las Angustias, en el ángulo izquierdo al pie de la magnífica reja de madera del siglo XVII que separa nave y capilla mayor, se agrupan cuatro placas de mármol con la memoria de cuatro presbíteros cuyos restos reposaron en este lugar sagrado dedicado a la excelsa patrona de Villaseca, Ntra. Sra. de las Angustias. 
Existieron no hace mucho sus correspondientes lápidas sobre las mismas tumbas, pero en los años ochenta del s. XX, una reforma dentro de la ermita las levantó y se desecharon sus pedazos sirviendo para cimiento de la cruz de piedra que se alza en el centro del atrio exterior de la ermita desde 1982. Los restos óseos fueron recogidos y vueltos a inhumar en el arranque del púlpito dentro de huecos más reducidos y delatados por aquellas cuatro pequeñas placas.
Lápidas rotas. Ermita de Ntra. Sra. de las Angustias. Villaseca de la Sagra
Restos de lápidas delante de la ermita de Ntra. Sra. de las Angustias (Foto de 1982).

Son cuatro inscripciones fúnebres que recuerdan escuetamente y sin aparente regla el nombre y fechas de estos cuatro sacerdotes: D. Braulio Ramírez, D. Pedro Aguado de Sevilla, D. Gregorio Díaz Martín y D. Raimundo Ranz Porres. Estos cuatro eclesiásticos, por este orden, cubren en su ministerio espiritual prácticamente el siglo XIX, teniendo en cierto modo un lugar en nuestra historia, la parroquial en concreto, y la comunitaria en general.
Placas funerarias. Ermita de Ntra. Sra. de las Angustias. Villaseca de la Sagra
Memorias sepulcrales. Ermita de Ntra. Sra. de las Angustias. Villaseca de la Sagra.

Sin duda, de los cuatro sacerdotes aquí mencionados tienen más importancia biográfica, a nuestro juicio, dos de ellos: Braulio Ramírez y Gregorio Díaz. Pero veamos lo que de mayor interés hemos podido indagar de sus respectivas vidas y la huella o recuerdo que nos dejaron en esta villa.

Después de la Guerra de la Independencia (1808-1814) y repuesto en su trono el rey Borbón Fernando VII,  está ejerciendo en Villaseca por 1817 don Ezequiel Blanco Verdeja, quizás hasta 1820. Este es el cura que precede a nuestro primer personaje en la parroquia de Santa Leocadia.
Iglesia parroquial de Villaseca de la Sagra. Fondo Dip. Prov. Toledo
Iglesia parroquial de Sta. Leocadia. Villaseca de la Sagra. 
(Foto de 1960, Fondo fotográfico Diputación Prov. de Toledo, tomada de
https://www.diputoledo.es/global/4/1088/3927/galeria#!prettyPhoto[gallery]/34/)

D. BRAULIO RAMIREZ SOUGAR (Almorox, 1783-Villaseca, c. 3/4/1844).
Contamos con un dato biográfico temprano sobre su formación superior al conservarse una certificación de estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, en su expediente con fechas de 1798 a 1805 [“Ramírez, Braulio”. Archivo Histórico Nacional -AHN-, Universidades, 493, Exp. 87]. No existiendo aún los seminarios conciliares, el joven Braulio Ramírez hubo de estudiar las materias prescritas por entonces para aspirar al sacerdocio, principalmente Filosofía y Teología. Esto delata también la buena posición familiar, que con una economía desahogada, permitiría pagar los estudios de uno de sus hijos.
¿Cuándo empezó su curato en Villaseca? Hay constancia de ser cura propio ya en diciembre de 1820, al firmar junto a las autoridades civiles un cuestionario oficial sobre el estado de la villa remitido por la Diputación Provincial de Toledo (documento transcrito por R. Sánchez González en su libro Villaseca de la Sagra (1700-1833) (publicado en 1985 por el IPIET). Es decir, don Braulio llegó a Villaseca con una edad muy cumplida, en torno a los 40 años, y una carrera sacerdotal ya bien experimentada, pero de la que desconocemos su trayectoria. Y en Villaseca vivió sus primeros años de cura bajo el periodo constitucional del Trienio Liberal (1820-1823) litigando con el vecino José Díaz Alonso, administrador de las limosnas de Ntra. Sra. de las Angustias, por no haber dado cuentas de lo recaudado al haber salido para Madrid por razones políticas [“Pleito sobre colecturía, 1826”. Archivo Diocesano de Toledo -ADT-, Cofradías de Toledo, Expte. 43]. Como cura párroco, en 1828 encarga fundir la campana “Santa Leocadia” de la iglesia parroquial siendo mayordomo y sacristán Pascual Ruiz [Archivo Parroquial de Villaseca de la Sagra -APVS-, Libro 6º de fábrica 1777-1852, visita de 1827].
Plaza mayor. Almorox
Almorox (Toledo), villa natal de D. Braulio Ramírez Saugar. (Foto tomada de http://www.almorox.es/plaza-de-la-constitucion/?mes=5&anyo=2025)

    Su figura se convierte en un personaje de libro, cuando viene a ser mencionado, aunque sin decirse su nombre, en La Biblia en España, libro escrito por el misionero inglés George Borrow, un laico que viajó por España en 1836-1839 difundiendo la Biblia protestante, y que durante su aprovechada estancia en Villaseca se tuvo que encontrar y enfrentar con él, como autoridad religiosa y moral del pueblo, caracterizándolo de sacerdote ultracatólico y antiliberal [BORROW, G.: La Biblia en España, en su capítulo 43. Consultada la edición de Alianza Editorial, Madrid, 1970, págs. 469-481]. Aunque acogido con amabilidad por vecinos y autoridades civiles de Villaseca, el propagandista inglés, al que conocían popularmente como “don Jorgito”, reconoce a este su único enemigo declarado, obviamente el cura, a quien atribuye unas palabras dichas contra su persona en un tono acusatorio e inquisitorial: 
“Ese individuo es un hereje y un pícaro -dijo un día en la tertulia-. Nunca va a la iglesia y está envenenando el alma del pueblo con sus libros luteranos. Hay que enviarlo a Toledo atado codo con codo, o a lo menos echarle del pueblo”. 

Sin duda, este no deja de ser un retrato retórico de aquel cura ciertamente intransigente e insidioso, que no era otro que el verdadero don Braulio Ramírez, que ejerció en Villaseca desde 1820 hasta su muerte en abril de 1844. Por este motivo se trata de un personaje histórico del que conocemos que hizo en 1 de junio de 1834 un primer testamento recíproco con su hermana doña Manuela Ramírez, en el que se dicen ser naturales de la villa de Almorox e hijos de Luis Ramírez y Vicenta Sougar, sus padres ya difuntos [Archivo Histórico Provincial de Toledo -AHPT-, Protocolo 7860, fol. 7, escribano Martín Fernández Calderón]
    Aun así, en un segundo testamento personal fechado en 3 de abril de 1844, comienza diciendo de sus padres que eran naturales de Sotillo de la Adrada, provincia de Ávila; y que hallándose enfermo pero en su sano juicio y queriendo morir como “católico fiel cristiano” dispone ser amortajado con vestiduras sagradas y sepultado en la ermita de las Angustias, y “dentro de la capilla si ser pudiese, y el sepulcro se cubrirá o le cerrara una losa completa de qualquier clase de piedra, con el epitafio que regulen mis herederos y albaceas”; mandó decir en su entierro y por su alma misa cantada de cuerpo presente con diácono, subdiácono, vigilia y responso según costumbre y encargó mil misas de a cuatro reales por su alma; y misas por el alma de sus padres, su tío don Santiago Ramírez y su hermana, ya fallecida, Manuela Ramírez; y también ofreció misas de a ocho reales a Ntra. Sra. de las Angustias, al Cristo de la Misericordia, a Ntra. Sra. del Carmen y a Ntra. Sra. de las Mercedes (devociones de Villaseca); perdonaba a su hermano don Francisco Ramírez, vecino de Almorox, cierta deuda, y le dejaba cinco tinajas para encubar vino; a la parroquia donaba 200 reales para “comprar una capa de coro ó manga negras para el uso y servicio de la misma parroquia” y a la Virgen de las Angustias otros 200 reales para lo necesario de su culto; además legaba “para la hermita de la misma Ymagen de Nuestra Señora de Angustias un retrato suplicando á sus cofrades le admitan y coloquen en el sitio que les parezca mas conveniente”. 
    Por último, para los pobres de esta villa dejaba a repartir 300 reales y para la que era su ama 4.000 reales para la compra de una casa y varios muebles y enseres. Por albaceas nombró conjuntamente a Manuel López Jerez, José Tordesillas y don José Puñal, cura de Mocejón; y por sus herederos, a su sobrino carnal Braulio Ramírez Chamorro, de 17 años, hijo de su difunto hermano Vicente, a quien tenía en casa, y asignando 5.000 reales a su otro sobrino Mariano Ramírez Chamorro [AHPT, Pr. 7863 (año 1844), fol. 43, escr. M. Fernández Calderón]
Es curioso observar que no hay concordancia en la fecha de su muerte, pues mientras la inscripción señala el 2 de abril de 1844, el último testamento es de 3 de abril y lo dicta estando enfermo pero vivo obviamente. Puede haber un error de fecha al haberse copiado mal en la placa el día que aparecía en la lápida destruida. 
Ciertamente, el mencionado retrato fue aceptado por la Hermandad de las Angustias en junta de 15 de septiembre de 1844, como se reseña en la página 33 del librito de los Estatutos de la Cofradía de Socorro de Nuestra Señora de las Angustias [Imprenta Florentino Serrano, Toledo, año de 1903].
Así, dentro de la sacristía de la ermita cuelga hoy aquel lienzo al óleo, un extraordinario retrato realista firmado en un ángulo por “J. Lopez. 1842”. Sus dimensiones son 96 cm de altura por 75,5 de ancho. Es una pintura que sigue la mejor tradición de la escuela retratística española de la primera mitad del siglo XIX. 
A la hora de atribuir esta excelente obra pictórica a autor conocido encontramos como posible candidato al pintor español Juan López, de quien poco se sabe y del que se conserva en el Museo del Prado un único lienzo con título Retrato de señora, fechado en 1842, catalogado pero no expuesto en sala [Museo Nacional del Prado, Óleo sobre lienzo, 88 x 69 cm, nº P004410].
En resumen, de aquel virtuoso cura tenemos el retrato psicológico y moral que nos transmite el escritor inglés Borrow en 1836 a través de sus propias impresiones, y lo que es más sorprendente, como su fiel complemento tenemos el retrato plástico que nos traslada el pintor López captando en la imagen la indiscutible personalidad de don Braulio Ramírez, a la edad de 59 años, hombre de mirada inteligente y profunda dirigida al espectador. Descubriendo la luz del cuadro un semblante de duras facciones, pero agraciado rostro para la edad y unas cuidadas manos de aspecto escultórico. Envuelto en sus ropas sacerdotales, su posado es digno pero llano, de medio cuerpo y sentado de tres cuartos junto a una mesa castellana de recia madera, donde reposa un pequeño libro de oraciones. 
Lástima que el mal estado de la pintura no permita percibir lo que parece el respaldo de la silla y la presencia de un fondo neutro sin más, tan recurrente en los retratos españoles de toda época.
Retrato de D. Braulio Ramírez. Ermita de Ntra. Sra. de las Angustias. Villaseca de la Sagra
D. Braulio Ramírez (1783-1844), cura párroco de Villaseca de la Sagra.
Óleo sobre lienzo, autor:  J. López, 1842. Ermita de Ntra. Sra. de las Angustias.

    Se necesitaría una buena intervención restauradora que devolviera el cuadro a su original esplendor para enriquecer el patrimonio histórico-artístico de la ermita con esta significativa y extraordinaria obra pictórica de pintor poco conocido.
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D. PEDRO AGUADO DE SEVILLA (Utrilla, Soria, 1809-Villaseca, 31/10/1882). 
Utrilla pertenece al partido judicial de Almazán (Soria). Es probable que su formación eclesiástica se fraguara en colegios mayores o en universidad de prestigio durante la década de los veinte del s. XIX. Alcanzó el grado de Doctor en Cánones. En 1836 se presentaba a votar por el distrito de Guadalajara en la lista de elección de diputados a Cortes de ese año, lo que nos indica su condición de clérigo [Boletín Oficial de Guadalajara, 25 de junio de 1836, p. 2]. En 1844 era cura de Valbueno (Arciprestazgo de Guadalajara) [El Católico, 3 de julio de 1844, nº 1563, p. 17]. Siendo trasladado a Villaseca de la Sagra en la primera provisión del concurso de opositores de 1846 [El Católico, 15 de marzo de 1846, nº 2497, p. 475], sucediendo a don Braulio Ramírez y donde ejerció por más de treinta años hasta su muerte. 
En 1862 se anunciaban oposiciones a la vacante de canonjía lectoral  de la catedral de Toledo, para cuyas pruebas se sucedían los sermones preparados por los opositores y fue el día 28 de julio cuando se presentó don Pedro Aguado de Sevilla para predicar sobre el capítulo 6 del evangelio de San Juan, (aquello de la multiplicación de los panes y los peces) a lo que habría de seguir una fundada disertación ante el tribunal académico [Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Toledo, 2 de agosto de 1862, nº 31, p. 263].
Utrilla (Soria)
Utrilla (Soria), villa natal de D. Pedro Aguado de Sevilla. (Foto tomada de
https://www.desdesoria.es/asset/thumbnail,1280,720,center,center/
media/desdesoria/images/2020/06/13/DSCN0721.jpg)

En 1864 obtenía por resolución judicial los derechos de posesión del patronato y fundación de don Juan de Cuéllar y San Pedro, Alguacil de Casa y Corte de S.M. en Madrid, en 1676, defendiendo ser descendiente legítimo de los fundadores [Boletín Oficial de la Provincia de Madrid, 31 de octubre de 1864, nº 260, p. 3]. En 1867 estaba comprendido en las listas electorales para Diputados a Cortes junto a los cualificados vecinos de Villaseca Cecilio Santos, profesor de instrucción primaria, Francisco García de la Higuera, coadjutor de la parroquia, Francisco Rodríguez Martín, veterinario, José Santaolalla Martínez, médico, Paulino Orozco Mingo, farmacéutico, y Vicente Navarro López, cirujano [Boletín Oficial de la Provincia de Toledo, nº 106, 1/1/1867, suplementos, p. 15]. No obstante, en 1870 es uno de los dieciséis eclesiásticos del arciprestazgo de Illescas que se niegan a jurar la Constitución democrática de 1869, tras el exilio de la reina Isabel II, por creer que con ello faltarían a los dictados de su conciencia tradicionalista fundada en la fe católica y el legitimismo monárquico como fundamentos de la nación [La Regeneración (Madrid), 9 de mayo de 1870, p. 2]
No conocemos si llegó a hacer testamento, pero sus restos fueron enterrados en la ermita de las Angustias habiendo ocurrido su fallecimiento en esta villa, ya anciano, a los 73 años de una pulmonía senil. Este soriano era hijo de Agustín Aguado y Eladia Sevilla, difuntos, como lo atestigua Aniceto Hijosa, su sobrino político [Archivo Municipal de Villaseca de la Sagra -AMVS-, Libro 7º Defunciones, acta nº 72]. Tantos años de residencia en Villaseca, permitieron que su hermana contrajera matrimonio hacia 1870, del que fueron hijos el citado Aniceto y Salvadora, la que se esposaría a su vez con el entonces sacristán de la iglesia Ezequiel Ruiz García, hijo de Pascual Ruiz. 
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D. GREGORIO DIAZ MARTIN (Villaseca, 1829-Villaseca, 27/11/1883). 
Es uno de nuestros notables villasecanos. Nos dejó una breve reseña autobiográfica y algunos datos más sobre su persona por lo que sabemos que nació en esta villa el día de Navidad de 1828. Fue bautizado al día siguiente con el nombre de pila de Gregorio Manuel por el entonces teniente cura don Pío Conejo, siendo madrina su tía carnal Nicanora Díaz Díaz (según consta del libro de Bautismo de la parroquia de 1810 a 1833, al folio 321 vuelto). También podemos seguir su genealogía. Era hijo de Marcelo Díaz Díaz y Rufina Martín Díaz, labradores arrendadores en tierras del Marqués a la vez que pequeños propietarios, que casaron hacia 1823 en Villaseca. Gregorio tuvo dos hermanos: María Díaz Martín y Manuel Díaz Martín. Su abuelo paterno se llamaba igualmente Manuel Díaz Martín, fallecido en 1843. Por vía materna le venían los derechos de goce de la capellanía del hospital ya que su madre era hija de Juan Martín Martín y de Isabel Díaz Ortega, ambos en las líneas de sucesión de los fundadores del hospital de San Bernardo y dueños de una mitad del inmueble, de la capilla y sus rentas. De hecho, Gregorio Díaz estaba destinado al servicio religioso de la fundación y habría de relevar a su tío Francisco Nemesio Martín Díaz († 1848) como legítimo capellán del hospital. 
Del tiempo de su formación tenemos el expediente académico de 1847 a 1850 como alumno de la Facultad de Teología de la Universidad Central de Madrid, accediendo con el título de bachiller en Filosofía que había obtenido en el Instituto Provincial de Toledo el año anterior [AHN, UNIVERSIDADES, 803, Expt. 13]. En 2 de julio de 1850, siendo aún seminarista de Toledo, donde se matriculó como el tercer teólogo del recién inaugurado seminario, y todavía clérigo de corona o tonsura, y con el apremio de ser ordenado in sacris, para ser presbítero, fue nombrado por la patrona del hospital de San Bernardo, su abuela materna, Isabel Díaz Ortega, sacristán mayor de su iglesia con una buena pensión vitalicia. Una anotación de su mano en el libro que él escribió dice: “Fui dispensado por el Sto. Padre Pío 9º en el año de 1847 para ser sacerdote por ser cojo de la pierna derecha y en el de 1852 me dispensó la edad para ordenarme de sacerdote en el mismo”. Como sacerdote dio su primera misa el 19 de septiembre de ese año, día de San Miguel. Y como clérigo bachiller desempeñó principalmente el cargo de administrador y capellán mayor del hospital de San Bernardo, hasta 1876, año en que fue cesado por el Gobierno Civil en el Acto de incautación de mayo de ese año, instruido por la Junta de Beneficencia de la Provincia de Toledo, siendo sustituido en sus funciones administrativas por una Junta de Patronos del Hospital de San Bernardo de Villaseca, formada por tres propietarios vecinos del pueblo. En contra de esta decisión siempre interpuso reclamaciones para recuperar los derechos de los que había sido despojado. Don Gregorio fue sacerdote en Villaseca, aunque no párroco, que lo era don Pedro Aguado. Pero en su persona acaparó una serie de beneficios al ejercer ciertos cargos eclesiásticos. Fue capellán del oratorio de Velilla, nombrado por el señor conde de Santa Coloma y Cifuentes; en 30 de septiembre de 1854 tomó posesión de la capellanía de don Juan Pérez de Oro, fundada en Villaseca y poseída por la cofradía de la Natividad y Concepción; también fue capellán mayor de las monjas franciscas de Santa Isabel de Toledo, todo referido en su mencionado libro manuscrito. 
Hospital de S. Bernardo. Villaseca de la Sagra
Capilla y hospital de S. Bernardo, fundación de la que fue capellán D. Gregorio Díaz Martín. Villaseca de la Sagra. (Foto de 1960, Fondo fotográfico Diputación Prov. de Toledo, tomada de https://www.diputoledo.es/global/4/1088/3927/galeria#!prettyPhoto[gallery]/33/).
    
    Gregorio Díaz falleció en 27 de noviembre de 1883 como reza la pequeña lápida que está en la ermita. Su muerte se produjo a los 54 años, de fiebre pútrida, según la partida de defunción en la que comparece su sobrino Antonio Ortega Díaz [AMVS, Libro 8º Defunciones, acta nº 20]. Vivía en su domicilio de la calle La Feria, nº 10, y se anota que hizo testamento ante el notario de Villaluenga y Villaseca. Ciertamente, este testamento es breve y nada nos desvela en cuanto a disposiciones, ni siquiera aquí aparece voluntad expresa de ser enterrado en la ermita, si bien deja por albaceas a su hermano Manuel Díaz Martín y a don Antonio Ortega Villarrubia conjuntamente; y por sus únicos y universales herederos designó a sus dos hermanos, los mencionados Manuel y María Díaz Martín, actuando de testigos don Ildefonso Calderón Jerez, Leoncio García Hernández y don Jorge Prestel Becerril [AHPT, Pr. 16806, fol. 917, escr. Pablo Lázaro Carrasco]. De hecho, la partición entre los dos herederos se llevó a cabo escrupulosamente en 7 de mayo de 1884 ante el mismo notario de Villaluenga [AHPT, Pr. 16807, fol. 267]. Bienes raíces (tierras y casas en Villaseca) quedaron repartidos entre las dos familias: la de Manuel Díaz Martín, casado con Baldomera Díaz, y la de María Díaz Martín, casada con Andrés Ortega Villarrubia, todos naturales y vecinos de la villa.
Como particularidad biográfica de este sacerdote hijo de Villaseca es que puede ser considerado el primer “historiador” que ha tenido nuestro pueblo, al menos, el primer compilador de noticias históricas sobre este pueblo y sus familias más señaladas. Él compuso un libro manuscrito, conservado en la casa de sus sucesores, que escribió en 1866 y donde recoge distintos datos históricos de Villaseca examinados principalmente en sus archivos y en otras fuentes. Sin duda, este libro es una referencia de primera mano cuya consulta se hace imprescindible y al que siempre hemos denominado Libro manuscrito de Villaseca de la Sagra del Bachiller D. Gregorio Díaz, y al que como historiador me ha sido siempre obligado recurrir una y otra vez para contrastar datos relativos a Villaseca.
Texto del Libro manuscrito del Bachiller Gregorio Díaz
Primera página escrita por el Bachiller Gregorio Díaz en su Libro manuscrito de 1866.

De hecho, respecto a su tío, el que fuera cura de Getafe, el ya citado don Francisco Nemesio Díaz Martín, hay que decir que también recibió sepultura en la ermita, precisamente, entre la verja de la capilla y el púlpito según nos relata el propio don Gregorio Díaz en su libro manuscrito. Y nos precisa que su tío murió por causa de un accidente de arma el 22 de junio de 1843, “al tomar la escopeta de una galera, al otro lado del Puente de Aceca, á unos ciento cincuenta pasos del Puente”, siendo inhumado en la ermita el día siguiente. Pero su memoria se debió perder ya en tiempos no existiendo en la ermita recuerdo alguno a no ser que los restos de don Gregorio fueran a ocupar esa misma tumba familiar, borrando así la anterior memoria del tío.
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D. RAIMUNDO RANZ PORRES (Ocaña, 1842-Villaseca, 5/3/1894). 
Desconocíamos la cuna de este sacerdote hasta dar indirectamente con un valioso dato de 1920 [“Despacho de don Pedro Lizaur y Paul, juez de Primera Instancia de la villa de Ocaña y su partido. Dado en 30 de noviembre de 1920”. Gaceta de Madrid, 5 de diciembre de 1920, nº 340, Anexo nº 2, p. 1576]. Por él se hace saber que doña Manuela Ranz Porres, natural y vecina que fuera de la villa de Ocaña, de 76 años de edad, viuda de don Leopoldo Pascual López, falleció sin dejar descendientes y ascendientes el 4 de agosto de 1920, bajo testamento otorgado en 25 de febrero de 1894, en el que había nombrado por heredero usufructuario a su marido, y a cuya muerte dejaba por herederos universales a sus hermanos don José y don Raimundo Ranz Porres, a partes iguales, pero cuyos tres herederos fallecieron antes que la propia testadora; en lo que don Casto Villarino Porres, vecino de Ocaña, solicitó ante este Juzgado se le declarase heredero abintestato de dicha señora como primo hermano de la finada y su pariente colateral más próximo, ante lo cual el juez abre un periodo de comparecencia para aquellos que tuvieran derechos a la herencia. 
Por tanto, esto nos sitúa en el lugar de nacimiento de este cura, la villa toledana de Ocaña, donde vio la luz en 1842. Teniendo dos hermanos: José y Manuela Ranz Porres. Ella hizo testamento con su hermano vivo al que nombra por heredero, pero su fallecimiento en Villaseca se produce apenas una semana después de aquel acto.
Plaza mayor de Ocaña.
Ocaña (Toledo), villa natal de D. Raimundo Ranz Porres. (Foto de 1955, Fondo 
fotográfico Diputación Prov. de Toledo, tomada de  https://www.diputoledo.es/global/4/1088/3923/galeria#!prettyPhoto[gallery]/20/)

En 1869, con 27 años, recibía el grado de subdiácono en acto celebrado en el convento de dominicos de Ocaña [Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Toledo, 25-12-1869, nº 52, p. 2]. En el concurso a curatos de 1886 en el arzobispado de Toledo se le destinó a la parroquia de Yélamos de Arriba (Guadalajara) [Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Toledo, 1886] a la que parece renunció o en la que estuvo sólo unos meses. Suponemos un fuerte vínculo con el pueblo de Navahermosa, puesto que en 1888 era su cura párroco y escribía sobre el fervoroso culto y devoción a la Virgen del Rosario en aquella villa [Leblic García, Ventura: “Apuntes históricos acerca de la devoción que en Navahermosa se tienen a la Virgen del Rosario”. Revista Estudios Monteños, Asociación Cultural Montes de Toledo, 131, 2010, p. 13].
Tomó posesión del curato de Villaseca el 31 de julio de 1890 [La Unión Católica (Madrid), 5 de agosto de 1890, nº 951, p. 3] según refleja la afectuosa crónica a él dedicada y que copiamos íntegra:

“El día 31 próximo pasado hizo su entrada en 
el pueblo de Villaseca de la Sagra, el nuevo Párroco,
nuestro ilustrado y virtuoso amigo don
Raimundo Ramz [sic]. A la estación del ferro-carril,
distante de la población unos tres kilómetros,
salieron á recibirle muchos Sacerdotes y amigos
aguardándole á las puertas de dicha villa el
Ayuntamiento, autoridades y personas importantes,
organizándose una procesión con asistencia
de la banda de música.
Una vez en el templo parroquial, se verificó
con las solemnidades de costumbre, el acto de
la toma de posesión, recibiéndola el nuevo Párroco
del dignísimo Vice-Rector del Seminario
Conciliar de Toledo Dr. D. Ramón Guerra. El
Sr. Sanz [sic] dirigió luego la palabra á sus nuevos
feligreses, conmoviéndoles con las sentidas fra-
ses que brotaban de su corazón.
De esperar es que en plazo breve el pueblo de
Villaseca experimente los saludables efectos
del celo, ilustración y virtudes que adornan al
Pastor encargado de regir de hoy en adelante
aquella religiosa grey”. 

Llegaba a Villaseca con 48 años de edad y venía a suceder en su ministerio a don Elías Rey Muñoz (1886-1890). A su fallecimiento en 5 de marzo de 1894, sus restos se llevaron a la ermita de las Angustias, suponemos que por deseo testamentario, aunque no lo hallamos encontrado en los protocolos de Villaseca. Formó parte de la Hermandad Diocesana de Sufragios del Clero establecida en Toledo, que le aplicaría una misa por su fallecimiento [Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Toledo, 5-4-1894, nº 14, p. 15].
Vino a cubrir su vacante en la parroquia de Villaseca don Gerardo Hernández Escalona como cura ecónomo en el breve período de 1894 a 1902.
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Con estos breves apuntes biográficos hemos respondido de algún modo a la incógnita, la que nace del olvido, sobre cuatro sacerdotes sepultados en la ermita de las Angustias. Sacerdotes que vivieron y ejercieron en Villaseca de la Sagra en el s. XIX, cuyos nombres han quedado unidos para la posteridad a este recinto sagrado y de los que hemos querido recuperar algo de su propia identidad y de su perdida memoria.