domingo, 23 de junio de 2024

La desaparecida ermita del Glorioso San Sebastián de Villaseca de la Sagra.


LA DESAPARECIDA ERMITA DEL GLORIOSO SAN SEBASTIÁN DE VILLASECA DE LA SAGRA. 

                                                                     Antonio J. Díaz F.
Historiador
El culto al Glorioso San Sebastián tuvo que ser uno de los más antiguos y uno de los primeros que se practicaron en la villa de Villaseca de la Sagra al menos desde el siglo XIV en que empezaba a formarse la entonces llamada “Villa de Aceca”. Venerado como abogado contra la peste, su advocación sugiere la necesidad piadosa que un vecindario temeroso de Dios tendría para librarse de un mal tan frecuente en épocas remotas. 
    Es cierto que quienes aquí fundaron esta villa eran gentes que ya venían huyendo de las epidemias cuando abandonaron la aldea ribereña de Aceca apartándose de la insalubridad del mismo río Tajo. Y es posible que a raíz del nuevo asentamiento junto al llamado Cordel de Merinas la veneración a San Sebastián acompañara a la nueva población en su historia, en la vida religiosa de la ya nombrada Villaseca, como garantía de santo protector. 
     Ya por el siglo XVI el culto a San Sebastián era bastante popular y estaba muy extendido en las poblaciones del reino de Toledo. Otras ermitas dedicadas al santo existían en pueblos cercanos como Alameda de la Sagra, Bargas, Cabañas de la Sagra, Esquivias, Mocejón y Yuncler, como también en otros concejos comarcanos se celebraban funciones religiosas en honor al santo mártir.

Cofradía y ermita
    Las primeras noticias que nos revelan la devoción a este santo en Villaseca no son muy antiguas ni concretan el origen de su culto, como ya queda apuntado en nuestro libro Villaseca de la Sagra, noticias de su historia (IPIET, Temas Toledanos, nº 74, 1993). Y se encuentran en inventarios de la iglesia parroquial de Santa Leocadia, en los viejos libros del archivo parroquial. Se ve ya a través de un dato en el recuento de los ornamentos para el culto realizado por el cura Licenciado Francisco de San Martín donde se menciona en 1522 "un frontal pyntado con la ymagen de Sant Sebastian" y otro frontal de color amarillo para el altar del santo, que se dice en 1537 que está en su ermita, según el Libro I (1515-1551) de fábrica.  Lo cierto es que se acometen unas obras en la vieja iglesia parroquial y se acusa un gasto "de trastejar la nave de sant Sebastian" en la visita de cuentas de 1511, lo que nos indica del culto al santo y un lugar concreto que tenía para su colocación al tiempo que visitaba la iglesia.
    Así mismo, en el inventario de libros existentes en 1777 en el archivo de la parroquia se anota un libro de la "Cofradía de San Sebastián" correspondiente al período desde 1618 a 1634 -que no ha llegado hasta nosotros- y que nos demuestra, unos cien años después de aquella primera cita, la actividad de una hermandad sobre cuya fundación tampoco hay dato concreto. Sin embargo, el único libro que hoy existe de tal Cofradía, que abarca desde 1655 a 1800, nos ilustra de los acontecimientos que afectaron a la vida de la propia cofradía e incluso a la suerte de la antigua ermita del santo. A la vez se consignan los cabildos celebrados desde 1655 hasta 1725 y también se incluye una nómina de cofrades realizada en 1669 con nuevos asientos en años posteriores. 
    Otro libro de cuentas de 1800 a 1827, tomadas por el administrador y sacristán mayor de la parroquia Juan Ramón Rivero, anuncia la liquidación económica de una cofradía extinguida hacía años. 

    Cita, la de 1522, que coincide con aquellos años en que el levantamiento comunero de 1521 en Toledo había traído consigo la devastación de los lugares de Villaseca y Villaluenga pertenecientes al señorío de don Juan de Silva y Ribera, que habría de ser nombrado en 1538 Primer Marqués de Montemayor tras su defensa de la causa del rey Carlos I de España. 

    En ese nuevo contexto histórico del territorio sagreño, con la vuelta a la paz y a la normalizada relación entre vasallos y señor, conocemos así la existencia de un edificio, la ermita propia del Señor San Sebastián, donde se veneraba una imagen de talla y cuyo servicio era responsabilidad de la parroquia y su cofradía, si bien la construcción era competencia del concejo, como se ha de ver.

    En este mismo siglo XVI, en las Relaciones topográficas de pueblos de su reino ordenadas por Felipe II en 1576, los informantes de la villa responden al cuestionario oficial ante el cura de Mocejón y Villaseca don Alonso Suárez de Novoa, señalando la existencia de dos ermitas en esta villa: una, la de San Sebastián y otra, la de la Vera Cruz que aclaran que aún estaba por terminar. Aquí se demuestra que la ermita del santo era anterior o más antigua, suponiendo su origen o reconstrucción tras el paso de los comuneros del Obispo Acuña en abril de 1521. Y, en efecto, se constata la existencia de cofrades en 1568, según mención vista en el señalado Libro II de fábrica.
Situación desaparecida ermita del Santo

Sección oeste del término municipal de Villaseca de la Sagra y casco urbano 
(Visor Instituto Geográfico Nacional). Señalado el lugar donde estuvo la ermita de San Sebastián, conocido como "Piedra del Santo".

    Por eso sabemos que en 1667 se realizan reparos en la ermita, lo mismo que en 1693 a cargo del maestro de albañilería Andrés Vicente, natural y vecino de la villa. La calidad del edificio, obra de albañilería (tal vez de ladrillo y mampuesto de tapial) no sería óptima y su estado, cada vez menos sólido acusaba con rapidez el paso del tiempo. Doce años después, ante el juicio que presentó el maestro albañil declarando la amenaza de ruina, los mayordomos Juan Díaz de Ortega y Mateo López del Águila determinaron que se hicieran los reparos oportunos por mano del citado Andrés Vicente con un coste de 198 reales en materiales y manos. 
    Con el paso del tiempo de poco sirvieron estos arreglos pues la ermita seguía en estado de inminente ruina declarada a mediados del siglo XVIII. Por lo cual, el visitador eclesiástico del partido de Illescas, el clérigo Pedro Cano de Mansilla, por mandato de visita de mayo de 1751 ordenó  se notificase de las circunstancias al alcalde ordinario de Villaseca para que, en su concejo, de quien dependía el edificio, se tratase de la reparación en un plazo de seis meses, hasta octubre, bajo pena de excomunión si no lo cumpliese. 

    A pesar de disposición tan severa muy lejana estaría la fecha de cumplimiento. Y es así que dos años más tarde se informa al visitador que el concejo está dando arbitrios o fondos para la reedificación de la ermita, de la cual se encontraba su techumbre arruinada por completo excepto la capilla mayor, que llevaba el mismo paso, recomendándose brevedad en la obra. En efecto, en marzo de 1756 se registraba la recogida de los materiales y madera de la “tribunilla” de la ermita, cuya obra y apeo hizo el maestro de obras de esta villa Juan de la Plaza. Los materiales útiles retirados se almacenaron en el palacio del señor marqués de Montemayor en espera del comienzo de la reconstrucción para la cual se estimaba un plazo de cuatro meses y si en tal caso no se actuara se procedería al embargo de los bienes propios del moroso y negligente ayuntamiento, único responsable de su reparo y mantenimiento.

    En las providencias de la nueva visita eclesiástica de 1758 se dispone que el teniente cura como administrador de la parroquia, don Roque de la Plaza, retenga cierta cantidad de dinero concedida en el desempeño de sus gestiones económicas para que llegado el posible y esperado día se aplicase a la reparación del edificio junto a algunas limosnas recogidas. Por un nuevo mandato de visita de 1760 el citado cura habría de solicitar a la justicia de la villa que principiase la obra y de no ser así dentro de cuatro meses se renunciaría a la reedificación. 
    Y para evitar la profanación del lugar sagrado se procedería a su inmediata demolición, recogiendo los materiales aprovechables para deducir su valor del gasto del derribo.

    La visita eclesiástica de 1765 registra las cuentas desde el año de 1762 donde aparece consignado el producto del despojo de la madera de la ermita y se anuncia la extinción de la cofradía y la destrucción de la ermita.     Por tanto, la cantidad de dineros en poder del cura Roque de la Plaza no se carga a favor de la cofradía y en su lugar se destina para otro fin como fue el hacer la obra del tabernáculo de la iglesia parroquial.
    
    Una vez visto el proceso de deterioro y ruina de la ermita y conocido algo de la historia del culto de San Sebastián en Villaseca de la Sagra, haremos mención a las dos únicas obras de arte que se guardaban en esta ermita, a saber, la imagen titular, ya desaparecida, y la del Cristo llamado del Triunfo, afortunadamente conservada.

    Agotadas las noticias directas sobre la ermita de San Sebastián tomadas del libro de su Cofradía, encontramos su correlación en el Libro VI de la fábrica parroquial indicándose el fin de los despojos de la desaparecida ermita. En efecto, en 1762 se habla sobre la madera y otros materiales procedentes de la ermita y el hecho de su desmantelamiento. En 1765, coincidiendo con las últimas noticias de la cofradía, la iglesia ya había realizado la obra de un tabernáculo “a la romana” aprovechando algunos “pequeños materiales de la ermita de S. Sebastian”. 

    De este modo la ermita de San Sebastián se relaciona indirectamente con una obra de arte que se realizó aprovechando maderas obtenidas del derribo de la ermita y que podemos contemplar presidiendo el altar mayor de la iglesia parroquial de Santa Leocadia, el precioso tabernáculo o baldaquino.

Imagen desaparecida de San Sebastián
    Por lo que respecta a la imagen del santo mártir, ésta era efectivamente una obra de talla, que estaba en el altar mayor de su ermita pero que también se sacaba en procesión, por cuanto en 1695 se hizo una peana para ella y se aderezaron las andas procesionales y sus tornillos. Cuando la ermita se encontró irremediablemente arruinada la imagen se trasladó a la iglesia parroquial donde en la visita eclesiástica de 1780 (Libro VII de fábrica) se ordenó que:

 “la imagen que con el título de Sn. Sebastián se halla retirada en el cuarto inmediato a la sacristía y a quien en su respectivo día se saca y hace culto y fiesta pública; en atención a constarle de su Merced [el visitador] ya por haberla visto y reconocido ya por informe que tomó de maestro inteligente que ni es ni ha sido tal efigie y que además no tiene figura decente ni determinado santo; [por lo que] debía de mandar y mando que inmediatamente se entierre o que se deshaga y queme según y como más conforme le parezca al expresado teniente [cura]”

    Por razones de estética o de decoro la vieja imagen del santo no servía para lucirla en un altar y era necesario que la parroquia se deshiciese de ella. Lo que parece cierto es que la imagen debía de ser talla muy antigua y algo tosca para la mentalidad y el gusto artístico de la época en que se desechó y poco adecuada para su devoción y por ello se convino en su retirada o desaparición, tanto es así que nunca más se repuso su culto y cofradía en la villa.
    Aún así, no parece se cumpliera con lo dictado cuando en 1828 el maestro de Primera Educación Isidoro Santos declara que el vecino Pascual Ruiz, a la sazón sacristán de la iglesia, se halla preso en la Cárcel Real de la villa acusado por el alcalde ordinario quien habría avisado al cura párroco "que el Pasqual Ruiz havia vendido o cambiado la Ymagen del Glorioso Santto S. Sebasttian aparentando alboroto popular, prodigando una porcion de amenazas...", según se testimonia en el Protocolo 7859 (año 1828), fol. 1, escribano Juan de Dios Ibáñez, del Archivo Histórico Provincial de Toledo (AHPT). Como una repetición de aquel suceso, y según un curioso testimonio oral recogido por nosotros años atrás pero nunca contrastado, se nos dice que a principios del siglo XX la imagen del santo se vendió por la parroquia a la iglesia de Cobeja, por cierta cantidad de alcarceña. Aunque esto pudo acontecer definitivamente después de 1940, ya que una imagen de San Sebastián se recuperó tras los destrozos causados en 1936 en retablos e imágenes de la iglesia parroquial, pero de la que no hay mención ni existencia posteriormente. 
   Al santo se le solía representar en el arte cristiano, tanto en pintura como en escultura, en el momento de su primer tormento, es decir, como un joven imberbe y semidesnudo atado a un tronco con las flechas prendidas en su cuerpo, lanzadas por sus verdugos para darle muerte. Sebastián fue un militar romano del siglo IV de nuestra era que al profesar la fe cristiana fue perseguido y martirizado en Roma por los paganos. 
    Un ejemplo que nos ilustra de esta iconografía tan común en la representación de San Sebastián lo tenemos en Toledo en la ermita de Ntra. Sra. de la Estrella donde se venera a este mártir en uno de sus altares.
Imagen S. Sebastián. Ermita de la Estrella (Toledo)Imagen de S. Sebastián. Ermita de Ntra. Sra. de la Estrella. Toledo.

    La fiesta del mártir San Sebastián se celebraba el 20 de enero de todos los años en Villaseca con la procesión desde la iglesia hasta su ermita pues la víspera se le traía a la población. Durante la incertidumbre sobre la reparación de su ermita la imagen recibió culto y se le festejaba en la iglesia parroquial hasta desaparecer su devoción con la extinción de la propia cofradía y la retirada y ocultación de la propia imagen.

Imagen y retablo del Stmo. Cristo del Triunfo
    Por otra parte, sobre el Santísimo Cristo del Triunfo, que estaba asimismo en la ermita de San Sebastián, de 1701 data la primera noticia al mencionarse la donación de unas tierras al Santo Cristo por Juana Díaz Ortega, quien luego en 1707 regalará dos frontales para el altar de esta imagen "que está en la hermita de S. Sebastián", según testamento protocolizado ante Lucas Gómez Mejorada, escribano de la villa. Y en la visita eclesiástica de 1751, que avisaba de la inevitable ruina de la ermita, se decide trasladar con la mayor decencia posible “la devota efigie de Jesucristo Crucificado” a la capilla del hospital de San Bernardo para que se coloque provisionalmente en uno de sus colaterales para su pública veneración, con la condición de que una vez terminadas las esperadas obras de restauración de la ermita se devolviese a su lugar de origen, según mandato registrado en el correspondiente libro de fábrica. 
    En este nuevo emplazamiento, que se pensó transitorio, pero terminó siendo definitivo, permanecía hacia 1769 instalado en el colateral del Evangelio a la izquierda del altar mayor de la capilla hospitalaria. 
    Y así, se constata en los libros propios del hospital que la imagen “se trajo de la antigua y desaparecida ermita de S. Sebastián” y los administradores de la institución lo colocaron en un retablo que compraron a su vez en 1780 a la congregación de Ntra. Sra. de las Angustias por valor de 360 reales.
Retablo del Cristo del Triunfo. Villaseca












Retablo del Stmo. Cristo del Triunfo, s. XVIII. Capilla de Ntra. Sra. de los Peligros (del antiguo hospital de San Bernardo), Villaseca de la Sagra.
    Por tanto, el retablo está actualmente en el señalado lugar después de 250 años en que pasó a ser propiedad de la extinguida fundación piadosa del hospital de San Bernardo (hoy, centro cultural San Bernardo), datada a mediados del siglo XVII. Es un retablo que permanece "en blanco", es decir, sin dorar ni policromar su madera. Presenta traza o diseño barroco y está compuesto de dos columnas salomónicas de capitel corintio, recargadas de pámpanos, que flanquean la caja central cruciforme donde se enclava sobre alta peana la cruz nudosa que sujeta la pequeña imagen del Cristo Crucificado con título del Triunfo. El retablo se remata con un atípico frontón de tabla pintada con el tema del Calvario y en los extremos dos tallas aprovechadas de otro retablo anterior. Por su estilo es un retablo de principios del siglo XVIII y anónimo.
    Por lo que respecta a la imagen del Crucificado cabe señalar su elegante anatomía y el vuelo sinuoso del paño de pureza. Es un crucificado de tres clavos, de mediano tamaño pero de cuidada proporción, con expresivo rostro y cabeza inclinada representando a Cristo muerto en una cruz leñosa, alzada sobre una adornada peana piramidal policromada de estilo posterior. Esta talla responde al arte toledano de finales del siglo XVI. Es obra de notable valor artístico y anónima; una de las más antiguas del patrimonio histórico-artístico de Villaseca (y que se custodia en la parroquia sin aparente justificación).
Cristo del Triunfo. Villaseca de la Sagra

                    Imagen del Stmo. Cristo del Triunfo, arte toledano, s. XVI.

Una piedra en el lugar de aquella ermita
    Desconocemos qué tipo de construcción tenía la ermita desaparecida, pero hemos de pensar en unas sencillas proporciones, de pobres materiales, si acaso con empleo de algo de ladrillo, piedra mampostería y bastante tapial, y teja en sus cubiertas, considerando que lo único aprovechable de su derribo fueron algunas pocas maderas. Suponemos tuvo una pequeña nave con "tribunilla" a los pies e independiente de la capilla mayor. Estaríamos hablando de una ermita rural de escaso valor arquitectónico e indefinida clasificación. Lo que se entiende por un edificio de construcción popular. En su proximidad se situaría la mencionada piedra con su cruz.
    Si en 1796 aún eran visibles los cimientos de la demolida ermita junto al camino de Magán, y que en menos de cincuenta y cinco años se desmoronó inevitablemente, hoy en día solo queda en el lugar de su ubicación original  un topónimo y un bloque de piedra. Los nombres de “Piedra del Santo” o paraje de “Santobastián” son la única referencia a su emplazamiento. La antigua ermita de San Sebastián, extramuros de la villa, se localizaba cerca de la confluencia del antiguo camino de Mocejón y el camino bajo de Magán en su suave descenso a Villaseca. Punto al suroeste del término haciendo prácticamente raya con los términos municipales de los citados pueblos. Desde luego, siempre ha servido de punto de referencia para los deslindes de los tres términos municipales. Es este camino por donde discurre el trazado del antiguo Cordel de Merinas (con unos 17 m de anchura aproximadamente) que atraviesa el casco urbano por la calle de Toledo saliendo por el camino de Alameda hacia Borox. Esto nos revela la importancia de la localización que tuvo la ermita junto a una vía pecuaria y de comunicación antigua (es el mismo caso de la ubicación de la ermita de la Vera Cruz en el camino del Río para coger la cañada de Puchereros en Aceca). 
Camino arbolado (antiguo cordel de Merinas)

Camino arbolado (antiguo tramo del Cordel de Merinas) que desde la Plaza San Sebastián se dirige hacia la "Piedra del Santo" . 

En 1866, en su libro manuscrito e inédito, el Bachiller Gregorio Díaz, capellán del hospital de San Bernardo, escribe con la ortografía de la época:

"De esta Ermita solo sé que se fabricó á principios del siglo diez y siete; hoy no subsiste, solo hay parte de cimientos devajo de tierra, estaba en el camino de Mocejón, donde descabeza una tierra de caver 19 f[anegas] que era del Hospital de Niños de Toledo y hoy lo es de Manuel Lopez Gomez y otra que fue de Dª Agapa Solar Aldama y Benito del Viso, donde sale el camino para Magan [...] No hay persona que recuerde haber visto la Ermita; los vecinos de esta villa, generalmente denominan al Camino de Mocejon, camino del Santo ó S. Sebastian..."

    El que a este lugar se le denomine Piedra del Santo o El Santo es porque existe allí al otro lado de dicho camino un vestigio que pasa inadvertido. Se trata de un bloque de piedra caliza, algo semienterrado e informe por la erosión, de sección más o menos elíptica con una cavidad amplia en su centro. Sus dimensiones son por diámetro entre 85 y 90 cm y por altura sobre el suelo unos 50 cm. Aquí se marca el punto referencial de 486,9 m de altitud sobre el nivel del mar.
Piedra del Santo. Término municipal de Villaseca de la Sagra

 Piedra del Santo. Término municipal de Villaseca de la Sagra. 
 (Coordenadas 39º 57’ 27.06’’ Latitud N; 3º 53’ 26.78’’ Longitud W).

    Suponemos que se trata de un basamento pétreo que servía de pie a una cruz de madera o hierro enclavada como señal que indicase al caminante el lugar sagrado y de oración en el camino ante la ermita que allí hubo, a modo de humilladero*. Al estar próxima al encuentro de los límites de Mocejón y Magán con Villaseca, pudo cumplir también la función de cruz de término y ser anterior a la propia ermita del santo.
    En el pueblo de Villaseca, donde entraba tal camino ganadero, se formó urbanísticamente el barrio que se llamaba de "San Sebastián" ya desde el siglo XVIII hasta que, desaparecida la ermita, el nombre se olvidó y cambió por el de "Pozo Concejo" desde 1833.

Placa callejero
     Sin embargo, hoy en día se conserva la calle que se llama del "Santo", nombre señalado desde 1875 (hoy como Travesía del Santo), y la Plaza de San Sebastián, nombre restablecido en la década de los noventa del siglo pasado en memoria de la cercana ermita que estuvo dedicada al Glorioso mártir cristiano San Sebastián, de la que hoy hacemos memoria en estas líneas.

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* Un bloque similar se halla en la ermita de la Vera Cruz y otro junto a la iglesia parroquial (conocido como "piedra redonda"). La existencia de cruces en los caminos junto a las ermitas o lugares sagrados parece tener su origen en un acuerdo del concejo de Villaseca del año 1602 por el cual se pagan a Pedro Gómez el Viejo "tres cruces q- hizo para poner en los caminos de esta villa" (Archivo Municipal de Villaseca de la Sagra, Libro de Acuerdos y cuentas, 1583-1619). Cabe pensar que sobre estos basamentos de piedra irían enclavadas sus cruces.

martes, 18 de junio de 2024

Memoria sobre un oficio desaparecido: la alfarería en Villaseca de la Sagra (I).

          Memoria sobre un oficio desaparecido: la

 alfarería en Villaseca de la Sagra (Primera parte).

Antonio J. Díaz F. 
Historiador

                    Si atendemos a los aspectos históricos más singulares de Villaseca de la Sagra relacionados con su desarrollo económico a través de siglos pasados siempre encontramos como fuente de riqueza el cultivo de sus campos, de su cereal. Sin embargo, sólo era una economía de subsistencia en tierras de “pan llevar”, expresión de otras épocas, cuando la agricultura era prácticamente el recurso principal de las familias de labradores y arrendatarios que componían el vecindario de la villa, sin excluir otros oficios minoritarios o esporádicos necesarios para la comunidad.

    En este caso, nuestra atención se vuelca sobre un oficio desaparecido como fue la alfarería en Villaseca de la Sagra, tema que ya nos había suscitado interés cuando en 1989 nos propusimos hacer un estudio que, sin embargo, quedó inédito y sin publicar, y al que nos remitimos [1] . 

    No de otro modo, un recorrido cronológico nos hará recomponer el devenir de la historia de la alfarería villasecana a través de los testimonios aparecidos en distintos y sucesivos documentos que arrancan principalmente del siglo XVIII cuando se hace más frecuente la mención a esta entonces llamada "industria".
 
EL SIGLO XVIII
    Como decimos, la economía de Villaseca durante el Antiguo Régimen (los siglos XVI, XVII y XVIII) dependía de las rentas agrícolas siendo sus vecinos mayormente "labradores pobres que viven de su trabajo", en una villa de jurisdicción señorial que a mediados del siglo XVIII contaba con una población de aproximadamente 1.400 a 1.500 habitantes (sobre un censo de 477 familias), según la estimación del Catastro del Marqués de la Ensenada [2]. Por ello, este registro oficial no reconoce entre el estamento popular económicamente activo ninguna persona que declare como oficio exclusivo el de la alfarería o la cacharrería. 

    Pero lo cierto es que avanzado este siglo otras referencias documentales sacadas de los archivos locales recogen datos sobre esta actividad que pudo ser considerada como secundaria u ocasional y desarrollada por algunas familias menos favorecidas de Villaseca. Algunos de estos datos estaban ya apuntados en nuestro libro Villaseca de la Sagra, noticias de su historia [3]. En 1767 aparece un Juan Climaco Aparicio, que manifestaba estar aprendiendo el oficio de alfarero y necesitaba mudarse de casa para poder construir un horno, lo cual le permitiría ya al año siguiente fabricar "cocido y vedrío" en unos hornos de alfarería que abrió en su nueva casa de la calle del Pingo, al norte de la población [4]. Por estos mismos años otro alfarero, Antonio Santos Villegas, declara en un capital de bienes dos ruedas para el oficio, dieciséis tablas, un molino para moler "vedrío", un horno de vidriado de barro y otro medio horno construido [5]. Por lo mismo, en 1776 el vecino Lucas Gómez Ortega tiene un horno de alfar en su casa de la calle Cantarranas. 

    En 1777 varios vecinos alfareros declaran sus ventas en ese año en conformidad al pago de las alcabalas o impuestos por comercio. Entre ellos, Bernardo Jerez de la Parra dice haber vendido "ollas" por valor de 100 reales y en 1775 haber obtenido ya un balance de 100 reales en vidriado. Por su parte, José López Higuera vendió tan sólo cuatro platos y Esteban Jerez, entre ollas y demás especies vendidas, obtuvo una ganancia de 100 reales. En 1781 el citado Bernardo vendía ollas y retama mientras que José Lozano evaluó en 80 reales el género de alfarería vendido [6].

    De igual modo, en la década de 1780 figuran en listas de contribución municipal algunos vecinos, en número de 7, como fabricantes alfareros. Esta cifra será pronto rebasada ya que en 1788 se afirmaba en una relación oficial que la principal manufactura de los que no son labradores era en los hombres la fabricación del vidriado en negro "y ahora en adelante será también el blanco por estar ya construyendo un horno para ello" y se dice además que se fabrica con primor y solidez y mucho exceso de bondad al de Alcorcón y otras fábricas en razón de ser la tierra más pegajosa, unida y substanciosa que la de otros sitios [7]. Se constata así la existencia de un oficio que ocupa a la mayor parte de los jornaleros en su manufactura y en su conducción para venderla, empleando a unos 70 operarios y contándose un total de 30 hornos, dentro de una población calculada sobre 450 vecinos o casas, es decir, unas 1.300 almas aproximadamente [8].

    A finales del siglo XVIII conocemos el nombre de un nuevo alfarero, Juan Díaz Magán, que vive en su casa-alfar, la que hace el número 191 de la calle de la Feria, con su mujer e hijos: Juan, Ana y María Díaz Ortiz [9]. El caso de este alfarero es ilustrativo en la formación y transmisión del oficio dentro del ámbito familiar pues sabemos que en 1806 siguen viviendo en la misma casa y alfar (calle Feria a la Callejuela) y que era conocido por su apodo de "Regidorcito". Luego en 1814, el hijo varón Juan Díaz Ortiz, alias "El Pendolero", ya no vive en el domicilio paterno y ha formado nuevo hogar al casar con Agapita Gómez, ambos de 43 años en 1816 y afincados en la casa nº 211 de la calle Cantarranas, donde habilitarían el alfar propio. De este matrimonio se conoce un hijo, José Díaz Gómez, en 1818, año en que los abuelos paternos se habían mudado a otra calle, la del Boquete [10].

EL SIGLO XIX
    El siglo comienza con una epidemia por contagio de tercianas que tendrá gran repercusión en la población alfarera y un informe del Ayuntamiento de 1803 revela los nombres de los afectados entre puchereros (son 9 hombres), alfareros (son otros 9) y cargueros (sólo son 2), las tres clases relacionadas con el gremio ceramista [11].

    Con el estallido de la Guerra de la Independencia, en 1808 el gobierno español realizará distintos llamamientos para combatir al ejército francés. Cuando se realiza en Villaseca de la Sagra el alistamiento de todos los hombres válidos entre los 16 y 39 años, de los 249 varones censados de esas edades nos aparecen un total de 37 hombres que ejercen el oficio de alfarero [12]. Son maestros, oficiales y aprendices cuyos apellidos están entre los Alonso, Aparicio, Basco, Batres, Calderón, Díaz, Domínguez, Fernández, Gómez, Jerez, Juárez, López, Lucas, Magán, Martín, Plaza, Santos, Tordesillas, de la Torre y Yubero, pertenecientes a distintas familias dedicadas a la humilde artesanía del barro. El más joven, con 16 años, era el aprendiz José Díaz Pérez y el de mayor edad, con 39, Juan Santos Tordesillas, maestro alfarero. El más veterano de los oficiales era Manuel Magán Yubero con 38 años de edad. 
    Este recuento de principios de siglo XIX nos da la idea de la importancia económica que pudo tener esta industria como alternativa a las tareas del campo y sus ocupaciones temporales.

    A propósito, es ya conocida la noticia del alfarero de Villaseca víctima de la jornada del 2 de mayo de 1808 en Madrid, muerto por los gabachos, según partida de la iglesia de Santa Cruz que reza así:

“MANUEL DÍAZ de cincuenta años, natural
de la Villa de Villaseca de la Sagra,
de este Arzobispado, hijo de Julio, y de
María Colmenar (ya difuntos) casado con
María de la Cruz Fernández; parroquiano
de esta iglesia, que vivía calle de la Concepción
Gerónima número diez y seis; falleció
de muerte violenta en dos de Mayo
de mil ochocientos ocho…”  [13] 

    Pasada la guerra contra los franceses, en Villaseca la alfarería adquirió gran expansión en el siglo XIX debido a las necesidades económicas de muchas familias sin recursos que optaban por una salida de subsistencia en esta ocupación que como hemos visto pasaba de padres a hijos. No sólo la producción, también el comercio tuvo que abrirse mercado con la presencia de los cacharreros no sólo en los pueblos comarcanos sino también en Madrid, compitiendo con los cacharros de Alcorcón.

    El siglo se inició con cierta estabilidad en el número de empleados en este sector productivo distinto y complementario de la agricultura y así, un informe municipal de 1820, afirma de los naturales de esta villa que son aplicados al trabajo y se dedican especialmente al ramo de industria en las fábricas de "vidriado negro" en las que se emplean un considerable número de ambos sexos, sumando 73 alfareros; no obstante, en las fábricas u hornos se advierte un permanente estado de decadencia que tiene su causa principalmente en la escasez y carestía de leñas y de "alcohol" o piedra de vidriado que se gastaba para el proceso de bañado de los barros; no sin advertir que "todo el vidriado negro que se fabrica en este pueblo lo sacan a vender fuera los vecinos trajinantes que están destinados a es ramo de industria y se alargan para su venta hasta distancias de 40 leguas" [14]
    Este informe del ayuntamiento de Villaseca es ilustrativo del tipo de alfarería que se producía en la villa. Por tanto, se trataba de la llamada alfarería vidriada, es decir, de loza o barro negro con baño oscuro a diferencia del baño blanco al estilo de lo que se hacía en Talavera de la Reina. Hablamos de una alfarería de cacharros ordinarios tanto de barro cocido como de barro vidriado.

    La recesión en la producción alfarera se haría notar prontamente en el cómputo de alfareros, pues en 1822 había descendido a 18 fabricantes declarados que daban continuidad al oficio. Al año siguiente, con 32 fábricas de vidriado ordinario en activo, la alfarería en su conjunto se resiente del "poco despacho y ninguna estimación que en el día tiene la loza que en ellas se labra" [15]. En ese contexto de baja en la producción se calculaba que en los alfares más pujantes alcanzaba los 450 o 500 reales semanales, en los medianos, los 300 reales, y en los inferiores sólo los 200, descontando los gastos que se hacen para la preparación del vidriado y su puesta en condiciones de venta y sin que sepamos discernir la realidad de estos tres niveles productivos en la organización de los propios alfares.
Sebastián Miñano puntualizaba en su Diccionario Geográfico que en 1828 Villaseca de la Sagra era tierra de cereal, pero también “es muy conocida por los alfares de vasijas de barro ordinario que llaman vidriado muy semejante al de Alcorcón con lo que surten de pucheros, ollas, cazuelas, etc. á Madrid, Toledo y otros muchos lugares de esta tierra” [16].

    En la década siguiente hallamos 28 alfareros en el censo efectuado en 1833 por el Ayuntamiento y sigue siendo conocida la villa, según repetidas palabras, por sus alfares de vasijas de barro ordinario "que llaman vidriado, muy semejante al de Alcorcón, con lo que surten de pucheros, ollas, cazuelas, etc. a Madrid, Toledo y otros lugares de esta tierra", según cita sobre Villaseca del Diccionario Geográfico Universal (1834). Y en efecto, en 1835 no hay otra clase de fábricas más que las referidas, en las que trabajan 50 operarios, pero que no se hallan ocupados todo el año, sino que alternan con otras faenas temporales en el campo y en la propia venta del género que fabrican [17]. Igualmente, Pascual Madoz en su Diccionario Geográfico de 1850 nos informa escuetamente de la existencia de fábricas de loza ordinaria negra en casi todas las casas, cuyo artículo se comerciaba en todos los pueblos inmediatos, pero no señala ni cuántos alfares ni cuántos alfareros subsistían a mediados del siglo XIX [18] . 

    Más adelante, en el empadronamiento municipal de 1875, que revela una población total de 1.218 habitantes para Villaseca, se registra la existencia de 30 alfares, repartidos en distintas calles de la población (en Ancha 4, Arena 2, Botica Vieja 1, Cruz Verde 1, Cuartillejo 2, Gremios 1, Lenceros 1, Medio Celemín 1, Pingo 1, Real 5, Santo 1, Silera 4, Toledo 1 y Vacas 2) de los que dependían 40 alfareros, 2 mujeres que se dicen alfareras y 6 cacharreros, todos ellos naturales y vecinos de la villa [19].
    En 1883 las alfarerías declaradas en el Anuario de la provincia de Toledo son las de Lorenzo Lucas [Santos], Casto Ortega [García], Francisco Plaza y Julián Juárez [Basco] a las que se suman en 1886 las de Pío Domínguez, Raimundo Lucas, Valentín Magán [López] y Baltasar Yubero [20]. Un censo que no alcanzaba ni siquiera la docena de hornos en activo. 
    Por tanto, en esta centuria el oficio de alfarero ha sido muy variable y con altibajos en cuanto al número de familias ocupadas en la fabricación y venta de cacharros, quizás adaptándose a los cambios y posibilidades que ofrecía la propia economía local.

EL SIGLO XX
A tenor de la evolución del oficio en el último cuarto del siglo XIX, la fabricación alfarera empieza su declive en los siguientes primeros años del siglo XX como consecuencia de una mayor oferta en las posibilidades del trabajo asalariado y permanente en las fábricas de harina y luego de electricidad creadas en este periodo en Aceca por la compañía de los Ratié, y que con la instalación de la línea férrea M.Z.A. a Extremadura, se convierte en nudo ferroviario del término municipal y puerta al comercio al crearse la estación Villaseca de la Sagra-Mocejón [21]. Esto propiciaría el cambio de empleo del excedente de mano de obra, los no agricultores, con la consiguiente disminución del número de alfareros, que hasta la fecha habían tenido un oficio ciertamente inestable pero recurrente. 
    Por ejemplo, en la matrícula de feligresía de 1917 continúan ejerciendo el oficio únicamente 13 alfareros [22]. Entre ellos Antonio Fernández Díaz, Aquilino [Luis] Lucas Díaz, Pedro Lucas Plaza, el antes citado Lorenzo Lucas Santos (establecido ahora en Aceca), los hermanos Andrés y Gervasio Lucas Yubero, Claudio Magán Sánchez, el conocido Casto Ortega García y Eugenio Pérez González [23].
    Curioso es el caso de alfareros “emigrantes” o emprendedores. En 1911 los hermanos Hermenegildo y Andrés Magán Gómez habían marchado a Malagón (Ciudad Real) y allí abrieron una fábrica de alfarería como sucursal de la que tenían en Villaseca con el nombre de “El Diablo” según el diario El Eco Toledano [24].




 





Curiosa noticia en El Eco Toledano (23-3-1911).

    Ante una menor competencia, más pujante nos aparece Eleuterio Lucas quien sabe anunciar en 1930 su negocio como “Gran fábrica de cacharros típicos de la tierra”:


























Anuncio del alfar de E. Lucas (Revista Toledanos, 1930).


    Aunque resulta curioso que en 1930 se señale la existencia de “fábricas de tinajas” y como sus laborantes a Antolín Díaz, Antonio Fernández, Eleuterio Lucas, Gervasio Lucas y Juan de Mata Lucas; además de la tienda o “cacharrería” de Telesforo Batres [25].

    En años posteriores desaparece la profesión o más bien se omite al englobarse dentro de la categoría de jornaleros, pues se sabe de la actividad de al menos 6 alfares hasta 1936, año fatídico en el que tan sólo se inscriben en el padrón municipal como tales alfareros los hermanos Juan de Mata Lucas Díaz y Eleuterio Lucas Díaz, que vienen ejerciendo desde 1932 junto a Inocente Fernández, Pedro Lucas y Francisco Díaz (tío y cuñado respectivamente de Eleuterio) [26]
    Como es obvio, en los años de Guerra Civil se paralizó la producción y se conmovió el orden social y laboral del pueblo pues son conocidos casos de alfareros que se exiliaron del pueblo por motivos políticos o ya en la postguerra se sumaron al éxodo rural a las ciudades.

    En el libro Villaseca de la Sagra. Imágenes de la memoria se recogen entre otras fotografías más o menos antiguas las que se refieren a distintos oficios desarrollados en la localidad [27]. Así aparecen, cómo no, las que tienen por motivo la alfarería en Villaseca. La más antigua, datada en 1905, muestra a un joven Eleuterio Lucas Díaz, posando con un cesto del que cuelga una gran jarra vidriada y una sarta de pucheros recogidos por un cordel y varias botijas pendientes del hombro izquierdo, mostrando cómo sería un vendedor, un cacharrero o pucherero ambulante. En otra foto en torno a 1921 en su puesto callejero de venta, sentados y rodeados de cazuelas, ollas, pucheros, jarras, cantarillas, coberteras, huchas, son retratados los que se identifican como Francisco Díaz Plaza, Eladio Jerez, Eleuterio Lucas Díaz y Herminio Lucas Díaz, su hijo todavía joven. Pasada la Guerra Civil, otra foto más actual muestra hacia 1958 a Antonio Lucas Martín (uno de los hijos de Juan de Mata Lucas) sentado en el torno y modelando cazuelas.

    En la postguerra la alfarería en Villaseca estaba abocada a desaparecer pues sólo estaba sostenida por Juan de Mata, sexagenario y enfermo de Parkinson, y ayudado principalmente por sus hijos Enrique, Manuel y Luis Lucas Martín, con quienes se cierra definitivamente la última generación de alfareros y como consecuencia se pone fin a una tradición del trabajo del barro en Villaseca que se apaga en los años setenta. En la calle de El Boquete quedaban aún las ruinas del último alfar, transformado en los años finales en fábrica de ladrillos y relegado el trabajo de cacharros a contados encargos en los que estaba todavía manifiesto el legado de la tradición alfarera villasecana, algunos de los cuales se nos han conservado afortunadamente como últimas reliquias de un oficio desmoronado que hoy se necesita valorar en sus objetos (cántaros, pucheros, jarras, cazuelas, etc.)
Un torno y su rueda arruinados en la antigua calle El Boquete (1989).
    En Villaseca de la Sagra, hasta los años cincuenta del siglo pasado, la alfarería era un oficio tradicional, eso sí, ejercido por sólo un par de familias, los últimos alfareros, los últimos herederos de aquel oficio ancestral, obligados a transformar su ocupación ante los nuevos tiempos y la llegada del plástico y otros materiales industriales que habrían de sustituir a los viejos recipientes o vasijas de barro, cada vez menos demandados para uso cotidiano.


Anuncios impresos de alfarerías de Villaseca de la Sagra. Recorte de la página nº 2, 
El Alcázar (31-12-1942). 

    Progresivamente la alfarería utilitaria dejó pasó a la fabricación de bloques para la construcción y ahí está, en el citado libro de imágenes, también de hacia 1958, la foto en la que se ve laborando a Antonio, Manuel, Luis y Enrique (los cuatro hijos del “tío” Juan de Mata, último maestro alfarero), y a Emilio Lucas Batres, sobrino de ellos, hijo de Antonio, fallecido prematuramente a los 30 años. A su vez a la especialidad de suelos hidráulicos o prensados se dedicó la otra rama familiar con Herminio y Félix Lucas, los dos hijos de Eleuterio, junto a otro operario, Isidro Basco, todavía en producción hacia 1955 en la fábrica conocida popularmente como de “los Eleuterios” (oficialmente “La Sagra”) y últimamente con el nombre comercial de LUDIVALL S.L., en manos de los nietos y herederos Pilar, Herminio, y Manuel Lucas Vallejo y Félix, Vicente y Antonio Lucas.

Ludivall S.L

El viejo cartel asomando por la tapia de la fábrica de cerámica, hoy cerrada.

    No sorprende que Natacha Seseña en su recorrido por los alfares de Castilla la Nueva, no hubiese recogido esta alfarería rural de Villaseca en su libro de 1974 [28]. Aun visitando los alfares toledanos subsistentes de Cuerva, Ocaña, Consuegra, Madridejos, Valdeverdeja, Villafranca de los Caballeros, La Puebla de Montalbán, Los Navalucillos y Toledo, se hace comprensible la carencia de testimonio de esta alfarería de Villaseca que ya estaba extinguida.
    A partir de los años sesenta del siglo XX una producción tan solicitada anteriormente en pueblos comarcanos desaparecía sin dejar la huella precisa y el último horno reconvertía su función en los años veinte de ese siglo en un negocio saneado de cerámica constructiva sin que se dejasen de fabricar cacharros ordinarios de uso doméstico hasta la década de los sesenta.

    Esta forzosa reconversión de una manufactura artesana en una industria mecanizada todavía de ámbito familiar era el precio al olvido y marginación de la tradición.
    En 1974 era evidente que no existían alfares en Villaseca de la Sagra, si acaso el último ya cerrado y abandonado e ignorado, y se podía dar por hecho la desaparición efectiva del hecho artesanal y la fehaciente inexistencia de su alfarería.
    Los objetos, la memoria social, la propia historia y la documentación se han ido encargando de revelar lo que es el testimonio patente de una tradición secular pasada a mejor vida.
    Nuestras investigaciones (llevadas a cabo en 1989), fruto de mucha indagación y búsqueda formal de base etnográfica sobre ésta y otras tradiciones locales nos enfrenta a la consideración testimonial, en primer lugar, y al planteamiento histórico y las apreciaciones tipológicas subsecuentes del rescate y localización de piezas. En esta dirección el investigador Juan Manuel Pradillo se interesó por el estudio de esta alfarería desaparecida y supo indagar en 1997 en los testimonios del oficio publicando un libro sobre Alfareros Toledanos donde se incluía con dignidad aspectos distintos sobre alfareros y tipologías mostrando fotografías de los principales objetos cerámicos reconocidos como producción villasecana [29].

    En los aledaños de la calle de El Boquete, hoy calle de la Poza, sale una calle que el callejero municipal ha renombrado como calle de los Alfares, allí donde se conoce el último alfar en producción que tuvo el barrio.

    Ya en 2011 la memoria y homenaje a los maestros alfareros de Villaseca se ha materializado en la escultura en bronce levantada en la plaza junto a la iglesia parroquial, patrocinada por el Ayuntamiento de la villa y obra del escultor villasecano José Martín Calderón, representando al respetable artesano sentado ante su rueda y torno, con una elocuente dedicatoria en el pedestal.

















Escultura del “Alfarero”, Villaseca de la Sagra. 
Autor: José Martín Calderón (2011).


Escultura del “Alfarero”, dedicatoria popular y firma del escultor. 

    Ante lo aquí expuesto y después de comprobar que en varias generaciones de nuestras familias el oficio de alfarero ha existido en algún momento, hoy se puede afirmar que habrá villasecanos que tendrán que sentir con orgullo el haber tenido algún antepasado artista del barro. 

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NOTAS

1. JEREZ JEREZ, Magnolia, DÍAZ FERNÁNDEZ, Antonio J.: “La alfarería en Villaseca de la Sagra, un oficio desaparecido”. Este trabajo fue presentado en 1989 a las V Jornadas de Etnología de Castilla-La Mancha (Toledo, 27-29 marzo 1989), pero sus actas no llegaron a publicarse por lo que este trabajo ha permanecido inédito hasta hoy.
2. GIMÉNEZ DE GREGORIO, F.: Diccionario de los pueblos de la provincia de Toledo hasta finalizar el s. XVIII, t. III, Toledo, 1970, pp. 220-225.
3. DÍAZ FERNÁNDEZ, Antonio J.: Villaseca de la Sagra, noticias de su historia. I.P.I.E.T, Temas Toledanos, 74, Toledo, 1993. Es el primer estudio de conjunto sobre la historia de esta localidad sagreña.
4. Archivo Histórico Provincial de Toledo (AHPT), Protocolo 7835, fol. 152, escribano Francisco Moreno Nieto. "Petición de permuta de casa".
5. AHPT, Prot. 7856, fol. 85, F. Moreno Nieto. "Escritura de capital de bienes".
6. Archivo Municipal de Villaseca de la Sagra (AMVS), Legajo Cuentas de los derechos reales. "Cuaderno año 1777"; "Cuaderno de la averiguación de las ventas hechas por varios vecinos de esta villa en dicho año de 1781".
7. GIMÉNEZ DE GREGORIO, op.cit., p. 222. Muchas mujeres, por su parte, se dedicaban a tejer y vender el género a comerciantes de Toledo.
 8. DÍAZ FERNÁNDEZ, op.cit., p. 37.
 9. Archivo Parroquial de Villaseca de la Sagra (APVS), Matrícula de feligresía de 1793. 
10.  APVS, Matrículas de feligresía de 1806, 1814, 1816 y 1818.
11.  AMVS, Legajo Documentos diversos (1800-1810).
12. Ministerio de Cultura, documento digitalizado: "Alistamiento de toda clase de vecinos, así casados y viudos con hijos y sin ellos, como solteros desde la edad de 16 años hasta de 40 cumplidos … Villaseca de la Sagra. Año de 1808".
13. Partida parroquial firmada por el cura don José Rico en el Libro 17 de difuntos, al folio 54, citada en El Siglo Futuro (Diario Católico, 7 de mayo de 1903). Por otro testimonio sabemos de su oficio, alfarero, y que “murió de un balazo”, véase NIÑO AZCONA, Lorenzo: Biografía de la Parroquia de Santa Cruz de Madrid. Madrid, 1955, p. 34. Sobre este sagreño héroe del 2 de mayo, apunte histórico en https://jesusperezagua.blogspot.com/p/heroe-del-2-de-mayo-de-1808.html
14. AMVS, Legajo Diversos s. XIX, "Copia del Cuaderno del Censo de población ... año [1820] ... de orden de la Diputación Provincial". Una legua equivalía a 5 km aproximadamente.
15. AMVS, Legajo Diversos s. XIX, "Copia de la matrícula formada para la contribución de patentes ... 1823".
16. MIÑANO, S. Diccionario Geográfico Estadístico de España y Portugal. Madrid, 1828, t. IX, p. 473.
17. AMVS, Legajo Padrones s. XIX, "Matrícula general que ha formado y remite la justicia de Villaseca correspondiente al año de 1833". Diccionario Geográfico Universal, Barcelona, 1834. 
18. MADOZ, P.: Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar, Madrid, 1850, t. XVI.
19.  AMVS, "Padrón municipal, 1875". Apellidos como Ayala, Basco, Batres, Calderón, Domínguez, Fernández, Gómez, Juárez, López, Lucas, Magán, Plaza, Sánchez, Yubero; y mis antepasados Manuel Díaz Esteban, su mujer Victoria Nieto Medina y su hijo Victorio Díaz Nieto, domiciliados en calle de las Vacas (hoy del Príncipe). Y los hermanos de Victorio, Francisco y mi tatarabuelo Manuel Díaz Nieto.
20.  Anuarios de la Provincia de 1883 y del Comercio de 1886.
21.  DÍAZ FERNÁNDEZ, op.cit., p. 40.
22.  APVS, "Matrícula de feligresía de 1917".
23. Diputación Provincial de Toledo, documento digitalizado: "Censo Electoral de 1919".
24. El Eco Toledano, 23 de marzo de 1911, p. 2. Más datos sobre esta familia los proporciona el investigador Pradillo en su obra Alfareros Toledanos II, pp. 680-681.
25.  Censo industrial artístico de 1930.
26.  AMVS, "Padrón municipal de 1936". Diputación Provincial de Toledo, documento digitalizado: "Anuario Estadístico de la Provincia de Toledo de 1932".
27. RUIZ TOLEDO, Salvador: Villaseca de la Sagra: imágenes de la memoria. Ayuntamiento de Villaseca de la Sagra, Toledo, 2007.
28. SESEÑA DÍEZ, Natacha: La cerámica popular en Castilla la Nueva. Madrid, Editora Nacional, 1975.
29. PRADILLO MORENO DE LA SANTA, Juan M.: Alfareros toledanos. Toledo, Juan de Comunidades de Castilla-La Mancha, 1997. Para Villaseca interesan las páginas 668 a 681 del tomo II. Entonces, ya pudimos prestar nuestra desinteresada colaboración en esta materia a tan recordado investigador.